TRADUCCIÓN: Raymond Carver / What We Talk About When We Talk About Love

Por si no han leído el cuento de Carver que aparece en Birdman (o si quieren conocer una versión menos gachupina que las de Anagrama), les comparto una traducción mía del texto. A diferencia de otras versiones que han retomado el legado del editor Gordon Lish, procuré conservar el verbo favorito de Carver (Said: dijo) en sus innumerables apariciones, ya que dicho vocablo produce la tensión dramática de sus relatos. 

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DEL AMOR

Raymond Carver

(Traducción de Alejandro Espinosa Fuentes)

Mi amigo Mel McGinnis estaba hablando. Mel McGinnis es cardiólogo y eso a veces le da derecho.

Los cuatro estábamos sentados alrededor de la mesa de su cocina tomando ginebra. La luz del sol, desde la gran ventana detrás del fregadero, iluminaba la cocina. Ahí estábamos Mel y yo y su segunda esposa, Teresa ­―Terri, le decíamos de cariño― y mi esposa Laura. Vivíamos en Albuquerque entonces. Pero todos proveníamos de lugares diferentes.

Había una cubeta con hielos sobre la mesa. La ginebra y el agua tónica iban y venían, y de alguna manera llegamos al tema del amor. Mel pensaba que el amor verdadero no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que había pasado cinco años en el seminario antes de dejarlo para ir a la escuela de medicina. Dijo que aún recordaba esos años en el seminario como los más importantes de su vida.

Terri dijo que el hombre con el que vivía antes de vivir con Mel la amaba tanto que había intentado asesinarla. Luego dijo: “Una noche me dio una paliza. Me arrastró por los tobillos alrededor de la sala. No paraba de decirme ‘Te amo, te amo, maldita perra’. Y siguió arrastrándome por la sala. Mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas”. Terri consultó nuestros rostros alrededor de la mesa. “¿Qué se puede hacer con un amor como ése?”

Era una mujer de huesos delgados, lindo rostro, ojos oscuros, el cabello castaño le caía por la espalda. Le gustaban los collares de turquesa y los pendientes largos.

“Por Dios, no seas boba. Eso no es amor y lo sabes”, le dijo Mel, “no sé tú cómo lo llamarías, pero estoy seguro de que no puedes llamarlo amor”.

“Di lo que quieras, yo sé que fue amor”, dijo Terri, “tal vez a ti te parezca una locura, pero es la verdad. Las personas son diferentes Mel. Claro, puede que en ocasiones se haya comportado como un demente. De acuerdo. Pero él me amaba. A su manera, tal vez, pero me amaba. Había amor Mel. No digas que no”.

Mel suspiró. Tomó su vaso y volteó a vernos a Laura y a mí. “El tipo amenazó con matarme”, dijo Mel. Se terminó su trago y buscó la botella de ginebra. “Terri es una romántica. Terri es de la escuela de ‘pégame pero no me dejes’. Terri, cariño, quita esa cara.” Mel la alcanzó a través de la mesa y le tocó la mejilla con los dedos. Le sonrió.

“Ahora quiere enmendarlo”, dijo Terri.

“¿Enmendar qué?”, dijo Mel, “¿qué hay que enmendar? Yo sé lo que sé. Eso es todo”.

“De todas maneras, ¿cómo llegamos a este tema?”, dijo Terri. Levantó su vaso y bebió. “Mel siempre está pensando en el amor”, dijo, “¿no es cierto querido?” Sonrió y yo creí que eso sería todo.

“Simplemente, yo no le llamaría amor al comportamiento de Ed. Eso es todo lo que digo, querida”, dijo Mel. “¿Qué hay de ustedes?”, nos preguntó a Laura y a mí, “¿eso les parece amor?”

“A mí no me lo preguntes”, le dije, “ni siquiera conocí al tipo. Sólo he oído su nombre de pasada. No sabría qué decirte. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto”.

“El tipo de amor del que hablo sí lo es”, dijo Mel, “el tipo de amor del que hablo es uno en el que no intentas asesinar a la gente”.

