FICCIÓN DE MIS FICCIONES

Ficción de mis ficciones

Arteaga es un poblado satelital de Saltillo cuyo nombre, antes extraño para la mayoría, ahora lo pronuncia mucha gente para referirse a la sede de la Feria Internacional del Libro en Coahuila. Para mí, Arteaga era el nombre de la nieve en invierno y la ruta para regresar a casa tras pasar largas temporadas de exilio en Saltillo, ciudad en la que comencé a escribir y me convencí ingenuamente que algún día podría vivir de eso. Tras la última edición de la Feria del Libro, este satélite coahuilense siempre estará ligado en mi memoria a la sabiduría de un poeta yucateco y a la sonrisa de un fantasma.

Mayo, 2016

La ciudad me despide con lluvia. Que caiga, murmuro antes de apagar el último cigarrillo que fumaré en la metrópoli. También tiro en el bote de inorgánicos mi café del Seven-Eleven. Una nueva crema Lyncott de avellana lo disfrazó con un sabor artificialmente delicioso, pero ya es hora de acceder a la sala de abordar. En la fila, una señora idéntica a Margaret Tatcher se esfuerza por aprisionar al interior de su maletita gris una docena de revistas Tv y Notas. Las doce son del mismo número, sólo alcanzo a leer en la portada que Belinda no cuida bien a sus mascotas. Muy mal, Belinda. Como si le rezara al dios de lo portátil, la señora se hinca y aplica el peso de torso y brazos para que el cierre ceda aunque sea unos milímetros. Fracasa. Me indican mediante señas que la ignore y pase mis bandejas por otro detector. Cruzo cuando el policía me lo indica y casi me siento orgulloso del silencio que disipa las sospechas de que sea un terrorista, o algo aun peor, un descuidado que se olvidó del anillo de compromiso, la cadenita de cruz, el cinturón de lucha libre o el usb.

      Ya en la sala, me tengo que poner los lentes para distinguir Saltillo en la pantalla de destinos. 19:00 pm, Aeroméxico, vuelo en tiempo, leo con la impaciencia del que sabe que todavía le queda una hora antes de depositar su suerte en un pesado pájaro de hojalata. Pierdo el tiempo mirando escaparates, joyería, camisas hawaianas, puros y recuerditos. Voy y vuelvo al baño. Cuando hay gente sólo me doy una vuelta por el espejo y le dedico una mirada burlona a mi gemelo bidimensional; cuando está vacío fuerzo la vejiga en uno de los mingitorios. Mi amigo Joaquín tiene la teoría de que pasar al baño en un viaje es como salvar los avances en un videojuego. Nunca está de más.

      Despega el avión. Todo en el trayecto resulta majestuoso menos la charla del vecino, quien me habla a lo largo de una hora sobre los beneficios de las redes sociales. Con amabilidad, le doy metafórica y literalmente el avión y dejo que mi mente se confunda allá afuera, tras la ventana, en la textura de las nubes que me recuerda a la salsa bechamel. Admiro las tonalidades cobrizas de la sierra y siento que no estoy llegando a Saltillo sino a Tánger, o a otra ciudad mágica que sólo he conocido en sueños, pues Saltillo para mí es la carretera que viborea en un desierto de yucas y nostalgia. Pese a que suelo ir a Coahuila tres o cuatro veces al año, jamás lo hago en avión, por eso, al observar un sector de la cordillera particularmente rojizo, me imagino un incendio incontrolable, sospecho flamas inclementes y un oso negro (Ursus americanus) que trata de sortear la humareda. Sin embargo, cuando el avión perfila el rumbo del aterrizaje, descubro que sólo se trata de una tonalidad más intensa del cobre que arropa a las montañas.

