MI CEGUERA FAVORITA

Toda nuestra historia no es más que la historia del hombre despierto,

en la historia del hombre dormido aún no ha pensado nadie.

Lichtenberg

En ocasiones me pregunto por qué la ceguera y la literatura son tal para cual si el padecimiento de la primera entorpece severamente el ejercicio de la segunda. La ceguera es un excelente tema literario y, además, ha habido magníficos escritores ciegos, pero ¿por qué resulta tan interesante escribir sobre una enfermedad cuyos síntomas problematizan prácticas primordiales como la lectura y la escritura? Es como si el tema por excelencia de la música fuera la sordera, o como si la danza se inspirara en la parálisis. En cierto sentido, sé que exagero y conozco una respuesta: La literatura no es un arte visual sino imaginativo y acaso mnemotécnico, por lo que la ceguera, condenada a un limbo de fantaseo y memoria representa a un socio inmejorable. Quizá la ironía de un escritor ciego no sea tan contrastada como la de un pintor ciego, o la de un músico sordo, porque la literatura tiene herramientas táctiles y auditivas que pueden compensar la merma de cualquier sentido.

            Dicha explicación solventa en cierto sentido una paradoja que no era tal, sin embargo, aún me cuestiono por qué la ceguera resulta tan atractiva a las tramas literarias; la respuesta también la supongo: Se debe al trasfondo mitológico del padecimiento, el cual ha inspirado un sinfín de símbolos morales, psíquicos y proféticos para diversas culturas. Lo que me lleva a arriesgar una última interrogante: ¿Y por qué este tema, tan gastado, sigue vigente en el presente siglo? Un siglo virtual al poco le interesa la materia y sus propiedades.

En la actualidad la ceguera debe ser un limbo aún más excluyente ya que el mercado privilegia más que nunca el consumo visual e instantáneo de productos a los que un ciego no tiene acceso o, al menos, lo tiene restringido. ¿Qué le dicen a un ciego los emoticones, los memes, el acoso semi-pornográfico de las pantallas, los hashtags, los pop-ups y los videos de mapaches de Youtube? Nada, o casi nada.

            Le comparto mis interrogantes a mi amigo Yuban y él, siempre astuto, me indica que, en efecto, los ciegos de la posmodernidad se están perdiendo de mucho; no obstante, me cuenta una anécdota sobre su tío Paco. Al parecer el tío de Yuban quedó ciego a causa de la diabetes y, pese a su invidencia, le encanta sentarse a “ver” el futbol los domingos. “Lo más extraño”, acota Yuban, “es que odia a los comentaristas, así que le baja a la tele, pero se queda muy atento al desenlace”. El resultado, así como los detalles sustanciales del juego, se los comentan sus allegados, que en este caso fungen como asesores permanentes pues el tío Francisco, así como todos los ciegos, dependen casi en su totalidad de alguien que posea el sentido de la vista para que los guíe.

De lo anterior, extraigo la conclusión de que para ser ciego se requiere a una persona de fiar y, sobre todo, ser capaz de confiar en la gente, cosa absurda en la era del escepticismo. Confiar en la gente a mí me pone de nervios, prefiero por mucho la tranquilidad que me da la desconfianza.

 Recuerdo con ternura (y algo de antipatía) al amo ciego del Lazarillo de Tormes. “Agora yo quiero usar contigo de una liberalidad”, le dice al Lazarillo para luego proponerle comer un racimo de uvas de una por una. El ciego hace trampa y revela así cómo mide sus certezas; comienza a comer las uvas de dos en dos y el Lazarillo lo imita, entonces descubre que el pícaro no es de fiar. ‘No puedo ver, pero puedo romper las reglas’, parece decir el ciego, ‘y si las quebranto frente a tus ojos y tú nada dices, entonces me estás engañando’.