Laura dijo: “Yo no sé nada sobre Ed ni sobre la situación. Pero, ¿quién puede juzgar las circunstancias del otro?”

Toqué el dorso de la mano de Laura. Me dedicó una breve sonrisa. Cogí su mano. Estaba cálida, tenía las uñas pulidas y un perfecto manicure. Rodeé la circunferencia de su muñeca con mis dedos y la sujeté.

“Cuando lo dejé, él ingirió veneno para ratas”, dijo Terri. Se apretó los brazos con las manos. “Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Ahí vivíamos entonces, a unas diez millas a las afueras. Le salvaron la vida. Pero se jodió las encías. Quiero decir, se le separaron de los dientes. Después del incidente, sus dientes quedaron salidos como colmillos. Santo Dios”, dijo Terri. Aguardó un minuto, luego liberó sus brazos y volvió a coger el vaso.

“Lo que llega a hacer la gente”, dijo Laura.

“Ya está fuera de combate”, dijo Mel, “está muerto”.

Mel me pasó el plato de limones. Agarré un trozo, lo exprimí en mi bebida y revolví los hielos con el dedo.

“Y la cosa se pone peor”, dijo Terri, “se disparó en la boca. Pero también eso lo estropeó. Pobre Ed”, dijo Terri. Sacudió la cabeza.

“Nada de pobre Ed”, dijo Mel, “era peligroso”. Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto y escuálido, tenía el cabello suave y rizado. Su cara y sus brazos estaban bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, todos sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos.

“Pero él sí me amaba Mel. Concédeme eso”, dijo Terri, “es todo lo que te pido. Él no me amaba de la forma en la que tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Eso me lo puedes conceder, ¿puedes?”

“¿Qué quieres decir con eso de que ‘lo estropeó’?”, dije.

Laura se inclinó hacia adelante con su vaso. Colocó los codos en la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Atisbó a Mel y luego a Terri, y se mantuvo a la expectativa con una mirada de desconcierto. Como si le asombrara que tales cosas pudieran ocurrirle a la gente de la que eras amigo.

“¿Cómo lo estropeó cuando se suicidó?”, dije.

“Te diré lo que pasó”, dijo Mel. “Cogió la pistola calibre .22 que había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Estoy hablando en serio, ese tipo todo el tiempo estaba amenazándonos. Debieron ver cómo vivíamos por esos días. Como fugitivos. Incluso yo me compré una pistola. ¿Pueden creerlo? ¿Un tipo como yo? Y sin embargo lo hice. La compré para mi protección y la guardaba en la guantera. A veces tenía que salir del departamento a la medianoche. Para ir al hospital, ¿saben? Terri y yo no estábamos casados por ese entonces y mi primera esposa se había quedado con la casa, y los niños, y el perro, con todo; y Terri y yo vivíamos en este mismo departamento. A veces, te digo, me llamaban a la medianoche y tenía que irme al hospital a las dos o tres de la madrugada. Estaba oscuro allá afuera en el estacionamiento, y me ponía a sudar antes de llegar al coche. No sabía si de pronto iba a salir de los arbustos o si se aparecería detrás del coche y empezaría a disparar. Digo, el tipo estaba loco. Era capaz de poner una bomba, lo que sea. Solía llamar a todas horas cuando estaba de guardia y pedía hablar con el doctor, cuando le contestaba me decía: ‘Hijo de puta, tus días están contados’. Nimiedades por el estilo. Daba miedo, les digo”.

“Aún siento lástima por él”, dijo Terri.

“Suena como una pesadilla”, dijo Laura. “Pero ¿qué pasó exactamente cuando se disparó?”

Laura es secretaria jurídica. Nos conocimos en capacitación profesional. Antes de que nos diéramos cuenta ya éramos novios. Tiene treinta y cinco, es tres años menor que yo. Además de estar enamorados, nos caemos bien y disfrutamos la compañía del otro. Es una chica con la que es fácil estar.

“¿Qué fue lo que pasó?”, dijo Laura.