      Me entristece bajar del avión porque sé que no veré en la sala de llegadas a mi tía Cristina, quien suele recogerme en la estación de autobuses cuando llego por tierra. Ningún rostro en la sala me será familiar y evado esa nostalgia convenciéndome de que lo que en verdad necesito es un cigarro. Trato de apurar el proceso pero mi maleta, como siempre, es una de las últimas en aparecer. La espera me resulta más incómoda porque la custodia el semblante seductor de una mujer rubia de ojos vívidos, linda vestimenta y gesto amable, a quien de antemano sé que amo, o que podría amar en el contexto indicado. Superficial y azaroso, el deseo me domina una o dos veces por año, y tenía que ser precisamente en este viaje cuando ocurriera y, por ende, lo arruinara todo. Digo arruinar porque mi mente, a la que quería bien concentrada en su merecida soledad, a partir de entonces sólo podrá pensar en esa chica rubia de rostro amigable, y proyectará cada una de sus falsas intenciones en esos ojos felinos de los que, no obstante el esfuerzo, sólo obtendrá una inútil fantasía.

      Para colmo, sobreviene la fortuna de la que hablaba Wislawa Szymborska (“que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad”) ya que nuestras maletas, ambas rojas y extrañas, son las últimas en salir y van prácticamente enredadas por la correa sobre la banda de la minúscula sala de llegadas donde sólo quedamos ella y yo y un aterrador destino al que ella seguramente no ha dedicado ni siquiera un pensamiento. Hay sonrisas, silenciosas disculpas que no pronunciamos mientras desenredamos el nudo de nuestras maletas. Luego aparece el poeta en una silla de ruedas, lo veo e imagino, a manera de fosfenos, el rostro sabio e irónico de mi abuela.

      En los estantes de su biblioteca, conocí los libros de poesía entre los que figuraba el de este poeta, que ahora me sonríe en el aeropuerto de Saltillo. Su rostro pálido y envejecido me interroga a la distancia y, conforme se aproxima, me transmite un sosiego que sabotea la falsedad de mis futuras respuestas. Me pregunta mi nombre, de dónde vengo, si soy de su misma editorial y a qué hora nos vamos. Le respondo lo que puedo y, sólo para verificar, también le pregunto su nombre, aunque sé que se trata del poeta yucateco Raul Renán, autor de la Gramática fantástica, nacido en 1928, dos años antes de que naciera mi abuela, quien falleció hace más de un lustro y a la que no le gustaba la poesía experimental, pero alababa los versos de Renán por ser los únicos de este tipo que de vez en cuando le arrebataban una sonrisa.

      La chica de ojos amables nos dice que ella también viene de la misma editorial y no tarda en sumarse a la comitiva un hombre idéntico a Lex Luthor, quien dice venir en representación de su jefa para dar una charla sobre literatura pos-apocalíptica. ¿Tú eres el novelista?, me pregunta una voz que no distingo y los cuatro, Raúl Renán, la rubia de ojos amables, Lex Luthor y la hija del poeta, quien se acaba de acercar, se interesan en mi respuesta. Quiero decir que no, sólo vine a Saltillo como un joven anónimo, como tantas veces que llegaba a encerrarme todo el verano a escribir versos que nadie jamás leería; quiero decir que soy el chofer y que muy pronto los llevaré a su destino, sin embargo, comprendo que sería estúpido mentir (sobre todo porque Lex luthor parece saberlo todo) y termino confesando que sí, yo soy el novelista.

      La camioneta de la editorial nos espera en el estacionamiento y el chofer, hosco y poco servicial, nos recibe con el reclamo de no haberse podido estacionar donde quería. Es el acento, medito, y no le doy importancia a su talante mal encarado, pero cuando le pregunto con cierta familiaridad norteña cómo ha estado el clima y él decide ignorarme, lo miro con la desconfianza necesaria del desierto y para mis adentros lo mando al carajo.

      La chica de ojos amables ayuda a Raúl Renán a subir a la camioneta, el poeta recarga una mano en su antebrazo y la otra en el mío. Lex Luthor observa con escepticismo nuestra coreografía. La hija nos da las gracias, la chica de ojos amables me sonríe y en ese preciso instante, interconectados a través de la frágil anatomía del poeta, siento que ya tenemos años de casados y estamos realizando una excursión con su padre o el mío para visitar la tierra de nuestros antepasados una última vez. Pese a los años de matrimonio, nos amamos más que nunca aunque lo cierto es que todavía no nos hemos dirigido la palabra, al menos, no directamente.

