literatura en cautiverio

Sonámbulos con los ojos muy abiertos

Reseña de Aline Pettersson en El Semanal de La Jornada. ‘Sonámbulos’, Alejandro Espinosa Fuentes, Tierra Adentro, México, 2019.

Reseña Sonámbulos Aline Pettersson La Jornada

Los seres que habitan Sonámbulos son diversos como diversas son las situaciones narrativas hechas con pocos trazos, pero con mucha pericia. Se transita del viejo al niño en un relámpago, de la voz masculina a la femenina, mientras los vidrios de colores del caleidoscopio, girando, girando, construyen figuras nuevas, y quien tiene este hermoso libro entre las manos se acerca de inmediato a sus historias en lectura gozosa.

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RESEÑA DE “AGENBITE OF INWIT” EN DEVERDAD DIGITAL

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GEOGRAFÍA DE LA CULPA POR CARLOS JÁUREGUI

Publicado en https://deverdaddigital.com/agenbite-of-inwit-geografia-de-la-culpa/

La segunda novela de Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991), irrumpe justo a tiempo para salvarnos de esta literatura actual que se plagia a sí misma, que se ejercita cansada y tediosa, llena de narco historias, de ficticios autores-testigo, de amasijos de realidad y fantasía para adolescentes, y de biografías de celebridades nimias. Nos aleja de moldes y de historias simples que exhiben un final a kilómetros. Esto, porque Espinosa es de los pocos autores actuales que brotan de su propia semilla.

El incómodo título de esta obra es el detonante de una serie de guiños que nos obligan a leer más de lo que está plasmado frente a nosotros en palabras. En sí, el extraño título elegido es un manotazo de Espinosa al status quo de todo aquello que debe de ser trendy y digerible. Siguiendo el más puro estilo del autor, Agenbite of Inwit siempre nos refiere a una segunda lectura, a lo metaliterario y a un trasfondo que sólo asoma su ojo para dejarnos el retrogusto de presenciar un guiño cómplice.

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El lector decadente

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Artículo publicado Actio Nova: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

El decadentismo fue un movimiento literario tan difuso e indefinido que resulta muy difícil compilar una antología que le haga justicia y distinga con certeza las obras que corresponden a su estilo y las que sólo se asemejan en tema o intención. Las definiciones de lo decadente siempre han sido ambiguas y caprichosas, como la que Paul Válery proponía en una carta a Pierre Louÿs: «Decadente para mí quiere decir artista ultrarrefinado, protegido por una lengua sana contra el asalto de la vulgaridad, aún virgen de los besos del profesor de literatura, gloriosa en el desprecio al periodista, pero elaborada para uno mismo y algunas decenas de amigos»

 

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Elogio de las ruinas

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Artículo publicado en el periódico Excélsior de México 

El ancestral arte del kintsugi consiste en reparar la cerámica rota insertando polvo de oro en cada grieta para subrayar, en vez de ocultar, la parte que se quebró. Fractura es una novela de 500 páginas basada en este método, la cual reconstruye la vida Yoshie Watanabe, un sobreviviente de la bomba atómica, a través de las rupturas corporales, geográficas, familiares y amorosas que lo marcaron a lo largo de su vida.

Andrés Neuman tardó casi diez años en regresar a la narrativa de largo aliento desde que fuera acreedor del Premio Alfaguara 2009 con El viajero del siglo. A diferencia de su novela anterior, ambientada en el siglo XIX, esta nueva producción retrata la segunda mitad del siglo XX con miras a entender el futuro, o el riesgo de que éste no acontezca a causa de una catástrofe nuclear.

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Que me disculpe la coincidencia

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Artículo publicado en Revista Quimera, 421

El telón de fondo del primer libro de relatos de Aitor Romero Ortega es Barcelona, donde un fantasma versado en leyendas urbanas orquesta una narrativa itinerante. Estos ocho relatos o nouvelles evocan atmósferas de añoranza y pasados posibles en ciudades indiscutiblemente literarias. El libro arranca con un obsesivo narrador que fantasea con el paso de Trotsky por Barcelona antes de la Revolución de octubre. Se traza entonces un paralelo entre la muerte del ruso y la del revolucionario catalán, Andrés Nin. Ironías del destino, casualidades que obligan al curioso a buscar en el presente un significado más profundo que el azar. A Trotsky lo asesinó un catalán y a Nin un ruso. Desde este primer relato el autor ya nos propone las reglas del juego. No se trata de informar, sino de convertir al lector en un investigador inquieto que se pregunte por las rimas de la vida para que dé el salto a los terrenos movedizos de la ficción.