Mel dijo: “Se disparó en la boca en su cuarto. Alguien oyó el disparo y le avisó al gerente. Entraron con una llave maestra, vieron lo que había pasado y llamaron a una ambulancia. Dio la casualidad de que estuviera ahí cuando lo llevaron, vivo pero moribundo. Vivió otros tres días. Su cabeza se había hinchado al doble del tamaño de una cabeza normal. Nunca había visto algo semejante, y espero nunca volver a verlo. Cuando Terri se enteró, quiso ir al hospital y sentarse a su lado. Tuvimos una gran discusión al respecto. Yo no creía que debía verlo en ese estado. No creía que debía verlo y todavía no lo creo.

“¿Quién ganó la discusión?”, dijo Laura.

“Yo estaba en el cuarto cuando falleció”, dijo Terri. “En ningún momento recuperó la conciencia. Pero me quedé sentada a su lado. No tenía a nadie más”.

“Era peligroso”, dijo Mel. “Si llamas a eso amor, te lo puedes quedar”.

“Era amor”, dijo Terri. “Claro, uno que resulta anormal a ojos de mucha gente. Pero él estaba dispuesto a morir por eso. Y murió por eso.”

“Yo de ninguna manera lo llamaría amor, dijo Mel, “quiero decir, nadie sabe en realidad por qué lo hizo. He visto a muchos suicidas, y no podría decir que alguien sepa por qué lo hicieron.”

Mel colocó las manos detrás del cuello e inclinó su silla hacia atrás. “No me interesa ese tipo de amor”, dijo, “si eso es amor, quédatelo”.

Terri dijo: “Estábamos asustados. Mel hasta hizo su testamento y le escribió a su hermano, que fue soldado, a California. Mel le dijo que estuviera pendiente en caso de que algo llegara a pasarle.”

Terri bebió de su vaso. Dijo: “Pero Mel tiene razón. Vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad querido? En un momento, incluso acudí a la policía, pero fue inútil. Me dijeron que no podían hacer nada hasta que Ed no hiciera algo en concreto. ¿No es gracioso?”, dijo Terri.

Vertió lo que quedaba de ginebra en su vaso y meneó la botella. Mel se puso de pie y fue a la alacena. Sacó otra.

“Bueno, Nick y yo sabemos lo que es el amor”, dijo Laura. “Al menos, para nosotros”, dijo Laura. Me dio un golpecito en la rodilla con la suya. “Se supone que digas algo ahora”, dijo Laura y me dirigió una sonrisa.

A manera de respuesta, tomé su mano y me la llevé a los labios. La besé con exagerada vehemencia. Todos se mostraron divertidos.

“Somos afortunados”, dije.

“Oigan”, dijo Terri, “deténganse. Me están dando náuseas. Por Dios, todavía siguen en la luna de miel. Todavía están alelados. ¡Por el amor de Dios! Sólo esperen. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Un año? ¿Poco más de un año?”

“Vamos por un año y medio”, dijo Laura sonriendo ruborizada.

“Oh ya veo”, dijo Terri, “sólo esperen y ya verán”.

Levantó su vaso y miró fijamente a Laura.

“Es broma”, dijo Terri.

Mel abrió la botella y nos sirvió.

“Aquí tienen chicos”, dijo. “Hagamos un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero”, dijo Mel.

Chocamos los vasos.

“Por el amor”, dijimos.

Afuera, en el patio, uno de los perros empezó a ladrar. Las hojas del álamo que se inclinaban hacia la ventana repiquetearon en el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina, holgada luz de alivio y generosidad. Podríamos haber estado en cualquier sitio, en algún lugar encantado. Elevamos nuestros vasos otra vez y nos sonreímos como niños que hubieran acordado participar en una dinámica prohibida.

“Les contaré lo que es el amor”, dijo Mel. “Quiero decir, les daré un buen ejemplo. Y luego pueden sacar sus propias conclusiones”. Sirvió más ginebra en su vaso. Agregó hielo y una rodaja de limón. Esperamos, bebimos pequeños sorbos. La rodilla de Laura y la mía se tocaron otra vez. Coloqué mi mano en su cálido muslo y ahí la dejé.

“¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor?”, dijo Mel. “Pareciera que no fuéramos más que principiantes. Decimos que nos amamos el uno al otro y es verdad. No tengo dudas al respecto. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y ustedes se aman también. Ya conocen el tipo de amor del que estoy hablando. Amor físico, ese impulso que te conduce a alguien especial, así como el amor por la existencia de otra persona, la esencia de él o de ella como tal. Amor carnal y, bueno, llamémoslo, amor sentimental, el día a día de cuidar a la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí amar a mi primera esposa. Y sin embargo la amé, yo sé que la amé. Supongo que en ese aspecto soy como Terri. Como Terri y Ed.” Caviló al respecto y prosiguió: “Hubo un tiempo en que creía que amaba a mi primera esposa más que a la vida misma. Pero ahora la aborrezco. Es verdad. ¿Cómo explican eso? ¿Qué pasó con ese amor? Eso es lo que quiero entender. Ojalá alguien me lo explicara. Y por otro lado está Ed. Bien, volvamos a Ed. Él ama tanto a Terri que trata de asesinarla y termina suicidándose.” Calló y bebió un trago. “Ustedes han estado juntos por dieciocho meses y se aman. Salta a la vista, brilla el amor sobre ustedes. Los dos ya estuvieron casados antes, igual que nosotros. Y probablemente han amado a otras personas. Terri y yo hemos estado juntos por cinco años, llevamos cuatro de casados. Y el terrible detalle, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora podrían decir, es que si algo llegara a pasarnos ―discúlpenme por decirlo―, pero si algo le sucediera a alguno de los dos el día de mañana, creo que el otro, la otra persona, se lamentará por una temporada, ya saben, pero luego el sobreviviente volverá a salir y volverá a amar y en no mucho tendrá a alguien otra vez. Todo esto, todo este amor del que estamos hablando, tan sólo será un recuerdo. ¿Me equivoco? ¿Tiene sentido lo que digo? Porque quiero que me corrijan si creen que estoy equivocado. Quiero saberlo. Digo, yo no sé nada y soy el primero en admitirlo”.

“Mel, por el amor de Dios”, dijo Terri. Se estiró y le agarró la muñeca. “¿Ya se te subió? ¿Cariño? ¿Estás borracho?”

“Cariño, sólo estoy platicando”, dijo Mel. “¿De acuerdo?” No tengo que estar ebrio para decir lo que pienso. Digo, tan sólo estamos charlando, ¿verdad?”, dijo y fijó la vista en ella.

“Querido no te estoy criticando”, dijo Terri y tomó su vaso.

“Hoy no estoy de guardia”, dijo Mel. “Permíteme recordártelo. No estoy de guardia”, dijo.

“Mel, te amamos”, le dijo Laura.

Mel miró a Laura. La miró como si no pudiera ubicarla, como si no fuera la mujer que era.

“Yo también te amo Laura”, dijo Mel, “y a ti Nick, también te amo. ¿Saben algo?”, dijo Mel, “ustedes son nuestros camaradas”, dijo Mel.

Cogió su vaso.

Mel dijo: “Pero estaba por contarles algo. Digo, iba a demostrar un punto. Verán, esto ocurrió hace unos meses, aunque sigue ocurriendo ahora mismo, y es algo que debería avergonzarnos cuando hablamos como si supiéramos de qué estamos hablando cuando hablamos del amor”.

“Por favor”, dijo Terri, “No hables como si estuvieras borracho si no lo estás”.

“Cállate por una vez en tu vida”, dijo Mel bastante tranquilo, “¿me harías ese favor al menos por un minuto? Así que, como les decía, había una pareja de ancianos que sufrió un accidente automovilístico en la carretera. Un joven les chocó y los dejo hechos mierda y nadie creía que fueran a librarla.

Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa aunque quizá ésta sea una palabra demasiado fuerte.

Mel pasaba la botella por la mesa.

