Naufragios

Siempre que ella pagaba, ya fuera en los tacos o en el supermercado, creo que incluso en el banco también, entregaba los billetes doblados en forma de barquito. Los dependientes o vendedores solían recibirlos con una cara mitad ilusoria, mitad indignada, como preguntándose: “¿Y de veras con esto me va a pagar? ¿Es éste el fruto de mi trabajo, de mi amabilidad, de mi estafa?” La mayoría desdoblaba el barquito de mala gana y vislumbraba el dinero al horizonte para comprobar que no se tratara de un billete falso. En ocasiones, cuando pagábamos por separado, a mí me recibían el dinero sin mayor escrutinio, en cambio, su barquito lo sacudían con desconfianza, lo revoloteaban, lo azotaban como a un pescado medio vivo, y yo me preguntaba: “¿Qué acaso tras ser una figura alegre ya no puede considerarse moneda muerta y valiosa?”

Recuerdo que una vez pagó una cifra muy alta al hacer la despensa y, curiosamente, ese día sólo traía billetes de baja denominación, de veinte y de cincuenta. Lo que entregó bien pudo ser considerado “una flota”, por no decir una armada invencible abanderada en los rostros entrecortados de Morelos y de Juárez. La cajera los recibió casi de rodillas, no parecían barquitos apachurrados sino su propio corazón lo que sostenía entre las manos cóncavas; creo también recordar el brote de una lágrima cristalina y delgada, pero puede que eso me lo esté inventando. La cajera no se atrevió a desbaratar las figuras de papel billete, las guardó con sumo cuidado en su respectivo canal de la caja registradora, y puede que al finalizar su turno le pidiera al supervisor cobrar el sueldo semanal con esos mismos billetes. Guardados en una bolsita Ziploc se los llevaría a su casa donde les destinaría un sitio destacado, quizá el mueble de la televisión, o el centro de la mesa. Me imaginé su rostro desesperado cuando a la mañana siguiente no encontrara los barquitos: lágrimas, sudor, labios mordidos, y entonces se imaginaría que ya habrían zarpado. ¿Pero a dónde? A otro mundo, a la guerra, al último naufragio. Poco después, la cajera encontraría a su niño de cuatro años jugando con uno de ellos, uno de veinte, y le preguntaría a dónde se había ido el resto. ‘Al mar’, le diría su hijo, ‘a la mar y mar y mar’. Ahora la cajera imagina su sueldo navegando los siete mares y el agua la entristece. Suspira y se percata de lo tonta que ha sido, es fin de mes, claro que es fin de mes y la embarcación no puede hundirse ni encallar ni mucho menos ir a la deriva, debe seguir a flote. Su marido se lo ratificaría más tarde: había que pagar la renta.

Mi amiga, la que doblaba los billetes, era propietaria de un deteriorado caserón cerca de Santa Catarina. La propiedad estaba abierta al público como una casa cultural, la había heredado de su abuelo materno, dueño de la juguetería más famosa en el México de los años cincuenta. Sus numerosos cuartos alojaban talleres de escritura, de pintura, clases de repostería, de tango, de yoga y hasta de arqueología. Cada cuarto tenía un nombre diferente, así lo indicaban los rótulos grabados en las puertas. La sala principal, donde se celebraban tertulias literarias, foros de discusión y círculos de estudio, era indistintamente referida como la Sala del Arpa o la Sala “Luis Cernuda”, pues en la misma silla de caoba donde tantas veces me senté, el poeta había descrito el instrumento musical como la “jaula de un ave invisible”. Pero no todos los nombres se referían a una anécdota en concreto; también estaba el baño “Leon Tolstoi”, “la alcoba de Virgilio” y la cocina de “Wittgenstein”.

Un día mi amiga me citó en su oficina, también llamada “el despacho de Nerval”, y me confesó una verdad alarmante: estaba en quiebra, su casa cultural no era autosuficiente y en no mucho tendría que declarar la bancarrota. Había llovido bastante por la tarde, eran como las siete u ocho de la noche y las ventiscas se colaban por los amplios ventanales y se anudaban en un ridículo moño alrededor de nuestros cuerpos. Le pregunté qué tenía pensado hacer. Me contestó tres palabras dolorosas: “Ya lo hice”. Sacó del cajón un brillante cheque firmado por la gloriosa cantidad de cien mil pesos, un anticipo, un enganche, el pago por adelantado de un futuro comprador. “Dejo mi vida”, me dijo, “todo lo que tengo lo abandono, no hay de otra”. Nos mantuvimos en silencio. El llanto llegaría más tarde; entonces sólo hubo palidez e incertidumbre. Le arrebaté el cheque, escruté sus cuatro ángulos y procedí a doblarlo en forma de barquito. Se lo devolví sin mayor pretensión. ‘Ya es hora’, dijo mi amiga y salimos del caserón como dos fugitivos, culpables de un futuro que jamás sucedería.

Ya en la calle, lo liberó en la corriente del canal donde fluían los vestigios de la lluvia veraniega. La nostalgia y, da lo mismo decir, la realidad, redibujaban nuestros rostros conforme perdíamos al barquito de vista. Corrimos tras él. Pese al laberinto urbano, el navío navegaba de babor a estribor calle abajo. Perseguimos su recorrido sin detenernos a pensar qué haríamos en caso de alcanzarlo, quizá hubiéramos podido correr más rápido, pero no queríamos ser cómplices, sólo testigos del desenlace; acompañar su rumbo y garantizar la pérdida.

La trayectoria concluyó en una enorme alcantarilla donde el barquito se sumergió con la ligereza de un submarino. No lo perseguimos a las profundidades. En cuanto desapareció, nos dejamos abatir por el horror del desamparo. Estábamos solos y no había nadie más para nosotros allá afuera. No sé si fui yo quien tomó la iniciativa, pero resolvimos el vacío abrazando nuestros cuerpos, entonces sí que hubo llanto. El tacto en un inicio fue flojo y menguado; conforme pasaron los minutos se tornó hosco y violento, el peso del uno y del otro comenzó a ejercer presión, nos debatíamos forcejeando con el molde de nuestras siluetas, como si buscáramos doblarlas en una nueva forma pese a que ya no hubiera manera de volver atrás, nos habíamos doblegado; inútil todo intento.

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