Traducir en pareja

Una novela que nunca volvería a leer es El viajero del siglo, de Andrés Neuman, no porque la encuentre mala, pesada o molesta, todo lo contrario, forma parte de mis libros predilectos, aquéllos con los que he establecido un diálogo tan sincero que me es imposible rememorar una determinada etapa de mi vida sin aludirlos. La razón por la que no volvería a leerla nace, sí, del miedo a contaminar una experiencia pura, pero también de una agradable dinámica que comenzó como una cháchara de tertulias y ahora se ha vuelto un vicio. Soy adicto a recomendar este libro y leerlo nuevamente en los juicios e impresiones de los otros. Con los años he logrado detectar ciertos patrones de lectura: Los entusiastas prestan atención al idilio entre Hans y la encantadora Sophie Gotlieb; los severos se suman a la discusión sobre la Europa del siglo XIX; los obsesivos centran sus conjeturas en la intriga policiaca y los poéticos se dejan poseer por el personaje del acordeonista, “que al señalar el horizonte se vuelve el hombre más sabio en la Tierra”, me dijo alguno de mis amigos, probablemente inventando la cita, y yo encantado ante esta nueva forma de relectura, a través del criterio y la imaginación ajena.

Mis primeras impresiones, no obstante la reconstrucción posterior, aún permean como una atmósfera empañada, como un recuerdo de infancia complementado por el testimonio de otros testigos acaso más objetivos o enterados. Lo que me sorprende es que sean tan pocos los que destaquen el que para mí es el más fino hallazgo de la novela, las páginas que describen la práctica de traducir en pareja. Hans es traductor de oficio y Sophie lo asiste sumando una perspectiva personal y, sobre todo, complementaria a la labor. Si traducir involucra la interpretación íntima y particular de un texto, el cual se expresará, según las redes de significados que ha tejido el intérprete a lo largo de una vida, no puedo imaginarme lo complejo que ha de ser trenzar dos versiones en un mismo modelo y obtener una síntesis que satisfaga a ambas partes.

¿Cuánto se ahorrarían los matrimonios disfuncionales (es decir, todos) si en vez de acudir a terapias de pareja se dieran a la labor de traducir un texto en conjunto? De preferencia que sea un poema. Tendrían que comenzar con algo breve y bien delimitado, nada muy ambicioso en principio. La pareja, como en la novela de Neuman, tendría que acordar el criterio de traducción, si privilegiarán la literalidad, si tendrán en cuenta el ritmo, si preservarán la rima en caso que exista, si adaptarán las frases coloquiales, si preservarán ciertos conceptos intraducibles o echarán mano de neologismos. Posteriormente, se internarán en la enmarañada jungla de lenguaje, región pletórica y rebosante, donde podrán establecer un diálogo estricto y franco; nada de griteríos y melodramas, la alquimia verbal les descifrará las minucias de la lengua y librará a la comunicación de conclusiones precipitadas e instantáneos malentendidos.

Claro que la traducción en pareja también puede originar conflictos inesperados, las diversas acepciones de un término rivalizarán sus posturas. “¿Qué quiso decir?” “¿Qué quiere este poema?” “¿Cuál es la mejor decisión que podemos tomar por él, acorde con el futuro de la poesía?”. No habrá pasado por alto el lector atento, que la dinámica de traducción en pareja tiene mucho que ver con la crianza de los hijos; ambos padres interpretan a su vástago, descifran sus necesidades, niegan o avalan sus caprichos, lo aman en general y lo odian en particular, ponen palabras en su boca; poco después lo conciben como una réplica de ellos mismos y depositan en él las posibilidades, el futuro y la esperanza que no habrán de vivir.

Por supuesto que una traducción, a diferencia de un hijo, siempre puede ser achicharrada y botada en el basurero para comenzar una nueva, cosa que algunas parejas intentan hacer con su linaje: Procrear al por mayor, “éste sí va a ser el bueno”, “la tercera es la vencida”, “con Bubulubu siempre hay una cuarta”, “no hay quinto malo”. A causa de su ineptitud, el mundo se ha abarrotado de seres incomprendidos (mal traducidos) que deambulan como fantasmas de lo que pudieron ser, mentes frustradas en permanente incógnita. Harían mejor esas parejas en ponerse a traducir antes de publicar a la primera —y creo que esta analogía ahora ya engloba también a los escritores neófitos—, harían mejor si comprobaran a priori su compatibilidad y aplicaran la traducción como un test zodiacal de Vanidades o un simulacro de las funciones fáticas y metalingüísticas de unwalkie-talkie, “¿si me escuchas?”, “¿oyes lo que digo?” “¿Cuándo digo ‘esto’ entiendes ‘esto’?”. En caso de no concordar, mejor abstenerse.

A todo esto, alguien podría rebatirme que si bien las malas traducciones proliferan como hormigas catastróficas, cuyos mensajes se contradicen sin ton ni son, vale más probarse en la interpretación y enredarse en la polisemia que ceder al mutismo, a la simplificación, a la pragmática utilitaria; mejor vivir en un mundo de tiernos malentendidos que en uno de milimétrica apatía.

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