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Zoología del horror latinoamericano

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Publicado en Confabulario suplemento cultural de El Universal.

Comentaba la escritora argentina Valeria Correa Fiz que cada vez hay más libros de cuentistas latinoamericanas con animales en el título. El matrimonio de los peces rojos de Guadalupe Nettel;Pájaros en la boca de Samanta Shweblin; El perro que comía silencio de Isabel Mellado; La condición animal de la misma Valeria Correa Fiz. Como si el delirio y el horror se reflejaran con más fidelidad por medio de las bestias. No es que la cruda realidad tenga que ser encubierta, sino que la incomprensión de la desgracia ha llegado a tal extremo que sólo a través de criaturas inocentes e instintivas podemos matizarla.

Así sucede en Pelea de gallos, primer libro de cuentos de la experimentada periodista María Fernanda Ampuero. La ecuatoriana, harta de los eufemismos de la prensa, considera que hay que llamar a la violencia por su verdadero nombre. Las palabras exactas. Nombre y apellidos. Sin maquillaje ni edulcorantes.

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Adelanto de la próxima novela

Publicado en Revista Tercer Mundo 

Presentamos un pequeño adelanto de Agenbite of inwit, la segunda novela del escritor mexicano Alejandro Espinosa Fuentes. El libro estará en librerías a partir del próximo año, pero es posible adquirir un ejemplar de preventa a través de la página web de Ediciones Contrabando dando clic aquí.

 

AGENBITE OF INWIT

 

 

Conocí a Esteban Gullit en la Universidad Complutense de Madrid, en el aula 204 de la Facultad de Ciencias de la Información. Me hice su amigo tal vez porque llegué dos semanas tarde al curso por unos problemas con mi visado y, como era el desconocido del grupo, preferí introducirme en el contexto social por medio del otro mexicano que había en el aula. A Esteban lo consideré un genio el día que lo conocí, pero el hechizo perdió efecto durante los días consecuentes. Conforme socializaba con el resto, él me iba pareciendo cada vez más incómodo, quizá un estorbo para desenvolverme a mis anchas en ese continente de ensueño, que también era nuevo para mí.

 

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Una invitación al pesimismo

Intensamente azulesl

 

Reseña de Intensamente azules de Juan Mayorga publicada en De verdad Digital.

  • Texto y dirección: Juan Mayorga
  • Reparto: César Sarachu
  • Título: Intensamente azules

A estas alturas está de más introducir a un autor tan laureado y prestigioso como el dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965), ningún adjetivo es suficiente para calificar la ambición y el mérito de su trayectoria. Su obra (impresa y representada) habla por sí misma y siempre, con cada estreno, supera las expectativas. Acaso lo que nos queda a los mayorguianos sea un ligero temor a que su trabajo, tras la consagración y canonización de su figura (recordemos que hace unos meses fue electo para ocupar la silla M de la Real Academia), caiga, como el de otros, en esa suerte de conformismo que suele pasar desapercibido en quienes llevan a sus espaldas un aval de calidad tan inmenso. No obstante, conformismo es una palabra insólita para este autor y no habría una forma más inexacta de calificar así su nueva obra, Intensamente azules, un himno a la inconformidad.

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MADRID PORTÁTIL

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CUENTO PUBLICADO EN REVISTA LUVINA: https://luvina.com.mx/foros/index.php?option=com_content&task=view&id=3119&Itemid=78

Para Raquel

La ciudad me mira de vuelta. Nada me dicen del amor las calles. Una brújula de lluvia me indica adónde deben ir mis pasos. Crezco. Como un instante de intriga, mi cuerpo crece de dolor y sospechas. Madrid me lee al recorrerla, se sabe de memoria mi insignificancia y, aun así, lee mi pasos, cada uno como si fuera un verso.

¿Quién me busca estando en mí?, me preguntan el verde menta y el azul índigo de la añoranza. Mi hostal, al que ahora llamo casa, tiene una fachada reluciente de ladrillos anaranjados. Si vivo en una escenografía de ayeres es porque el detalle más banal me devuelve al recuerdo.

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EL CANON DE LOS IDIOTAS

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PUBLICADO EN REVISTA CUADRIVIO: https://cuadrivio.net/canon-los-idiotas/

 

Mundus est fabula.

