La magia de la modernidad

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Me queda claro que la gente ahora se comunica por medio de imágenes y documentos entendidos como evidencias: Fotografías, memes, mensajes tanto privados como públicos, ubicaciones, emoticones y efemérides enciclopédicas.

Estos documentos funcionan a manera de pruebas y en ciertas ocasiones se utilizan para demostrar la validez de tal o cual razón, excusa u omisión. Por ejemplo, en una ocasión un amigo llegó muy tarde a una cita que habíamos programado con una semana de antelación. Como a mí no me molesta esperar, siempre y cuando tenga en mis manos un libro o algún folleto de supermercado, cuando por fin se apareció lo recibí con alegría y sin ningún reproche. No obstante, él sacó su celular del bolsillo y antes de decirme ‘Hola’ me restregó en la cara una fotografía que le había tomado al tráfico de avenida Insurgentes. Supuse era una broma, pero a lo largo de la velada no paró de hablar del tema, contextualizando aquella foto y adornándola con nuevas e incómodas excusas, lo cual, no me pesa decirlo, arruinó por completo nuestra plática.

Últimamente esa clase de situaciones ciber-tecno-justificatorias surgen en cada uno de mis encuentros sociales. Otro ejemplo: Una tía me habla de un hermoso arcoíris que apareció hace poco en el cielo de su colonia. Yo le pregunto (sin ninguna señal de incertidumbre) si se trató de un arcoíris de trazo curvilíneo. De inmediato, mi tía hurga el interior de su bolsa casi con desesperación. Me inquieto un poco, pues, por un instante, no tengo ni idea de qué es lo que está buscando, ¿acaso tiene allí, adentro de su bolso, el arcoíris? En cierta forma, sí.

Mi tía no tarda en extraer su celular, el cual teclea a prisa hasta dar con una evidencia, para mí innecesaria. Me lo ofrece y distingo en la pantalla un raquítico arcoíris que parte en dos el cielo plomizo de la capital. Me dice entonces que la tía Marta le escribió que “el tesoro siempre está al final del arcoíris”, ya que en la fotografía éste parece desembocar en el edificio donde vive mi tía, casi en el mismo balcón de su departamento.

Sonrío al escuchar la frase y pienso en la novela de Thomas Pynchon El arcoíris de la gravedad y me resulta curioso que hasta ahora (he intentado leerla muchas veces sin comprender gran cosa) me inquiete la interrogante de por qué demonios se titula así.

Mi tía no parece satisfecha con mi reacción, la noto un poco molesta. Vuelve a examinar su teléfono y, tras buscar un buen rato, me lo tiende nuevamente. En la pantalla leo el comentario que hizo la tía Marta en Facebook. En efecto, la tía Marta apuntaló aquella frase: “el tesoro siempre está al final del arcoíris”. Me limito a sonreír e incluso agrego una risilla para confirmar que, en verdad, le creo y que, en verdad, encuentro el comentario algo jocoso.

Pienso a continuación en las pruebas de carácter cientificista que pueden llegar a destruir la ilusión poética de la realidad. Pienso en Isaac Newton destejiendo el arcoíris y entiendo por qué John Keats lamentaba que la mística, la magia y la conjetura ya no fueran tomados en cuenta a la hora de explorar los fenómenos estéticos de la naturaleza.

Pese la risilla, mi tía sigue sin parecer conforme con mi reacción, no sé qué tengo que hacer para probarle que creo en su arcoíris y que lo aprecio por su belleza efímera. Lo que nadie comprende es que entre más pruebas aparezcan más se pronunciará mi desencanto. Mi tía, una vez más, se pone a revisar su teléfono (al que ya deberíamos de dejar de decirle teléfono si cada vez lo utilizamos menos como tal).

No sé qué decirle, ¿cómo probar mi conformidad? Me viene a la mente una frase de El Jilguero, de Donna Tartt, que en su momento no entendí muy bien, pero que ahora se ha vuelto una suerte de consigna para este tipo de situaciones: “No hay nada ‘racional’ en nada de lo que me importa”. Y de inmediato me burlo un poco de la modernidad y de sus espantosos mecanismos.

¿Por qué al tratar cualquier tema hemos de anexar acto seguido una evidencia explícita para que éste tenga validez? ‘Ayer comí hotcakes’ me cuenta una chica, ‘mira’, y me manda una imagen con los mentados hotcakes. Es como si el documento probatorio hubiera suplido el remate de una buena historia o el de un chiste; es el “Prestige” que describía Michael Caine en la película homónima de Christopher Nolan, el truco de magia no está del todo completo si no aparece nuevamente aquello que antes hicimos desaparecer. De acuerdo con esta lógica, el lenguaje se ha vuelto tan insincero, tan desconfiable, tan errático, que al perpetrarse oscurece una verdad previa, la cual sólo puede volver a ser fidedigna gracias a las evidencias que nos facilita la tecnología. Veo a un mago que saca de un sombrero una Tablet con la fotografía de un conejo. Y yo digo: ‘Buddy Holly nació en 1936”, pero de inmediato me acechan las miradas desconfiadas. No es hasta que alguien muestra un dispositivo en cuya pantalla se confirma el dato, que Buddy Holly efectivamente nace en 1936, si la nube de datos no lo confirmara sería posible que el cantautor junto con toda su música desaparecieran en ese mismo instante.

Mi tía por fin encuentra en su archivero intangible aquello que tanto ha estado buscando. En su gesto adivino la alegría de quien recién realizó una proeza o un descubrimiento trascendental para la humanidad. Me tiende el celular y, para mi sorpresa, encuentro en la pantalla un reporte sobre el clima de hace unos cuantos días en el que un torpe redactor ratifica que aquella tarde se vieron numerosos arcoíris en la capital.

El redactor escribe arcoíris según el corrector de Word, fragmentándolo en aras de la buena ortografía, “arco-iris”. Por unos segundos me quedo fantaseando con un arco-iris partido en dos por una gigantesca antena parabólica. La imagen me causa escalofríos y prefiero distraerme escribiendo en el buscador el nombre de Robert Musil, seguido por la palabra “citas”. No tardo en dar con la frase que mi cerebro reclama, una en la que el narrador de El hombre sin atributos señala que desprecia a la modernidad porque “ya nadie se tiende bajo un árbol a contemplar los arcoíris a través de los dedos de los pies”. Completamente de acuerdo, Bob.

Deslizo la pantalla y, para mi disgusto, doy con otra máxima musiliana, certera y necesaria para un espíritu quejumbroso: “Uno no puede molestarse con su propia era sin ser castigado inmediatamente por ello”. Es decir: Aquí nos tocó nacer, esto es lo que hay y lo que somos, y aunque no exista un remedio la frustración tampoco nos servirá de nada. Lo que nos queda es aplaudir como haría el indiferente público de un mago torpe y desgarbado, aplaudir piadosamente el espectáculo, levantarnos de nuestros asientos y abandonar el recinto lo antes posible.

No se aceptan devoluciones.