“Estaba de guardia esa noche”, dijo Mel. “Era mayo o tal vez junio. Terri y yo nos acabábamos de sentar a cenar cuando llamaron del hospital. Un chico ebrio, un adolescente, estrelló la pick-up de su papá contra la casa rodante de los viejos. El chico ―dieciocho, diecinueve años, algo así― falleció al llegar al hospital. Se le incrustó el volante en el esternón. La pareja de ancianos, en cambio, llegaron vivos, ya saben. Digo, apenas vivos. Tenían de todo. Múltiples fracturas, lesiones internas, hemorragias, contusiones, laceraciones, de todo… Y los dos con una conmoción cerebral. Estaban en mal estado, créanme. Y, por supuesto, sólo con la edad ya tenían dos strikes en su contra. Creo que ella se encontraba peor que él. Se le había reventado el bazo para acabarla de amolar. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puesto el cinturón de seguridad y sabe Dios que eso fue lo que los salvó de una muerte instantánea.

“Oigan todos, este es un anuncio para el Consejo de Seguridad Nacional”, dijo Terri. “Este es su portavoz, el Dr. Melvin R. McGinnis al habla”. Terri se rió “Mel”, le dijo, “a veces simplemente eres demasiado. Pero te amo cariño”, le dijo.

“Cariño, te amo”, dijo Mel.

Se inclinó por encima de la mesa. Terri lo encontró a medio camino. Se besaron.

“Terri tiene razón”, dijo Mel y volvió a su sitio. “Pónganse sus cinturones. Pero fuera de bromas, esos viejos estaban muy mal. Para cuando llegué el chico ya había muerto, como dije. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Le eché un vistazo a la pareja de ancianos y le dije a la enfermera de urgencias que llamara a un neurólogo, y a un traumatólogo, y a un par de cirujanos inmediatamente.

Bebió un trago de ginebra. “Trataré de ser breve”, dijo. “Así que los subimos al quirófano y estuvimos batallando con ellos toda la noche. Tenían una resistencia increíble esos dos. Eso se ve sólo de vez en cuando. Así que hicimos todo lo que se podía hacer, y al amanecer les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades de salvarse, tal vez a ella un poco menos. Y a la mañana siguiente ahí los tienes, todavía vivos. Así que, bueno, los pasamos a cuidados intensivos, donde cada uno siguió resistiendo durante dos semanas, mejorando poco a poco en cada aspecto. Así que los transferimos a un cuarto”.

Mel se quedó en silencio. “Vamos”, dijo, “hay que terminarnos de una vez esta ginebra barata. Luego nos vamos a cenar, ¿les parece? Terri y yo conocemos un sitio nuevo. Iremos a ese lugar, al sitio nuevo. Pero no nos vamos a ir hasta que nos terminemos esta horrible ginebra barata”.

Terri dijo: “En realidad todavía no hemos comido ahí. Pero parece un buen sitio. Por fuera, quiero decir”.

“Me gusta la comida”, dijo Mel. “Si pudiera repetir mi vida, sería chef, ¿saben? ¿Verdad Terri?”, dijo Mel.

Se rió. Manoseó el hielo de su vaso.

“Terri lo sabe”, dijo, “Terri puede corroborarlo. Pero déjenme decirles una cosa. Si pudiera volver a vivir una vida diferente, en otro tiempo y todo eso, ¿saben qué? Me gustaría ser un caballero. Se estaba bien protegido con esas armaduras. Estaba bien ser un caballero hasta que inventaron las armas de fuego y los mosquetes y las pistolas.

“A Mel le gustaría montar a caballo y llevar una lanza”, dijo Terri.

“Y llevar a todas partes el pañuelo de una mujer”, dijo Laura

“O sólo a la mujer”, dijo Mel.

“No tienes vergüenza”, dijo Laura.

Terri dijo: “¿Y qué tal si volvieras como un siervo?” A los siervos no les iba muy bien en esas épocas”, dijo Terri.

