RESEÑA DE “AGENBITE OF INWIT” EN DEVERDAD DIGITAL

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GEOGRAFÍA DE LA CULPA POR CARLOS JÁUREGUI

Publicado en https://deverdaddigital.com/agenbite-of-inwit-geografia-de-la-culpa/

La segunda novela de Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991), irrumpe justo a tiempo para salvarnos de esta literatura actual que se plagia a sí misma, que se ejercita cansada y tediosa, llena de narco historias, de ficticios autores-testigo, de amasijos de realidad y fantasía para adolescentes, y de biografías de celebridades nimias. Nos aleja de moldes y de historias simples que exhiben un final a kilómetros. Esto, porque Espinosa es de los pocos autores actuales que brotan de su propia semilla.

El incómodo título de esta obra es el detonante de una serie de guiños que nos obligan a leer más de lo que está plasmado frente a nosotros en palabras. En sí, el extraño título elegido es un manotazo de Espinosa al status quo de todo aquello que debe de ser trendy y digerible. Siguiendo el más puro estilo del autor, Agenbite of Inwit siempre nos refiere a una segunda lectura, a lo metaliterario y a un trasfondo que sólo asoma su ojo para dejarnos el retrogusto de presenciar un guiño cómplice.

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El lector decadente

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Artículo publicado Actio Nova: Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

El decadentismo fue un movimiento literario tan difuso e indefinido que resulta muy difícil compilar una antología que le haga justicia y distinga con certeza las obras que corresponden a su estilo y las que sólo se asemejan en tema o intención. Las definiciones de lo decadente siempre han sido ambiguas y caprichosas, como la que Paul Válery proponía en una carta a Pierre Louÿs: «Decadente para mí quiere decir artista ultrarrefinado, protegido por una lengua sana contra el asalto de la vulgaridad, aún virgen de los besos del profesor de literatura, gloriosa en el desprecio al periodista, pero elaborada para uno mismo y algunas decenas de amigos»

 

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Elogio de las ruinas

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Artículo publicado en el periódico Excélsior de México 

El ancestral arte del kintsugi consiste en reparar la cerámica rota insertando polvo de oro en cada grieta para subrayar, en vez de ocultar, la parte que se quebró. Fractura es una novela de 500 páginas basada en este método, la cual reconstruye la vida Yoshie Watanabe, un sobreviviente de la bomba atómica, a través de las rupturas corporales, geográficas, familiares y amorosas que lo marcaron a lo largo de su vida.

Andrés Neuman tardó casi diez años en regresar a la narrativa de largo aliento desde que fuera acreedor del Premio Alfaguara 2009 con El viajero del siglo. A diferencia de su novela anterior, ambientada en el siglo XIX, esta nueva producción retrata la segunda mitad del siglo XX con miras a entender el futuro, o el riesgo de que éste no acontezca a causa de una catástrofe nuclear.

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Que me disculpe la coincidencia

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Artículo publicado en Revista Quimera, 421

El telón de fondo del primer libro de relatos de Aitor Romero Ortega es Barcelona, donde un fantasma versado en leyendas urbanas orquesta una narrativa itinerante. Estos ocho relatos o nouvelles evocan atmósferas de añoranza y pasados posibles en ciudades indiscutiblemente literarias. El libro arranca con un obsesivo narrador que fantasea con el paso de Trotsky por Barcelona antes de la Revolución de octubre. Se traza entonces un paralelo entre la muerte del ruso y la del revolucionario catalán, Andrés Nin. Ironías del destino, casualidades que obligan al curioso a buscar en el presente un significado más profundo que el azar. A Trotsky lo asesinó un catalán y a Nin un ruso. Desde este primer relato el autor ya nos propone las reglas del juego. No se trata de informar, sino de convertir al lector en un investigador inquieto que se pregunte por las rimas de la vida para que dé el salto a los terrenos movedizos de la ficción.

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Zoología del horror latinoamericano

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Publicado en Confabulario suplemento cultural de El Universal.