Publicado en Comasuspensivos 24/10/2015

Bernardo Couto Castillo (1879-1901)

LA CONVICCIÓN DESAMPARADA

En estos tiempos modernos donde toda regla o instrucción existe sólo para romperse hay, sin embargo, un principio irreductible que jamás, por ningún motivo, tenemos permitido rechazar. Su lema es el siguiente: “Todo lo tienes permitido, eres libre de hacer lo que te venga en gana, siempre y cuando no lo hagas realmente.” La hipocresía, la mezquindad, las medias tintas fundan la práctica libertaria del progreso, pero lo que no entienden aquellos que se desviven por defenderla, es que la libertad —o, al menos, lo que ellos llaman libertad— no es más que un efecto secundario de la insignificancia; la civilidad espuria no les deja comprender que los derechos humanos no son una concesión ni un hallazgo sino una guerra cotidiana.

Por su parte, la literatura también acarrea el vicio de esta doble moral, si bien su medio se presume independiente y su creación pondera hasta el hartazgo la sinceridad del ser, su práctica, en el fondo, iguala la santurronería y la mojigatez de una orden religiosa. ‘Embriagaos’, recomienda a sus discípulos el sobrio maestro que cita nostálgicamente a Baudelaire, ‘de vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo. Embriagaos’, les dice y luego formula un silencio entre cuyos paréntesis sólo él puede leer: ‘Sí, embriagaos, pero cuídense de no hacerlo realmente, pues la vida les hará pagar las consecuencias’. Es una verdad nefasta pero verdad al fin: Dionisio no tiene cabida en la cultura moderna, en una época que transforma a sus escritores en becarios burócratas y lambiscones festivos, el espíritu irracional de la rebeldía se produce sólo como una máscara conveniente. Sin embargo, han existido (y siguen apareciendo) ciertos ejemplos  entrega que no consideran a la literatura un recurso ni una herramienta curricular, tampoco una apariencia o un código sino una forma de vida. Estos casos, por lo general, tienen jurado el fracaso.

No es raro, en nuestros días, encontrarse en una tertulia con el neófito lector bukowskiano, kerouaquista o baudelairesco que, en un sincero homenaje narrativo, se pasa de copas, se pone medieval y desafía a la mediocridad del mundo sin más armas que su tropezado aliento. Cuando sucede, la reacción del resto nunca es positiva, o lo corren a patadas del lugar o se confinan al carcajeo. Lo más doloroso es la reacción que experimenta el pobre epígono al percatarse de que, más allá de él, nada en esa noche acontece como en sus novelas. ¿Cómo explicarle a este beodo quijotesco que es la realidad, y no la ficción, la que está falseada, censurada, corregida, simulada? ¿Cómo decirle que la mayoría de los fanáticos de Rimbaud, Bukowski, Lowry y demás, sólo admiran al personaje bien apresado entre las páginas de un libro, pero que correrían lo más lejos posible si algún día se encontraran cara a cara con él? ¿Cómo hacerle saber que todo le está permitido, que es libre de hacer lo que le dé la gana, siempre y cuando no lo haga realmente?

Bernardo Couto Castillo, al igual que el pobre epígono, se dejó poseer por sus primeras lecturas y,,desoyendo el principio irreductible, se propuso importar al México del siglo XIX las ideas del decadentismo francés. Creció acompañado por los relatos de Villiers de L’Isle-Adam, Maupassant y Poe, la prosa poética de Lautréramont, las novelas decadentes de Huysmans y los versos de Verlaine y Baudelaire; de este último extrajo el ideario de su futura narrativa:

Sobre tu joven vida y tu candor

otros querrán reinar por la ternura,

¡mas yo quiero reinar por el terror!

Couto publicó por primera vez a los dieciséis años en un periódico liberal y siguió haciéndolo regularmente en medios del tipo hasta que fundó la Revista Moderna con sus compañeros de la vida bohemia. Dirigió el primer número, pero cedió su cargo a Jesús E. Valenzuela cuando los gastos y las responsabilidades lo rebasaron; posterormente se limitó a aportar algunos cuentos y traducciones de Gausseron, de Villiers y de Whitman. Al igual que sus coetáneos, hablaba un francés fluido, pero a diferencia de éstos, que lo consideraban poco refinado (menos Gamboa), Couto manejaba el inglés con la misma soltura. De 1894 a 1896 emprendió un importantísimo viaje a Europa en el que conoció a los hermanos Goncourt quienes, a su vez, le dieron a conocer la obra de Thomas de Quincey, autor que imprimiría en el joven Couto dos obsesiones intrínsecas: el gusto por el opio y la idea del asesinato (puramente teórico) como un acto estético.

De vuelta a México, con sólo diecisiete años, se dedicó a trazar su vida como una obra literaria. Se refugió en un hostal de mala muerte que pertenecía a su familia —donde, según Tablada: “al despertar hallaba que las chinches se habían bebido el agua del vaso que colocaba en el buró”—, se enamoró de una prostituta llamada Amparo, con la que solía ir a nadar al lago de Xochimilco y se abocó a una escritura más maliciosa e inusitada para el México del Porfiriato. Su relato intitulado “¿Asesino?”, en el que Silvestre Abad confiesa el homicidio de una pequeña niña, delata a todas luces la influencia de Isidore Ducasse cuyos cantos, para la Francia decimonónica, eran horripilantes y hermosos, pero para el México de su tiempo, eran simplemente inconcebibles. “Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días”, proponía Maldoror, “entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño” y “hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si muriera, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias.”

Al padre de Couto le preocupaba que fueran a encarcelar a su hijo por aquello que escribía, Tablada lo tranquilizaba entre risas: “No se preocupe señor, al menos tiene el recurso del amparo”, le decía refiriéndose a la amada del joven cuentista. No obstante, la élite del Porfiriato (como la actual) era experta ignorando a sus artistas, se conformaban con presumirlos como animales de circo. Todo esto a Couto le tenía sin cuidado, como escribió en su cuento “Blanco y rojo”, él estaba consciente de lo que era y adónde quería llegar: “Soy un enfermo, no lo niego, un enfermo sí, pero un enfermo de refinamientos, un sediento de sensaciones nuevas”.

La imagen previa es el cuadro con que el pintor zacatecano Julio Ruelas conmemoró la llegada a la Revista Moderna de su mecenas, Jesús Luján. En ésta, el centauro Jesús E. Valenzuela, director de la publicación, le presenta con el brazo extendido el bestiario mitológico que conforma su grupo. Sobre un corcel ataviado, Luján desentona y se distingue del resto, aunque no se muestra precisamente estupefacto ante la excéntrica comitiva. No parece sorprendido de hallar al poeta José Juan Tablada sobre una bandeja y convertido en un loro ni le inquieta el ala rota del escultor Jesús F. Contreras; no encuentra extraño que el “Príncipe de la palabra”, Jesús Urueta, esté representado como una serpiente con alas de libélula, o que el pintor Leandro Izaguirre, quien inmortalizó con su pincel las torturas que sufrió Cuauhtémoc, sea un fauno en la cima de un roble; o que un par de avestruces, el meticuloso traductor Balbino Dávalos y el lóbrego poeta Efrén Rebolledo, interpreten con flauta y tambor un réquiem para el autor, el mismo Ruelas, que aparece ahorcado. El desconcierto de Luján parece enfocarse únicamente en el joven de ropaje transparente que, al centro de la pintura, se muestra impávido y sereno.