            Ese personaje que antes encontraba tan despreciable ahora me inspira compasión, más aun tras recordar cómo el méndigo Lazarillo lo engaña al saltar un río y lo coloca de frente a un pilar en el que se estrella y “cae medio muerto”. Pobre ciego, me digo ahora y al lamentar su destino configuro una teoría sobre la obra de Ernesto Sabato. ¿Por qué la disfruté tanto en mi adolescencia y ahora la encuentro tediosa? Es porque he cambiado de bando y porque ahora que la confianza y sus contrarios se han vuelto tan relevantes, ya no puedo estar del lado de ningún lazarillo ni de Juan Pablo Castel ni de nadie que satanice a los ciegos.

            Se trata, en cierto sentido, de una relectura miope del mundo que antes conocí a través de los diáfanos cristales de mi juventud, lo que produce un contraste impropio de acuerdo al desarrollo de mis emociones, como la máxima de Hanif Kureishi sobre la literatura beatnik, tan maravillosa en la adolescencia y tan lejana en la vejez: “Lo peor que puedes hacerle a Jack Kerouac”, dice Kureishi, “es releerlo a los treinta y nueve años”. A partir de lo cual derivo la siguiente fórmula: “Lo peor que puedes hacerle a Ernesto Sabato es releerlo con anteojos”.

            Así como Sabato encontró en los ciegos un eje fundamental de su narrativa, tanto en el bellísimo “Informe de ciegos” de Sobre héroes y tumbas, así como en el mapa existencial que es el El túnel, yo generaré una poética en contra de aquellos que ven bien. Me vienen a la mente las palabras de Allende, el esposo ciego de María, con las que reprime a Juan Pablo Castel luego de que éste confiese haber asesinado a su esposa: “¡Insensato!”, le grita, “¡Insensato!”.

            Quizá ya sea tiempo de contar por qué comencé estas reflexiones en torno a la ceguera. Lo que pasa es que recién me diagnosticaron una ligera miopía y ahora uso lentes; es una afectación mínima, punto setenta y cinco o punto cincuenta, pero para mí es claro que ya pertenezco al otro bando; durante toda mi juventud, pese al insomnio lector, pese a que la actividad con la que me gano la vida dependa de una pantalla luminosa, siempre gocé de una visión nítida y nunca me detuve a reflexionar sobre la guerra de incertidumbres que se había estado librando.

            “Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego”, apunta con genialidad Saramago en su doloroso Ensayo sobre la ceguera. Doloroso para mí, porque soy de lo más sugestivo y empático con los tormentos de la ficción (con La montaña mágica mostré síntomas de tuberculosis, cuando leí La peste me la vivía en las salas de espera del Seguro Social); de modo que la historia de un mundo que veía a la perfección (como yo) y que en un instante quedó enceguecido en blancas tinieblas, por más alegórica que sea, me pone la piel de gallina.

            Pero no desesperemos, hay desdichas peores que perder la vista, en literatura, la mayoría de las veces, la ceguera es metafórica y dicha metáfora revela discapacidades aún más terribles que la anulación de un sentido; hay algo más trágico que la ceguera y esa es la indiferencia, la enajenación, la tragedia del que no ve porque no le da la gana, porque está tan incrustado en un guion prefabricado que le es imposible desdoblarse, tomar distancia de sí mismo y de su era y comprender lo que realmente está pasando a su alrededor. En ese escenario los ciegos son más agudos y perspicaces que la mayoría; no por nada también han sido simbólicos heraldos, guías, profetas e incluso aves de mal agüero en numerosas obras.

            “¡El ciego!”, grita Madame Bovary antes de morir fulminada por el arsénico. Sus últimas palabras alojan un escalofrío para esta época dorada del olvido. El ciego ya auguraba la tragedia porque el ciego es la memoria. De acuerdo a lo anterior, Saramago nos brinda una clave fundamental: “La ceguera podría ser relativamente soportable si la víctima conservara un recuerdo suficiente, no sólo de los colores, sino también de las formas y de los planos, de las superficies y de los contornos, suponiendo, claro está, que aquella ceguera no fuese de nacimiento”.