      De camino, los viajeros formulan numerosas preguntas sobre la geografía y la arquitectura, mismas que el chofer ignora como un mal recuerdo. Me apresuro a contestar las dudas y les digo que conozco bien Saltillo, pues de esa ciudad es mi familia. Paterna y materna, agrego. La camioneta pasa la salida por donde se va a la casa de mis abuelos y se dirige a Arteaga; una zona trailera muy poco atractiva.

      Al llegar al hotel, Lex Luthor nos comenta que tiene hambre y que antes de registrarse irá a cenar. Yo también tengo hambre, pero no lo sigo porque no me quiero separar de la chica de ojos amables. Juntos nos registramos y nos dirigimos a nuestras habitaciones. Para mi sorpresa, el hotel es inmenso y laberíntico; recorremos cientos de metros en busca de un orden en la numeración de los cuartos y quiero preguntarle a qué se dedica, cuáles son sus intereses, dónde ha estado en estos últimos veinticinco años que tengo de vida. Antes de hacerlo, prorrumpe el instante fatídico, frenan las dos maletas. Ella me pregunta mi número de habitación. 643, digo a sabiendas de que es un número lejano, un número de exilio. No sé si apiada de mi mueca de insatisfacción, pero siento que lo hace. El sendero principal se bifurca pasando la alberca y comprendo que ya no tengo ninguna excusa para seguir a su lado, yo debo ir por la izquierda y ella hacia la derecha. Nos decimos adiós con cierta nostalgia, al menos de mi parte, y antes de que nos separemos del todo, ella me llama y me dedica la frase, “a ver si nos vemos uno de estos días”. Quiero correr a sus brazos y decirle que lo mejor sería no separarnos nunca, porque en ese hotel kilométrico jamás nos volveremos de encontrar, pero no lo hago; en cambio, pronuncio la frase “desde luego” y prosigo mi camino desgarbado, pues sé, y así sucede, que no la volveré a ver.

      La primera noche resulta espantosa, mi cuarto es el único de esa galaxia hotelera en el que no se permite fumar y no tardo ni diez minutos en quebrantar la ley. Cubro con las toallas del baño los detectores de humo y fumo observando atentamente la televisión apagada. Tengo principios de gripa y de insomnio, comprendo que sin alcohol no sobreviviré a esa primera noche y salgo al crepúsculo norteño en busca de un Oxxo. Como el hotel está en medio de la nada, y como las ciudades del norte no estás hechas para caminar, tardo cuarenta y cinco minutos en encontrar mi destino sólo para descubrir que la venta de alcohol está prohibida después de las 10:35. Son las 10:38. Siento que la información es inventada, pero la señorita me muestra un letrero donde, en efecto, con lujo de detalle se manifiesta que el consumo de alcohol termina a las “10:35 pm”. Demasiado específico, ¿no lo cree?, le digo. La chica del Oxxo no lo encuentra extraño. Compro un café americano, una Sangría, una paleta enchilada, una bolsa de Doritos Incógnito, un Mordisco, unos Escuincles sabor sandía y un Carlos V. A falta de ron, azúcar. La señorita no tiene cambio y pretende devolverme treinta y siete pesos en chicles o billetes de lotería, lo que yo prefiera. Me inclino de hombros y elijo los chicles, veintidós chicles, porque ya no puedo lidiar con la derrota y perder en un juego de raspado, en algunas ocasiones, puede ser motivo suficiente para llegar al suicidio.

      En el cuarto hay dos camas king size con suaves sábanas y deliciosas cobijas. Como el conde de Montecristo, me es imposible dormir en un lugar tan cómodo y prefiero el piso. Despierto demasiado tarde, ¿para qué? Para encontrarla, o para empezar a buscarla en algún lugar del hotel infinito, y eso que yo iba a Arteaga a terminar de escribir una novela que probablemente nunca terminaré, y ahora sólo puedo pensar en un par de ojos amables; así de superficial e histérica mi biografía. Quiero un café, pero la idea de caminar cuarenta y cinco minutos hasta el Oxxo me repele, comprendo que sin un auto no sobreviviré al norte y detengo un taxi para hacerle una visita a mi tío. Verlo me da una alegría insospechada y a la par me angustia como aquellas épocas felices que sabes que muy pronto terminarán. Mi tío Iván es posiblemente el tipo más divertido en la tierra, domina el humor norteño pese a haber crecido en el DF setentero de pandillas, manifestaciones, porros, activistas y grupúsculos poéticos; y pese a haber nacido en Tabasco y tener hábitos y gustos sureños. No le interesa la literatura y desde un principio me deja en claro que no irá a la presentación de mi libro, pero me ofrece prestarme su auto que incluye un disco con sus canciones favoritas; su gusto musical es impecable.

