EL PRIMER DJ LITERARIO

 

Que viva la música

La música de la noche

no está en los astros

 sino en la oscuridad entre ellos

Homero Aridjis

Leí ¡Qué viva la música! de Andrés Caicedo a los diecisiete años y, desde entonces, la he releído en un par de ocasiones, siempre con la misma turbación y asombro. Me parece que la novela envejece bien, como esos ancianos cuyos rasgos sombríos ya se adivinaban en el semblante de su juventud, por lo que en la vejez no hacen más que definirse con un cariz de erudición. Caicedo ha trascendido la leyenda que fraguó con su temprano suicidio y se ha consolidado como el cronista generacional del Calicalabozo de los años setenta. En su prosa se vislumbra la originalidad de un narrador sabio, intenso, con un magistral dominio del lenguaje; aunque sé que no todos comparten mi sentir.

Durante la pasada Feria del Libro de Guadalajara, en una escena que bien pudo haber escrito Caicedo, terminé en un taxi sardina custodiado por un grupo de poetas colombianos. Horas antes, por amor a lo gratuito, había diezmado las barricas mezcaleras de Almadía hasta que un lejano sentido de responsabilidad me llamó de vuelta al hotel al que, como no tenía ni un centavo, tuve que regresar a pie.

Extraviado en la noche jalisciense, le pedí aventón, o creo que fui yo el que me aventé sobre el taxi que llevaba a los colombianos. Eran las cuatro de la mañana, tenía una lectura a las diez en un lejano pueblo de los Altos de Jalisco y, tras contarles mi historia, se apiadaron no sin reticencias. En cuanto entré al vehículo, percibí un rumor de desconfianza, el cual quise solventar hablándoles de su literatura, que conozco superficialmente pero admiro con sinceridad.

Hablamos de José Asunción Silva, de Aurelio Arturo y de otros poetas más recientes; ninguno de nuestros gustos parecía concordar. En narrativa actual, expresé mi predilección por la obra de Juan Gabriel Vázquez y Arturo Ungar, ellos renegaron y enlistaron a una veintena de autores “mucho más sólidos”. La conversación estaba al filo del quebranto y comencé a temer por la travesía, ya que ellos tenían la última palabra con respecto a mi estadía en el taxi.

Probé, como último recurso, mencionar a Andrés Caicedo, era eso o a García Márquez y a estas alturas cualquier cosa que pueda opinar sobre el inventor de Macondo ya lo habrá dicho mejor algún cráneo privilegiado. Me detuvieron en seco antes de que pronunciara el apellido, no me bajaron por pura lástima, pero en sus ojos distinguí el deseo generalizado de propinarme una bofetada. Entonces comenzaron a insultar la vida y obra de Andrés Caicedo como si se se tratara del peor enemigo de la literatura colombiana.

Supuse que ya debían estar hartos del malditismo, como yo lo estoy de los que lo ensalzan en tierras mexicanas. No obstante su acertada argumentación, me parece que estos colombianos le achacaban a Caicedo las gestiones que la mercadotecnia y sus epígonos hicieron de su memoria, como si un autor “maldito” fuera responsable de la maldita manipulación que hacen de su legado.

Las conjeturas de complots literarios, las intrigas melodramáticas, la búsqueda de mártires (diligencias con las que Caicedo jamás simpatizó) pasan de lo chistoso a lo ridículo. Hay gente que asegura que Andrés, el anti-McOndo, no se quitó la vida sino que fue García Márquez quien lo asesinó a puño limpio. El legado de un autor es material radioactivo en manos de publicistas, por eso hay que desconfiar de toda artimaña interpretativa que no provenga directamente de la obra.

De acuerdo a lo anterior, cuando me enteré que existía una película de ¡Qué viva la música!, temí que se tratara de otra ridícula adaptación falseada, sin embargo, el film de Carlos Moreno no me avergonzó como The Raven (maltrato chusco a la memoria de Poe), ni me obligó a salir del cine comoKill your darlings (reinvención millennial de la cosmogonía beatnik), ni me dejó frustrado como The Color of Time (biografía de C. K. Williams basada en sus poemas), sino que me pareció una experiencia atractiva, muy diferente a la novela, pero con efectos equivalentes.

