Que me disculpe la coincidencia

978841593451

Artículo publicado en Revista Quimera, 421

El telón de fondo del primer libro de relatos de Aitor Romero Ortega es Barcelona, donde un fantasma versado en leyendas urbanas orquesta una narrativa itinerante. Estos ocho relatos o nouvelles evocan atmósferas de añoranza y pasados posibles en ciudades indiscutiblemente literarias. El libro arranca con un obsesivo narrador que fantasea con el paso de Trotsky por Barcelona antes de la Revolución de octubre. Se traza entonces un paralelo entre la muerte del ruso y la del revolucionario catalán, Andrés Nin. Ironías del destino, casualidades que obligan al curioso a buscar en el presente un significado más profundo que el azar. A Trotsky lo asesinó un catalán y a Nin un ruso. Desde este primer relato el autor ya nos propone las reglas del juego. No se trata de informar, sino de convertir al lector en un investigador inquieto que se pregunte por las rimas de la vida para que dé el salto a los terrenos movedizos de la ficción.

El segundo relato, El aeropuerto del sur, construye frase por frase una atmósfera de asfixia en un claro homenaje a Cortázar, aunque el resultado sea más cercano a los cuentos neuróticos de César Aira. La trama oculta en la narrativa de Romero Ortega no es otra que lo ordinario, la banalidad que se impone para zanjar toda sospecha. Es entonces que el libro da pie al mejor relato del conjunto: Naima. Esta historia, hermanada en ritmo y cadencia al Sostiene Pereira, cartografía los azares de la creación y la no escritura. Como le gustaba hacer a Borges cuando homenajeaba el Martín Fierro, Naima introduce en sus páginas finales a un narrador oculto que funge de testigo y juglar para cantar la leyenda de este sencillo personaje femenino, el cual quiso reinterpretar la literatura gótica en los países latinoamericanos y terminó, como era de esperarse, sumida en el horror.

“Hotel Turín” continúa la tónica sombría de una lóbrega coincidencia. Cesare Pavese se suicidó en el Hotel Roma de Turín y aquí un personaje se hospeda en el Hotel Turín de Roma para realizar una lectura comparada de los diarios de Pavese y los que escribió su padre poco antes de morir. Pese a las veinte o treinta páginas que los contienen, estos relatos parecen abarcar toda una vida. Por suerte entre una historia y otra se nos regala un suspiro, como Spaghetti Western, el más vila-matiano del conjunto, o La colmena, un cuento popular urbano, que evoca a uno de esos personajes del barrio que se escinden junto al ideal de una ciudad.

La habilidad de Romero Ortega radica en su facilidad para narrar siglos, ciudades y estilos heterogéneos con una aparente sencillez didáctica. Ese instrumento le sirve para saltar de lo verídico a lo alegórico sin caer en parodias simplonas. Más inteligente que artesana, su prosa seduce con una erudición serena y una maestría para dibujar sonrisas irónicas en el lector. Fantasmas de la Ciudad, texto que da nombre al libro, nos regala un breve himno al envejecimiento literario, cuando descubrimos que “escribir es una forma de hacerse viejo”. Por último, Puentes de Bosnia, inmejorable cierre, se codea sin titubeos con los periplos introspectivos de Sebald. Una pareja española realiza un viaje a la antigua Yugoslavia, en el cual las discrepancias culturales simbolizan dolorosamente los desgarres de una región y el riesgo de que su relación se fracture por causas similares.

En estos tiempos en los que, en aras de la controversia, están tan de moda los personajes innecesariamente excéntricos, Romero Ortega se atreve a retratar a tipos comunes y corrientes, revestidos por los fantasmas de las personas y las ciudades que se han desvanecido frente a sus ojos. Su rasgo más genuino como observador parece decir, como alguna vez dijera Wyslawa Symbroska: “Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad”.

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