Comentaba la escritora argentina Valeria Correa Fiz que cada vez hay más libros de cuentistas latinoamericanas con animales en el título. El matrimonio de los peces rojos de Guadalupe Nettel;Pájaros en la boca de Samanta Shweblin; El perro que comía silencio de Isabel Mellado; La condición animal de la misma Valeria Correa Fiz. Como si el delirio y el horror se reflejaran con más fidelidad por medio de las bestias. No es que la cruda realidad tenga que ser encubierta, sino que la incomprensión de la desgracia ha llegado a tal extremo que sólo a través de criaturas inocentes e instintivas podemos matizarla.

Así sucede en Pelea de gallos, primer libro de cuentos de la experimentada periodista María Fernanda Ampuero. La ecuatoriana, harta de los eufemismos de la prensa, considera que hay que llamar a la violencia por su verdadero nombre. Las palabras exactas. Nombre y apellidos. Sin maquillaje ni edulcorantes.

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Adelanto de la próxima novela

Publicado en Revista Tercer Mundo 

Presentamos un pequeño adelanto de Agenbite of inwit, la segunda novela del escritor mexicano Alejandro Espinosa Fuentes. El libro estará en librerías a partir del próximo año, pero es posible adquirir un ejemplar de preventa a través de la página web de Ediciones Contrabando dando clic aquí.

 

AGENBITE OF INWIT

 

 

Conocí a Esteban Gullit en la Universidad Complutense de Madrid, en el aula 204 de la Facultad de Ciencias de la Información. Me hice su amigo tal vez porque llegué dos semanas tarde al curso por unos problemas con mi visado y, como era el desconocido del grupo, preferí introducirme en el contexto social por medio del otro mexicano que había en el aula. A Esteban lo consideré un genio el día que lo conocí, pero el hechizo perdió efecto durante los días consecuentes. Conforme socializaba con el resto, él me iba pareciendo cada vez más incómodo, quizá un estorbo para desenvolverme a mis anchas en ese continente de ensueño, que también era nuevo para mí.

 

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Una invitación al pesimismo

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Reseña de Intensamente azules de Juan Mayorga publicada en De verdad Digital.

  • Texto y dirección: Juan Mayorga
  • Reparto: César Sarachu
  • Título: Intensamente azules

A estas alturas está de más introducir a un autor tan laureado y prestigioso como el dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965), ningún adjetivo es suficiente para calificar la ambición y el mérito de su trayectoria. Su obra (impresa y representada) habla por sí misma y siempre, con cada estreno, supera las expectativas. Acaso lo que nos queda a los mayorguianos sea un ligero temor a que su trabajo, tras la consagración y canonización de su figura (recordemos que hace unos meses fue electo para ocupar la silla M de la Real Academia), caiga, como el de otros, en esa suerte de conformismo que suele pasar desapercibido en quienes llevan a sus espaldas un aval de calidad tan inmenso. No obstante, conformismo es una palabra insólita para este autor y no habría una forma más inexacta de calificar así su nueva obra, Intensamente azules, un himno a la inconformidad.

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MADRID PORTÁTIL

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CUENTO PUBLICADO EN REVISTA LUVINA: https://luvina.com.mx/foros/index.php?option=com_content&task=view&id=3119&Itemid=78

Para Raquel

La ciudad me mira de vuelta. Nada me dicen del amor las calles. Una brújula de lluvia me indica adónde deben ir mis pasos. Crezco. Como un instante de intriga, mi cuerpo crece de dolor y sospechas. Madrid me lee al recorrerla, se sabe de memoria mi insignificancia y, aun así, lee mi pasos, cada uno como si fuera un verso.

¿Quién me busca estando en mí?, me preguntan el verde menta y el azul índigo de la añoranza. Mi hostal, al que ahora llamo casa, tiene una fachada reluciente de ladrillos anaranjados. Si vivo en una escenografía de ayeres es porque el detalle más banal me devuelve al recuerdo.

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EL CANON DE LOS IDIOTAS

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PUBLICADO EN REVISTA CUADRIVIO: https://cuadrivio.net/canon-los-idiotas/

 

Mundus est fabula.

