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Constantemente intentamos descubrir motivos ocultos y

no avanzamos, sólo complicamos y trastornamos aún más

lo que ya está suficientemente complicado y trastornado.

Thomas Bernhard

      El siete de noviembre de 1966, John Lennon entró a la Galería Índica de Londres y conoció al amor de su vida. A un lado de la puerta había una obra conceptual que consistía en una escalera, la cual te dirigía a una pintura cuyo minúsculo mensaje había que descifrar por medio de una lupa. Al 1.80 que medía Lennon no le hizo ninguna gracia trepar por aquella escalerilla, pero lo que encontró lo convenció de que su vida, tal como la conocía, jamás sería la misma. A través del cristal leyó en letras microscópicas la palabra “yes” y al bajar de vuelta a la galería miró con nuevos ojos a esa artista japonesa con la que terminaría pasando el resto de sus días.

“Sí hubiera leído la palabra No, o un mensaje como Fuck You, habría salido de la galería sin volver la vista atrás”, solía decir Lennon, pero lo cierto es que la obra decía ‘yes’ y ese vocablo fue el origen de un amor que una vez fue para siempre, y que se vio interrumpido el día en que Mark Chapman confundió la pluma de autógrafos con un revolver calibre 38.

En alemán, la palabra ‘sí’ se dice ‘ja’ y acaso, dada su similitud con la interjección que indica la risa o burla, su uso sea más irónico que en otras lenguas. Tal vez por eso Thomas Bernhard decidió titular así su novela escrita en 1978, pese a tratarse de un autor a grandes rasgos negativo. Quien conoce la narrativa de Bernhard podrá intuir, pese al título, que no es una historia tan esperanzadora ni iluminada como el día en que John conoció a Yoko; los soliloquios nihilistas y escépticos de Bernhard no suelen configurar emociones tan gratas como el amor a primera vista y, sin embargo, podrían tratarse, la novela y el episodio de la galería, de dos caras de una misma moneda.

La idea central de es difícil de explicar, pero si uno se identifica con la situación resulta muy sencilla de entender. En pocas palabras: alguien se dedica de lleno a una disciplina y la vida en sociedad (familia, amores, amigos, obligaciones hogareñas, rutinas y hábitos) suele distraerlo. De manera que esa persona, para privilegiar su trabajo, se aparta de la vida común y busca un lugar lo suficientemente remoto para poder concentrarse. La soledad, en un inicio, produce resultados y encamina el proyecto hacia sus objetivos, sin embargo, el paso del tiempo transforma esa soledad en un vacío que obnubila primero las expectativas, y después las razones por las que la lejanía tuvo sentido en primer lugar.

En estas condiciones encontramos al narrador-protagonista de la novela de Bernhard, un científico neurótico, estudioso de los anticuerpos de la naturaleza, que considera que todo en la vida fracasa y que sólo al estar conscientes de este fracaso somos capaces de llevar a cabo algún proyecto: “Al menos, si tenemos voluntad de fracasar, avanzamos, y debemos tener siempre, en todo y en todas y cada una de las cosas, al menos la voluntad de fracasar, si no queremos perecer”.

El protagonista habita una casa en ruinas, un “calabozo laboral y existencial” que consta de dos cuartos principales; el cuarto de los libros, donde lee a Schopenhauer, y “el cuarto de las manías”, donde escucha a Schumann en silencio, tan sólo leyendo las notas en una partitura.

El protagonista acusa una “enfermedad” con la que muchos, sobre todo los que han sobrellevado largos períodos de aislamiento, están familiarizados; se trata del absurdo moderno que paraliza las emociones y el cuerpo en un limbo de sinsentidos. El personaje, considera a sus amigos, o más bien a sus conocidos, como médicos a los que se acude semanal o mensualmente en busca de una cura a esa soledad y a ese sinsentido. Por lo general, el amigo o conocido no tiene noción de ser un médico, una pieza clave para bloquear los síntomas de la parálisis aunque sea por un breve lapso. Moritz, agente  de bienes raíces, el único personaje con nombre propio en la novela, cumple el papel de ese amigo-terapeuta para el protagonista y en cierta manera logra ayudarlo al presentarle a la Persa.

La existencia del protagonista es modificada, y en cierto sentido salvada, con la aparición de la Persa, un monólogo interior tan insatisfecho como el suyo, con el cual deberá enfrentarse. La novela de Bernhard, en palabras de Luis Goytisolo, es “el magnetismo que mutuamente experimentan y ejercen dos soliloquios desesperados hasta que, al identificarse como pertenecientes al mismo signo, empiezan a repelerse mutuamente para terminar neutralizándose, retraídos y hostiles, incompatibles”.

Desde sus primeras páginas, el texto da indicios de esta colisión, entendiendo el encuentro de dos personas como un choque de discursos destinados a fundirse y posteriormente a rechazarse; bien lo anticipa el protagonista al declarar que “para un forastero cada persona es una trampa mortal”.

