El lector decadente

Artículo publicado Actio Nova: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

El decadentismo fue un movimiento literario tan difuso e indefinido que resulta muy difícil compilar una antología que le haga justicia y distinga con certeza las obras que corresponden a su estilo y las que sólo se asemejan en tema o intención. Las definiciones de lo decadente siempre han sido ambiguas y caprichosas, como la que Paul Válery proponía en una carta a Pierre Louÿs: «Decadente para mí quiere decir artista ultrarrefinado, protegido por una lengua sana contra el asalto de la vulgaridad, aún virgen de los besos del profesor de literatura, gloriosa en el desprecio al periodista, pero elaborada para uno mismo y algunas decenas de amigos» (cit. en El lector decadente, 10).
En ese sentido, todos los autores de esta antología poseen características semejantes y cada uno manifiesta un particular cuestionamiento a la sociedad de su tiempo. Por eso se
agradece un proyecto como el que emprendieron Jaime Rosal y Jacobo Siruela al seleccionar, clasificar y distinguir a sus diferentes representantes, según los dos países en los que el movimiento tuvo mayor impacto: Francia e Inglaterra.

El lector decadente, de acuerdo a su estructura, es un libro que hay que inspeccionar
por partes. En primer lugar, la parte francesa, que en sí ya es una compilación muy completa aunque semejante a la Antología del decadentismo editada por Claudio Iglesias y publicada por la Caja Negra en 2007. Por otro lado, la parte inglesa, seleccionada por Jacobo Siruela, conjunta un compendio más innovador, más arriesgado en su propuesta de autores e incluso contiene algunos textos antes inéditos en lengua española.

Ya que cada parte, con su prefacio respectivo, parece ser independiente de la otra,
comentaré cada bloque por separado. La sección francesa, tras un prefacio muy esclarecedor de Jaime Rosal, comienza con algunos fragmentos de los Pequeños poemas en prosa (1862) de Charles Baudelaire, primer eslabón de lo que en 1870, con el clima de decepción que vive Francia tras la caída de Carlos III, se convertiría en una corriente literaria. A continuación, dado el orden cronológico, se incluye el relato «El club de los
hachisinos» de Theophile Gautier, un texto alucinógeno tras el cual prorrumpen todos esos autores que coincidieron en la revista Le décadent (Ducasse, Barbey, Richepin, Villiers de L’isle-Adam, Huysmans, Moréas, Schwob, Louÿs, Bloy, Mallarmé, Mirbeau, Lorrain) acompañados por aquellos personajes siniestros que los definieron como autores decadentes: Maldoror, el poeta criminal cuyos versos cantó Isidore Ducasse. El conde de Savigny y la espadachina Hauteclaire, los asesinos enamoradizos de Barbey d’Aurevilly. El Barón Von H, ese verdugo fetichista cuya adicción a las ejecuciones públicas narró Villiers de L’isle-Adam. El señor Pleur de Leon Bloy, ese viejo despreciable que hizo del dinero una religión. El Lucrecio enloquecido de amor que reinventó Schwob. La voluptuosa Bilitis poetizada por Louÿs. Clara, la inglesa decadente de Mirbeau, que siente fascinación y respeto por las torturas orientales antiguas. Una colección de personajes perversos reunidos en torno a la figura de Jean Floressas des Esseintes, el decadente prototípico retratado por J. K. Huysmans.

Uno de los hallazgos más destacables de esta antología es la inclusión de dos capítulos de A contrapelo, «el manifiesto del decadentismo por excelencia» (Rosal, 18), con la extraordinaria traducción de Mauro Armiño; en mi opinión, el mejor traductor del francés que hay en lengua española en la actualidad. Su versión de A’rebours, aunque sólo aparezcan dos capítulos (ignoro si Atalanta publicará una nueva edición), ilumina genialmente una novela sin la cual el decadentismo no existiría como corriente literaria. Si bien no se trató de un movimiento en torno a un solo autor, es claro que fue la novela de Huysmans la que sentó las bases.

