Ventanas

Nunca dejará de asombrarme la capacidad que tienen los libros para conectarnos con aquello que extraviamos: Atmósferas, objetos, guiños humorísticos o trágicos y, sobre todo, con personas que cohabitaron un pasado ahora extinto.

Es un misterio deliciosamente irresoluble por qué cuando abro un libro de Manuel Acuña vuelvo a ver el rostro de mi abuela. A veces sólo distingo sus ojos diáfanos, cariñosos; en otras ocasiones la observo desde lo alto: Está sentada en la mesa redonda del comedor, tiene un mandil de cuadros blancos y azules y platica tranquilamente sin desatender a la actividad que pacientemente realiza: Pela una nuez, desgrana elotes, rebana una jícama.

Pese a que los versos fueron escritos en una era remota, si me concentro lo suficiente incluso me es posible entablar un diálogo con ella. Independientemente de lo que diga Acuña, el libro instaura un canal dialógico donde yo le cuento a mi abuela las peripecias del día, le hablo del clima voluble, de las actuales injusticias sociales, del tráfico decembrino, del dolor que me causa su ausencia y de mis peores fracasos.

Mis ojos recorren, de izquierda a derecha, los versos de Acuña.

Ella me responde.

Las letras (me pasa más con las impresas, pero supongo que cualquier grafía funciona) producen un portal donde converge una lingüística asilada del tiempo; es un canal comunicativo al que le tiene sin cuidado lo que es pasado o futuro, lo que es materia o recuerdo. A través de esas texturas, mi abuela me habla, acaso como una proyección de mis nostalgias. Ese tránsito de ideas y sensaciones no tiene una explicación racional y, sin embargo, mi abuela y yo nos podemos quedar charlando así toda la tarde.

Algo similar me pasa ahora con un libro de naturaleza enteramente distinta, y con una persona que aún no ha fallecido, pues habita el mismo mundo en el que yo deambulo, y respira el mismo aire que yo respiro, aunque la lejanía y las heridas de nuestra interacción nos hayan transformado en completos extraños el uno del otro.

El libro es La broma infinita, de David Foster Wallace, y, al igual que los versos de Acuña, éste configura una ventana a través de la cual mi lejana amiga y yo podemos vernos, no sé si en el pasado o como derivaciones de los que alguna vez fuimos. Lo importante es que la veo, hablo con ella, y ella, reconfigurada por los avatares de mi conciencia, tan lejana y no obstante, tan latente, me responde.

A diferencia de como sucedía con mi abuela, con ella (que alguna vez fue mi cómplice literaria) también discuto la lectura como una mancuerna de comentaristas deportivos narrando en vivo la pelea del siglo. Nos reímos a la par de determinados episodios; nos consolamos igual que dos veteranos de guerra en los capítulos donde prevalece lo trágico. En ocasiones, cuando no entiendo algún pasaje, un concepto o una palabra (leo Infinite Jest en su idioma original) le pregunto sin tapujos sobre el significado, las claves del enigma o alguna de sus posibles implicaciones.

Y ella me responde.

Aunque con mi lejana amiga no todo son sonrisas, también me juzga, me condesciende, me cuestiona; a veces se burla de mi ignorancia, otras veces me reprocha mi falta de empatía o mi frivolidad al asimilar algún párrafo demasiado abrupto. Y lo cierto es que en el pasado, cuando no éramos extraños el uno del otro, jamás hablamos a detalle de dicha novela. Sabía, sin duda, que a ella le gustaba, tenía el libro en su buró y (a diferencia de tantos que se rinden en el intento) lo había leído de principio a fin, con notas, frases subrayadas y múltiples separadores.

Pese al distanciamiento, mi amiga pervivió en Infinite Jest (ventana poliédrica y caótica), dejó su esencia en el libro que tantas veces me instigó a explorar. David Foster Wallace, ella y yo cohabitamos esta dimensión a la que llamaré “lingüística” y los diversos narradores me llevan de la mano (y me llevan a rastras) por un maremágnum de dolor, nervios, risas indómitas y evanescencias.

A mi parecer La broma infinita es una crónica del pánico, es decir, un retrato fidedigno de aquello que ocurriría si el peor de tus temores (ideológicos-emocionales) se volviera realidad. Capítulo a capítulo, la crudeza de los síntomas más terribles del nuevo milenio irradia el despertar de una prosa entrópica, sincera y reveladora. La novela patenta mejor que ningún otro libro en su género cómo el goce efímero de la virtualidad es suplido inmediatamente por el vacío de la irrealización.

Y yo me siento un nativo en esas tierras.

Ahora bien, el mismo síntoma de evanescencia que con tanta agudeza plasma Foster Wallace se está adueñando poco a poco de la mecánica de mi conciencia. Pese a que me mantengo lo más lejos que puedo de la virtualidad (no uso redes sociales y la computadora sólo la prendo para trabajar de secretario de mí mismo cuando paso mis textos en limpio), la insignificancia y el vacío instantáneo cada vez permean más mis acciones, mis juicios y, en particular, mis recuerdos.

Hace unos días, desesperado por una angustia insospechada, volví a abrir el libro de Manuel Acuña y no encontré ningún rostro, ninguna voz ni oídos. Mi abuela no estaba allí. En cambio, me topé con un muro indistinto.

Me recordó a un pasaje de Tu rostro mañana, de Javier Marías, en el cual el protagonista observa desde su ventana a su vecino bailando; no obstante, ya que están tan distanciados y las ventanas de ambos están cerradas, el protagonista no puede oír la música que lo inspira, por lo que únicamente distingue a un hombre moviéndose en sordina, persiguiendo un ritmo con el que él no puede sincronizarse.

Poco a poco, mis libros (y mis recuerdos en cautiverio) se distancian más de mi memoria; tan recónditos, les hablo, y quizá ellos continúen hablándome de vuelta, pero el conflicto está en que ya no nos comprendemos, las palabras, empañadas por la bruma de la actualidad, de lo vigente, de lo inmediato, dada su vaguedad e imprecisión, cada vez resultan peores guardianes del ayer; veo cómo se desdibujan los rostros que conocí, que interpreté, los rostros que oí y que amé.

Cálmate, me dice una voz muy parecida a la de David Foster Wallace en la cual están camufladas las voces de mi amiga, de mi abuela y de todas aquellas personas a las que, por azar o destino, he perdido a lo largo de mi corta vida.

Lo que más me aflige son las ventanas brillosas que están sustituyendo a mis portales de pergamino. Foster Wallace las describe en numerosos pasajes de su colosal novela; la mayor parte de las situaciones ocurre en cuartos cerrados donde la ansiedad y la depresión crónica se revuelven intentando escapar de sí mismas. Las ventanas del nuevo milenio son pantallas luminosas que recalibran nuestra angustia (computadoras, televisiones, tablets, celulares); a falta de nuevos horizontes sólo nos queda actualizarlas sin cesar, ejecutar comandos que, a su vez, palien por un instante el desasosiego. ‘Por favor’, le rogamos al aparatito, ‘renueva tu contenido, provoca el placer efímero de mis neurotransmisores, y a cambio yo te daré mi vida, mi atención permanente, mi tiempo, que es todo lo que me queda”.

Ignoro si Alejandro Rossi llegó a leer Infinite Jest, pero en uno de sus diarios pronosticó las características que debería tener una novela tan aguda y penetrante como ésta: “El relato auténtico sería aquel que narrara cómo una gran inteligencia se licua en la pereza, el miedo y la angustia”.

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