Escrito en un retrato de Descartes

 

Pertenezco a esa generación que pasó de leer Harry Potter a Roberto Bolaño sin una adolescencia bukowskiana de por medio. Para bien o para mal. Ahora el mago de Hogwarts y los real visceralistas son también los personajes predilectos de Oprah Winfrey y sus libros se pueden encontrar incluso en la tienda de recuerditos del aeropuerto de Tombuctú, frente a frente. Vaya coincidencia. Los cierto es que antes de Harry Potter ya leía novelitas de aventuras, Sandokán, Momo, cosas de «A la orilla del viento», La peor señora del mundo, blablablá. Regalos que por lo menos no eran ropa, pero tampoco eran juguetes.

¿Que por qué comencé a leer? Tal vez porque a los siete años sufrí una lesión de rodilla que malogró mi prometedora carrera futbolística. Tal vez porque me sentía interesante, o acaso respetable parapetado tras un escudito de ficción en prosa. O quizá fue porque me enamoré de una chica que leía a Carlos Fuentes en el recreo. Yo no conocía a ese autor y me obcequé en leer sus obras completas con la firme creencia de que, tras desentrañar todos sus libros, ella también me amaría. Craso error. Por supuesto, no fue así, y el desamor lleva a la poesía, y el lloriqueo a la política y blablablá. En vez de aprender la lección, seguí leyendo.

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EL FACTOR MAYORGA

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Desde que llegué a Madrid comencé a oír con frecuencia el nombre de un dramaturgo al que ahora me apena decir que no conocía. El nombre siempre venía acompañado de calificativos no sólo favorables sino trascendentes, se hablaba de él como si después de su obra el mundo no pudiera entenderse de la misma manera. Y en efecto, hay un antes y un después de Juan Mayorga, sobre todo en Letras dramáticas.

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La muerte no tiene Facebook

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Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán […] Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso.

Walter Benjamin

En un artículo reciente, Valeria Luiselli describió un síntoma por el cual decidió no adherirse a la red social. “Facebook arruina la relación que tenemos con nuestro pasado”, dice Luiselli y explica: “Al mantenernos al día con el presente de las personas con quienes tuvimos pero hemos perdido contacto, el “aura” de ese pasado desaparece por completo”. En pocas palabras: “Facebook borra el pasado anterior a Facebook y lo remplaza por un presente continuo y abrumador”.

Estoy completamente de acuerdo. Si antes imaginábamos que un amigo del kínder, según lo que quedó de él en nuestra memoria, se había convertido en un glorioso empresario, en un nómada transcontinental o en un asesino en serie, y nos entreteníamos imaginando el hilo de nuestras conjeturas, con Facebook esas fantasías desaparecen, pues conocemos a la perfección dónde estudia o trabaja, con quién sale y qué opina sobre cada asunto de interés o desinterés social.

Si bien es un espíritu nostálgico el que detecta este síntoma, ya que Facebook también puede representar una valiosa herramienta laboral, social e idílica, me aterra la capacidad casi todopoderosa de su algoritmo que ha alterado de manera radical la forma en que pensamos y percibimos el tiempo, y en particular la forma en la que llevamos a cabo ciertos rituales mnemónicos.

Yo soy relativamente nuevo en Facebook; “relativamente” porque en dicha plataforma un instante de atención es ya un compromiso con una nueva forma de vida. Nunca había tenido redes sociales y hace sólo un par de semanas me di de alta en la utopía de Zuckerberg.

Pese a que mi desconfianza me obligó a seleccionar las opciones más herméticas de configuración, en cuanto finalicé el registro me percaté de que el cerebro cibernético poseía una intuición más suspicaz que mis propias emociones. Una lista de gente que quería ver me fue proporcionada para que les ofreciera el avatar de mi amistad, pero en primera fila aparecía una y otra vez una chica que me gusta desde hace tiempo, secreto del que he privado incluso a mi mayor confidente. Pero Facebook lo sabía.

De inmediato —supongo que es costumbre— me dediqué a curiosear en el perfil de mis amigos más lejanos, ciertas exnovias y algunos colegas que no había tenido el gusto de conocer de forma curricular.