Los críticos no tardaron en machacar la propuesta exhibiendo todas sus “traiciones”: que si no tiene nada que ver con la novela, que si los personajes parecen ausentes a lo largo de la trama, que si elsoundtrack no es idéntico al que estipuló Caicedo; “preocupaciones absurdas” diría Rodrigo Fresán, como expresa en su reseña de The End of the Tour (film sobre David Foster Wallace), ya que quizá la mejor apuesta de Moreno fue no haber intentado imitar el libro al pie de la letra (tarea imposible ya que en la novela el protagonista es el lenguaje amalgamado a la naturaleza de Cali), sino crear una perspectiva autónoma del relato. Soy de la opinión de que las mejores adaptaciones así funcionan (Apocalipsis Now, Under the Volcano, Breakfast at Tiffany’s, etc.); interpretan la lectura en función del lenguaje cinematográfico y resignifican ciertos elementos con el fin de contar una historia nueva.

Lamento, sí, que la música no persiga el itinerario sonoro que trazó Caicedo, del éxtasis anglófilo a la furia popular, de la superficie globalizada a las entrañas de la selva, de los Rolling Stones a Willie Colón, a través de un soliloquio en busca de las ruinas generacionales, pero entiendo que los derechos de ciertas canciones no son fáciles de conseguir. Pese a las ausencias, la banda sonora electrifica las secuencias fragmentadas y construye un festín aderezado por la voz en off de la protagonista, cuya doctrina recalibra cada toma.

“Todo estaba innovado cuando aparecimos”, dice la narradora, “no fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejamos. Pero nosotros no íbamos a morir tan rápido”.

Sabiduría instantánea de María del Carmen Huerta, profeta que llevó la rumba a sus máximas consecuencias, encarnada en la película por Paulina Dávila, actriz cuyo único defecto, en mi opinión, es parecerse demasiado a Shakira.

Otro detalle que le achacan a la adaptación es que parece una serie consecutiva de videoclips juveniles, con lo cual estoy de acuerdo, aunque no necesariamente lo considero un error. Incluso como una serie de videoclips sólo inspirados en la novela, el proyecto resulta interesante, pues permite conocer otra faceta del Universo Caicediano que, a diferencia de la prosa, puede sincronizar características audiovisuales para esbozar atmósferas análogas a las que describió el autor, complementadas por extractos en prosa, voces aforísticas y consejos existenciales que invitan al espectador a conocer el resto: “Es prudente oír música antes del desayuno…”, “Donde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines…”, “Todo es tuyo. A todo tienes derecho y cóbralo caro”.

Pensé en esta última frase al interior del taxi y, acto seguido, me pregunté cómo alguien podría hartarse de estas líneas. Los poetas colombianos seguían despotricando contra Caicedo y era mi carne ebria el receptáculo de sus quejas. Por suerte, el taxista, cansado de nuestra discusión, subió el volumen del radio y “como las orejas no tienen párpados”, según Pascal Quignard, nos distrajimos con los acordes de una melodía que nos era familiar.

Era “Soul Kitchen” de The Doors, una canción que los pasajeros conocíamos y, al parecer, a todos nos gustaba. La voz de Morrison se tragó el altercado y armonizó el resto del trayecto, gracias a lo cual volví al hotel sano y salvo. El taxista fue el más sabio de nosotros, zanjó las tediosas voces con una melodía que concertó las distintas emociones en un lugar que nada tenía que ver con las palabras. Al subir el volumen, como si fuera el mismísimo Schopenhauer, pareció decir: “En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”.

El taxista dijo más de Andrés Caicedo que todos nosotros porque entendió que tal vez no había nada que decir, bastaba con escuchar. Pocos son los creadores capaces de conciliar música y la literatura en un mismo producto, los poetas lo logran, pero son escasos los narradores que lo consiguen sin mermar a una u otra disciplina.

En la actualidad llevan la batuta los novelistas anglófonos, cada uno a su manera. Nick Hornby ha patentado un subgénero literario donde el soundtrack resulta indispensable para comprender la trama; Hanif Kureishi, a mi parecer, es el que mejores playlists configura (Bowie le compuso un disco a su novela El buda de los suburbios), Pynchon estructura atmósferas refiriendo a un sinfín de bandas extrañas que hacen de máquinas del tiempo para recuperar décadas perdidas.