Escrito en un retrato de Descartes

 

Pertenezco a esa generación que pasó de leer Harry Potter a Roberto Bolaño sin una adolescencia bukowskiana de por medio. Para bien o para mal. Ahora el mago de Hogwarts y los real visceralistas son también los personajes predilectos de Oprah Winfrey y sus libros se pueden encontrar incluso en la tienda de recuerditos del aeropuerto de Tombuctú, frente a frente. Vaya coincidencia. Los cierto es que antes de Harry Potter ya leía novelitas de aventuras, Sandokán, Momo, cosas de «A la orilla del viento», La peor señora del mundo, blablablá. Regalos que por lo menos no eran ropa, pero tampoco eran juguetes.

¿Que por qué comencé a leer? Tal vez porque a los siete años sufrí una lesión de rodilla que malogró mi prometedora carrera futbolística. Tal vez porque me sentía interesante, o acaso respetable parapetado tras un escudito de ficción en prosa. O quizá fue porque me enamoré de una chica que leía a Carlos Fuentes en el recreo. Yo no conocía a ese autor y me obcequé en leer sus obras completas con la firme creencia de que, tras desentrañar todos sus libros, ella también me amaría. Craso error. Por supuesto, no fue así, y el desamor lleva a la poesía, y el lloriqueo a la política y blablablá. En vez de aprender la lección, seguí leyendo.

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EL FACTOR MAYORGA

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Desde que llegué a Madrid comencé a oír con frecuencia el nombre de un dramaturgo al que ahora me apena decir que no conocía. El nombre siempre venía acompañado de calificativos no sólo favorables sino trascendentes, se hablaba de él como si después de su obra el mundo no pudiera entenderse de la misma manera. Y en efecto, hay un antes y un después de Juan Mayorga, sobre todo en Letras dramáticas.

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La muerte no tiene Facebook

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Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán […] Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin

En un artículo reciente, Valeria Luiselli describió un síntoma por el cual decidió no adherirse a la red social. “Facebook arruina la relación que tenemos con nuestro pasado”, dice Luiselli y explica: “Al mantenernos al día con el presente de las personas con quienes tuvimos pero hemos perdido contacto, el “aura” de ese pasado desaparece por completo”. En pocas palabras: “Facebook borra el pasado anterior a Facebook y lo remplaza por un presente continuo y abrumador”.

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FICCIÓN DE MIS FICCIONES

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Ficción de mis ficciones

Arteaga es un poblado satelital de Saltillo cuyo nombre, antes extraño para la mayoría, ahora lo pronuncia mucha gente para referirse a la sede de la Feria Internacional del Libro en Coahuila. Para mí, Arteaga era el nombre de la nieve en invierno y la ruta para regresar a casa tras pasar largas temporadas de exilio en Saltillo, ciudad en la que comencé a escribir y me convencí ingenuamente que algún día podría vivir de eso. Tras la última edición de la Feria del Libro, este satélite coahuilense siempre estará ligado en mi memoria a la sabiduría de un poeta yucateco y a la sonrisa de un fantasma.

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Constantemente intentamos descubrir motivos ocultos y

no avanzamos, sólo complicamos y trastornamos aún más

lo que ya está suficientemente complicado y trastornado.

Thomas Bernhard

      El siete de noviembre de 1966, John Lennon entró a la Galería Índica de Londres y conoció al amor de su vida. A un lado de la puerta había una obra conceptual que consistía en una escalera, la cual te dirigía a una pintura cuyo minúsculo mensaje había que descifrar por medio de una lupa. Al 1.80 que medía Lennon no le hizo ninguna gracia trepar por aquella escalerilla, pero lo que encontró lo convenció de que su vida, tal como la conocía, jamás sería la misma. A través del cristal leyó en letras microscópicas la palabra “yes” y al bajar de vuelta a la galería miró con nuevos ojos a esa artista japonesa con la que terminaría pasando el resto de sus días.

“Sí hubiera leído la palabra No, o un mensaje como Fuck You, habría salido de la galería sin volver la vista atrás”, solía decir Lennon, pero lo cierto es que la obra decía ‘yes’ y ese vocablo fue el origen de un amor que una vez fue para siempre, y que se vio interrumpido el día en que Mark Chapman confundió la pluma de autógrafos con un revolver calibre 38.

