Recuerdos de hilo

Recuerdos de hilo

 

PUBLICADO EN REVISTA QUIMERA:

Yo no sé de qué murió mi esposa. Creo que discutíamos por la niña, ya no recuerdo. Algo de la niña. A mí no me parecía que estuviera en una escuela sin uniforme, no sé. Dudo tanto, porque después llevé a la niña con su abuela y me entregué en la comisaría. No tuve un juicio justo. Me liberaron sólo tres años más tarde y yo a la niña no quise verla. Su abuela tampoco me lo iba a permitir, pero sí volví a la casa donde una vez vivimos los tres juntos.

En mi ausencia, pusieron la casa en alquiler y uno de los inquilinos olvidó en la habitación de mi hija una horrenda colección de peluches. Entre el montón, me encariñé con un perro de tela color almendra y nariz negra al que llamé Elisa, porque así se llama mi hija. Con el paso de los días, asumí que esa criatura desgraciada le había pertenecido.

Jugaba, las primeras noches, a situarla en lugares narrativos, como en el borde del fregadero, al interior del horno o a los pies del refrigerador. Sus ojos de luna manchada se quedaban absortos frente a la enorme puerta del refrigerador, pero no ladraba. Yo apenas comía. De vez en cuando ordenaba comida turca y podía pasar una semana sin terminarme las sobras.

Me entretenía, también, garabateando con migajas de pan el falso deambular del perro. Trazaba caminitos de hélices y apretaba su hocico de peluche contra el piso hasta eliminar el rastro. A la segunda semana sumé al juego a una pequeña jirafa, que de tanta mugre era color ámbar. A ella la llamé Ana, como mi esposa.

Elisa y Ana me acompañaban, una en cada mano, mientras averiguaba qué quedaba de mi existencia. Eran suaves, como una mañana de domingo en la que, abrazado a un cuerpo dulce, no sales del colchón más que para ir al baño. Su suavidad amortiguaba la fuerza con la que tensaba mis dedos alrededor de sus patitas. Ana prefería los terrenos altos. A veces me la encontraba hablando sola sobre un aspa del ventilador, o encima del librero donde también escondía polvosos tomos de enciclopedias incompletas.

Ellas se llevaban bien en un inicio, pero con la llegada de Franz, una ardilla carcomida por el polvo, la situación se puso tensa. Franz era mi nombre hasta que se lo cedí a la malhumorada ardilla. Tenía un costado del vientre deshilado y le brotaban andrajos de algodón mugriento similares a un hígado enfermo.

Franz jamás quería moverse del sofá. Dejaba las patas al aire y, con la televisión encendida, se dedicaba a rumorar anécdotas de una guerra que no vivió. La jirafa no contestaba a las provocaciones, pero se obstinaba en monologar sobre temas aleatorios, como la forma de las cabinas telefónicas en las diferentes ciudades del mundo, desde el amanecer hasta la hora de apagar las luces. Yo me arrellanaba en una esquina y me fingía invisible. Solo la pequeña Elisa, al perseguir los caminitos de migajas, a veces olfateaba los rastros para llegar a mí, y yo le decía no te preocupes, no estamos locos. Le cantaba lo que fuera y le daba un beso en la oreja. Enternecido, el cachorro deslizaba el hocico a lo largo de mi palma y proseguía su camino.

Una mañana de lluvia salí a la terraza y me distraje con las gotas que humedecieron mi piel, como si ésta también estuviera hecha de un material felpudo. Volví aprisa, convertido en una alfombra enlodada, a darme un baño. Afeité lo más al ras que pude la capa espesa de filamentos que recubrían mi piel. No eran pelos sino un material más fino. Frente al espejo, me hice sangre tratando de encontrar mi antigua vestidura. Buscaba en sitios donde sabía que tenía un lunar, pero no distinguía más que la felpa putrefacta.

