DISCURSOS AMBISINIESTROS

Damas y caballeros, miembros del jurado, hoy vengo a dar un discurso sobre mi relación con los discursos. No me iré por las ramas y comenzaré afirmando que lo que más disfruto de las distinciones y premios literarios son los discursos de recepción. Se trata de un género que no ha sido estudiado exhaustivamente y que esconde numerosos secretos como dispositivo híbrido entre el ensayo, el testimonio, el agradecimiento halagüeño y la teoría crítica. Cuando, tras el discurso, se oculta un ajuste de cuentas, el autor también formula una Poética.

Procuraré no hablar de mí más de lo necesario. De cualquier modo, no hay mucho que decir. Soy sólo un discurso a medio trecho. No soy –y cómo envidio– las palabras de Faulkner, ni las teorías de Montale ni el criterio de Neruda en el podio de Estocolmo. Tan sólo soy, repito, un discurso inmerecido sobre los discursos literarios.

No estaría aquí, de eso estoy seguro, sin el discreto antecedente de numerosas obras que resistieron al paso del tiempo, por no hablar de sus necios autores, quienes soportaron la infame vocación literaria. Es triste que a la mayoría, sólo al final, le permitieran describir la anatomía de su infortunio.

Dejemos el lamento por ahora. Prefiero hablar de Nicanor Parra, quien ya tiene 101 años y puede que no muera nunca. A él, por ejemplo, nunca le darán el Premio Nobel y nosotros no tendremos la dicha de escuchar una de sus nuevas ocurrencias al recibirlo. Yo no lo escucharé porque soy un discurso y moriré con el punto final que me sepulte, y ustedes no lo escucharán porque a Parra no lo quiere la academia desde que descubrió su riguroso criterio de selección a raíz de un anagrama:

 PABLO NERUDA

NOBEL PARA UD.

 

Así de simple. No a Parra, no a Joyce, no a Proust ni a Tolstoi, ¿de cuántos excelentes discursos nos han privado sus jueguitos del lenguaje? Sin embargo, no guardo rencores pues soy sólo un discurso. Peor aún, un discurso al que ya se le está haciendo tarde y aún no ha entrado en materia. Daré unas vueltas alrededor del podio, si me lo permiten damas y caballeros, para ilustrar mejor aquello que vengo a declarar. La verdadera clave de un discurso, les diré en unos momentos, cuando deje de dar vueltas por el podio, la esencia de todo discurso está en las manos. Benditas amputaciones de Lepanto que dan vida a la imaginación. No sé si conozcan esa anécdota que cuenta Paul Auster sobre la mano de James Joyce. Una señora de la alta sociedad se acerca al descarado irlandés y le ruega, le suplica, que le permita estrechar la mano que escribió el Ulises. Incómodo, Joyce eleva la palma a la altura de su cabeza y ve su vida pasar a través de esa mano. La señora aguarda sin aliento. De acuerdo, dice Joyce y estira el brazo no sin antes advertirle, pero usted ha de saber que esta mano que escribió el Ulises también ha hecho muchas otras cosas. La elegante dama, ahora consternada, imagina todas las posibilidades, y Auster nos describe un sinfín de asuntos de los cuales no se suele hablar en los salones ilustres.

Ya lo sé, lo veo en sus ojos, ahora quieren que dedique este discurso a la memoria de Cervantes, lo percibo en sus miradas y eso haré, porque este año se conmemoran 400 años de su fallecimiento y unos cuantos más del fallecimiento de su mano, la cual, no amputada pero sí tullida, trazó su último anhelo con pólvora y no con tinta. Bien, tuvieron que pasar cuatrocientos y tantos años para que recibiera el premio Cervantes, un autor que en verdad sabe redactar discursos. Tan irónico como Parra, tan sincero como Faulkner y tan sabio como Montale, el inigualable Fernando del Paso, técnico entre los rudos y rudo entre los técnicos, se apodera de Alcalá de Henares para contarle a los reyes sobre una ley provinciana, denominada “Ley Atenco”, que legitimará la represión de toda organización civil. Los reyes no tienen idea de qué es Atenco ni cómo se condimenta, aunque sí saben que Rajoy, el monigote sentado a su izquierda, promulgó una ley semejante para toda España, sin embargo sonríen conscientes de su caricatura y dejan que el viejito hable con tal de que no se explaye en su discurso.

Pero del Paso se explaya y habla, en honor al brazo tullido de Cervantes, de su propio brazo estropeado. En un colegio de monjas, dice del Paso, me daban un reglazo cuando quería escribir con la mano izquierda, me obligaron a hacerlo con la derecha y, en venganza, dice del Paso, mi mano izquierda se dedicó al dibujo. Los reyes ríen, Joyce aún mira la biografía de su palma y Nicanor Parra todavía tiene 101 años. No obstante, sé que soy escritor, aclara del Paso, porque nunca he dejado de escribir para dibujar y sí dejo de dibujar para escribir.

De manera que Fernando del Paso no es ambidiestro, sino ambisiniestro, según se define él mismo. Risas en el recinto. Carcajadas atemperadas. Una mente tan brillante para cultivar neologismos no se deja ofuscar por los murmullos y prosigue con el discurso, como este discurso ha de proseguir para hablar ahora de las coincidencias.

Hay casos graves en los que la condición ambisiniestra lleva también a la dislexia, tanto fonética como ideológica, y es entonces que este discurso se traslada a Caracas, 2 de agosto, 1999. A Roberto Bolaño le fue concedido el Premio Rómulo Gallegos. La dislexia de Bolaño era tan intuitivamente cínica, que no sólo confundió la geografía por sus rasgos semióticos, grafológicos y fonemáticos, sino que también se equivocó de discurso al leer (quizá a manera de homenaje a su adorado Philip K. Dick) las palabras que nunca pronunciaría en el Premio Cervantes debido a su temprana muerte. De manera que Bolaño, en la entrega del onceavo Premio Rómulo Gallegos, en realidad recibió el Premio Mano de Cervantes, pues el resto, bien sabía, jamás le sería otorgado.

 Si del Paso escribía con la derecha y dibujaba con la izquierda, el problema de Bolaño iba aún más lejos, pues él, nos dice, chutaba con la izquierda y escribía con la derecha, por lo que, tanto en el fútbol como en la prosa, nunca entendió las direcciones técnicas cuándo le indicaban a dónde disparar. A él le hubiera gustado escribir con la izquierda, pero lo cierto es que no lo hacía, y este simple inconveniente cardinal lo proyectó al malabar ideológico de la literatura latinoamericana desequilibrada desde sus cimientos por el brazo tullido de Cervantes.

Pienso en uno de los discursos menos gráciles que ha atestiguado el Premio Nobel de Literatura, el discurso de Mario Vargas Llosa (excelente novelista, sí, aplausos, aplausos), quien subió al estrado a decir que en América latina (menos en Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua: una porción importante, a mi parecer) la democracia está funcionando. Para comprobarlo ejemplifica, entre otros países, a México, donde se tiene una izquierda y una derecha, que respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación del poder, dice Vargas Llosa.

Yo no sé de dislexias ideológicas ni de posturas ambidiestras o ambisiniestras, jamás entenderé tales piruetas psíquicas, pues sólo soy un discurso y no tengo ni manos ni piernas, ni izquierdas ni derechas. Sólo tengo por segura una cosa: Nicanor Parra tiene 101 años y es posible que a todos nos sobreviva.

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