La magia de la modernidad

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Me queda claro que la gente ahora se comunica por medio de imágenes y documentos entendidos como evidencias: Fotografías, memes, mensajes tanto privados como públicos, ubicaciones, emoticones y efemérides enciclopédicas.

Estos documentos funcionan a manera de pruebas y en ciertas ocasiones se utilizan para demostrar la validez de tal o cual razón, excusa u omisión. Por ejemplo, en una ocasión un amigo llegó muy tarde a una cita que habíamos programado con una semana de antelación. Como a mí no me molesta esperar, siempre y cuando tenga en mis manos un libro o algún folleto de supermercado, cuando por fin se apareció lo recibí con alegría y sin ningún reproche. No obstante, él sacó su celular del bolsillo y antes de decirme ‘Hola’ me restregó en la cara una fotografía que le había tomado al tráfico de avenida Insurgentes. Supuse era una broma, pero a lo largo de la velada no paró de hablar del tema, contextualizando aquella foto y adornándola con nuevas e incómodas excusas, lo cual, no me pesa decirlo, arruinó por completo nuestra plática.

Últimamente esa clase de situaciones ciber-tecno-justificatorias surgen en cada uno de mis encuentros sociales. Otro ejemplo: Una tía me habla de un hermoso arcoíris que apareció hace poco en el cielo de su colonia. Yo le pregunto (sin ninguna señal de incertidumbre) si se trató de un arcoíris de trazo curvilíneo. De inmediato, mi tía hurga el interior de su bolsa casi con desesperación. Me inquieto un poco, pues, por un instante, no tengo ni idea de qué es lo que está buscando, ¿acaso tiene allí, adentro de su bolso, el arcoíris? En cierta forma, sí.

Mi tía no tarda en extraer su celular, el cual teclea a prisa hasta dar con una evidencia, para mí innecesaria. Me lo ofrece y distingo en la pantalla un raquítico arcoíris que parte en dos el cielo plomizo de la capital. Me dice entonces que la tía Marta le escribió que “el tesoro siempre está al final del arcoíris”, ya que en la fotografía éste parece desembocar en el edificio donde vive mi tía, casi en el mismo balcón de su departamento.

Sonrío al escuchar la frase y pienso en la novela de Thomas Pynchon El arcoíris de la gravedad y me resulta curioso que hasta ahora (he intentado leerla muchas veces sin comprender gran cosa) me inquiete la interrogante de por qué demonios se titula así.

Mi tía no parece satisfecha con mi reacción, la noto un poco molesta. Vuelve a examinar su teléfono y, tras buscar un buen rato, me lo tiende nuevamente. En la pantalla leo el comentario que hizo la tía Marta en Facebook. En efecto, la tía Marta apuntaló aquella frase: “el tesoro siempre está al final del arcoíris”. Me limito a sonreír e incluso agrego una risilla para confirmar que, en verdad, le creo y que, en verdad, encuentro el comentario algo jocoso.

Pienso a continuación en las pruebas de carácter cientificista que pueden llegar a destruir la ilusión poética de la realidad. Pienso en Isaac Newton destejiendo el arcoíris y entiendo por qué John Keats lamentaba que la mística, la magia y la conjetura ya no fueran tomados en cuenta a la hora de explorar los fenómenos estéticos de la naturaleza.

Pese la risilla, mi tía sigue sin parecer conforme con mi reacción, no sé qué tengo que hacer para probarle que creo en su arcoíris y que lo aprecio por su belleza efímera. Lo que nadie comprende es que entre más pruebas aparezcan más se pronunciará mi desencanto. Mi tía, una vez más, se pone a revisar su teléfono (al que ya deberíamos de dejar de decirle teléfono si cada vez lo utilizamos menos como tal).

No sé qué decirle, ¿cómo probar mi conformidad? Me viene a la mente una frase de El Jilguero, de Donna Tartt, que en su momento no entendí muy bien, pero que ahora se ha vuelto una suerte de consigna para este tipo de situaciones: “No hay nada ‘racional’ en nada de lo que me importa”. Y de inmediato me burlo un poco de la modernidad y de sus espantosos mecanismos.

¿Por qué al tratar cualquier tema hemos de anexar acto seguido una evidencia explícita para que éste tenga validez? ‘Ayer comí hotcakes’ me cuenta una chica, ‘mira’, y me manda una imagen con los mentados hotcakes. Es como si el documento probatorio hubiera suplido el remate de una buena historia o el de un chiste; es el “Prestige” que describía Michael Caine en la película homónima de Christopher Nolan, el truco de magia no está del todo completo si no aparece nuevamente aquello que antes hicimos desaparecer. De acuerdo con esta lógica, el lenguaje se ha vuelto tan insincero, tan desconfiable, tan errático, que al perpetrarse oscurece una verdad previa, la cual sólo puede volver a ser fidedigna gracias a las evidencias que nos facilita la tecnología. Veo a un mago que saca de un sombrero una Tablet con la fotografía de un conejo. Y yo digo: ‘Buddy Holly nació en 1936”, pero de inmediato me acechan las miradas desconfiadas. No es hasta que alguien muestra un dispositivo en cuya pantalla se confirma el dato, que Buddy Holly efectivamente nace en 1936, si la nube de datos no lo confirmara sería posible que el cantautor junto con toda su música desaparecieran en ese mismo instante.

Mi tía por fin encuentra en su archivero intangible aquello que tanto ha estado buscando. En su gesto adivino la alegría de quien recién realizó una proeza o un descubrimiento trascendental para la humanidad. Me tiende el celular y, para mi sorpresa, encuentro en la pantalla un reporte sobre el clima de hace unos cuantos días en el que un torpe redactor ratifica que aquella tarde se vieron numerosos arcoíris en la capital.

El redactor escribe arcoíris según el corrector de Word, fragmentándolo en aras de la buena ortografía, “arco-iris”. Por unos segundos me quedo fantaseando con un arco-iris partido en dos por una gigantesca antena parabólica. La imagen me causa escalofríos y prefiero distraerme escribiendo en el buscador el nombre de Robert Musil, seguido por la palabra “citas”. No tardo en dar con la frase que mi cerebro reclama, una en la que el narrador de El hombre sin atributos señala que desprecia a la modernidad porque “ya nadie se tiende bajo un árbol a contemplar los arcoíris a través de los dedos de los pies”. Completamente de acuerdo, Bob.

Deslizo la pantalla y, para mi disgusto, doy con otra máxima musiliana, certera y necesaria para un espíritu quejumbroso: “Uno no puede molestarse con su propia era sin ser castigado inmediatamente por ello”. Es decir: Aquí nos tocó nacer, esto es lo que hay y lo que somos, y aunque no exista un remedio la frustración tampoco nos servirá de nada. Lo que nos queda es aplaudir como haría el indiferente público de un mago torpe y desgarbado, aplaudir piadosamente el espectáculo, levantarnos de nuestros asientos y abandonar el recinto lo antes posible.

No se aceptan devoluciones.

Publicado en Comasuspensivos 24/10/2015

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