Dicho lo anterior, es preciso cuestionar en esta edición los altibajos en las diversas
traducciones. Hay ciertos textos colmados de leísmos que, para el lector actual, sobre todo el lector latinoamericano, pueden resultar chuscos y anticuados. Esto, reitero, no ocurre en las versiones de Armiño, quien también se encarga de traducir con maestría El jardín de los suplicios de Octave Mirbeau con excelentes resultados en cuanto a fluidez y claridad.Lo que me lleva a un segundo cuestionamiento que no tiene nada que ver con la
labor editorial, sino con lo mal que han envejecido algunos de estos autores. Es doloroso
notar los altibajos de la prosa al comparar la calidad literaria de Baudelaire, Schwob, Louÿs, Huysmans o Mallarmé con la pluma inmensamente aburrida de Jain Lorraine o la malicia pretenciosa de Jean Moréas.

En cuanto a la parte inglesa de esta antología, los autores compilados son mucho más decadentes por su biografía que por su obra; además de ser más extraños y desconocidos para el lector hispano, con excepción de Oscar Wilde y Alister Crowley. Jacobo Siruela, tras un magnífico prefacio en el que nos recuerda que «el decadentismo es uno de los primeros movimientos artísticos genuinamente modernos» (372), nos presenta a una serie de autores insólitos y oscuros. Como el acaudalado William Beckford, quien abominó de la Revolución industrial y derrochó su fortuna para construir una inmensa torre en la Abadía de Fonthill que terminaría por desplomarse. O al Conde de Stenbock, fundador de El club de los idiotas, quien «dormía dentro de un ataúd, en una recargada habitación fin de siècle en la que guardaba lagartijas, serpientes, sapos y salamandras» (393). O a Max Beerbohm, según Roberto Bolaño, «el paradigma del escritor menor y del hombre feliz» (cit. en El lector decadente, 407). O a Aubrey Beardsley, el joven dandi que colaboraba con Oscar Wilde, uno de los fundadores del art nouveau y cuyas ilustraciones, junto a las de Odilon Redon, decoran este precioso libro.

Me parece que la segunda parte de El lector decadente es menos rigurosa que la primera, pese a que los textos que contiene sean verdaderas joyas. Me sorprende y me gustaría conocer las razones por las que Jacobo Siruela no incluyó entre los ingleses a Thomas de Quincey, un fragmento de Confesiones de un opiómano inglés o Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Hay mucho que preguntarle a esta antología, pero también hay numerosas respuestas entre sus páginas.

No obstante, el libro termina por convertirse más en una colección de rarezas que en una publicación que ayude a entender concretamente lo que fue el decadentismo. Ya que
quizá lo más decadente de esta segunda parte sean los Aforismos y filosofías de utilidad para los jóvenes de Oscar Wilde, que demuestran el espíritu crítico del movimiento en el que se manifiesta un rechazo al progreso y a los valores de la burguesía: «Preocuparse por qué comportamientos están bien o están mal demuestra un desarrollo intelectual atrofiado» (511), o bien: «Hay algo trágico en la inmensa cantidad de jóvenes […] que comienzan su vida con unas perspectivas perfectas y acaban dedicándose a algún oficio útil» (512).

El lector decadente, además de ser un recorrido intrigante por la prosa más oscura y
excéntrica del siglo XIX, es también una guía de consulta que cualquier amante de las letras deberá tener en su estantería. Ya que el enorme trabajo de Jaime Rosal y Jacobo Siruela no se limita a presentar los textos de un grupo literario extinto, sino que su selección implica la determinación de un corpus definido, que a partir de ahora le indicará al interesado cuáles autores pueden considerarse parte del decadentismo y cuáles no. Esto podría ayudar a esclarecer cómo ha influido esta forma del pensamiento en las escuelas literarias posteriores.

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