Bernardo Couto Castillo (1879-1901)

LA CONVICCIÓN DESAMPARADA

En estos tiempos modernos donde toda regla o instrucción existe sólo para romperse hay, sin embargo, un principio irreductible que jamás, por ningún motivo, tenemos permitido rechazar. Su lema es el siguiente: “Todo lo tienes permitido, eres libre de hacer lo que te venga en gana, siempre y cuando no lo hagas realmente.” La hipocresía, la mezquindad, las medias tintas fundan la práctica libertaria del progreso, pero lo que no entienden aquellos que se desviven por defenderla, es que la libertad —o, al menos, lo que ellos llaman libertad— no es más que un efecto secundario de la insignificancia; la civilidad espuria no les deja comprender que los derechos humanos no son una concesión ni un hallazgo sino una guerra cotidiana.

Por su parte, la literatura también acarrea el vicio de esta doble moral, si bien su medio se presume independiente y su creación pondera hasta el hartazgo la sinceridad del ser, su práctica, en el fondo, iguala la santurronería y la mojigatez de una orden religiosa. ‘Embriagaos’, recomienda a sus discípulos el sobrio maestro que cita nostálgicamente a Baudelaire, ‘de vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo. Embriagaos’, les dice y luego formula un silencio entre cuyos paréntesis sólo él puede leer: ‘Sí, embriagaos, pero cuídense de no hacerlo realmente, pues la vida les hará pagar las consecuencias’. Es una verdad nefasta pero verdad al fin: Dionisio no tiene cabida en la cultura moderna, en una época que transforma a sus escritores en becarios burócratas y lambiscones festivos, el espíritu irracional de la rebeldía se produce sólo como una máscara conveniente. Sin embargo, han existido (y siguen apareciendo) ciertos ejemplos  entrega que no consideran a la literatura un recurso ni una herramienta curricular, tampoco una apariencia o un código sino una forma de vida. Estos casos, por lo general, tienen jurado el fracaso.

No es raro, en nuestros días, encontrarse en una tertulia con el neófito lector bukowskiano, kerouaquista o baudelairesco que, en un sincero homenaje narrativo, se pasa de copas, se pone medieval y desafía a la mediocridad del mundo sin más armas que su tropezado aliento. Cuando sucede, la reacción del resto nunca es positiva, o lo corren a patadas del lugar o se confinan al carcajeo. Lo más doloroso es la reacción que experimenta el pobre epígono al percatarse de que, más allá de él, nada en esa noche acontece como en sus novelas. ¿Cómo explicarle a este beodo quijotesco que es la realidad, y no la ficción, la que está falseada, censurada, corregida, simulada? ¿Cómo decirle que la mayoría de los fanáticos de Rimbaud, Bukowski, Lowry y demás, sólo admiran al personaje bien apresado entre las páginas de un libro, pero que correrían lo más lejos posible si algún día se encontraran cara a cara con él? ¿Cómo hacerle saber que todo le está permitido, que es libre de hacer lo que le dé la gana, siempre y cuando no lo haga realmente?

Bernardo Couto Castillo, al igual que el pobre epígono, se dejó poseer por sus primeras lecturas y,,desoyendo el principio irreductible, se propuso importar al México del siglo XIX las ideas del decadentismo francés. Creció acompañado por los relatos de Villiers de L’Isle-Adam, Maupassant y Poe, la prosa poética de Lautréramont, las novelas decadentes de Huysmans y los versos de Verlaine y Baudelaire; de este último extrajo el ideario de su futura narrativa:

Sobre tu joven vida y tu candor

otros querrán reinar por la ternura,

¡mas yo quiero reinar por el terror!

Couto publicó por primera vez a los dieciséis años en un periódico liberal y siguió haciéndolo regularmente en medios del tipo hasta que fundó la Revista Moderna con sus compañeros de la vida bohemia. Dirigió el primer número, pero cedió su cargo a Jesús E. Valenzuela cuando los gastos y las responsabilidades lo rebasaron; posterormente se limitó a aportar algunos cuentos y traducciones de Gausseron, de Villiers y de Whitman. Al igual que sus coetáneos, hablaba un francés fluido, pero a diferencia de éstos, que lo consideraban poco refinado (menos Gamboa), Couto manejaba el inglés con la misma soltura. De 1894 a 1896 emprendió un importantísimo viaje a Europa en el que conoció a los hermanos Goncourt quienes, a su vez, le dieron a conocer la obra de Thomas de Quincey, autor que imprimiría en el joven Couto dos obsesiones intrínsecas: el gusto por el opio y la idea del asesinato (puramente teórico) como un acto estético.

