La resistencia Shandy

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Al leer una novela, sobre todo volúmenes de gran magnitud, suelo soñar con los personajes que la habitan; no necesariamente con los protagónicos, en mis sueños aparecen tanto los anónimos como los insignificantes, los miembros del elenco decorativo e incluso ciertos detalles escenográficos.

Por ejemplo, ayer soñé con el tío Toby, el tío de Tristram Shandy; o bien, quizá lo que soñé fue una reinvención del tío Toby, reencarnada en el siglo XXI y ficcionalizada por la atmósfera onírica de una noche lluviosa, musicalizada por sirenas policíacas y patrullas cuyas luces refulgían en la ventana de mi cuarto.

En mi sueño también aparecía el padre de Tristam Shandy, aunque mi yo onírico, al volante de un Chevy azul desvencijado, intuía que ese señor no era un simple personaje, sino el modelo real en el que se basó Laurence Sterne para crearlo, es decir, aquel sabio gordo y bigotón que no paraba de citar latinajos (idioma que en mi sueño yo entendía y hablaba con fluidez) era el mismísimo padre del mejor autor en lengua inglesa del siglo XVIII.

Los tres, el tío Toby, el padre de Shandy/Sterne y yo nos encontrábamos al interior del Chevy azul, detenidos en el tráfico entre Periférico y Viaducto Tlalpan. Avanzábamos a intervalos y de vez en cuando alguien se animaba a encender un cigarrillo de clavo. En un principio, habíamos supuesto que el tráfico se debía a las inundaciones que de vez en cuando vuelven loca a la Ciudad de México, sin embargo, tras avanzar un poco, nos dábamos cuenta de que no estábamos estancados a causa de la lluvia sino por un alcoholímetro.

 —¿Qué es esta ordinariez? —bufó el padre de Laurence Sterne.

 —Son soldados de la patria —dijo el siempre amable y bienintencionado Tío Toby—. Es probable que estén reclutando jóvenes para resistir la ofensiva francesa.

—Es una prueba para ver si estamos borrachos —les aclaré con perfecto acento de Yorkshire.

Los dos esbozaron una mueca de consternación pues llevábamos bebiendo ginebra desde la media tarde. Cabe aclarar que en mi sueño lo que se entendía por un alcohólimetro no era un simple retén para dipsómanos, sino una suerte de abismo a la que iba a parar toda especie de embriaguez baudelaireana, incluso la poética. El tío Toby me dedicó una mirada dulce y comentó en voz alta que no debíamos de preocuparnos por nada, pronto todo se resolvería para bien.

Debo acotar que en el libro, el tío Toby, un patriota obsesionado con las armas de asedio, buen creyente y siempre comprometido con las causas justas, es descrito como la persona más bondadosa del mundo. En una ocasión, dice Sterne, el tío Toby pasó la mitad del día a la caza de una mosca que no paraba de zumbarle los oídos; cuando por fin la atrapó, la liberó en el patio tras decirle: el mundo es lo suficientemente grande para que tú y yo podamos coexistir en paz.

De acuerdo a lo anterior, no me pareció nada raro que el Tío Toby me dirigiera las siguientes palabras:

—Alejandro, usted aún es joven y tiene un futuro por descubrir, en cambio yo soy viejo y ya he vivido; permítame sacrificarme, se lo ruego, intercambiemos sitio para que sea yo quien reciba el castigo por nuestro desacierto.

—Tío Toby, me niego —le dije—, no es responsabilidad suya, no dejaré que pague usted la deuda de mis imprecisiones.

La escena permaneció congelada por unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que súbitamente prorrumpió la voz de un tétrico demiurgo, acaso la lejana voz del caballero Tristram Shandy desde el vientre materno: «¿Qué es la vida humana? ¿No es acaso un continuo vaivén de un lado a otro? ¿De un pesar a otro? ¿No consiste acaso en ir clausurando dolores para inaugurar otros al siguiente instante?»

El tío Toby me indicó que no aceptaría un no por respuesta y, sin darle más vueltas al asunto, salió del auto para entregarse a la obesa gendarmería mexicana. El padre de Laurence Sterne, protector de su hermano, tras carraspear un latinajo sobre las deudas cívicas, lo siguió con las manos en lo alto.

Mi yo onírico quiso refrenarlos, pero me era imposible desaferrar las manos del volante, como si esa rueda fuera el ancla que me mantenía amalgamado al realismo de la humanidad. Frustrado, me quedé viendo cómo se alejaban esos dos caballeros inexistentes y, en cierto modo, comencé a sentir que la ficción estaba huyendo de mi vida, la verdadera literatura abandonaba la carne de mis fantasías y en mi conciencia sólo quedaban los añicos incomprensibles de una tradición literaria que no tardaría mucho en desaparecer.