En alemán, la palabra ‘sí’ se dice ‘ja’ y acaso, dada su similitud con la interjección que indica la risa o burla, su uso sea más irónico que en otras lenguas. Tal vez por eso Thomas Bernhard decidió titular así su novela escrita en 1978, pese a tratarse de un autor a grandes rasgos negativo. Quien conoce la narrativa de Bernhard podrá intuir, pese al título, que no es una historia tan esperanzadora ni iluminada como el día en que John conoció a Yoko; los soliloquios nihilistas y escépticos de Bernhard no suelen configurar emociones tan gratas como el amor a primera vista y, sin embargo, podrían tratarse, la novela y el episodio de la galería, de dos caras de una misma moneda.

La idea central de es difícil de explicar, pero si uno se identifica con la situación resulta muy sencilla de entender. En pocas palabras: alguien se dedica de lleno a una disciplina y la vida en sociedad (familia, amores, amigos, obligaciones hogareñas, rutinas y hábitos) suele distraerlo. De manera que esa persona, para privilegiar su trabajo, se aparta de la vida común y busca un lugar lo suficientemente remoto para poder concentrarse. La soledad, en un inicio, produce resultados y encamina el proyecto hacia sus objetivos, sin embargo, el paso del tiempo transforma esa soledad en un vacío que obnubila primero las expectativas, y después las razones por las que la lejanía tuvo sentido en primer lugar.

En estas condiciones encontramos al narrador-protagonista de la novela de Bernhard, un científico neurótico, estudioso de los anticuerpos de la naturaleza, que considera que todo en la vida fracasa y que sólo al estar conscientes de este fracaso somos capaces de llevar a cabo algún proyecto: “Al menos, si tenemos voluntad de fracasar, avanzamos, y debemos tener siempre, en todo y en todas y cada una de las cosas, al menos la voluntad de fracasar, si no queremos perecer”.

El protagonista habita una casa en ruinas, un “calabozo laboral y existencial” que consta de dos cuartos principales; el cuarto de los libros, donde lee a Schopenhauer, y “el cuarto de las manías”, donde escucha a Schumann en silencio, tan sólo leyendo las notas en una partitura.

El protagonista acusa una “enfermedad” con la que muchos, sobre todo los que han sobrellevado largos períodos de aislamiento, están familiarizados; se trata del absurdo moderno que paraliza las emociones y el cuerpo en un limbo de sinsentidos. El personaje, considera a sus amigos, o más bien a sus conocidos, como médicos a los que se acude semanal o mensualmente en busca de una cura a esa soledad y a ese sinsentido. Por lo general, el amigo o conocido no tiene noción de ser un médico, una pieza clave para bloquear los síntomas de la parálisis aunque sea por un breve lapso. Moritz, agente  de bienes raíces, el único personaje con nombre propio en la novela, cumple el papel de ese amigo-terapeuta para el protagonista y en cierta manera logra ayudarlo al presentarle a la Persa.

La existencia del protagonista es modificada, y en cierto sentido salvada, con la aparición de la Persa, un monólogo interior tan insatisfecho como el suyo, con el cual deberá enfrentarse. La novela de Bernhard, en palabras de Luis Goytisolo, es “el magnetismo que mutuamente experimentan y ejercen dos soliloquios desesperados hasta que, al identificarse como pertenecientes al mismo signo, empiezan a repelerse mutuamente para terminar neutralizándose, retraídos y hostiles, incompatibles”.

Desde sus primeras páginas, el texto da indicios de esta colisión, entendiendo el encuentro de dos personas como un choque de discursos destinados a fundirse y posteriormente a rechazarse; bien lo anticipa el protagonista al declarar que “para un forastero cada persona es una trampa mortal”.

Sin embargo, esta trampa podría ser, a su vez, otra forma más vil, cruda y realista de referirse al amor; quizá sea sólo otra perspectiva desde la que pudo describirse ese mismo amor que también nació en la Galería Índica un siete de noviembre de 1966. Y si uno se detuviera en la página 115, diez antes de la conclusión, podría llegar a creer que la novela de Bernhard a eso aspira, sobre todo tras leer la precisión con que describe sentimientos semejantes: “Es hermoso estar con una persona para la que los propios conceptos son tan claros y tan decisivos como para uno mismo”.

Por otra parte, el lector es consciente de que el soliloquio reiterativo que lee es un testimonio que el narrador pone por escrito para intentar sobreponerse de su enfermedad, pero también, a la manera de Camus en La Caída, para sobreponerse de la Persa, el otro soliloquio desesperado con el que alguna vez estuvo fundido. Lamentablemente, la posible unión que construye el narrador a lo largo de su soliloquio se desmorona en una frase con la misma eficacia: “Es increíble lo deprisa que la mejor relación, cuando se le exige más de lo que pueden dar sus fuerzas, se desgasta y finalmente se consume”.