Me impresionó lo errado de mis conjeturas al contrastar la idea que tenía de una persona (el futuro que le había pronosticado) y el perfil real de aquello en lo que se convirtió. Pocas veces acerté en mis figuraciones y por eso muchos perfiles me parecieron hilarantes, lo que hizo de mi primer día en Facebook una travesía de lo más entretenida: el niño que torturaba cucarachas en el kínder ahora era hermano marista; una niña raquítica con desórdenes alimenticios se hizo atleta de alto rendimiento; un amigo, sumamente problemático, que desde los ocho años propagaba ideas racistas y fascistas se volvió un excelente abogado (bueno, ahí no hay nada de raro).

Y así las cosas: el bully de la secundaria ahora vive en Mazunte y practica rituales de ayahuasca, la mujer más hermosa del mundo (hay una o dos en cada escuela) vive en provincia y publica puras imágenes de santos con proverbios. La gran mayoría cambió su imagen de acuerdo a los requerimientos de la época: lentes interesantes, cortes trasquilados, tatuajes que parecen rayones para matar el tiempo en clase; barbas buenaondita o bigotes mariachi; el que era lacio quién sabe cómo se volvió chino y ahora es el chico afro de su banda; el que era gordo adelgazó 200 kilos y alguno que otro cadáver ambulante multiplicó veinte veces su masa.

Luego me encontré a otros que ya sólo eran nombres, datos y fotografías sin un referente de carne y hueso; muros que todo escuchan y nada pueden responder por boca propia. Los muertos. Fue el momento más cruel de mi bienvenida a las redes sociales, el descubrir cuántos de mis conocidos —algunos que en su momento fueron amigos cercanos— habían dejado de existir sin que yo me diera cuenta.

Amigos y enemigos muertos, profesores muertos, parientes lejanos muertos, amantes y amadas muertas; todos muertos sin que yo me enterara. ¿Tenía que estar al tanto de esas muertes? Y si sí, ¿debía de enterarme de tajo? ¿No me estaba reservada esa información para diversos periodos de mi vida aún no acaecidos? Fueron sólo algunas de las preguntas que me hice mientras sobrellevaba la retahíla de lutos, inmediatamente interrumpidos por la incesante información de la cascada biográfica.

La muerte de un amigo en particular, uno con el que fui a la secundaria y a la preparatoria, y que además era mi vecino (por lo que durante años nos regresamos en el mismo camión), me trajo a la mente la novela Mañana en la batalla piensa en mí, a mí gusto lo mejor en la producción de Javier Marías.

Repetí a manera de plegaria el diálogo de Ricardo III que da nombre al libro: ‘Mañana en la batalla piensa en mí’, ‘y caiga tu espada sin filo: desespera y muere’; y no tardó en colarse en mi tartamudeo el cántico arrepentido del que sabe que a la vida de los demás siempre llegamos tarde: “De haber sabido de su muerte yo hubiera…”, y un millón de hubieras se acumularon en vanas conjeturas autocomplacientes.

El artículo de Luiselli remata con un final feliz: su amiga de la infancia, preservada en una sonrisa chimuela, reaparece en un periódico como una prestigiosa defensora de los derechos humanos. De modo que la distancia fue cómplice de una agradable vuelta de tuerca, misma que en mi caso, precipitado por Facebook, no fue tan placentera. “Vivir en el engaño y ser engañado es fácil”, escribe Javier Marías, “nadie está libre de ello y nadie es tonto por ello […] sin embargo nos parece intolerable, cuando por fin sabemos”.

En la novela de Marías el no saber tiene terribles consecuencias, pero la suya es una novela que ha de tener conflictos y coherencia para que su trama resulte interesante; en cambio mi vida, que yo sepa, no tiene demiurgo ni tiene por qué resultar sugestiva y, no obstante, sospecho que estas muertes en bandada traerán alguna secuela funesta, sea para mi futuro o para mi memoria.

Aunque lo más probable es que tan sólo se trate de otro evento efímero del que parlotearé sin mayor consecuencia. El fin de semana anterior padecí la primera muerte de un personaje público, Ignacio Padilla, y escribo “padecí” porque me desagradó comprobar cuántas personas se cuelgan de la tragedia para obtener un pulgar en lo alto.

