Prosodia del tránsito capitalino

Se advierte escarnecidamente a la ciudadanía que el nuevo Reglamento de Tránsito de la Ciudad de México ha reforzado las penalizaciones (cinco salarios mínimos y corralón) para aquellos conductores que sean sorprendidos manejando y leyendo al mismo tiempo. A diferencia de las especificaciones del documento anterior (que únicamente prohibía leer libros de más de 250 páginas y novelas sentimentales), el nuevo reglamento también contempla cualquier lectura en smartphones y tablets, así como el hojeo de periódicos, revistas o artículos impresos que rebasen las quince cuartillas.

Ante una restricción tan irracional, un ciudadano consciente podría verse avasallado por las siguientes interrogantes (dirigidas telepáticamente a nuestro insensato Jefe de Gobierno): ¿Acaso la lectura no ha de fomentarse en vez de restringirse? Y, si el automovilista capitalino promedio gasta alrededor del treinta por ciento de su día en el tráfico, ¿cuándo se espera que éste lea y se cultive si no lo hace detrás del volante?

Les he compartido mis inquietudes a los titulares de las secretarías de Transportes y Vialidad del Distrito Federal (Setravi) y de Cultura de la Ciudad de México, y, dado lo que parece estar en juego, no me sorprende en lo absoluto su oneroso silencio en respuesta. De acuerdo, que ignoren las sinceras preocupaciones de un ciudadano honrado (y francamente consternado), pero por medio de estas palabras quiero recordarles que antes de aplicar medidas tan escandalosas tomen en cuenta a los niños: ¡Piensen en los niños! ¡Qué será de nuestra juventud!

Quizá, dadas las catastróficas circunstancias a las que se nos está orillando, los capitalinos debamos acudir, ya de plano, a los audiolibros; o tal vez tengamos que planificar y organizar nuestros trayectos para viajar acompañados y que nuestro amable copiloto se tome la molestia de leernos al oído para relajar así las caóticas horas al volante.

Me inclino a creer que esta nueva artimaña por parte del gobierno sólo favorece a unos cuantos, no me resultaría extraño que la maquiavélica industria editorial del audiolibro esté detrás de tan radical medida. Es sabido que existen miembros en la bancada en el Congreso que velan por los intereses de estos autollamados “pequeños empresarios”; el magnífico artículo de Gustavo Rodríguez Lira, colaborador de la revista Menard, ha desenmascarado dicha red de influencias (aquí). A quien no conozca el mencionado artículo le recomiendo no postergar su atención, pues por medio de éste podrá descubrir la verdadera causa por la que cada vez menos mexicanos practican la lectura silenciosa y se encaminan peligrosamente a la displicente oralidad.

Mientras tanto, el redactor de esta nota tiene que vivir de algo, por lo que ruego a mis lectores que no me consideren corrompido si a continuación les presento una lista de maravillosos audiocuentos que podrán oír e imaginar durante el próximo embotellamiento; espera un servidor que este formato no sea también restringido antes de lograr su difusión:

(Traducción de Sergio Pitol/ Fuente: Descarga Cultura UNAM)

(Fuente: Descarga Cultura UNAM)

(En voz del autor/ Fuente: Descarga Cultura UNAM)

(Fuente: Descarga Cultura UNAM)

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