Elogio de las ruinas

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Artículo publicado en el periódico Excélsior de México 

El ancestral arte del kintsugi consiste en reparar la cerámica rota insertando polvo de oro en cada grieta para subrayar, en vez de ocultar, la parte que se quebró. Fractura es una novela de 500 páginas basada en este método, la cual reconstruye la vida Yoshie Watanabe, un sobreviviente de la bomba atómica, a través de las rupturas corporales, geográficas, familiares y amorosas que lo marcaron a lo largo de su vida.

Andrés Neuman tardó casi diez años en regresar a la narrativa de largo aliento desde que fuera acreedor del Premio Alfaguara 2009 con El viajero del siglo. A diferencia de su novela anterior, ambientada en el siglo XIX, esta nueva producción retrata la segunda mitad del siglo XX con miras a entender el futuro, o el riesgo de que éste no acontezca a causa de una catástrofe nuclear.

La existencia pacífica del anciano Yoshie Watanabe es perturbada cuando un movimiento telúrico fractura su presente, quiebra su perspectiva y remueve las placas de la memoria colectiva. El terremoto previo al accidente nuclear de Fukushima desata una narrativa polifónica recreada por las voces y recuerdos de cuatro mujeres, parejas de Yoshie, que dan testimonio de su historia junto a este enigmático nómada japonés.

Huérfano, desarraigado y con un fino entramado de cicatrices en los antebrazos y la espalda, Yoshie encuentra algo parecido al hogar que perdió con las bombas en las variedades y riquezas léxicas del lenguaje. El aprendizaje de nuevos idiomas (francés, inglés y español en sus diferentes dialectos) es la única ambición latente del protagonista, quien termina por convertirse en un políglota funcional, pese a las tiernas imprecisiones y complejidades, en verdad humorísticas, que conlleva aprender una lengua.

Cuando hace unos años reseñé El viajero del siglo, recalqué especialmente el acierto de Neuman de consolidar el amor entre el viajero Hans y la genial Sophie Gottlieb en el oficio compartido de la traducción. El amor, para los personajes de Neuman, consiste en traducir el idioma emocional del otro y así comprender su esencia. En Fractura el autor vuelve a explotar este recurso, acaso con más guiños al glíglico cortazariano que no se limita a traducir, sino que inventa un lenguaje insólito. Yoshie Watanabe se empeña en aprender hasta un nivel coloquial los idiomas de sus parejas y en cada uno descubre connotaciones a su cultura, por lo general, desde una perspectiva trágica o lúdica. Sin embargo, Fractura no cae en el chiste fácil del japonés castellanizado (un género simplón y dominguero), sino que busca en las etimologías argumentos para vincular culturas y descreer prejuicios.

En el proceso de kintsugi que realiza esta novela, el lenguaje desempeña la función del polvo de oro que subraya y cicatriza la fractura entre Oriente y Occidente. Yoshie Watanabe se funde con la cultura francesa (aunque nunca intercambia el té por el café). Años después se aficiona al modo de vida estadunidense, encuentra en el jazz y en las letras de Leonard Cohen una poética parecida a los haikús que memorizó en su infancia: There’s a crack in everything / that’s how the light gets in. Cuando migra a Argentina se mimetiza con la identidad rioplatense, se vuelve fanático de un equipo de futbol, cambia incluso su concepción del tiempo. En Madrid, su pareja critica su impuntualidad (antes inconcebible en un hombre tan disciplinado), se burla de su acento porteño y de su voseo: “A los argentinos, vale, a lo mejor hasta les queda bien. ¡Pero a los japoneses!”.

Lo más admirable de Fractura son las cuatro voces femeninas que presenta Neuman. La construcción de cada una demuestra un profundo conocimiento de la cultura a la que pertenecen y una minucia impresionante a la hora de confeccionar sus personalidades. Violet (estudiante parisina), Lorrie (periodista neoyorquina), Mariela (traductora bonaerense) y Carmen (fisioterapeuta madrileña) son entrañables y preciosos personajes que perdurarán en la memoria del lector.

Es una lástima que yo sea tan aficionado a estos autores que tardan alrededor de una década en publicar grandes proyectos narrativos. Más que historias, este grupo selecto de autores (como Neuman, Donna Tartt o Jeffrey Eugenides) ha configurado hogares imprescindibles para mi memoria. El lado positivo es que tener que esperar diez años nos da motivos para mantenernos saludables. Sólo espero que estos autores no pierdan la salud ni el entusiasmo por la literatura en el proceso y, sobre todo, que con el paso de los años y las desgracias no se conviertan en las mismas ruinas que algunos habitábamos antes de conocer sus libros.

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