¿A qué tradición me refiero?

A la ficción entendida como un laboratorio narrativo, como la catarsis verbal que desmaleza horrores autobiográficos, críticas ingeniosas, modelos discursivos y obsesiones invisibles.

¿Y qué es lo que nos queda?, ¿qué sustituye a aquella tradición?

Una literatura emprendedora, condescendiente y dizque “irónica”; un ejército de “escritores proyectitos”, de autores permanentemente desmoralizados por la industria, de jóvenes en ciernes más preocupados por el status, por las relaciones laborales (ya que han descubierto que sólo con base en éstas pueden ascender en la burocrática escalera cultural), por el esquema teórico, por las becas estatales y por los currículums. Nos quedan catálogos editoriales soporíferamente homogéneos, seleccionados amiguera o mercantilmente por editores arribistas y condicionados; nos queda una literatura becaria de etiquetas simplonas y torpes, de miles de premios estériles con los que los gobiernos se deslindan de fomentar realmente la lectura para sacarse la fotografía y apoyar sus campañas políticas.

Las mejores medallas, les contestaría el sabio profesor Francisco Rico, son las que se cuelga uno mismo al estar satisfecho con su trabajo. Los escritores, diría también Roberto Bolaño, no necesitamos a nadie que nos ensalce el oficio, nos lo ensalzamos solos.

Por suerte, Sterne no sólo configuró las claves de una tradición novelística tanto íntima como universal, clásica y vanguardista, también presagió el remedio literario para las condiciones adversas: la resistencia.

 Los escritores, sobre todo los jóvenes o los que apenas estén comenzando, deben aferrarse a la esencia de la literatura, la cual radica en dos actividades muy concretas: leer y escribir. Lo demás es un perfume, una toxina que sólo es buena porque desenmascara a los conformistas, a los trepadores, a los que creen que ser escritor es que alguien más (ya sea un grupo social o un medio de comunicación) te diga que lo eres.

La resistencia es la única forma de sobrevivir a tantos fingimientos, eso bien lo sabía el Tío Toby, veterano de guerra que jamás dejó de construir catapultas y barricadas en los aislados terrenos de la familia Shandy. Eso también lo sabía Laurence Sterne, quien consideraba que la mejor arma de la literatura era la obstinación, la insistencia: «Escribir un libro es como tararear una canción, lo más importante tanto en música como en literatura, no son las ideas ni los giros, ni el léxico ni el virtuosismo, lo más importante es sostener el tono».

De manera que en el sueño la responsabilidad era mía, si bien no podía desaferrar las manos del volante, sí me era posible girar el rumbo y pisar el acelerador. Sorteé sin dificultad el auto de enfrente y me subí a la banqueta donde avancé hasta quedar paralelo al retén y a los dos caballeros a punto de rendirse:

—¡Tío Toby! ¡Vámonos! —grité.

—Pero, ¿a dónde? — interrogó el Tío Toby.

—Esta conducta es inaceptable —dijo el padre de Sterne— nos juzgarán en la corte sin misericordia.

 —No importa —exclamé—, tenemos que irnos.

Los dos caballeros titubearon, pero cuando puse el coche en marcha emprendieron la fuga y saltaron al auto en movimiento.

—Hemos de contactar al cabo Trim para que busque un refugio apropiado—dijo el tío Toby.

—Sin duda esta aventura constará en los anales de la shandypedia —aseveró el padre de Sterne.

El tío Toby y yo cabeceamos con cierto orgullo y permanecimos en silencio, sin despegar la vista del brumoso horizonte.

Sterne también entendía que la vida literaria no es un periplo de parásitos de café en café, de feria en feria, de contrato en contrato y de lambisconería publicitaria, sino que se trata de una misión bélica: «De modo que la vida de un escritor», nos dice Sterne, «por mucho que se tienda a imaginar lo contrario, no consiste tanto en componer como en batallar; y la superación de la prueba depende precisamente de lo que dependen las superaciones de los demás hombres que en la tierra combaten: —no tanto (ni la mitad) del grado de ingenio— como el de RESISTENCIA».

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*Todas las citas provienen de la edición de Alfaguara de Tristam Shandy (2006), magistralmente traducida por Javier Marías.

 

Artículo publicado en La rabia del Axolotl 

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