Únicamente me sentí conmovido por aquellos comentarios que se limitaban a compartir piezas o fragmentos de la obra de Padilla, los cuales detenían por un instante el carrusel de novedades para que nos diéramos cuenta de a quién estábamos llorando.

Incluso yo, nuevo en la dinámica, sentí ganas de entretener a los vivos con mi ingenio. Por ejemplo pensé, entre muchas otras cosas, que ya eran demasiados los accidentes viales que habían fulminado a escritores talentosísimos: Camus, Sebald, José Carlos Becerra, Barthes, Mario Santiago y ahora Ignacio Padilla, en paz descansen.

Sin embargo, no me decidía a compartirlo y el reloj iba en mi contra porque, de pronto, ya era noticia vieja, sepultada por los juegos olímpicos, el rechazo a Yordi Rosado, la tesis plagiada de Peña Nieto, y me imaginaba a la familia y a los amigos del difunto novelista cuyo luto estaría suspendido en una burbuja de incredulidad frente a la desgracia inexplicable e iría en contracorriente de los heraldos incesantes del nuevo mundo, ávido de contenidos.

“Y cuán poco va quedando de cada individuo en el tiempo inútil como la nieve resbaladiza”, apunta Marías al final de su novela, en una clara referencia al que a mi parecer es el mejor relato en lengua inglesa que se ha escrito, “Los muertos” de James Joyce, cuyo desenlace no es menos lóbrego. La nieve que todo lo sepulta actúa simbólicamente como ahora podría hacerlo la suma de voces en torno a un nuevo suceso, un nuevo chisme, nuevos trending topics.

Hasta ahora que releo a Joyce me queda claro que no debí enterarme por este medio de la inexistencia de mis conocidos, al menos, no de golpe, pues me siento como Gretta llorando la muerte de cientos de Michael Fureys y estoy atrapado en ese último párrafo tan demoledor: “Su alma desfallecía lentamente mientras oía caer la nieve sobre el universo. Caía suavemente, como si se tratara del advenimiento de la hora final, sobre los vivos y los muertos”.

En la era cibernética esa nieve ya no cae con suavidad y el alma de quienes la distinguimos no “desfallece lentamente”; todo lo contrario, estamos en plena avalancha del vacío emocional.

Publicado en La Rabia del Axolotl:

http://www.larabiadelaxolotl.com/la_muerte_no_tiene_face/

FICCIÓN DE MIS FICCIONES

Ficción de mis ficciones

Arteaga es un poblado satelital de Saltillo cuyo nombre, antes extraño para la mayoría, ahora lo pronuncia mucha gente para referirse a la sede de la Feria Internacional del Libro en Coahuila. Para mí, Arteaga era el nombre de la nieve en invierno y la ruta para regresar a casa tras pasar largas temporadas de exilio en Saltillo, ciudad en la que comencé a escribir y me convencí ingenuamente que algún día podría vivir de eso. Tras la última edición de la Feria del Libro, este satélite coahuilense siempre estará ligado en mi memoria a la sabiduría de un poeta yucateco y a la sonrisa de un fantasma.

Mayo, 2016

La ciudad me despide con lluvia. Que caiga, murmuro antes de apagar el último cigarrillo que fumaré en la metrópoli. También tiro en el bote de inorgánicos mi café del Seven-Eleven. Una nueva crema Lyncott de avellana lo disfrazó con un sabor artificialmente delicioso, pero ya es hora de acceder a la sala de abordar. En la fila, una señora idéntica a Margaret Tatcher se esfuerza por aprisionar al interior de su maletita gris una docena de revistas Tv y Notas. Las doce son del mismo número, sólo alcanzo a leer en la portada que Belinda no cuida bien a sus mascotas. Muy mal, Belinda. Como si le rezara al dios de lo portátil, la señora se hinca y aplica el peso de torso y brazos para que el cierre ceda aunque sea unos milímetros. Fracasa. Me indican mediante señas que la ignore y pase mis bandejas por otro detector. Cruzo cuando el policía me lo indica y casi me siento orgulloso del silencio que disipa las sospechas de que sea un terrorista, o algo aun peor, un descuidado que se olvidó del anillo de compromiso, la cadenita de cruz, el cinturón de lucha libre o el usb.