      Iván se va al trabajo y yo doy vueltas por Saltillo escuchando a Martha & The Muffins, Pink Floyd, Led Zeppelin. Recorro el perímetro de la Alameda coreando el cántico infantil que recitábamos cuando éramos niños y no queríamos irnos a la cama: ¡Una vuelta a la Alameda, o si no no no no no no no nos dormimos! Cruzo de sur a norte la ciudad en menos de veinte minutos, lapso más que suficiente para revisitar un sinnúmero de recuerdos. Paso por la casa o ex casa de una tía a la que hace poco una loca asaltante asesinó a sangre fría con un disparo en el estómago. Pienso en mi familia materna y en la paterna y en lo distintas que son pese a provenir del mismo estado. Hace poco descubrí que tengo un dieciseisavo de sangre kikapú y me pregunto si alguna vez un kikapú habrá escuchado con tanto entusiasmo Shine On You Crazy Diamond.

      Busco en los letreros la avenida Francisco Coss, “la de Coss”, le dicen, y no tardo en encontrar diversos lugares que aparecen en mi novela, Nuestro mismo idioma, la cual comencé a escribir hace más de cinco años y con la que ya no siento ningún tipo de relación, como si ese texto lo hubiera redactado un extraño. ¿Qué busco entonces? Paso la vulcanizadora “El lloradero” y la vulcanizadora de enfrente “Una lágrima más”; recuerdo que Tomás, el personaje de mi novela, hacía una broma a raíz de ese juego de palabras, pero la broma al autor ya no le da gracia ni le interesa.

      Enfilo el rumbo hacia el campus de la UAC en Arteaga, sede de la Feria Internacional del Libro. Antes la Feria se instalaba en el Museo del Desierto, sede que prefería por ser más céntrica e interesante; ahí vi recitar con una profundidad dolorosa a Raúl Zurita: “hay amor quebrados caímos y en la caída lloré mirándote”; y conocí a Gustavo Sainz, quien me dio el mejor consejo sobre cómo debe uno comportarse en las ferias del libro, “calla y sonríe”; vi a Carlos Velázquez con su actitud bravucona frente a cincuenta acarreados a los que sólo les habló de su rutina en el gimnasio; vi a Cristina Rivera Garza alabar el perfume de una joven poeta regiomontana quien le contestó que usaba la fragancia de Paris Hilton, vi a Julián Herbert denunciar la corrupción de los poetas de su generación y, sobre todo, vi por última vez a Juan Gelman, con quien no hablé en esa ocasión pero me imaginé que me dijo, tal vez mediante un susurro, que Saltillo no sería un mal sitio para fundar la fábrica de los universos.

      ¿Viene a presentar su novela o la de alguien más?, me pregunta una recepcionista que me inspira desconfianza al primer vistazo. ¿Hay alguna diferencia?, pregunto y el Gustavo Sainz de mi cabeza me amonesta, “calla y sonríe”, me digo. Es que hay una sala donde están los autores y otra donde están los presentadores, me dice. Ah ya veo, digo y no entiendo muy bien qué soy yo, porque si bien fui el autor de esta novela, la lejanía, los años, el estilo y mi atrofia me hacen sentirme cada vez más como un presentador ajeno a la confección de su lenguaje. Autor, digo, soy autor. Muy bien, por favor, sígame. La señora me guía directamente a una teoría de Roland Barthes simbolizada en una imagen tétrica, la enorme sala de autores está desierta, más bien parece un cuarto de interrogatorios: el autor ha muerto. Aunque no quiero estar ahí, la señora me obliga a sentar en una de las cuarenta sillas vacías y me abandona a mi suerte.