“A los siervos nunca les ha ido bien”, dijo Mel, “pero supongo que hasta los caballeros tuvieron que haber sido vesellos de alguien. Así es como funciona, ¿no? Pero bueno, incluso hoy todos somos vesellos de alguien. ¿No es cierto? ¿Terri? Pero lo que me gusta más de los caballeros, ya saben, además de las doncellas, es que tenían esa armadura, ¿me entienden? Y no era fácil herirlos. No había carros por esos días, ¿saben? No había adolescentes borrachos que te hicieran mierda.

“Vasallos”, dijo Terri.

“¿Qué?”, dijo Mel.

“Vasallos”, dijo Terri, “se dice vasallos, no vesellos.

“Vasallos, vesellos”, dijo Mel, “¿Cuál es la puta diferencia? Me entendieron, ¿no? Perfecto”, dijo Mel, “ya sé que soy un inculto. Sólo aprendí mis cosas. Soy cirujano del corazón, claro, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto y arreglo algunas cosas. Mierda”, dijo Mel.

“La modestia no te va”, dijo Terri.

“Tan sólo es un humilde carnicero”, dije yo. “Pero a veces se asfixiaban dentro de esas armaduras, Mel. Incluso sufrían ataques al corazón si se ponía muy caluroso ahí adentro, o si estaban fatigados y apunto de desfallecer. En algún lugar leí que se caían del caballo y no se podían levantar por culpa de la armadura. A veces, sus propios caballos los pisoteaban”.

“Eso es terrible”, dijo Mel, “es algo terrible Nicky. Supongo que se tenían que quedar ahí esperando a que alguien los convirtiera en una deliciosa brocheta.

“Algún otro vesello”, dijo Terri.

“Correcto”, dijo Mel, “algún vasallo se aparecía para arponear al bastardo en nombre del amor. O en nombre de la jodida causa por la que se pelearan en esos tiempos”.

“Las mismas por las que se pelean ahora”, dijo Terri.

Laura dijo: “Nada ha cambiado”.

Las mejillas de Laura seguían ruborizadas. Sus ojos brillaban. Acercó el vaso a sus labios.

Mel se sirvió otro trago. Miró con atención la etiqueta, como si estudiara una larga hilera de números. Luego, lentamente, devolvió la botella a la mesa y, lentamente, estiró la mano en dirección al agua tónica.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dijo Laura. “No terminaste la historia”.

Laura no podía encender su cigarrillo. Los cerillos se le apagaban uno tras otro.

La luz del sol al interior de la cocina ahora era diferente, cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas tras la ventana aún relucían, y contemplé los patrones que se proyectaban en los cristales y en la encimera de Formica. No eran formas idénticas, por supuesto.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dije.

“Más viejos, pero más sabios”, dijo Terri.

Mel la miró fijamente.

Terri dijo: “Sigue con tu historia cariño. Sólo era una broma. ¿Qué pasó después?

“Terri, a veces…”, dijo Mel.

“Por favor Mel”, dijo Terry, “no seas tan serio todo el tiempo querido. ¿No puedes aceptar una broma?”

“¿Dónde está la broma?”, dijo Mel.

Cogió su vaso y le sostuvo la mirada a su esposa.

“¿Qué pasó luego?”, dijo Laura.

Mel fijó sus ojos en Laura. Le dijo: “Laura, si yo no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti y te raptaría querida”, dijo.

“Cuenta tu historia”, dijo Terri, “luego vamos a ese nuevo sitio, ¿de acuerdo?”

“De acuerdo”, dijo Mel. “¿Dónde iba?”, dijo. Se quedó mirando la mesa y luego siguió con la historia.

“Me daba una vuelta para verlos todos los días, a veces dos veces por día si tenía que visitar a otros pacientes. Los dos estaban enyesados y vendados de los pies a la cabeza. Ya saben, como en las películas. Justo así se veían, igual que en las películas. Pequeños huecos para los ojos y huecos para la nariz y huecos para la boca. Y ella, por si fuera poco, con las piernas colgadas hacia arriba. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Incluso después de saber que su mujer sobreviviría. Seguía estando deprimido. Pero no a causa del accidente, digo, el accidente era una cosa, pero no lo era todo. Me acercaba al hueco de su boca, ya saben, y él me decía que no, no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla a través de los huecos de sus ojos. Me decía que eso era lo que lo hacía sentirse tan mal. ¿Pueden creerlo? Les digo que al hombre se le rompía el corazón porque no podía girar la maldita cabeza para ver a su maldita esposa.

