El futuro y otras necedades

La literatura ante la incertidumbre del porvenir
Ponencia presentada en el xv Encuentro Nacional de Escritores Tierra Adentro “El futuro inexistente”

Sólo por joder yo voy a resucitar de etre los vivos
Efraín Huerta

En mi más tierna juventud creía que anticipar el futuro era una descortesía con el tiempo. Por ejemplo, consideraba de pésima educación cargar con un paraguas o un suéter extra en la mochila, me parecía una traición climatológica, como si alguien llevara zanahorias al espectáculo de un mago que, inevitablemente, encontrará un conejo al fondo de su sombrero.

De modo que para mí, el clima y otros accidentes del porvenir eran similares a trucos de magia. Los precavidos representaban a mis ojos el envejecimiento de aquellas mentes maduras y escépticas que se dedican a arruinar el espectáculo.

​El futuro sólo como ilusión podemos percibirlo; una vez que acontece, se extingue. Me viene a la mente la actividad que todos los domingos mantenía ocupado a mi tío abuelo Evaristo. Semana con semana, participaba en las rifas que organizaba el periódico Excélsior y le daba cuerda a su imaginación. Antes de que anunciaran a los ganadores, Evaristo elaboraba el minucioso inventario de lo que compraría (una casa en Cancún, un par de guayaberas, un auto deportivo). Jamás resultó ganador, pero nunca dejó de escribir esas listas, siempre distintas; a veces sensatas y responsables (“con esto voy a pagar el gas y el resto lo invierto”), otras desorbitadas y excéntricas; alguna vez tentó la idea de comprarse un submarino.

​Sus ensoñaciones eran similares a la fábula de la lechera, que de tanto especular el glorioso futuro que le deparará el vender la leche, se distrae, tira el balde y estropea cualquier posibilidad de concretar sus ambiciosos planes. Pero las ilusiones nadie se las quita, así como nadie podrá quitarle a mi tío abuelo el entusiasmo y la intriga con los que semanalmente escrituró un futuro que jamás habría de suceder.

​Me parece que este tipo de actividades son un poco necias, aunque en cierto modo ilustran a la perfección la dinámica del quehacer literario. La literatura surge de las interrogantes que le hacemos al pasado, conformado por recuerdos, y al futuro, fraguado en temores y esperanzas. La imposibilidad de obtener respuestas concretas nos obliga a llenar los vacíos utilizando la imaginación, la cual ha de ejercitarse como un músculo.

​Lamentablemente, vivimos en una época de paranoias y catástrofes, de terror e impotencia, de productivismo y celeridad. El futuro muere cada vez más rápido y la imaginación, herida por la homologación cibernética de las conciencias, está a tal grado devaluada que tiende naturalmente hacia una calamidad obnubilada y tediosa. El Apocalipsis está de moda, tan de moda que su simple mención me provoca una ineludible pereza, así que dejaré el tema aparte.

​Lo que sí quiero constatar son algunas transformaciones que ha sufrido la literatura con esta crisis futurístico-imaginativa. Debido a la debacle editorial y a la preponderancia de lo efímero, los escritores se han tenido que refugiar en la agonía de las instituciones, que los están convirtiendo en burócratas a medio tiempo, a la caza permanente de becas y apoyos económicos.

El género literario más practicado en la actualidad es el proyecto creativo: pulcros diagramas de una genial novela que jamás será escrita, textos justificativos de otros textos inalcanzables, sombras informáticas de una poética lambiscona: falso folklor, tendencias academicistas, dígitos semi-revolucionarios (43,132) y uno que otro balbuceo de Heidegger o de Walter Benjamin. Son fórmulas infalibles para ganar becas y para engordar un currículum que poco o nada tiene que ver con la literatura.

​Según lo veo, el panorama literario va encaminado al peor de sus fracasos. Además de ser burócratas a medio tiempo, los autores, gracias a las redes sociales, también tienen que desempeñarse como publicistas; ver a un escritor en acción difusiva, ya sea en las redes o en una de las innumerables ferias del libro, es como ver un informercial de los años ochenta, el cual vende un producto arcaico que, sin embargo, te salvará la vida.