      No sé qué hacer ahí adentro, todo parece artificial, la luz es demasiado blanca, el aire acondicionado está helado. Lo único que quiero es salir de ahí, me levanto, abro con cuidado la puerta y me encuentro con la señora que espera en el umbral como un centinela. ¿Se le ofrece algo?, me pregunta. Es que, creo que tal vez sea mejor que dé una vuelta por ahí en lo que inicia la presentación, digo. Pero los autores tienen que estar en esta sala, me indica la señora. Quiero preguntarle sobre aquellos extraños casos en que los autores ya no quieran estar en la sala de los autores, pero me refreno, callo, sonrío y me vuelvo a meter.

      Espero lo suficiente y echo una ojeada. Descubro aliviado que la señora se ha ido y aprovecho para escapar. Recorro los pasillos de la feria y siento que me voy a desmayar. Veo el stand de Mondadori y mis ojos se fijan en un libro de César Aira. Prácticamente corro hacia él y lo atrapo como un balón de futbol americano, caigo al piso y todo. Lo pago sin esperar el cambio y huyo de la Feria con el Libro con Aira entre mis brazos. Que nadie nos vea, le digo al libro y comienzo a raspar el plástico del empaque. Joven, dice una voz que me impide salir del campus, ¿a dónde va, joven? Es el poeta Raúl Renán, quien ha presenciado todo mi espectáculo desde su silla de ruedas ingeniosamente colocada en la única sombrita del desierto.

      No lo sé, no sé nada, le digo al poeta y casi me dejó a caer a sus ruedas. Renán me mira con unos ojos que me recuerdan a los de Gelman y de pronto empezamos a hablar de literatura, de algunos escritores de Coahuila, Manuel Acuña, Otilio González, Julio Torri; hablamos del océano y de las estrellas, del amor, del desamor, de los editores y de las ferias del libro. Le digo que pertenezco al rubro posmoderno de autores cuya obra centra su temática en la literatura, escritos sobre escritores, novelas de novelas. El problema de hacer eso, me dice Renán, es que en este tipo de eventos uno se convierte en ficción de sus ficciones y termina muy confundido. Siento que podemos estar ahí, en esa sombrita, hablando de literatura, hasta el fin de los tiempos, y es curioso que sienta eso porque en ese preciso momento aparece Lex Luthor, quien acaba de dar su conferencia sobre literatura pos-apocalíptica y nos comenta que nadie acudió a su presentación con excepción de la chica que le abrió la sala. La feria está llena de gente, sobre todo jóvenes, pero ninguna persona parece real, me pregunto si no serán hologramas configurados por el gobierno priista.

      Por fin, es la hora de mi presentación y en la sala tampoco hay nadie ni siquiera hay una chica que abra la sala porque ya estaba abierta, así que me siento frente al micrófono y pasan cinco minutos y otros cinco y no sé qué hacer. ¿Debo hablarle de una novela que ya no siento mía a un cuarto vacío, a una fila de butacas, a un ventilador? Pues sí, eso es exactamente lo que hago, comienzo a hablar y al fin digo la verdad de lo que pienso de la literatura, que es muy dañina y que ha destruido mi vida de principio a fin; contrario a aquellos difusores que hablan de literatura y creen estar salvando a la humanidad, y citan a Borges para comparar el libro con un proyector de la imaginación y la memoria, yo expreso lo contrario y advierto de los peligros de expandir la memoria y los riesgos de imaginar de más. Los libros, digo, si se leen mal son una pérdida de tiempo, y si uno los lee bien se vuelven adictivos e infectan los pensamientos de manera irremediable. Por supuesto que enriquecen nuestra forma de nombrar y concebir la realidad, pero generalmente lo hacen para mal, nos destinan a un futuro solitario, huraño, snob y resentido; lo cierto es que después de hablar con Flaubert o con Tolstoi o con Proust, descubres que en la vida ya no hay nadie con quién hablar, o por lo menos, con quién sostener una conversación igual de interesante, así que las experiencias humanas se vuelven vacuas y mediocres. Tanto critico a la literatura que termino hablando bien de ella y la reconozco como una interlocutora ingeniosa y reflexiva, que me ha acompañado cuando nadie más lo ha hecho. Hablo para mis adentros y ya no pienso lo que digo y cito a Tin Tan y a Louis C.K y digo con voz de plomo que yo a mis chistes malos los defiendo como una madre sobreprotectora. Levanto el rostro y descubro que la sala ya no está vacía, quizá nunca lo estuvo. El primer rostro que distingo es el de mi tío Iván, quien lleva media hora riéndose de mis disparates. A su alrededor hay cien cabezas de típicos acarreados de feria de libro con la vista fija en sus celulares; también descubro que a mi lado hay una presentadora que también lleva toda la presentación con la vista fija en su celular.

