Carver después de Birdman

Es sabido que el escritor Raymond Carver era en realidad dos personas: la imaginación y el talento de su homónimo de carne y hueso, y la aguda pero quizá descomedida intervención del editor Gordon Lish. En lo particular, yo prefiero los textos de Carver en su estado original, pero sé que a estas alturas tomar partido por una u otra versión carece de sentido.

Recientemente leí un artículo donde se acusaba a Iñárritu de haber traicionado la prosa de Carver por presentar en Birdman una adaptación del texto reescrito por Lish y no la primera versión del autor. Encuentro ese juicio no sólo injusto, también banal, pues lo que el autor de esa nota no toma en cuenta es que el director mexicano no se planteó realizar una película que redescubriera la esencia carveriana, sino una que reflejara el diálogo que sostuvo en su juventud con estos relatos, que lo acompañaron a lo largo de los años para trascender del artificio a la realidad, conforme la edad le ilustraba las peores consecuencias del envejecimiento.

¿Por qué Birdman es una gran apuesta? Por su espeluznante sinceridad. La película no pretende ilustrar todas las respuestas, pero plantea preguntas cruciales que bien podrían conjuntarse en una interrogante más que necesaria en estos tiempos incoherentes (una que planteó Carver sin pretensión, pero con mucho arrojo): “¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?” Lo que el protagonista Riggan Thomson (Michael Keaton) busca de manera ininterrumpida a lo largo del film es encontrar el amor, o alguna de las facetas que lo simulan: el aprecio, el cariño, la fama, el prestigio, la adoración y la posteridad. Cada una de estas facetas funcionan como engranajes de la gran metáfora de Birdman, la gran metáfora de Ícaro: el ídolo caído en desgracia que, para bien o para mal, volverá a intentarlo y arriesgará nuevamente su espíritu por un ideal que nadie le garantiza. Y pese al absurdo de ir tras sus huellas, ese mismo ideal es el encargado de girar la rueda de este mundo; el mismo ideal que nos invita a coleccionar fracasos, la cruda prueba de que el empirismo es un criterio estadístico, pues una y otra vez tomaremos la senda de la derrota para no perder la costumbre de perder. Una dosis de masoquismo es indispensable a la hora de indagar en la belleza, pues sólo tras caer derrotados somos capaces de distinguir los matices que salvaguardan la cordura de la humanidad. Lo que nos salva es la voluntad de seguir intentándolo, y he ahí, soterrado por el dolor de la impotencia, el principio motriz del ser humano: el amor cínico y saltarín. No por nada Dante clausuró el último terceto del Paraíso con el verso más necio y hermoso de la literatura: “El amor mueve soles y estrellas”.

Si bien algunos podrían considerar que Raymond Carver no constituye más que un perfume para la trama poliédrica de Birdman, los que conocen el tenso minimalismo carveriano podrán distinguir en la estructura global del film, la misma esencia claustrofóbica de sus relatos y la naturalidad hiriente por medio de la cual los personajes se desenmascaran en torno a un conflicto simple y universal. Más que adaptar a Carver, Iñárritu lo fusionó con su estilo y, a su vez, reinventó a un escritor canónico (cosa complejísima de realizar con autores de la talla).

Pero Birdman no es sólo Raymond Carver, una compilación de referencias bosquejan la escenografía laberíntica donde, en su cariz más fatal, confluyen las voces de Shakespeare y Barthes, entre otros. Ecos de la más sincera nostalgia permean el guión. En la azotea del teatro, Sam Thomson, interpretada por Emma Stone, le pregunta a Mike Shiner (Edward Norton): “Si pudieras, ¿qué harías conmigo?” El talante sexual de la pregunta deviene en angustia debido a la respuesta: “Te arrancaría los ojos y me los pondría en el cráneo para volver a ver las cosas como cuando tenía tu edad”. La encarnación de las emociones y la reencarnación de las identidades complejizan la fórmula de la ficción, la convivencia entre personajes bidimensionales y esféricos encrudece la obsesión de triunfar en el efímero teatro de la modernidad, en el que llegar a lo más alto no garantiza la apoteosis, ni la significación, ni mucho menos la trascendencia.

En un mundo así, los artistas se desviven rastreando la reminiscencia, volviéndose adictos al escándalo y a la necesidad kilométrica de que un desconocido pronuncie su nombre y así le demuestre su amor, aunque sea en la peor de las circunstancias. Ejemplos en la actualidad hay de sobra, contamos con el histriónico Kanye West, quien ha ilustrado las peores consecuencias de este circo: el tipo es talentoso, aclamado, comprendido y, sin embargo, no le basta su vocación para sentirse realizado; Miley Cirus y Justin Bieber le merman atención y el Sr. West no puede tolerarlo. “La fama es la prima facilona del prestigio”, asevera Mike Shiner, y esta frase parece resumir la dicotomía que cimenta el estancamiento de los personajes de Birdman. El mismo antagonismo se vio penosamente tipificado en la pasada entrega de los Grammys. He aquí el prestigio: el virtuosísimo Beck se levanta a recoger un premio (que, por otra parte, poco o nada significa) con su característica modestia y bonhomía, pero ¡Oh por Dios! La prima farsante y vulgar no puede permitirlo, si no hace su alharaca quién sabe quién se llevará el crédito, ‘por favor que no lo obtenga un icono de la verdadera genialidad, el talento a nadie le importa hoy en día, que no permita el mundo ni la historia un triunfo merecido; mi fama, mi espuria fama, ¿a dónde irá?’, se pregunta Kanye y Kanye West VS Beck.

Si se tratara de un músico sin talento, el episodio resultaría patético a secas, pero estamos hablando de un genio en su género; sólo una dinámica social putrefacta puede llevar a una persona a ejecutar un acto tan cretino. Y eso es lo que pone en evidencia Birdman y lo que, años antes, describió también Raymond Carver (recomiendo el cuento “Diles a las muchachas que nos vamos” para comprender a dónde, en casos extremos, puede arrastrarnos la desesperación).

Carver sobrevivirá a Birdman y nunca dejará de ser leído, mientras que Birdmansobrevivirá a Carver para ser recordada como una de las películas mejor logradas que patentan el fracaso de una era. Kanye West no sé si sobrevivirá a sí mismo, pero espero, con las mejores intenciones, que vea esta película, lea a este autor, y no continúe siendo una mala broma de su propio ego.

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