Ese joven es Bernardo Couto Castillo quien, por esos días de 1899, recién había cumplido los diecinueve años y ya había escrito el único libro que publicaría en vida,Asfódelos (1897), y ya también se había empecinado en llevar el espíritu decadente hasta sus máximas consecuencias. Moriría dos años más tarde en la cama de un burdel a causa de una pulmonía; quizá, de haber ocurrido décadas antes, su muerte la habrían considerado heroica, memorable, romántica, pero Couto era hijo de su tiempo (un tiempo farsante y engañoso) y había desobedecido el designio inquebrantable de la modernidad por lo que, incluso sus amigos más cercanos como Alberto Leduc, adjetivaron su memoria con recelo; lo llamaron “malogrado”, “imperfecto”, “interrumpido”. Otros fueron más benévolos; Tablada, en su necrología, definió a Couto como un: “artista raro y exótico” que “pasó invisible ante los ojos testáceos del burgués estólido”; Amado Nervo le dedicó su poema “Oremus”:

Oremos por los sabios, por el enjambre

de artistas exquisitos que mueren de hambre.

¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,

aprendimos por ellos a alzar las frentes,

y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…

                                                   ¡Oremos!

Julio Torri cuestionó que el relato “Un recuerdo” no figurara en las antologías del cuento mexicano, tanto él como Alfonso Reyes reconocieron su talento y su coraje; en una ocasión comentó: “Couto hace recordar a Rodríguez Galván y a Manuel Acuña por su temprano fin y por sus bellas dotes naturales para las letras”. Con este texto, me sumo a la opinión de Torri, es increíble que Bernardo Couto Castillo esté tan olvidado ; a mi parecer,  su prosa, aunque cándida, es un documento invaluable para la literatura mexicana y quizá, tanto a este autor, así como al neófito epígono que corren a patadas, o del que se burlan entre dientes, antes de reputarlos, sería mejor oírlos. nte este principio de la modernidad, quizá la única solución sea aquella a la que recurre el personaje de Couto en su relato “Celos póstumos”: sentarnos a esperar pacientemente, tal vez fumar un cigarrillo y repetirnos, con habitual egoísmo y desengaño, “ya habrá tiempo”.

Otilio González (1895-1927)

LA SOMBRA DE UN POETA

Hay hombres célebres cuyo recuerdo sólo perdura en los nombres de las calles y avenidas, de forma natural, su figura y obra se entreteje con la ausencia de los años, el tránsito cotidiano olvida el contenido de esas letras y, día con día, el hombre detrás del rótulo se va olvidando hasta convertirse en una vaga geografía que segmenta las ciudades. Pasa con Miguel Ángel de Quevedo, gran ecologista adelantado a su tiempo, hoy en día, otra avenida saturada de vehículos contaminantes; de igual manera le sucede a Otilio González, genial poeta saltillense, actualmente, recinto de innumerables balaceras causadas por la guerra del narcotráfico en su ciudad natal. Quizá el destino de su nombre como avenida no sea tan distinto al destino que el poeta tuvo en vida, tan trágico e injusto, y sin embargo, nada más que otra lápida para el eterno cementerio mexicano.

Si bien resulta exagerado comparar la pluma de Velarde con “la obra imperfecta pero inspiradísima” de Otilio González, en los dos poemarios que publicó en vida ―Incensario (1919) y De mi rosal (1923)― se encuentra esa misma esencia paradójica que trenza ritmo y metáfora para obtener un resultado a la vez fatal y humorístico. Como los buenos poetas, Otilio era todo menos un hombre simple, tenía el ritual de escribir sus versos con la mano izquierda para con la mano buena equilibrar un esquelético cigarro totalmente consumido, si la ceniza se quebraba y manchaba el papel, de inmediato achicharraba el poema y lo arrojaba al fuego. Se consideraba un trovador de los instantes inútiles, escribía con la misma soltura de los Niños héroes que de Santa Claus, leía con devoción a Rabindranath Tagore de quien aprendió que el cuerpo podía pulirse y transformarse en una flauta ahogada en música. Es increíble que la misma persona que creó unas mediocres estampas bíblicas desperdiciara su potencial esperpéntico, qué gracia tenía para describir los lapsos indiscretos: 

…Pasa una          

rubia de ojos aceituna

junto a mí: con los pezones

va escribiendo tentaciones;

y yo siento a mi deseo,

como un pájaro irascible

dar debajo del flexible

fieltro negro un aleteo.

Su mente era teatral, se entretenía observando a los gatos del tejado y se decía capaz de traducir sus maullidos; así resolvía los laberintos cotidianos, personificaba lo inanimado y lo instintivo en un juego alegórico de tramas y contextos; basta leer su poema “Los toros en celo” para ver convertida una pelea de corral en un batalla medieval a muerte, interpretaba el caótico México revolucionario como una representación de la Commedia dell’Arte donde había Arlequines, Colombinas, Polichinelas y, por supuesto, donde él era un Pierrot ensoñador y complejo:

Yo lo sé… buen Pierrot; así es la vida,

          cambiadiza, enigmática, fingida…

De mi Rosal, su última publicación en vida, es un libro más bien sedentario y bucólico, lo escribió sumergido en la atmósfera saltillense entre animales de granja y placeres de membrillo. El poeta dejó de creer que la vida fuera “un gran ritmo indefinible” y se centró en estudiar los placeres inocuos de la vida. «La Musa de usted», le escribió entonces el llamado “Príncipe de la palabra” Jesús Urueta, «se parece a la divina Eos de Homero, la del trono de oro, la que con sus dedos color de rosa derrama la luz de las mañanas».

Y fue esta luz serena del desierto la que meses después dibujó en su horizonte una suerte de revelación, mas no poética sino política, a pesar de que años antes hubiera sufrido un exilio tortuoso en Cuba, volvió a la capital para impulsar la causa anti-reeleccionista, fue electo diputado y se sumó a las filas del coronel Francisco Serrano, quien se encontraba en la lucha por el poder con Obregón y Calles. Su fama como orador se extendió a lo largo del continente, Otilio iba y venía de mitin en mitin y de vuelta al hogar donde se dedicó a confeccionar su obra maestra, Triángulo (de publicación póstuma, 1938), y al cuidado de su esposa embarazada de su primer y único hijo, Claudio. Otilio se empecinó en ese nombre, incluso mandó a que bordaran una “C” en todas las prendas que usara; claro que, luego de su muerte, la viuda corrió al registro civil a cambiarlo pues, irónicamente, el nombre de su vástago coincidió con el del asesino de su esposo, el general Claudio Fox.

Os damos juramento solemne de imitaros.

Si nuevos enemigos transponen nuestras puertas…

…escribió en su poema “Salud sacrificados” y, de la misma manera, Otilio fue sacrificado un tres de octubre de 1927 en la aún no esclarecida Matanza de Huitzilac. Entre los numerosos testimonios y escritos que hay sobre la masacre muy pocos son los que hablan del poeta, la mayor parte, al igual que la avenida en la que hoy en día acontecen crímenes tan brutales como el que hubo en su contra, se limitan a mencionar su nombre: licenciado Otilio González. Sin embargo, más de un crítico lo señala como el rostro verdadero detrás del mítico personaje de Martín Luis Guzmán, Axkaná González. Las similitudes son evidentes, más allá del apellido y de que el escritor de El águila y la serpiente conociera personalmente a Otilio en el Congreso, el retrato de este personaje, culto, honrado y pasional, encaja a la perfección con el del poeta. Lamentablemente, existe una gran brecha entre ficción y realidad, como hay una gran brecha entre un hombre de carne y hueso y un señalamiento vial, ya que en La sombra del caudillo, Axcaná González sobrevive misteriosamente a la masacre mientras que Otilio, por su parte, no tuvo tal suerte.

