Botiquín literario

Siempre llevo a todas partes algo que yo llamo mi “botiquín literario”. Sin dejar de ser portátil, el botiquín consta de los siguientes elementos:

 

–Una novela habitable: Prosa que reconfigura la realidad que percibo y prosa que enriquezco, letra a letra, al recalibrar mi lenguaje con nuevas aventuras. La novela debe tener alrededor de cuatrocientas cincuenta páginas y es recomendable leer al menos diez cada día.

Un libro de cuentos breves: Piénsese en Pere Calders, Juan José Arreola o Etgar Keret. Lo importante es que tenga las dimensiones adecuadas para reinventar ciertas experiencias transitorias, tales como un viaje en camión, un receso en las labores o la espera de una cita a la que vas con media hora de ventaja. Cuídese mucho de no forzar los plazos, siempre hay que anticipar un periodo para la reflexión postrera o, en el caso de que se trate de un cuento excelente o confuso, para la relectura.

–Un libro de poemas jocoso: Nada muy estorboso ni dañino a la vista. Debe ser un libro algo inconexo. No La prosa del transiberiano ni Muerte sin fin. Puede tratarse de una antología siempre y cuando ésta no privilegie cierto estilo regional o generacional. Algo adecuado para leer en un lapso fugaz de incertidumbre. Es perfecto para los trayectos locales en el Metro o en el Metrobús, sirve de maravilla antes de entrar a un consultorio médico o a un despacho, y durante esa incómoda espera cuando el acompañante acude al baño. En vez de sacar el celular para fingir compañía, mejor acudir a la rítmica atmósfera de, quizá, Eduardo Lizalde, Tomas Tranströmer o Giuseppe Ungaretti.

(Evítese poemas de versos largos, nada de José Carlos Becerra ni Roque Dalton ni León Felipe; postérguelos para una noche lluviosa en la comodidad del hogar, o bien intercambie este tipo de obras por el libro de cuentos breves).

–Un libro de ensayos o un solo ensayo que no exceda las 300 páginas: Seamus Heaney, Ortega y Gasset, Sergio Pitol, W. G. Sebald. Son ideales para intercalar lecturas, matar algunas horas de oficina, esperar el autobús nocturno a las 4am, quedarse atorado en el tráfico a bordo de un taxi o para esperar afuera de la casa a un amigo que olvidó tu visita.

Resulta benéfico complementar el kit con una serie de mini-libros que compendien a los clásicos y un libro ilustrado de textura agradable y aromas que nos devuelvan a la infancia. Por otro lado, nunca está de más integrar ciertos accesorios indispensables:

–Una libreta: Para tomar apuntes, calcar citas y garabatear futuras ideas sobre un libro hermoso e imposible.

–Lápiz, pluma, banderitas de colores y separadores de repuesto (funcionan bien las postales londinenses y los tickets del Oxxo).

Lentes de ser el caso, lupas: Si se usan ediciones de Aguilar.

–Un termo de buena tapa: Con café o agua caliente (recuerde en este caso anexar un sobrecito de té o una bolsita con la hierba de su preferencia).

Lo que me lleva a adicionar ciertos elementos clínicos imprescindibles:

–Curitas, Mertiolate, incluso vendas: Dependiendo de la coagulación del pobre lector que sufra un corte con papel.

–Aspirinas: Hasta las mejores lecturas provocan dolores cefálicos. Si se está leyendo a Pynchon, del Paso o a Proust y el cráneo no está a punto de reventarle, quiere decir que no ha prestado la suficiente atención.

(Para novelas como El arcoíris de la gravedad recomiendo también anexar un Dramamine).

–Pepto Bismol: Los nervios de una novela policiaca pueden jugarle en contra al mejor aparato gástrico. Antes de que se imbuya en una novela de Rex Stout o Patricia Highsmith, recomiendo una dosis doble de antiácidos.

–Jeringa: Sólo para un urgente shot de adrenalina en caso de que una lectura resulte soporífera.

–Calmantes: Básicos para soportar la intriga de un soliloquio estilo Thomas Bernhard.

–Cutter o regla de metal: Precisos para experimentar la deliciosa sensación al abrir las páginas de un libro. También puede usarlos para acabar con su vida, tras leer a Cioran o a Osvaldo Lamborghini.

–Analgésicos: En el caso de que un grueso tomo (como el Orlando furioso, de Ariosto, o Las mil y una noches) se le caiga en el dedo gordo del pie.

–Relajantes musculares: Por si se lesiona el hombro o la espalda al cargar una mochila tan pesada

PD: Si cuenta con un kinddle o un artefacto semejante y ahora mismo se está burlando del presente artículo, espero que se tropiece en alguna de sus andanzas y, sin lesionarse de gravedad, destruya su lector electrónico en 1459 pedacitos… Sí, ese es el año aproximado en que Gutenberg inventó la imprenta.

 

Ilustración de Pedro Calderas

Artículo publicado en la revista Comasuspensivos

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s