Tardé en salir del baño y me resultó curioso que Franz ya no estuviera rumorando viejas leyendas bélicas. De reojo lo vi muy apacible sobre el sofá. Un rasgo de discreta alegría destacaba en sus rasgos irónicos de ardilla. ¿Qué hiciste? Corrí hacia la mesa del salón donde encontré a la jirafa despedazada. ¿Qué pasó aquí? Franz no dijo nada. Elisa seguía dando vueltas, olfateando las migajas de pan.

Ana estaba maltrecha, como si alguien le hubiera dado la vuelta a sus órganos. Como quien pone de revés un gorro, le habían arrancado la piel trozándola hacia adentro. Busqué entre los jirones de algodón el pequeño corazón de la jirafa, pero lo único que palpaban mis manos era la sangre deshilachada. ¡No te quedes ahí sentado! ¡Llama a una ambulancia! La ardilla se desperezó y bajó del sofá al piso rezongando.

Elisa, le dije al cachorro, vete a tu cuarto, no veas nada. Pero Elisa me desobedeció y se dedicó a olfatear los hilitos de sangre como si fueran sus caminos de migajas. Franz resopló desde lo bajo. Lo vi en el suelo con el teléfono pendiendo de sus orejas puntiagudas. ¿Qué esperas? ¡Llama!, grité rascando la felpa de mi carne que me escocía en punzadas de escalofríos.

Del teléfono emergió una voz y, como Franz se negaba a hablar, me lo llevé a la oreja y dije auxilio. Al otro lado, susurró una adolescente. ¿Quién es?, ¿qué quiere? Era Elisa, no el cachorro que seguía olfateando la sangre, sino mi niña, mi hermosa niña ya crecida. Me gustaría pedir un consejo, improvisé al habla. ¿Quién es?, repitió mi hija. Es que te compré unos peluches, un perro y una ardilla, pero no sé cuál te gustaría más que te regalara. Hubo un silencio deliberativo entrecortado por suspiros de enfado. ¿Elisa? No te preocupes. Sólo quiero enviarlo a la casa de tu abuela. Yo no tengo fuerzas. La joven murmuró una excusa a la distancia y luego volvió al auricular. Oí el cerrar de una puerta. ¿Papá?, dijo y me quedé mudo.

La ardilla abrió el agua del grifo a todo chorro y apenas podía oír nada. ¡Baja de ahí!, le ordené a Franz, que se había montado en la barra de la cocina. No, no soy tú papá, dije al teléfono, sólo soy alguien que te quiere regalar una ardilla o un perro. Tenía una jirafa, pero está malherida y no creo que pueda salvarla. Eres tú ¿verdad?, dijo mi niña. No, no, lo siento, dije, debes estar confundiéndome. ¡Baja de ahí Franz!, le grité por última vez a la ardilla que se había situado, de espaldas, a orillas del fregadero. Sólo quiero mandarte un regalo, le dije a Elisa.

Mi hija decidió seguirme el juego. Pues, papá, yo ya tengo un perro. Se llama Alberto, es un cocker. Así que me puedes regalar la ardilla si tú quieres. Bien, bien, dije acuclillado. Mi piel, o esa cosa espesa que me recubría, se estaba hinchando desde el interior. Mi carne se condensó en un pelaje tan compacto que me resultó imposible seguir con el teléfono en la oreja. Caí en posición fetal y lloré observando a través de mis lágrimas la sangre destejida de Ana. La jirafa se va a poner bien, papá, tú no te preocupes, alcancé a oír la voz de mi hija.

De mi boca brotaban esferas de algodón mojado. Los hilos, henchidos de agua, me cortaban la respiración. Mi niña, quise decir cuando el cachorro se puso a ladrar dándole vueltas a mi silueta. La ardilla se había zambullido y Ana estaba destrozada por doquier. Sólo quedaba Elisa, en busca de unas migajas que no tenían sentido y mi cuerpo enmohecido e inmóvil. Cada día cometo el error de despertar. Los encuentro en el lugar de siempre y me despido otra vez de ellos, como si se fueran a ir sin mí a un pasado remoto.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s