Sus libros son prácticamente inconseguibles, cuando se dejan encontrar, tras escarbar varias horas en las librerías de viejo, no es raro hallar entre sus páginas alguna frase de consuelo dedicada por su hermano menor, Héctor González Morales, a grandes dramaturgos y poetas que por esa época ignoraban si serían reconocidos o si sobrevivirían a la violencia que azotaba al país.

Existe tal misterio en torno a su vida y obra, que es inevitable no dudar del curso del destino. ¿Martín Luis Guzmán habrá narrado la verdad de los hechos? ¿Otilio, como Axkaná, sobreviviría a la masacre?  Seguramente no, pero quién sabe, tal vez retomó su exilio y se alejó de la literatura y la política para llevar una vida común y ordinaria; incluso es posible que en alguna ocasión caminara por la avenida que lleva su mismo nombre y, como tantos, ignorara la referencia y la obra detrás del rótulo; de ser así, probablemente apuraría el paso pues, aunque no tuviera idea de quién fue ese tal Otilio González ni por qué causa murió, sí estaría al tanto de que, actualmente, por ahí amanecen cadáveres dos veces por semana, cadáveres jóvenes, que ni siquiera comenzaron a idear una obra; cadáveres anónimos, que jamás tendrán un letrero que los refiera.‘No no’, se dirá el amnésico poeta, ‘mejor por aquí no’, y así cruzara a la siguiente avenida cuyo letrero también guardará el enigma de otra vida real imaginaria.

TRADUCCIÓN: Raymond Carver / What We Talk About When We Talk About Love

Por si no han leído el cuento de Carver que aparece en Birdman (o si quieren conocer una versión menos gachupina que las de Anagrama), les comparto una traducción mía del texto. A diferencia de otras versiones que han retomado el legado del editor Gordon Lish, procuré conservar el verbo favorito de Carver (Said: dijo) en sus innumerables apariciones, ya que dicho vocablo produce la tensión dramática de sus relatos. 

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DEL AMOR

Raymond Carver

(Traducción de Alejandro Espinosa Fuentes)

Mi amigo Mel McGinnis estaba hablando. Mel McGinnis es cardiólogo y eso a veces le da derecho.

Los cuatro estábamos sentados alrededor de la mesa de su cocina tomando ginebra. La luz del sol, desde la gran ventana detrás del fregadero, iluminaba la cocina. Ahí estábamos Mel y yo y su segunda esposa, Teresa ­―Terri, le decíamos de cariño― y mi esposa Laura. Vivíamos en Albuquerque entonces. Pero todos proveníamos de lugares diferentes.

Había una cubeta con hielos sobre la mesa. La ginebra y el agua tónica iban y venían, y de alguna manera llegamos al tema del amor. Mel pensaba que el amor verdadero no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que había pasado cinco años en el seminario antes de dejarlo para ir a la escuela de medicina. Dijo que aún recordaba esos años en el seminario como los más importantes de su vida.

Terri dijo que el hombre con el que vivía antes de vivir con Mel la amaba tanto que había intentado asesinarla. Luego dijo: “Una noche me dio una paliza. Me arrastró por los tobillos alrededor de la sala. No paraba de decirme ‘Te amo, te amo, maldita perra’. Y siguió arrastrándome por la sala. Mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas”. Terri consultó nuestros rostros alrededor de la mesa. “¿Qué se puede hacer con un amor como ése?”

Era una mujer de huesos delgados, lindo rostro, ojos oscuros, el cabello castaño le caía por la espalda. Le gustaban los collares de turquesa y los pendientes largos.

“Por Dios, no seas boba. Eso no es amor y lo sabes”, le dijo Mel, “no sé tú cómo lo llamarías, pero estoy seguro de que no puedes llamarlo amor”.

“Di lo que quieras, yo sé que fue amor”, dijo Terri, “tal vez a ti te parezca una locura, pero es la verdad. Las personas son diferentes Mel. Claro, puede que en ocasiones se haya comportado como un demente. De acuerdo. Pero él me amaba. A su manera, tal vez, pero me amaba. Había amor Mel. No digas que no”.

Mel suspiró. Tomó su vaso y volteó a vernos a Laura y a mí. “El tipo amenazó con matarme”, dijo Mel. Se terminó su trago y buscó la botella de ginebra. “Terri es una romántica. Terri es de la escuela de ‘pégame pero no me dejes’. Terri, cariño, quita esa cara.” Mel la alcanzó a través de la mesa y le tocó la mejilla con los dedos. Le sonrió.

“Ahora quiere enmendarlo”, dijo Terri.

“¿Enmendar qué?”, dijo Mel, “¿qué hay que enmendar? Yo sé lo que sé. Eso es todo”.

“De todas maneras, ¿cómo llegamos a este tema?”, dijo Terri. Levantó su vaso y bebió. “Mel siempre está pensando en el amor”, dijo, “¿no es cierto querido?” Sonrió y yo creí que eso sería todo.

“Simplemente, yo no le llamaría amor al comportamiento de Ed. Eso es todo lo que digo, querida”, dijo Mel. “¿Qué hay de ustedes?”, nos preguntó a Laura y a mí, “¿eso les parece amor?”

“A mí no me lo preguntes”, le dije, “ni siquiera conocí al tipo. Sólo he oído su nombre de pasada. No sabría qué decirte. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto”.

“El tipo de amor del que hablo sí lo es”, dijo Mel, “el tipo de amor del que hablo es uno en el que no intentas asesinar a la gente”.

Laura dijo: “Yo no sé nada sobre Ed ni sobre la situación. Pero, ¿quién puede juzgar las circunstancias del otro?”

Toqué el dorso de la mano de Laura. Me dedicó una breve sonrisa. Cogí su mano. Estaba cálida, tenía las uñas pulidas y un perfecto manicure. Rodeé la circunferencia de su muñeca con mis dedos y la sujeté.

“Cuando lo dejé, él ingirió veneno para ratas”, dijo Terri. Se apretó los brazos con las manos. “Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Ahí vivíamos entonces, a unas diez millas a las afueras. Le salvaron la vida. Pero se jodió las encías. Quiero decir, se le separaron de los dientes. Después del incidente, sus dientes quedaron salidos como colmillos. Santo Dios”, dijo Terri. Aguardó un minuto, luego liberó sus brazos y volvió a coger el vaso.

“Lo que llega a hacer la gente”, dijo Laura.

“Ya está fuera de combate”, dijo Mel, “está muerto”.

Mel me pasó el plato de limones. Agarré un trozo, lo exprimí en mi bebida y revolví los hielos con el dedo.

“Y la cosa se pone peor”, dijo Terri, “se disparó en la boca. Pero también eso lo estropeó. Pobre Ed”, dijo Terri. Sacudió la cabeza.