¿Por qué frente a un panorama tan lóbrego alguien en su sano juicio querría ser escritor (me refiero a un escritor riguroso y no a un publicista lleno de sonrisas ni a un burócrata lleno de amiguismos y proyectos)? Supongo que lo que los instiga es la necedad, la misma que llevaba a mi tío abuelo Evaristo a redactar sus quimeras todos los domingos.

​ Esa necedad, esa obstinación, es la que de vez en cuando reaviva mi optimismo. Pienso, junto con Sergio Pitol, que “si bien vivimos en tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos de prodigios. Es curioso que esos “prodigios”, disgregados en los cinco continentes y a lo largo de la historia, se caractericen por poseer conciencias aferradas. Aquellos que ennoblecen y avalan el futuro son los mismos que preservan el pasado. El espíritu renacentista que redescubrió a los clásicos grecolatinos, el espíritu de Alfonso el sabio, al que debemos que el español se convirtiera en lengua tal como la conocemos, incluso en los relatos de ciencia ficción, el espíritu de los personajes de Farenheit 451 que memorizan libros de principio a fin para salvaguardar la esencia de la especie, ese es el espíritu que, en mi opinión, hará pervivir a la literatura ante la incertidumbre del porvenir.

​Italo Calvino falleció poco antes de redactar su sexta propuesta para el próximo milenio, pocos saben que, según los apuntes póstumos, tenía en mente desarrollar el principio de la necedad (o lo que él llamaba “consistencia”) y su importancia para la literatura. Quizá porque jamás fue escrita, o porque que el lema de Calvino era la frase latina “Apresúrate despacio”, confío en que se hubiera tratado del más importante de los seis fundamentos; uno que recalibraría a los anteriores (levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad) y al que toda obra, todo autor e incluso todo ser vivo deberían atenerse.

Es interesante que aunque Italo Calvino teorizara la vanguardia, en el fondo fuera un profeta de la obstinación. ¿A qué me refiero con obstinación? A la necedad de la que hablaba William Blake, la necedad que resiste y a la larga se convierte en sabiduría, la necedad del barón rampante, que un día como cualquier otro se trepó a un árbol y ya nunca más volvió a bajar; la necedad kafkiana del artista del trapecio, aferrado al deleite estético de sus trucos; la necedad de los artistas del hambre, quienes se negaban a probar bocado, no para entretener a un público, sino porque aún no habían encontrado el alimento de su predilección; la necedad de Bartleby, el escribiente, cuando se dejó llevar por la nada laberíntica y le contestó al mundo con valentía y sinceridad: “Preferiría no hacerlo”; la misma necedad que le recomendaba López Velarde a su patria diamantina (parafraseo): “Nunca cambies, cincuenta veces es igual el ave, y es más feliz que tú, patria suave”.

Espero que estos balbuceos hayan podido expresar lo que a la vez me tranquiliza y me consterna con respecto al futuro, me refiero a la idea de que no importa qué tan rápido gire la rueda del mundo, jamás existirá tecnología, artefacto o gadget que consiga emular la sabiduría de la paciencia humana.

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2 comentarios sobre “El futuro y otras necedades

  1. La “ciencia” y la “investigación” en las instituciones están en la misma línea burocrática, ser investigador riguroso hoy requiere tanta necedad y obstinación como la que impulsaría al escritor. Bueno, creo que para cualquier actividad es igual.

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    1. Completamente de acuerdo Roberto, está ocurriendo en diversos estratos y gremios, sobre todo en aquellos que no le interesan al mercado, pero no hay que generalizar los síntomas, cada disciplina tiene problemáticas particulares y requiere de necedades específicas. Aunque es cierto que la obstinación, aunque sea errática, nos lleva a obtener resultados, ya lo decía Beckett: “Ever tried. Ever failed. No matter. Try Again. Fail again. Fail better”.

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