El recurso no es novedoso en ninguna tradición, nada tiene que envidiarles a estos autores El Rey Criollo de Parménides García Saldaña, pero sí considero que en México hay una tendencia a evadir las bandas sonoras; música, sí, pero sin referentes ni especificidades, por favor.

Recuerdo que en algunos talleres literarios criticaban mis textos argumentando que tenían “demasiadas referencias musicales”. Yo intentaba explicarles que para mí un compositor o la versión específica de una canción (con sus insoportables detalles ñoños) era igual de valioso que un adjetivo bien empleado. Los talleristas me sugerían evanescer dichos detalles, pues “distraían”, “no añadían nada” y “limitaban la imaginación del lector al restringirlos a una sola pieza”. Sólo aceptaba limar un par de referencias luego de que acotaran un argumento doloroso (no por eso correcto): “¿Te das cuenta de que ningún clásico de la literatura ha especificado con tal detalle la música que escuchan sus personajes?”, me decían y, por supuesto, no consideraban que Rayuela o En el camino fueran clásicos. “Para ser universal”, añadían, “tienes que sugerirle al lector, jamás imponerle”. Fue una suerte que antes de ceder releyera con atención a Thomas Mann.

Momento extraordinario de la literatura universal el día en que Hans Castorp, protagonista de La montaña mágica, descubre el funcionamiento del gramófono. Ligeramente harto de las dinámicas sociales del sanatorio y cansado de jugar al solitario en la baraja, encuentra el artefacto con la misma sorpresa con que Aureliano Buendía conoce el hielo en Macondo (eso le hubiera dicho a los colombianos). Pese a ser un regalo para todos por parte del doctor Beherens, Castorp se apodera de la maquinaria, aprende su uso y se responsabiliza del mantenimiento.

No tarda en catalogar los diferentes géneros, compositores e intérpretes y por las noches instaura lo que hoy se conoce en ciertas fiestas capitalinas como “la dictadura musical”. Al resto de los enfermos les resulta indiferente la selección, aunque bailen y tarareen todas las noches, la clasificación y el orden les da igual.

La indiferencia auditiva es un síntoma que ya aquejaba a la Europa de principios del siglo XX y continúa afligiendo los oídos de la actualidad; hay personas que simplemente quieren oír sonidos como un arrullo liviano, pero les da lo mismo identificar al compositor o jerarquizar las piezas; se muestran impávidos ante las diversas tonadillas a menos de que el cambio sonoro sea demasiado brusco. De modo que la música ya no es revelación para ellos, sino conformismo seducido por las modas, rezo semántico y rítmico, moneda barata de intercambio metafórico para costear la pertenencia a algún grupo o estrato social.

El dj Castorp modula el vaivén de los tuberculosos sin dejarse arrastrar por la borregada y así se desdobla de su era, como bien recomienda la protagonista de ¡Que viva la música!: “Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar. Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé”.

Para Hans Castorp la música es patria de una memoria inventada y ventana de emociones y recuerdos. El primer dj de la literatura, con su “pequeño ataúd mágico” (el gramófono) se ocupa del cuidado de la discoteca; incluso es pionero de las listas top 5 –que popularizaría Nick Hornby en High Fidelity-, pues Thoman Mann describe con lujo de detalle los cinco clásicos que dialogan con las emociones de su protagonista:

 1)Verdi – “Aida”,

 2) Debussy – “Prélude à l’après-midi d’un faune”,

3) Bizet – “Carmen”,

4) Gounod – Fausto,

5) Schubert – “Der lindenbaum”.

Esta última pieza, no sólo es importante en el capítulo, sino que contiene la clave general de lo que significa La montaña mágica. Castorp descubre en la música el hondo horror del vacío y una invitación a la muerte: “Merecía la pena morir por ella, por aquella canción mágica. Pero quien moría por ella, en realidad, ya no moría, y sólo se convertía en héroe porque, en el fondo, moría por algo nuevo”.

Mismo sacrificio realiza María del Carmen Huerta al sumergirse en los laberintos de la naturaleza humana en busca de nuevos instintos, emociones, cadencias, ritmos, nuevas formas de vida. ¡Que viva la música!

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