“Nada de pobre Ed”, dijo Mel, “era peligroso”. Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto y escuálido, tenía el cabello suave y rizado. Su cara y sus brazos estaban bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, todos sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos.

“Pero él sí me amaba Mel. Concédeme eso”, dijo Terri, “es todo lo que te pido. Él no me amaba de la forma en la que tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Eso me lo puedes conceder, ¿puedes?”

“¿Qué quieres decir con eso de que ‘lo estropeó’?”, dije.

Laura se inclinó hacia adelante con su vaso. Colocó los codos en la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Atisbó a Mel y luego a Terri, y se mantuvo a la expectativa con una mirada de desconcierto. Como si le asombrara que tales cosas pudieran ocurrirle a la gente de la que eras amigo.

“¿Cómo lo estropeó cuando se suicidó?”, dije.

“Te diré lo que pasó”, dijo Mel. “Cogió la pistola calibre .22 que había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Estoy hablando en serio, ese tipo todo el tiempo estaba amenazándonos. Debieron ver cómo vivíamos por esos días. Como fugitivos. Incluso yo me compré una pistola. ¿Pueden creerlo? ¿Un tipo como yo? Y sin embargo lo hice. La compré para mi protección y la guardaba en la guantera. A veces tenía que salir del departamento a la medianoche. Para ir al hospital, ¿saben? Terri y yo no estábamos casados por ese entonces y mi primera esposa se había quedado con la casa, y los niños, y el perro, con todo; y Terri y yo vivíamos en este mismo departamento. A veces, te digo, me llamaban a la medianoche y tenía que irme al hospital a las dos o tres de la madrugada. Estaba oscuro allá afuera en el estacionamiento, y me ponía a sudar antes de llegar al coche. No sabía si de pronto iba a salir de los arbustos o si se aparecería detrás del coche y empezaría a disparar. Digo, el tipo estaba loco. Era capaz de poner una bomba, lo que sea. Solía llamar a todas horas cuando estaba de guardia y pedía hablar con el doctor, cuando le contestaba me decía: ‘Hijo de puta, tus días están contados’. Nimiedades por el estilo. Daba miedo, les digo”.

“Aún siento lástima por él”, dijo Terri.

“Suena como una pesadilla”, dijo Laura. “Pero ¿qué pasó exactamente cuando se disparó?”

Laura es secretaria jurídica. Nos conocimos en capacitación profesional. Antes de que nos diéramos cuenta ya éramos novios. Tiene treinta y cinco, es tres años menor que yo. Además de estar enamorados, nos caemos bien y disfrutamos la compañía del otro. Es una chica con la que es fácil estar.

“¿Qué fue lo que pasó?”, dijo Laura.

Mel dijo: “Se disparó en la boca en su cuarto. Alguien oyó el disparo y le avisó al gerente. Entraron con una llave maestra, vieron lo que había pasado y llamaron a una ambulancia. Dio la casualidad de que estuviera ahí cuando lo llevaron, vivo pero moribundo. Vivió otros tres días. Su cabeza se había hinchado al doble del tamaño de una cabeza normal. Nunca había visto algo semejante, y espero nunca volver a verlo. Cuando Terri se enteró, quiso ir al hospital y sentarse a su lado. Tuvimos una gran discusión al respecto. Yo no creía que debía verlo en ese estado. No creía que debía verlo y todavía no lo creo.

“¿Quién ganó la discusión?”, dijo Laura.

“Yo estaba en el cuarto cuando falleció”, dijo Terri. “En ningún momento recuperó la conciencia. Pero me quedé sentada a su lado. No tenía a nadie más”.

“Era peligroso”, dijo Mel. “Si llamas a eso amor, te lo puedes quedar”.

“Era amor”, dijo Terri. “Claro, uno que resulta anormal a ojos de mucha gente. Pero él estaba dispuesto a morir por eso. Y murió por eso.”

“Yo de ninguna manera lo llamaría amor, dijo Mel, “quiero decir, nadie sabe en realidad por qué lo hizo. He visto a muchos suicidas, y no podría decir que alguien sepa por qué lo hicieron.”

Mel colocó las manos detrás del cuello e inclinó su silla hacia atrás. “No me interesa ese tipo de amor”, dijo, “si eso es amor, quédatelo”.

Terri dijo: “Estábamos asustados. Mel hasta hizo su testamento y le escribió a su hermano, que fue soldado, a California. Mel le dijo que estuviera pendiente en caso de que algo llegara a pasarle.”

Terri bebió de su vaso. Dijo: “Pero Mel tiene razón. Vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad querido? En un momento, incluso acudí a la policía, pero fue inútil. Me dijeron que no podían hacer nada hasta que Ed no hiciera algo en concreto. ¿No es gracioso?”, dijo Terri.

Vertió lo que quedaba de ginebra en su vaso y meneó la botella. Mel se puso de pie y fue a la alacena. Sacó otra.

“Bueno, Nick y yo sabemos lo que es el amor”, dijo Laura. “Al menos, para nosotros”, dijo Laura. Me dio un golpecito en la rodilla con la suya. “Se supone que digas algo ahora”, dijo Laura y me dirigió una sonrisa.

A manera de respuesta, tomé su mano y me la llevé a los labios. La besé con exagerada vehemencia. Todos se mostraron divertidos.

“Somos afortunados”, dije.

“Oigan”, dijo Terri, “deténganse. Me están dando náuseas. Por Dios, todavía siguen en la luna de miel. Todavía están alelados. ¡Por el amor de Dios! Sólo esperen. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Un año? ¿Poco más de un año?”

“Vamos por un año y medio”, dijo Laura sonriendo ruborizada.

“Oh ya veo”, dijo Terri, “sólo esperen y ya verán”.

Levantó su vaso y miró fijamente a Laura.

“Es broma”, dijo Terri.

Mel abrió la botella y nos sirvió.

“Aquí tienen chicos”, dijo. “Hagamos un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero”, dijo Mel.

Chocamos los vasos.

“Por el amor”, dijimos.

Afuera, en el patio, uno de los perros empezó a ladrar. Las hojas del álamo que se inclinaban hacia la ventana repiquetearon en el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina, holgada luz de alivio y generosidad. Podríamos haber estado en cualquier sitio, en algún lugar encantado. Elevamos nuestros vasos otra vez y nos sonreímos como niños que hubieran acordado participar en una dinámica prohibida.

“Les contaré lo que es el amor”, dijo Mel. “Quiero decir, les daré un buen ejemplo. Y luego pueden sacar sus propias conclusiones”. Sirvió más ginebra en su vaso. Agregó hielo y una rodaja de limón. Esperamos, bebimos pequeños sorbos. La rodilla de Laura y la mía se tocaron otra vez. Coloqué mi mano en su cálido muslo y ahí la dejé.

“¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor?”, dijo Mel. “Pareciera que no fuéramos más que principiantes. Decimos que nos amamos el uno al otro y es verdad. No tengo dudas al respecto. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y ustedes se aman también. Ya conocen el tipo de amor del que estoy hablando. Amor físico, ese impulso que te conduce a alguien especial, así como el amor por la existencia de otra persona, la esencia de él o de ella como tal. Amor carnal y, bueno, llamémoslo, amor sentimental, el día a día de cuidar a la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí amar a mi primera esposa. Y sin embargo la amé, yo sé que la amé. Supongo que en ese aspecto soy como Terri. Como Terri y Ed.” Caviló al respecto y prosiguió: “Hubo un tiempo en que creía que amaba a mi primera esposa más que a la vida misma. Pero ahora la aborrezco. Es verdad. ¿Cómo explican eso? ¿Qué pasó con ese amor? Eso es lo que quiero entender. Ojalá alguien me lo explicara. Y por otro lado está Ed. Bien, volvamos a Ed. Él ama tanto a Terri que trata de asesinarla y termina suicidándose.” Calló y bebió un trago. “Ustedes han estado juntos por dieciocho meses y se aman. Salta a la vista, brilla el amor sobre ustedes. Los dos ya estuvieron casados antes, igual que nosotros. Y probablemente han amado a otras personas. Terri y yo hemos estado juntos por cinco años, llevamos cuatro de casados. Y el terrible detalle, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora podrían decir, es que si algo llegara a pasarnos ―discúlpenme por decirlo―, pero si algo le sucediera a alguno de los dos el día de mañana, creo que el otro, la otra persona, se lamentará por una temporada, ya saben, pero luego el sobreviviente volverá a salir y volverá a amar y en no mucho tendrá a alguien otra vez. Todo esto, todo este amor del que estamos hablando, tan sólo será un recuerdo. ¿Me equivoco? ¿Tiene sentido lo que digo? Porque quiero que me corrijan si creen que estoy equivocado. Quiero saberlo. Digo, yo no sé nada y soy el primero en admitirlo”.

“Mel, por el amor de Dios”, dijo Terri. Se estiró y le agarró la muñeca. “¿Ya se te subió? ¿Cariño? ¿Estás borracho?”

“Cariño, sólo estoy platicando”, dijo Mel. “¿De acuerdo?” No tengo que estar ebrio para decir lo que pienso. Digo, tan sólo estamos charlando, ¿verdad?”, dijo y fijó la vista en ella.

“Querido no te estoy criticando”, dijo Terri y tomó su vaso.

“Hoy no estoy de guardia”, dijo Mel. “Permíteme recordártelo. No estoy de guardia”, dijo.

“Mel, te amamos”, le dijo Laura.

Mel miró a Laura. La miró como si no pudiera ubicarla, como si no fuera la mujer que era.

“Yo también te amo Laura”, dijo Mel, “y a ti Nick, también te amo. ¿Saben algo?”, dijo Mel, “ustedes son nuestros camaradas”, dijo Mel.

Cogió su vaso.

Mel dijo: “Pero estaba por contarles algo. Digo, iba a demostrar un punto. Verán, esto ocurrió hace unos meses, aunque sigue ocurriendo ahora mismo, y es algo que debería avergonzarnos cuando hablamos como si supiéramos de qué estamos hablando cuando hablamos del amor”.

“Por favor”, dijo Terri, “No hables como si estuvieras borracho si no lo estás”.

“Cállate por una vez en tu vida”, dijo Mel bastante tranquilo, “¿me harías ese favor al menos por un minuto? Así que, como les decía, había una pareja de ancianos que sufrió un accidente automovilístico en la carretera. Un joven les chocó y los dejo hechos mierda y nadie creía que fueran a librarla.

Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa aunque quizá ésta sea una palabra demasiado fuerte.

Mel pasaba la botella por la mesa.

“Estaba de guardia esa noche”, dijo Mel. “Era mayo o tal vez junio. Terri y yo nos acabábamos de sentar a cenar cuando llamaron del hospital. Un chico ebrio, un adolescente, estrelló la pick-up de su papá contra la casa rodante de los viejos. El chico ―dieciocho, diecinueve años, algo así― falleció al llegar al hospital. Se le incrustó el volante en el esternón. La pareja de ancianos, en cambio, llegaron vivos, ya saben. Digo, apenas vivos. Tenían de todo. Múltiples fracturas, lesiones internas, hemorragias, contusiones, laceraciones, de todo… Y los dos con una conmoción cerebral. Estaban en mal estado, créanme. Y, por supuesto, sólo con la edad ya tenían dos strikes en su contra. Creo que ella se encontraba peor que él. Se le había reventado el bazo para acabarla de amolar. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puesto el cinturón de seguridad y sabe Dios que eso fue lo que los salvó de una muerte instantánea.

“Oigan todos, este es un anuncio para el Consejo de Seguridad Nacional”, dijo Terri. “Este es su portavoz, el Dr. Melvin R. McGinnis al habla”. Terri se rió “Mel”, le dijo, “a veces simplemente eres demasiado. Pero te amo cariño”, le dijo.

“Cariño, te amo”, dijo Mel.

Se inclinó por encima de la mesa. Terri lo encontró a medio camino. Se besaron.

“Terri tiene razón”, dijo Mel y volvió a su sitio. “Pónganse sus cinturones. Pero fuera de bromas, esos viejos estaban muy mal. Para cuando llegué el chico ya había muerto, como dije. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Le eché un vistazo a la pareja de ancianos y le dije a la enfermera de urgencias que llamara a un neurólogo, y a un traumatólogo, y a un par de cirujanos inmediatamente.

Bebió un trago de ginebra. “Trataré de ser breve”, dijo. “Así que los subimos al quirófano y estuvimos batallando con ellos toda la noche. Tenían una resistencia increíble esos dos. Eso se ve sólo de vez en cuando. Así que hicimos todo lo que se podía hacer, y al amanecer les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades de salvarse, tal vez a ella un poco menos. Y a la mañana siguiente ahí los tienes, todavía vivos. Así que, bueno, los pasamos a cuidados intensivos, donde cada uno siguió resistiendo durante dos semanas, mejorando poco a poco en cada aspecto. Así que los transferimos a un cuarto”.

Mel se quedó en silencio. “Vamos”, dijo, “hay que terminarnos de una vez esta ginebra barata. Luego nos vamos a cenar, ¿les parece? Terri y yo conocemos un sitio nuevo. Iremos a ese lugar, al sitio nuevo. Pero no nos vamos a ir hasta que nos terminemos esta horrible ginebra barata”.

Terri dijo: “En realidad todavía no hemos comido ahí. Pero parece un buen sitio. Por fuera, quiero decir”.

“Me gusta la comida”, dijo Mel. “Si pudiera repetir mi vida, sería chef, ¿saben? ¿Verdad Terri?”, dijo Mel.

Se rió. Manoseó el hielo de su vaso.

“Terri lo sabe”, dijo, “Terri puede corroborarlo. Pero déjenme decirles una cosa. Si pudiera volver a vivir una vida diferente, en otro tiempo y todo eso, ¿saben qué? Me gustaría ser un caballero. Se estaba bien protegido con esas armaduras. Estaba bien ser un caballero hasta que inventaron las armas de fuego y los mosquetes y las pistolas.

“A Mel le gustaría montar a caballo y llevar una lanza”, dijo Terri.

“Y llevar a todas partes el pañuelo de una mujer”, dijo Laura

“O sólo a la mujer”, dijo Mel.

“No tienes vergüenza”, dijo Laura.

Terri dijo: “¿Y qué tal si volvieras como un siervo?” A los siervos no les iba muy bien en esas épocas”, dijo Terri.