De vuelta a México, con sólo diecisiete años, se dedicó a trazar su vida como una obra literaria. Se refugió en un hostal de mala muerte que pertenecía a su familia —donde, según Tablada: “al despertar hallaba que las chinches se habían bebido el agua del vaso que colocaba en el buró”—, se enamoró de una prostituta llamada Amparo, con la que solía ir a nadar al lago de Xochimilco y se abocó a una escritura más maliciosa e inusitada para el México del Porfiriato. Su relato intitulado “¿Asesino?”, en el que Silvestre Abad confiesa el homicidio de una pequeña niña, delata a todas luces la influencia de Isidore Ducasse cuyos cantos, para la Francia decimonónica, eran horripilantes y hermosos, pero para el México de su tiempo, eran simplemente inconcebibles. “Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días”, proponía Maldoror, “entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño” y “hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si muriera, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias.”

Al padre de Couto le preocupaba que fueran a encarcelar a su hijo por aquello que escribía, Tablada lo tranquilizaba entre risas: “No se preocupe señor, al menos tiene el recurso del amparo”, le decía refiriéndose a la amada del joven cuentista. No obstante, la élite del Porfiriato (como la actual) era experta ignorando a sus artistas, se conformaban con presumirlos como animales de circo. Todo esto a Couto le tenía sin cuidado, como escribió en su cuento “Blanco y rojo”, él estaba consciente de lo que era y adónde quería llegar: “Soy un enfermo, no lo niego, un enfermo sí, pero un enfermo de refinamientos, un sediento de sensaciones nuevas”.

La imagen previa es el cuadro con que el pintor zacatecano Julio Ruelas conmemoró la llegada a la Revista Moderna de su mecenas, Jesús Luján. En ésta, el centauro Jesús E. Valenzuela, director de la publicación, le presenta con el brazo extendido el bestiario mitológico que conforma su grupo. Sobre un corcel ataviado, Luján desentona y se distingue del resto, aunque no se muestra precisamente estupefacto ante la excéntrica comitiva. No parece sorprendido de hallar al poeta José Juan Tablada sobre una bandeja y convertido en un loro ni le inquieta el ala rota del escultor Jesús F. Contreras; no encuentra extraño que el “Príncipe de la palabra”, Jesús Urueta, esté representado como una serpiente con alas de libélula, o que el pintor Leandro Izaguirre, quien inmortalizó con su pincel las torturas que sufrió Cuauhtémoc, sea un fauno en la cima de un roble; o que un par de avestruces, el meticuloso traductor Balbino Dávalos y el lóbrego poeta Efrén Rebolledo, interpreten con flauta y tambor un réquiem para el autor, el mismo Ruelas, que aparece ahorcado. El desconcierto de Luján parece enfocarse únicamente en el joven de ropaje transparente que, al centro de la pintura, se muestra impávido y sereno.

Ese joven es Bernardo Couto Castillo quien, por esos días de 1899, recién había cumplido los diecinueve años y ya había escrito el único libro que publicaría en vida,Asfódelos (1897), y ya también se había empecinado en llevar el espíritu decadente hasta sus máximas consecuencias. Moriría dos años más tarde en la cama de un burdel a causa de una pulmonía; quizá, de haber ocurrido décadas antes, su muerte la habrían considerado heroica, memorable, romántica, pero Couto era hijo de su tiempo (un tiempo farsante y engañoso) y había desobedecido el designio inquebrantable de la modernidad por lo que, incluso sus amigos más cercanos como Alberto Leduc, adjetivaron su memoria con recelo; lo llamaron “malogrado”, “imperfecto”, “interrumpido”. Otros fueron más benévolos; Tablada, en su necrología, definió a Couto como un: “artista raro y exótico” que “pasó invisible ante los ojos testáceos del burgués estólido”; Amado Nervo le dedicó su poema “Oremus”:

Oremos por los sabios, por el enjambre

de artistas exquisitos que mueren de hambre.

¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,

aprendimos por ellos a alzar las frentes,

y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…

                                                   ¡Oremos!

Julio Torri cuestionó que el relato “Un recuerdo” no figurara en las antologías del cuento mexicano, tanto él como Alfonso Reyes reconocieron su talento y su coraje; en una ocasión comentó: “Couto hace recordar a Rodríguez Galván y a Manuel Acuña por su temprano fin y por sus bellas dotes naturales para las letras”. Con este texto, me sumo a la opinión de Torri, es increíble que Bernardo Couto Castillo esté tan olvidado ; a mi parecer,  su prosa, aunque cándida, es un documento invaluable para la literatura mexicana y quizá, tanto a este autor, así como al neófito epígono que corren a patadas, o del que se burlan entre dientes, antes de reputarlos, sería mejor oírlos. nte este principio de la modernidad, quizá la única solución sea aquella a la que recurre el personaje de Couto en su relato “Celos póstumos”: sentarnos a esperar pacientemente, tal vez fumar un cigarrillo y repetirnos, con habitual egoísmo y desengaño, “ya habrá tiempo”.

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