      Cuando termino, le paso el micrófono y ella dice: “La Feria Internacional del Libro en Arteaga le agradece a…”, hace una pausa divertidísima porque no tiene ni idea de cómo me llamo, me ve cara de Fernando o de Julio, pero no sabe cómo puede averiguarlo, observa su teléfono y éste tampoco le da la respuesta, así que se traga la vergüenza y me pregunta al micrófono, ¿cómo se llama, señor? Y yo, por supuesto, contesto: ¡Heráclito! Entonces la Feria del Libro en Arteaga le agradece su destacada participación a Heráclito, y le entregan un diploma y un obsequio de parte del gobierno y mi tío Iván yo nos miramos a la distancia sin dejar de reír, y un par de periodistas me persiguen, “Señor Heráclito, ¿puede concedernos por favor una entrevista?” Yo sonrío y pienso que no quiero irme nunca de esa sala donde todo es tan hilarante.

      Me quedo a escuchar la lectura de poesía de Raúl Renán y la ineptitud de los organizadores vuelve a hacer de las suyas. El micrófono está a un volumen tan bajo que ni siquiera los de la primera fila podemos oírlo. Por más que pedimos que suban el volumen, nadie nos hace caso, porque en realidad ahí no hay nadie, sólo hologramas de chicos uniformados con la vista fija en sus teléfonos. Me resigno a observar unos labios resecos y a leer los versos mudos que pronuncian:

La cárcel del papel
se abre con el tiempo,
lo que está hecho con
tela el tiempo la cierra
cuantimás, guardo tu nombre en
ella, con el mío debajo.

      A sus 88 años, Renán conserva una ironía tierna y agridulce, similar a la de Nicanor Parra o la de Efraín Huerta, que reafirma su bondadosa lucidez. Nadie en el recinto sabe qué está diciendo, sin embargo, el susurro afónico custodiado por sus ojos proyecta la alquimia de un lenguaje íntimo. Salgo cuando los hologramas dejan sus teléfonos en el muslo o en la axila para clausurar el evento con aplausos, afuera escucho aplausos aún más atronadores: el gobernador, su gabinete y una serie de diputados desfilan por el corredor principal para inaugurar oficialmente la Feria del Libro; ninguno desvía la vista a los stands de las editoriales, acuden directo al podio y se esfuman en menos de diez minutos. El gobernador pasa muy cerca de mí y me doy un tiempo para admirar la carne y hueso de ese funcionario que en mi novela convertí en un personaje tétrico; cuando pasas mucho tiempo detallando el perfil de un personaje basado en la realidad, no importa qué tipo de personaje sea, puede ser amabilísimo o atroz, un salvador o un asesino, un espíritu sincero o uno corrupto, acontece una suerte de amalgamamiento entre tu conciencia y los rasgos de ese ente ficticio, que te obligan a reconocerte en su referente real. Moreira me mira como yo miro a los hologramas y se abre paso hasta una camioneta negra donde lo espera otra camada de guaruras; veo desaparecer al personaje en el que tanto tiempo invertí y, a la par, tan ínfimo frente a su cargo, petrificado entre los hologramas, me siento como un personaje de su autoría, el cual jamás quiso escribir, pero ahí está, aguardando el destino que el otro autor quiera darle, cavilando el significado de ser una ficción de las ficciones.