Sin embargo, esta trampa podría ser, a su vez, otra forma más vil, cruda y realista de referirse al amor; quizá sea sólo otra perspectiva desde la que pudo describirse ese mismo amor que también nació en la Galería Índica un siete de noviembre de 1966. Y si uno se detuviera en la página 115, diez antes de la conclusión, podría llegar a creer que la novela de Bernhard a eso aspira, sobre todo tras leer la precisión con que describe sentimientos semejantes: “Es hermoso estar con una persona para la que los propios conceptos son tan claros y tan decisivos como para uno mismo”.

Por otra parte, el lector es consciente de que el soliloquio reiterativo que lee es un testimonio que el narrador pone por escrito para intentar sobreponerse de su enfermedad, pero también, a la manera de Camus en La Caída, para sobreponerse de la Persa, el otro soliloquio desesperado con el que alguna vez estuvo fundido. Lamentablemente, la posible unión que construye el narrador a lo largo de su soliloquio se desmorona en una frase con la misma eficacia: “Es increíble lo deprisa que la mejor relación, cuando se le exige más de lo que pueden dar sus fuerzas, se desgasta y finalmente se consume”.

Sin duda el yes que leyó John Lennon a través de la lupa y el Ja de Thomas Bernhard describirían una misma emoción si no se trataran de respuestas a preguntas contrarias. Mientras Lennon distribuye un mensaje positivo, “Yes is the answer [Sí, es la respuesta]”, dice en “Mind Games”; el otro replica Japara fundamentar a un largo argumento suicida.

Ocho páginas le toma a Bernhard transformar una novela de amor en un tratado sobre el suicidio, le basta con extinguir la interrogante amorosa y sugerir una nueva pregunta existencial cuya respuesta recalibra una lectura que, al ser releída, sólo puede hablar sobre el suicidio. Entonces el lector presta atención a ciertos párrafos que antes debieron ser evidentes, pero no lo fueron, porque creyó ingenuamente que la cura para la “enfermedad” podía ser el amor cuando, por el contrario, era la muerte: “…un día, me digo siempre, haré lo que tengo que hacer un día, me suicidaré, porque mi vida y mi existencia se han vuelto un sinsentido, y continuar y seguir continuando esa absoluta falta de sentido es absurdo”.

De manera que la enfermedad no sólo es la vida sino la ilusión de fabricarla disimulando que este proceso no nos está conduciendo directamente a la muerte: “Un año tras otro no he hecho otra cosa que construir, construir y siempre construir y, con ello, me he debilitado de la forma más irresponsable, y he motivado quizá esos estallidos de enfermedad, luego cada vez más graves”.

Lo fatal es que aunque uno se vuelva consciente de la futilidad de su existencia, no hay ninguna solución: “En todo momento buscamos uno o varios culpables, a fin de que, al menos de momento, todo nos resulte soportable, y lógicamente siempre llegamos, si somos sinceros, a nosotros mismos”.

Cabe recordar que en otro estribillo de “Mind Games”, Lennon canta: “Yes is surrender, you got to let it go” [Sí es rendirse, tienes que dejarlo ir]. No obstante, he de confesar que a lo largo de este artículo me he conformado con una interpretación demasiado cómoda para vincular, por medio de la palabra , a Lennon y a Bernhard, pero ya va siendo hora de acotar que el de Bernhard no dialogó en ningún momento con el de Lennon, sino con el emblemático final de Ulises que concluye, tras mil páginas de polifonía, con un contundente y acaso lascivo Yes.

El icónico monólogo interior de Molly Bloom concluye emulando la lujuria de una Penélope desesperada: “…y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí”.

Por eso resulta tan cruento comparar el Yes de Molly al entregarse a los placeres de la carne y el Jade la Persa cuando le contesta entre risas al narrador su desconsiderada pregunta: “…yo le había dicho a la Persa, en uno de nuestros paseos por el bosque de alerces, que hoy se matan tantos jóvenes y que la sociedad en que estos jóvenes se ven obligados a existir, totalmente incomprensible, es el porqué y que, de forma totalmente repentina y realmente del modo más desconsiderado, le había preguntado a la Persa si ella se mataría un día. Ella, entonces, sólo se había reído y había dicho que sí”.

Por más fatídica, desesperada y tormentosa que resulte la obra de Bernhard, no puedo dejar de considerarla una oda a las contradicciones humanas llena de pequeñas esperanzas que, aunque no sirvan para nada, ahí están y aparecen a pesar de que nos encaminemos hacia un destino trágico. El demoledor estilo de Bernhard ha repercutido en la literatura hispanoamericana contundentemente, sobre todo si se considera a los numerosos autores a los que ha influido, entre ellos Ricardo Piglia, Fernando Vallejo y Javier Marías.

* Advertencia: Bernhard produce adicción y todo intento de imitar su prosa estará condenado al fracaso, desenlace que quizá el austriaco no vería con malos ojos.

Publicado en La rabia del Axolotl: http://www.larabiadelaxolotl.com/si/

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