Las menciones honoríficas


En realidad yo quería hablar de la censura que existe en ciertos medios de difusión, particularmente, en ese infalible remedio para el insomnio que es la revista electrónica Punto en línea, pero sus agentes están por todas partes y más vale disfrazar las apariencias. Recuerdo cuando gané (y no gané) mi primera mención honorífica en un concurso literario: Era algo relativo al día de muertos y por esas épocas yo tenía el proyecto de la revista Clocharde, que había que sacar a flote. Para obtener recursos, la directiva decidió mandar un par de cuentos de mi autoría, con el fin de que el premio (5 mil pesos o algo así) costeara la impresión del nuevo número. Una plica estaba a mi nombre, la otra tenía los datos de un camarada. Yo no gané, luego la revista fracasó y los miembros de la directiva rompimos amistad hasta nuevo aviso.

Un año después (un año agónico para mí) me encontré con ese camarada prestanombres y sólo tras bebernos una botella de ron me confesó que en ese concurso nos habíamos ganado una mención honorífica; él fue a la ceremonia, devoró unos sándwiches y probó el vino, recibió un diploma y algo más en mi nombre sin que yo me enterara de nada, pues por esas épocas me encontraba vagando por los desiertos del sur de Estados Unidos. La noticia me alegró y, en cierta forma (yo tenía 17 años y apenas empezaba a escribir con seriedad), me convenció de que tomar la senda literaria no era del todo un error.

Recuerdo que mi cuento era sobre un periodista frustrado que escribía in memoriams de escritores que aún no habían muerto, el periódico le exigía tenerlos a la mano por si las dudas; su conflicto radicaba en que no le pagarían los artículos a menos de que los autores, en efecto, fallecieran. El hambre y la derrota moral de no verse recompensado terminaban convenciéndolo de que su única salvación sería secuestrar y asesinar a Carlos Fuentes —esto sucedió mucho antes de que el novelista muriera—; el final era algo frío: Carlos Fuentes aparecía muerto y él recibía la paga por escribir el in memoriam.

Según le dijeron a mi amigo prestanombres, el texto, aunque sólo ganó una mención honorífica, sería publicado a la brevedad. Sin embargo, jamás salió a la luz, y yo no me extrañé porque el tema sí era un poco macabro, y tampoco reclamé porque, en primera, había usado un prestanombres; y en segunda, porque a mí la publicación no me interesaba realmente, sólo la recompensa que sustentaría una revista que hoy ya no existe y que es un constante recordatorio de mi fracaso laboral y social.

Ahora ya no tengo una revista ni me junto más de lo necesario con gente que escribe, pero sigo participando en concursos —ya que los concursos (y sólo algunos) representan la única forma no corrupta de publicar en México—, e incluso he ganado unas cuantas de esas preseas que, a mi parecer, poco o nada tienen que ver con la literatura, aunque a veces sean agradables; el hecho de que un desconocido le encuentre méritos a lo que haces puede reconfortar a un espíritu caído.

Lo que me lleva al presente.

Abro la página de Punto en línea y descubro que hay un nuevo número y que por tercera o cuarta o quinta vez consecutiva publicaron al mismo autor insufrible, cursi y aletargante como si Paulo Coehlo se hubiera dado a la misión de reescribir la saga de Crepúsculo; utiliza los puntos suspensivos peor que Corín Tellado. ¿Y por qué esto habría de irritarme? ¿Por qué no leo mejor otra cosa? Lo cierto es que debería, pero a raíz de otra mención honorífica que recibí en el concurso Punto de Partida me pidieron mis datos para publicar el cuento premiado, eso fue hace un año y aún no ha habido posibilidad de que salga a la luz.

A lo largo de ese año (dos años desde que mandé mi cuento al concurso) he interrogado al respecto, devolviendo el mismo mail con el que ellos me pidieron mi semblanza. Al principio fui amable y extendí algunas “inquietudes” sobre por qué no había sido publicado, meses después, algo molesto, les pregunté directamente si no sería un asunto de censura: En esa ocasión mi cuento no asesinaba a Carlos Fuentes, pero sí realizaba una sutil parodia de ciertos directivos y algunos escritores rimbombantes. Clausuré mi mensaje pidiéndoles que me hicieran saber si lo publicarían o no; si preferían no hacerlo no había ningún inconveniente, pero por favor que no me dejaran en ascuas, un texto inédito podría tener la posibilidad de aparecer en otro medio o concursar nuevamente, mientras que si se mantiene guardado por años puede perder su momento; (sin ninguna suerte de comparación con mi humilde cuento) no me imagino lo ridícula que hubiera parecido la famosa novela de George Orwell si hubieran esperado a publicarla hasta 1985, o lo incongruente que resultaría el Ulises si se publicara hoy en día; probablemente Joyce se aferraría en vano a que alguna editorial rebasara la segunda página antes de tirarla al bote de rechazos.

Lo cierto es que mi cuento, guardando distancias, también perdió su momento, pues se trataba de una exaltación de mi aprecio por la novela Karpus Minthej, escrita por Jordi García Bergua en 1978 y reeditada en 2014. Claro que no fue ideado como el efímero parásito de un fenómeno editorial, pero sí habría tenido una recepción lúdica si hubiera acompañado la escasa atención que se le prestó a esa excepcional novela.

A la luz de la luna, mi perro Hebdo (un pastor alemán silencioso) me observa con unos ojos que parecen decir: “¿De verdad publicarás este artículo? Mira que si se enfadan tú cuento estará empolvándose por los siglos de los siglos”. En ocasiones Hebdo resulta de lo más paranoico, sobre todo en noches de luna llena. Me alegro de contestarle que no hay nada de qué preocuparse, el hecho de que yo haga pública mi querella seguramente me acarreará un poco más de odio, pero el hecho de que ellos, a pesar de este artículo, no publiquen mi cuento, seguirá siendo censura.

En conclusión (porque ya sé que sus agentes son incapaces de leer de corrido y sólo prestan atención al primero y al último renglón), opino que las menciones honoríficas son el paliativo más adecuado que puede brindar un campo cultural podrido, como el de este país.

Ilustración: Pedro Calderas, Cosmogonía 3

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