“A los siervos nunca les ha ido bien”, dijo Mel, “pero supongo que hasta los caballeros tuvieron que haber sido vesellos de alguien. Así es como funciona, ¿no? Pero bueno, incluso hoy todos somos vesellos de alguien. ¿No es cierto? ¿Terri? Pero lo que me gusta más de los caballeros, ya saben, además de las doncellas, es que tenían esa armadura, ¿me entienden? Y no era fácil herirlos. No había carros por esos días, ¿saben? No había adolescentes borrachos que te hicieran mierda.

“Vasallos”, dijo Terri.

“¿Qué?”, dijo Mel.

“Vasallos”, dijo Terri, “se dice vasallos, no vesellos.

“Vasallos, vesellos”, dijo Mel, “¿Cuál es la puta diferencia? Me entendieron, ¿no? Perfecto”, dijo Mel, “ya sé que soy un inculto. Sólo aprendí mis cosas. Soy cirujano del corazón, claro, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto y arreglo algunas cosas. Mierda”, dijo Mel.

“La modestia no te va”, dijo Terri.

“Tan sólo es un humilde carnicero”, dije yo. “Pero a veces se asfixiaban dentro de esas armaduras, Mel. Incluso sufrían ataques al corazón si se ponía muy caluroso ahí adentro, o si estaban fatigados y apunto de desfallecer. En algún lugar leí que se caían del caballo y no se podían levantar por culpa de la armadura. A veces, sus propios caballos los pisoteaban”.

“Eso es terrible”, dijo Mel, “es algo terrible Nicky. Supongo que se tenían que quedar ahí esperando a que alguien los convirtiera en una deliciosa brocheta.

“Algún otro vesello”, dijo Terri.

“Correcto”, dijo Mel, “algún vasallo se aparecía para arponear al bastardo en nombre del amor. O en nombre de la jodida causa por la que se pelearan en esos tiempos”.

“Las mismas por las que se pelean ahora”, dijo Terri.

Laura dijo: “Nada ha cambiado”.

Las mejillas de Laura seguían ruborizadas. Sus ojos brillaban. Acercó el vaso a sus labios.

Mel se sirvió otro trago. Miró con atención la etiqueta, como si estudiara una larga hilera de números. Luego, lentamente, devolvió la botella a la mesa y, lentamente, estiró la mano en dirección al agua tónica.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dijo Laura. “No terminaste la historia”.

Laura no podía encender su cigarrillo. Los cerillos se le apagaban uno tras otro.

La luz del sol al interior de la cocina ahora era diferente, cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas tras la ventana aún relucían, y contemplé los patrones que se proyectaban en los cristales y en la encimera de Formica. No eran formas idénticas, por supuesto.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dije.

“Más viejos, pero más sabios”, dijo Terri.

Mel la miró fijamente.

Terri dijo: “Sigue con tu historia cariño. Sólo era una broma. ¿Qué pasó después?

“Terri, a veces…”, dijo Mel.

“Por favor Mel”, dijo Terry, “no seas tan serio todo el tiempo querido. ¿No puedes aceptar una broma?”

“¿Dónde está la broma?”, dijo Mel.

Cogió su vaso y le sostuvo la mirada a su esposa.

“¿Qué pasó luego?”, dijo Laura.

Mel fijó sus ojos en Laura. Le dijo: “Laura, si yo no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti y te raptaría querida”, dijo.

“Cuenta tu historia”, dijo Terri, “luego vamos a ese nuevo sitio, ¿de acuerdo?”

“De acuerdo”, dijo Mel. “¿Dónde iba?”, dijo. Se quedó mirando la mesa y luego siguió con la historia.

“Me daba una vuelta para verlos todos los días, a veces dos veces por día si tenía que visitar a otros pacientes. Los dos estaban enyesados y vendados de los pies a la cabeza. Ya saben, como en las películas. Justo así se veían, igual que en las películas. Pequeños huecos para los ojos y huecos para la nariz y huecos para la boca. Y ella, por si fuera poco, con las piernas colgadas hacia arriba. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Incluso después de saber que su mujer sobreviviría. Seguía estando deprimido. Pero no a causa del accidente, digo, el accidente era una cosa, pero no lo era todo. Me acercaba al hueco de su boca, ya saben, y él me decía que no, no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla a través de los huecos de sus ojos. Me decía que eso era lo que lo hacía sentirse tan mal. ¿Pueden creerlo? Les digo que al hombre se le rompía el corazón porque no podía girar la maldita cabeza para ver a su maldita esposa.

Mel nos miró uno por uno y sacudió la cabeza ante lo que estaba por decir.

“Digo que el viejo idiota se estaba muriendo porque no podía mirar a su jodida mujer”

Los tres miramos a Mel.

“¿Entienden lo que estoy diciendo?”, dijo.

Quizá para entonces ya estábamos un poco borrachos. Sé que era complicado mantener las cosas en perspectiva. La luz se drenaba de la cocina, volvía a través de la ventana hacia el lugar de donde había salido. Aun así, nadie se levantó de la mesa a prender la luz.

“Escuchen”, dijo Mel, “vamos a terminarnos esta pinche ginebra. Queda más o menos suficiente para otra ronda. Luego nos vamos a comer. Vamos al nuevo sitio”.

“Está deprimido”, dijo Terri, “Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla?”

Mel sacudió la cabeza. “Ya tomé todo lo que hay”.

“Todos necesitamos una pastilla de vez en cuando”, dije yo.

“Algunos nacen necesitándolas”, dijo Terri.

Terri frotó con el dedo algo que había en la mesa. Luego se detuvo.

“Creo que quiero llamarle a mis hijos”, dijo Mel, “¿les parece bien? Voy a hablar con mis hijos”, dijo.

Terri dijo: ¿Y si Marjorie contesta el teléfono? ¿Ustedes ya nos han oído hablar de Marjorie? Querido, tú sabes que no quieres hablar con Marjorie. Te vas a sentir aún peor.

“No quiero hablar con Marjorie”, dijo Mel, “pero quiero hablar con mis hijos”.

“No pasa un día sin que Mel no diga que desearía que se volviera a casar, o bien, que se muriera”, dijo Terri. “Sólo por una razón”, dijo Terri, “nos está arruinando. Mel dice que no se vuelve a casar sólo para fastidiarlo. Tiene un novio que vive con ella y los niños. Mel mantiene al novio también.

“Es alérgica a las abejas”, dijo Mel, “si no rezo porque se vuelva a casar, rezo porque un enjambre de abejas la asesine a picotazos”.

“¡Qué cosas dices!”, dijo Laura.

“Bzzzzzzz”, dijo Mel transformando sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en la garganta de Terri. Luego dejó caer las manos a los costados.

“Es perversa”, dijo Mel, “a veces me dan ganas de aparecerme por ahí disfrazado de apicultor. ¿Si saben cómo? ¿Con uno de esos sombreros que son como cascos con un filtro, grandes guantes y el traje acolchonado? Llamaría a la puerta y soltaría una colmena dentro de la casa. Pero primero me aseguraría de que mis hijos no estuvieran dentro, por supuesto”.

Cruzó una pierna sobre la otra. Le llevó mucho tiempo hacerlo. Luego bajó ambos pies al piso y se inclinó hacia adelante. Colocó los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos.