Sin duda el yes que leyó John Lennon a través de la lupa y el Ja de Thomas Bernhard describirían una misma emoción si no se trataran de respuestas a preguntas contrarias. Mientras Lennon distribuye un mensaje positivo, “Yes is the answer [Sí, es la respuesta]”, dice en “Mind Games”; el otro replica Japara fundamentar a un largo argumento suicida.

Ocho páginas le toma a Bernhard transformar una novela de amor en un tratado sobre el suicidio, le basta con extinguir la interrogante amorosa y sugerir una nueva pregunta existencial cuya respuesta recalibra una lectura que, al ser releída, sólo puede hablar sobre el suicidio. Entonces el lector presta atención a ciertos párrafos que antes debieron ser evidentes, pero no lo fueron, porque creyó ingenuamente que la cura para la “enfermedad” podía ser el amor cuando, por el contrario, era la muerte: “…un día, me digo siempre, haré lo que tengo que hacer un día, me suicidaré, porque mi vida y mi existencia se han vuelto un sinsentido, y continuar y seguir continuando esa absoluta falta de sentido es absurdo”.

De manera que la enfermedad no sólo es la vida sino la ilusión de fabricarla disimulando que este proceso no nos está conduciendo directamente a la muerte: “Un año tras otro no he hecho otra cosa que construir, construir y siempre construir y, con ello, me he debilitado de la forma más irresponsable, y he motivado quizá esos estallidos de enfermedad, luego cada vez más graves”.

Lo fatal es que aunque uno se vuelva consciente de la futilidad de su existencia, no hay ninguna solución: “En todo momento buscamos uno o varios culpables, a fin de que, al menos de momento, todo nos resulte soportable, y lógicamente siempre llegamos, si somos sinceros, a nosotros mismos”.

Cabe recordar que en otro estribillo de “Mind Games”, Lennon canta: “Yes is surrender, you got to let it go” [Sí es rendirse, tienes que dejarlo ir]. No obstante, he de confesar que a lo largo de este artículo me he conformado con una interpretación demasiado cómoda para vincular, por medio de la palabra , a Lennon y a Bernhard, pero ya va siendo hora de acotar que el de Bernhard no dialogó en ningún momento con el de Lennon, sino con el emblemático final de Ulises que concluye, tras mil páginas de polifonía, con un contundente y acaso lascivo Yes.

El icónico monólogo interior de Molly Bloom concluye emulando la lujuria de una Penélope desesperada: “…y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí”.

Por eso resulta tan cruento comparar el Yes de Molly al entregarse a los placeres de la carne y el Jade la Persa cuando le contesta entre risas al narrador su desconsiderada pregunta: “…yo le había dicho a la Persa, en uno de nuestros paseos por el bosque de alerces, que hoy se matan tantos jóvenes y que la sociedad en que estos jóvenes se ven obligados a existir, totalmente incomprensible, es el porqué y que, de forma totalmente repentina y realmente del modo más desconsiderado, le había preguntado a la Persa si ella se mataría un día. Ella, entonces, sólo se había reído y había dicho que sí”.

Por más fatídica, desesperada y tormentosa que resulte la obra de Bernhard, no puedo dejar de considerarla una oda a las contradicciones humanas llena de pequeñas esperanzas que, aunque no sirvan para nada, ahí están y aparecen a pesar de que nos encaminemos hacia un destino trágico. El demoledor estilo de Bernhard ha repercutido en la literatura hispanoamericana contundentemente, sobre todo si se considera a los numerosos autores a los que ha influido, entre ellos Ricardo Piglia, Fernando Vallejo y Javier Marías.

* Advertencia: Bernhard produce adicción y todo intento de imitar su prosa estará condenado al fracaso, desenlace que quizá el austriaco no vería con malos ojos.

Publicado en La rabia del Axolotl: http://www.larabiadelaxolotl.com/si/

PODCAST LETRAS LIBRES

Un podcast mensual en el que invitamos a escritores debutantes a leer un fragmento de su libro. En forma paulatina, Primeras letras conformará un mapa sonoro de la nueva narrativa hispanoamericana.

En este episodio, Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991) lee fragmentos de Nuestro mismo idioma, libro ganador del Premio nacional de novela joven José Revueltas 2015.