      Antes de que den las 10:35 pm me abastezco con un doce pack de Tecate, dos botellas de vino, una botella de ron, un agua mineral, una Coca Cola de dos litros, tres cajetillas de cigarros y, a falta de cambio, cuarenta y cinco paquetitos de chicles. Vuelvo al hotel. Tardo alrededor de cuarenta minutos en hallar mi habitación y cuando la encuentro pienso que daría lo que fuera por no volver a entrar a esa prisión melancólica. Sufro espasmos, prendo y apago el televisor, salgo a dar una vuelta cada quince minutos, pero nunca hay nadie en el hotel, el lobby está vacío, el restaurante también, le pregunto a la coordinadora de actividades de la Feria dónde están todos. ¿Quiénes?, dice ella. La gente, digo, aunque la verdad sólo me interesa el paradero de la chica de ojos amables. No lo sé, me responde algo preocupada. Cavilo que mi histeria puede ser producto del hambre, ya que, además de dulces, no he comido nada en dos días. Como si me leyera el pensamiento, la coordinadora de actividades me recomienda pedir un club sándwich en el restaurante. Pero es que no hay nadie ahí, no hay meseros ni cocineros, creo que no hay nadie en toda la ciudad. La mesera me repite que pruebe el club sándwich y en seguida descubro que también se trata de un holograma programado por el gobierno.

      Vuelvo al cuarto y en el piso encuentro una nota escrita a mano. “Hoy es el día más triste de mi vida”, leo y me hago a la idea de que la que escribió y deslizó esa nota a través de mi puerta fue la chica de ojos amables, aunque sé que fui yo. Salgo, botella en mano, a buscarla e intento recordar el número de su habitación, examino los dígitos de las puertas, 972, 1024, 3806, ¿cómo puede haber tantos cuartos en un hotel desierto? De pronto percibo un rumor social, ecos de voces y risas circundan mi recorrido, pero ningún rostro pronuncia esas palabras que retumban en mi cráneo. Percibo un chirrido más agudo que las risas y lo persigo por los senderos de adoquines hasta encontrar el artefacto que lo causa. Es la silla de ruedas del poeta Raúl Renán. El poeta no está y no me sorprende, tan sólo veo su silla rondando sin control entre los cuartos. Sujeto las manillas y dirijo el paseo hacia las voces sin rostro. No debería estar sola a estas horas de la noche, le digo a la silla y me deprime que no me responda de inmediato. Tiro a la basura la botella de vino vacía y vuelvo al cuarto por el resto de mis provisiones, las cuales acomodo en el asiento de la silla de ruedas cuyas primeras palabras son tan cruentas como acertadas. Entiendo por lo que estás pasando, me dice la silla, se te olvido para qué sirve la literatura, ¿no es cierto? Es cierto, digo, ¿alguna solución? No, dice la silla y me da la espalda.

      Le pido entonces a la silla de Raúl Renán que me lleve a ella, pero no especifico si me refiero a la chica de ojos amables o a la literatura. La silla perfila mis pasos hacia el lobby, pero no se detiene aunque ya no esté vacío sino atiborrado de rockstars literarios, la Orden Real de autores consagrados, el catálogo oficial de eruditos simpáticos; cruza el portón y sale a la carretera, anda a prisa entre las sombras y es ella quien tiene el mando. En la intersección del distribuidor vial se detiene en seco. Aquí nos separamos, me dice. Mis manos se desprenden y la silla de ruedas de Raúl Renán avanza al occidente, a Saltillo, al nido de mis antepasados y al refugio de mis recuerdos juveniles; su trayecto descarnado entre las sombras es una breve carta de despedida, un poema de Acuña en boca de mis ayeres, “adiós mi juventud, adiós”, un suspiro de fantasía que sólo existe en mi memoria acalambrada. Estoy consciente de que no puedo seguirla y que debo emprender el regreso a mí mismo, pues yo ya no soy esa arquitectura que solía urdir mi nostalgia y es hora de que yo, ficción de mis ficciones, vuelva a la realidad.

Ciudad de México, julio, 2016

Alejandro Espinosa Fuentes

http://revistaabuenpuerto.com.mx/cronica_revista_a_buen_puerto.html

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