            “Creo que tenemos suerte”, le digo a Yuban por teléfono, “porque no somos ciegos de nacimiento, por eso tu tío sigue disfrutando el fútbol, porque conoce tan bien el juego que sólo le hace falta una pizca de contexto para verlo como si estuviera en el estadio”. Yuban tarda en contestar y al hacerlo me sorprende con una idea reveladora, la cual me comparte a manera de pregunta. “¿Sabes por qué Borges después de quedarse ciego dejó la narrativa y se dedicó casi exclusivamente a la poesía?”

            Diantres, una pregunta tan compleja o bien se responde con un tratado de mil quinientas páginas o se simplifica con una respuesta pragmática: “Supongo que era lo más sencillo a la hora de dictarla”, digo. “Tal vez”, contesta Yuban, “pero también porque la memoria enfrentada al olvido no sobrevive en lo cuantitativo, sólo de acuerdo a la cualidad de un recuerdo específico, entonces uno se inventa amuletos psíquicos; mi tío no ve ningún partido frente a la pantalla, ve un recuerdo añorado, puede que vea un estadio, o vea a su padre en una cantina, por eso retorna, no para complementar los trazos del presente, sino para aferrarse a una verdad, única y simple, de su pasado; una verdad que le recuerda quién es él y qué es la realidad. A Borges le pasó igual, poco a poco fue extraviando sus recuerdos y los dejó ir, pero nunca se desprendió de un símbolo importantísimo para él”.

            “¿Cuál?”

            “Un tigre que vio en el zoológico cuando era niño”.

            No es por copiarle a Borges, pero en mi caso ese amuleto psíquico también lo habita un predador, aunque no se trata de un “símbolo de terrible elegancia” como el tigre, sino del enorme cocodrilo albino que resguarda el zoológico de Nuevo Orleans, un reptil antiguo y extraordinario que conocí durante un épico viaje en automóvil que hice con mi padre y mi hermano desde la Ciudad de México. Curiosa coincidencia que dicho amuleto y mi ceguera favorita sean de la misma región pantanosa. Se trata de una ceguera voluntaria, jamás resignada u obediente: la ceguera entendida como sacrificio.

            Su autora es Flanney O’Connor y la novela Wise Blood (1952). La trama proyecta las peripecias de Hazel Motes quien, tras volver de la guerra, se dedica a predicar “La iglesia de Cristo sin Cristo”; en sus andanzas conoce a un repertorio de personajes demenciales; un loco obsesionado con una figura prehistórica momificada que quiere que sea adorada como el nuevo Cristo; una maniaca chiquilla esclavizada a la voluntad de otro predicador supuestamente ciego, quien quiso probarle al mundo su fe cegando sus ojos con ácido de cara al sol; sin embargo, se trata de un falso ciego que se vale de la invidencia para suplir la devoción y convencer a sus adeptos.

Hazel Motes, tan esquizofrénico y turulato como el Ignatius Reilly de La conjura de los necios, sufre adversidades que quebrantan su fe hasta erradicarla. Decepcionado, llega a la conclusión de que la única salvación en un mundo caótico es subsanar la farsa, por lo que decide cegarse definitivamente (como no hizo el otro predicador) para encontrar la fe sin espectáculos ni falsedades. Una vez ciego, no sale a predicar la verdad última de la existencia sino que se dedica a entender su soledad, por fin tranquilo y satisfecho.

            La obra de Flannery O’Connor no es muy popular en los países de habla hispana, recomiendo ampliamente leerla en su idioma original, la cual recrea con maestría los dialectos regionales y configura geniales juegos del lenguaje. Tan hilarante como John Kennedy Toole y, a la vez, tan desgarradora como las voces derrotadas que inmortalizó Faulkner, Wise Blood es por mucho la mejor novela que leí el año pasado y, sin duda, mi ceguera favorita.

Publicado en La rabia del Axolotl:

http://www.larabiadelaxolotl.com/mi-ceguera-favorita/

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