ECOS QUE NO VOLVERÁN

Tres décadas sin Borges

 

Recuerdo con cariño, aunque temo releer, un cuento de Borges llamado El Congreso, el cual, si bien es mi favorito, sé que no está entre sus mejores, dado que resulta algo sentimental y posee ciertos párrafos que un riguroso del género consideraría perfectibles. No obstante, lo defiendo como a un amigo de la infancia de cuyos chistes aún me rio aunque perdiera la gracia hace años, analogía injusta si se tiene en cuenta que El Congreso no lo he vuelto a leer en más de diez.

Borges, sinónimo de rigor, sólo escribió tres o cuatro de estos cuentos truncos, mismos que, pese a su supuesto malogro, cualquier autor mediano daría una mano (la buena o la mala) por escribir. Sé que yo lo haría, es más, preferiría ser autor de un excelente cuento fallido que de un inane cuento perfecto, ya que a mí la literatura perfecta luego de impresionarme se me olvida y, en cambio, aquellos textos aventurados, a veces experimentales (“sólo se les dice así cuando el experimento salió mal”, diría Burroughs), en ocasiones apasionados u obsesivos, me devuelven, sea por empatía o por soberbia, las ganas de crear y el permiso literario de hacer lo que me dé la gana con mi imaginación y el lenguaje.

Aunque no figuren en antologías ni sean tema de rimbombantes estudios académicos —si bien con Borges todo puede convertirse en tesis, juro que hace poco encontré una sobre el aleph y Ayotzinapa—, estos cuentos menos comentados refugian paradigmas de genialidad profética. Cierto es que los escritos más emblemáticos de Borges tienen tal vigencia, que aun en este siglo de chatarra virtual poseen respuestas para reinventar el mundo. Por ejemplo, algunos teóricos detectaron en la escalera espiral que se abisma en lo remoto de “La biblioteca de babel” esbozos o cimientos de la revolución cibernética. No es mi intención negar tales teorías, tan sólo quiero subrayar que algunas obras menores a veces sugieren claves más acertadas de ciertos síntomas propios de nuestra era.

El caso de El Congreso me resulta proverbial para describir el estado anímico que me gobierna. Quizá deba explicar mejor mi condición: desde que cedí a la comunicación instantánea, del despertar al sueño, espero un mensaje que no llegará y redacto en mi cabeza una futura respuesta que no he de escribir; actualizo bandejas, palpo texturas en busca de convulsiones tecnológicas y estoy alerta a cualquier ruido que preludie esa respuesta escurridiza. Padezco la agonía del consumo informático instantáneo, un vacío existencial que cava más hondo conforme satisfago mis ansias de contenido. Soy adicto a una sonrisa binaria proyectada en irónicos algoritmos que, en cuanto cumplen su función, pierden su significado. Desfila la vida a espaldas de mi indiferencia y mi condena consiste en advertir su caducidad, etiquetar y olvidar los hechos como quien olvida a la oveja número dieciocho, o a la cuarenta y dos tras quedarse dormido. Mi carne envejece a través de una mitología invisible, conozco el nombre de todos los naufragios sin haber estado en altamar, conservo ruinas anecdóticas y cierta noción de haber rebasado umbrales que no me di el tiempo de entender y que ahora añoro.

Siempre es demasiado tarde y ahora más que nunca. ¿Por qué si todo lo he olvidado no dejo de pensar en El Congreso? “Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno”, apunta el narrador. Borges describe un adiós arquetípico. Beatriz Frost, devota de Ibsen, se despide del amor que intercambió por su libertad: “De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola”.

Cito las notas que tomé en ese entonces, cuando leí el cuento, y entiendo por qué algunos secuaces de Tlön rechazan a este Borges tan meloso y, sin embargo, ahora que olvido y se me va la vida en ecos que no volverán (Cerati dixit) es éste, y no El aleph ni La Biblioteca de Babel, ni El Jardín de los senderos que se bifurcan, ni Funes el memorioso, el cuento que regresa a mi memoria. ¿Por qué? Acaso por lo que apunta el narrador tras despedirse del único amor de su vida para volver al tortuoso Congreso del Mundo, que es también un congreso de la extinción y la insignificancia: “Soy un hombre cobarde”, dice el protagonista tras despedirse de Beatriz Frost, “no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas”.

   La esperanza es un estorbo.

 

Ver artículo en http://www.larabiadelaxolotl.com/ecos-no-volveran/