“Tal vez no llame a los niños después de todo. Tal vez no sea una idea tan buena. Tal vez sólo deberíamos ir a cenar. ¿Qué opinan?”

“A mí me parece bien”, dije, “comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca.

“¿Qué quieres decir cariño?”, dijo Laura.

“Exactamente lo que dije”, dije, “significa que podría seguir. Eso es todo”.

“Pues yo podría comer algo”, dijo Laura, “creo que nunca había estado tan hambrienta en mi vida. ¿Hay algo para botanear?”

“Voy a sacar un poco de queso y galletas”, dijo Terri.

Pero Terri se quedó ahí sentada. No se levantó ni trajo nada. Mel volcó su vaso. Lo derramó sobre la mesa.

“Se acabó la ginebra”, dijo Mel.

Oía el latido de mi corazón. Oía el corazón del resto. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos lo más mínimo, ni siquiera cuando el cuarto quedó a oscuras.

Carver después de Birdman

Raymond_Carver

Es sabido que el escritor Raymond Carver era en realidad dos personas: la imaginación y el talento de su homónimo de carne y hueso, y la aguda pero quizá descomedida intervención del editor Gordon Lish. En lo particular, yo prefiero los textos de Carver en su estado original, pero sé que a estas alturas tomar partido por una u otra versión carece de sentido.

Recientemente leí un artículo donde se acusaba a Iñárritu de haber traicionado la prosa de Carver por presentar en Birdman una adaptación del texto reescrito por Lish y no la primera versión del autor. Encuentro ese juicio no sólo injusto, también banal, pues lo que el autor de esa nota no toma en cuenta es que el director mexicano no se planteó realizar una película que redescubriera la esencia carveriana, sino una que reflejara el diálogo que sostuvo en su juventud con estos relatos, que lo acompañaron a lo largo de los años para trascender del artificio a la realidad, conforme la edad le ilustraba las peores consecuencias del envejecimiento.

¿Por qué Birdman es una gran apuesta? Por su espeluznante sinceridad. La película no pretende ilustrar todas las respuestas, pero plantea preguntas cruciales que bien podrían conjuntarse en una interrogante más que necesaria en estos tiempos incoherentes (una que planteó Carver sin pretensión, pero con mucho arrojo): “¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?” Lo que el protagonista Riggan Thomson (Michael Keaton) busca de manera ininterrumpida a lo largo del film es encontrar el amor, o alguna de las facetas que lo simulan: el aprecio, el cariño, la fama, el prestigio, la adoración y la posteridad. Cada una de estas facetas funcionan como engranajes de la gran metáfora de Birdman, la gran metáfora de Ícaro: el ídolo caído en desgracia que, para bien o para mal, volverá a intentarlo y arriesgará nuevamente su espíritu por un ideal que nadie le garantiza. Y pese al absurdo de ir tras sus huellas, ese mismo ideal es el encargado de girar la rueda de este mundo; el mismo ideal que nos invita a coleccionar fracasos, la cruda prueba de que el empirismo es un criterio estadístico, pues una y otra vez tomaremos la senda de la derrota para no perder la costumbre de perder. Una dosis de masoquismo es indispensable a la hora de indagar en la belleza, pues sólo tras caer derrotados somos capaces de distinguir los matices que salvaguardan la cordura de la humanidad. Lo que nos salva es la voluntad de seguir intentándolo, y he ahí, soterrado por el dolor de la impotencia, el principio motriz del ser humano: el amor cínico y saltarín. No por nada Dante clausuró el último terceto del Paraíso con el verso más necio y hermoso de la literatura: “El amor mueve soles y estrellas”.

Si bien algunos podrían considerar que Raymond Carver no constituye más que un perfume para la trama poliédrica de Birdman, los que conocen el tenso minimalismo carveriano podrán distinguir en la estructura global del film, la misma esencia claustrofóbica de sus relatos y la naturalidad hiriente por medio de la cual los personajes se desenmascaran en torno a un conflicto simple y universal. Más que adaptar a Carver, Iñárritu lo fusionó con su estilo y, a su vez, reinventó a un escritor canónico (cosa complejísima de realizar con autores de la talla).

Pero Birdman no es sólo Raymond Carver, una compilación de referencias bosquejan la escenografía laberíntica donde, en su cariz más fatal, confluyen las voces de Shakespeare y Barthes, entre otros. Ecos de la más sincera nostalgia permean el guión. En la azotea del teatro, Sam Thomson, interpretada por Emma Stone, le pregunta a Mike Shiner (Edward Norton): “Si pudieras, ¿qué harías conmigo?” El talante sexual de la pregunta deviene en angustia debido a la respuesta: “Te arrancaría los ojos y me los pondría en el cráneo para volver a ver las cosas como cuando tenía tu edad”. La encarnación de las emociones y la reencarnación de las identidades complejizan la fórmula de la ficción, la convivencia entre personajes bidimensionales y esféricos encrudece la obsesión de triunfar en el efímero teatro de la modernidad, en el que llegar a lo más alto no garantiza la apoteosis, ni la significación, ni mucho menos la trascendencia.

En un mundo así, los artistas se desviven rastreando la reminiscencia, volviéndose adictos al escándalo y a la necesidad kilométrica de que un desconocido pronuncie su nombre y así le demuestre su amor, aunque sea en la peor de las circunstancias. Ejemplos en la actualidad hay de sobra, contamos con el histriónico Kanye West, quien ha ilustrado las peores consecuencias de este circo: el tipo es talentoso, aclamado, comprendido y, sin embargo, no le basta su vocación para sentirse realizado; Miley Cirus y Justin Bieber le merman atención y el Sr. West no puede tolerarlo. “La fama es la prima facilona del prestigio”, asevera Mike Shiner, y esta frase parece resumir la dicotomía que cimenta el estancamiento de los personajes de Birdman. El mismo antagonismo se vio penosamente tipificado en la pasada entrega de los Grammys. He aquí el prestigio: el virtuosísimo Beck se levanta a recoger un premio (que, por otra parte, poco o nada significa) con su característica modestia y bonhomía, pero ¡Oh por Dios! La prima farsante y vulgar no puede permitirlo, si no hace su alharaca quién sabe quién se llevará el crédito, ‘por favor que no lo obtenga un icono de la verdadera genialidad, el talento a nadie le importa hoy en día, que no permita el mundo ni la historia un triunfo merecido; mi fama, mi espuria fama, ¿a dónde irá?’, se pregunta Kanye y Kanye West VS Beck.

Si se tratara de un músico sin talento, el episodio resultaría patético a secas, pero estamos hablando de un genio en su género; sólo una dinámica social putrefacta puede llevar a una persona a ejecutar un acto tan cretino. Y eso es lo que pone en evidencia Birdman y lo que, años antes, describió también Raymond Carver (recomiendo el cuento “Diles a las muchachas que nos vamos” para comprender a dónde, en casos extremos, puede arrastrarnos la desesperación).

Carver sobrevivirá a Birdman y nunca dejará de ser leído, mientras que Birdmansobrevivirá a Carver para ser recordada como una de las películas mejor logradas que patentan el fracaso de una era. Kanye West no sé si sobrevivirá a sí mismo, pero espero, con las mejores intenciones, que vea esta película, lea a este autor, y no continúe siendo una mala broma de su propio ego.