Mel nos miró uno por uno y sacudió la cabeza ante lo que estaba por decir.

“Digo que el viejo idiota se estaba muriendo porque no podía mirar a su jodida mujer”

Los tres miramos a Mel.

“¿Entienden lo que estoy diciendo?”, dijo.

Quizá para entonces ya estábamos un poco borrachos. Sé que era complicado mantener las cosas en perspectiva. La luz se drenaba de la cocina, volvía a través de la ventana hacia el lugar de donde había salido. Aun así, nadie se levantó de la mesa a prender la luz.

“Escuchen”, dijo Mel, “vamos a terminarnos esta pinche ginebra. Queda más o menos suficiente para otra ronda. Luego nos vamos a comer. Vamos al nuevo sitio”.

“Está deprimido”, dijo Terri, “Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla?”

Mel sacudió la cabeza. “Ya tomé todo lo que hay”.

“Todos necesitamos una pastilla de vez en cuando”, dije yo.

“Algunos nacen necesitándolas”, dijo Terri.

Terri frotó con el dedo algo que había en la mesa. Luego se detuvo.

“Creo que quiero llamarle a mis hijos”, dijo Mel, “¿les parece bien? Voy a hablar con mis hijos”, dijo.

Terri dijo: ¿Y si Marjorie contesta el teléfono? ¿Ustedes ya nos han oído hablar de Marjorie? Querido, tú sabes que no quieres hablar con Marjorie. Te vas a sentir aún peor.

“No quiero hablar con Marjorie”, dijo Mel, “pero quiero hablar con mis hijos”.

“No pasa un día sin que Mel no diga que desearía que se volviera a casar, o bien, que se muriera”, dijo Terri. “Sólo por una razón”, dijo Terri, “nos está arruinando. Mel dice que no se vuelve a casar sólo para fastidiarlo. Tiene un novio que vive con ella y los niños. Mel mantiene al novio también.

“Es alérgica a las abejas”, dijo Mel, “si no rezo porque se vuelva a casar, rezo porque un enjambre de abejas la asesine a picotazos”.

“¡Qué cosas dices!”, dijo Laura.

“Bzzzzzzz”, dijo Mel transformando sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en la garganta de Terri. Luego dejó caer las manos a los costados.

“Es perversa”, dijo Mel, “a veces me dan ganas de aparecerme por ahí disfrazado de apicultor. ¿Si saben cómo? ¿Con uno de esos sombreros que son como cascos con un filtro, grandes guantes y el traje acolchonado? Llamaría a la puerta y soltaría una colmena dentro de la casa. Pero primero me aseguraría de que mis hijos no estuvieran dentro, por supuesto”.

Cruzó una pierna sobre la otra. Le llevó mucho tiempo hacerlo. Luego bajó ambos pies al piso y se inclinó hacia adelante. Colocó los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos.

“Tal vez no llame a los niños después de todo. Tal vez no sea una idea tan buena. Tal vez sólo deberíamos ir a cenar. ¿Qué opinan?”

“A mí me parece bien”, dije, “comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca.

“¿Qué quieres decir cariño?”, dijo Laura.

“Exactamente lo que dije”, dije, “significa que podría seguir. Eso es todo”.

“Pues yo podría comer algo”, dijo Laura, “creo que nunca había estado tan hambrienta en mi vida. ¿Hay algo para botanear?”

“Voy a sacar un poco de queso y galletas”, dijo Terri.

Pero Terri se quedó ahí sentada. No se levantó ni trajo nada. Mel volcó su vaso. Lo derramó sobre la mesa.

“Se acabó la ginebra”, dijo Mel.

Oía el latido de mi corazón. Oía el corazón del resto. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos lo más mínimo, ni siquiera cuando el cuarto quedó a oscuras.

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