Otilio González (1895-1927)

LA SOMBRA DE UN POETA

Hay hombres célebres cuyo recuerdo sólo perdura en los nombres de las calles y avenidas, de forma natural, su figura y obra se entreteje con la ausencia de los años, el tránsito cotidiano olvida el contenido de esas letras y, día con día, el hombre detrás del rótulo se va olvidando hasta convertirse en una vaga geografía que segmenta las ciudades. Pasa con Miguel Ángel de Quevedo, gran ecologista adelantado a su tiempo, hoy en día, otra avenida saturada de vehículos contaminantes; de igual manera le sucede a Otilio González, genial poeta saltillense, actualmente, recinto de innumerables balaceras causadas por la guerra del narcotráfico en su ciudad natal. Quizá el destino de su nombre como avenida no sea tan distinto al destino que el poeta tuvo en vida, tan trágico e injusto, y sin embargo, nada más que otra lápida para el eterno cementerio mexicano.

Si bien resulta exagerado comparar la pluma de Velarde con “la obra imperfecta pero inspiradísima” de Otilio González, en los dos poemarios que publicó en vida ―Incensario (1919) y De mi rosal (1923)― se encuentra esa misma esencia paradójica que trenza ritmo y metáfora para obtener un resultado a la vez fatal y humorístico. Como los buenos poetas, Otilio era todo menos un hombre simple, tenía el ritual de escribir sus versos con la mano izquierda para con la mano buena equilibrar un esquelético cigarro totalmente consumido, si la ceniza se quebraba y manchaba el papel, de inmediato achicharraba el poema y lo arrojaba al fuego. Se consideraba un trovador de los instantes inútiles, escribía con la misma soltura de los Niños héroes que de Santa Claus, leía con devoción a Rabindranath Tagore de quien aprendió que el cuerpo podía pulirse y transformarse en una flauta ahogada en música. Es increíble que la misma persona que creó unas mediocres estampas bíblicas desperdiciara su potencial esperpéntico, qué gracia tenía para describir los lapsos indiscretos: 

…Pasa una          

rubia de ojos aceituna

junto a mí: con los pezones

va escribiendo tentaciones;

y yo siento a mi deseo,

como un pájaro irascible

dar debajo del flexible

fieltro negro un aleteo.

Su mente era teatral, se entretenía observando a los gatos del tejado y se decía capaz de traducir sus maullidos; así resolvía los laberintos cotidianos, personificaba lo inanimado y lo instintivo en un juego alegórico de tramas y contextos; basta leer su poema “Los toros en celo” para ver convertida una pelea de corral en un batalla medieval a muerte, interpretaba el caótico México revolucionario como una representación de la Commedia dell’Arte donde había Arlequines, Colombinas, Polichinelas y, por supuesto, donde él era un Pierrot ensoñador y complejo:

Yo lo sé… buen Pierrot; así es la vida,

          cambiadiza, enigmática, fingida…

De mi Rosal, su última publicación en vida, es un libro más bien sedentario y bucólico, lo escribió sumergido en la atmósfera saltillense entre animales de granja y placeres de membrillo. El poeta dejó de creer que la vida fuera “un gran ritmo indefinible” y se centró en estudiar los placeres inocuos de la vida. «La Musa de usted», le escribió entonces el llamado “Príncipe de la palabra” Jesús Urueta, «se parece a la divina Eos de Homero, la del trono de oro, la que con sus dedos color de rosa derrama la luz de las mañanas».

Y fue esta luz serena del desierto la que meses después dibujó en su horizonte una suerte de revelación, mas no poética sino política, a pesar de que años antes hubiera sufrido un exilio tortuoso en Cuba, volvió a la capital para impulsar la causa anti-reeleccionista, fue electo diputado y se sumó a las filas del coronel Francisco Serrano, quien se encontraba en la lucha por el poder con Obregón y Calles. Su fama como orador se extendió a lo largo del continente, Otilio iba y venía de mitin en mitin y de vuelta al hogar donde se dedicó a confeccionar su obra maestra, Triángulo (de publicación póstuma, 1938), y al cuidado de su esposa embarazada de su primer y único hijo, Claudio. Otilio se empecinó en ese nombre, incluso mandó a que bordaran una “C” en todas las prendas que usara; claro que, luego de su muerte, la viuda corrió al registro civil a cambiarlo pues, irónicamente, el nombre de su vástago coincidió con el del asesino de su esposo, el general Claudio Fox.

Os damos juramento solemne de imitaros.

Si nuevos enemigos transponen nuestras puertas…

…escribió en su poema “Salud sacrificados” y, de la misma manera, Otilio fue sacrificado un tres de octubre de 1927 en la aún no esclarecida Matanza de Huitzilac. Entre los numerosos testimonios y escritos que hay sobre la masacre muy pocos son los que hablan del poeta, la mayor parte, al igual que la avenida en la que hoy en día acontecen crímenes tan brutales como el que hubo en su contra, se limitan a mencionar su nombre: licenciado Otilio González. Sin embargo, más de un crítico lo señala como el rostro verdadero detrás del mítico personaje de Martín Luis Guzmán, Axkaná González. Las similitudes son evidentes, más allá del apellido y de que el escritor de El águila y la serpiente conociera personalmente a Otilio en el Congreso, el retrato de este personaje, culto, honrado y pasional, encaja a la perfección con el del poeta. Lamentablemente, existe una gran brecha entre ficción y realidad, como hay una gran brecha entre un hombre de carne y hueso y un señalamiento vial, ya que en La sombra del caudillo, Axcaná González sobrevive misteriosamente a la masacre mientras que Otilio, por su parte, no tuvo tal suerte.

Sus libros son prácticamente inconseguibles, cuando se dejan encontrar, tras escarbar varias horas en las librerías de viejo, no es raro hallar entre sus páginas alguna frase de consuelo dedicada por su hermano menor, Héctor González Morales, a grandes dramaturgos y poetas que por esa época ignoraban si serían reconocidos o si sobrevivirían a la violencia que azotaba al país.

Existe tal misterio en torno a su vida y obra, que es inevitable no dudar del curso del destino. ¿Martín Luis Guzmán habrá narrado la verdad de los hechos? ¿Otilio, como Axkaná, sobreviviría a la masacre?  Seguramente no, pero quién sabe, tal vez retomó su exilio y se alejó de la literatura y la política para llevar una vida común y ordinaria; incluso es posible que en alguna ocasión caminara por la avenida que lleva su mismo nombre y, como tantos, ignorara la referencia y la obra detrás del rótulo; de ser así, probablemente apuraría el paso pues, aunque no tuviera idea de quién fue ese tal Otilio González ni por qué causa murió, sí estaría al tanto de que, actualmente, por ahí amanecen cadáveres dos veces por semana, cadáveres jóvenes, que ni siquiera comenzaron a idear una obra; cadáveres anónimos, que jamás tendrán un letrero que los refiera.‘No no’, se dirá el amnésico poeta, ‘mejor por aquí no’, y así cruzara a la siguiente avenida cuyo letrero también guardará el enigma de otra vida real imaginaria.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s