      Ya en la sala, me tengo que poner los lentes para distinguir Saltillo en la pantalla de destinos. 19:00 pm, Aeroméxico, vuelo en tiempo, leo con la impaciencia del que sabe que todavía le queda una hora antes de depositar su suerte en un pesado pájaro de hojalata. Pierdo el tiempo mirando escaparates, joyería, camisas hawaianas, puros y recuerditos. Voy y vuelvo al baño. Cuando hay gente sólo me doy una vuelta por el espejo y le dedico una mirada burlona a mi gemelo bidimensional; cuando está vacío fuerzo la vejiga en uno de los mingitorios. Mi amigo Joaquín tiene la teoría de que pasar al baño en un viaje es como salvar los avances en un videojuego. Nunca está de más.

      Despega el avión. Todo en el trayecto resulta majestuoso menos la charla del vecino, quien me habla a lo largo de una hora sobre los beneficios de las redes sociales. Con amabilidad, le doy metafórica y literalmente el avión y dejo que mi mente se confunda allá afuera, tras la ventana, en la textura de las nubes que me recuerda a la salsa bechamel. Admiro las tonalidades cobrizas de la sierra y siento que no estoy llegando a Saltillo sino a Tánger, o a otra ciudad mágica que sólo he conocido en sueños, pues Saltillo para mí es la carretera que viborea en un desierto de yucas y nostalgia. Pese a que suelo ir a Coahuila tres o cuatro veces al año, jamás lo hago en avión, por eso, al observar un sector de la cordillera particularmente rojizo, me imagino un incendio incontrolable, sospecho flamas inclementes y un oso negro (Ursus americanus) que trata de sortear la humareda. Sin embargo, cuando el avión perfila el rumbo del aterrizaje, descubro que sólo se trata de una tonalidad más intensa del cobre que arropa a las montañas.

      Me entristece bajar del avión porque sé que no veré en la sala de llegadas a mi tía Cristina, quien suele recogerme en la estación de autobuses cuando llego por tierra. Ningún rostro en la sala me será familiar y evado esa nostalgia convenciéndome de que lo que en verdad necesito es un cigarro. Trato de apurar el proceso pero mi maleta, como siempre, es una de las últimas en aparecer. La espera me resulta más incómoda porque la custodia el semblante seductor de una mujer rubia de ojos vívidos, linda vestimenta y gesto amable, a quien de antemano sé que amo, o que podría amar en el contexto indicado. Superficial y azaroso, el deseo me domina una o dos veces por año, y tenía que ser precisamente en este viaje cuando ocurriera y, por ende, lo arruinara todo. Digo arruinar porque mi mente, a la que quería bien concentrada en su merecida soledad, a partir de entonces sólo podrá pensar en esa chica rubia de rostro amigable, y proyectará cada una de sus falsas intenciones en esos ojos felinos de los que, no obstante el esfuerzo, sólo obtendrá una inútil fantasía.

      Para colmo, sobreviene la fortuna de la que hablaba Wislawa Szymborska (“que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad”) ya que nuestras maletas, ambas rojas y extrañas, son las últimas en salir y van prácticamente enredadas por la correa sobre la banda de la minúscula sala de llegadas donde sólo quedamos ella y yo y un aterrador destino al que ella seguramente no ha dedicado ni siquiera un pensamiento. Hay sonrisas, silenciosas disculpas que no pronunciamos mientras desenredamos el nudo de nuestras maletas. Luego aparece el poeta en una silla de ruedas, lo veo e imagino, a manera de fosfenos, el rostro sabio e irónico de mi abuela.

      En los estantes de su biblioteca, conocí los libros de poesía entre los que figuraba el de este poeta, que ahora me sonríe en el aeropuerto de Saltillo. Su rostro pálido y envejecido me interroga a la distancia y, conforme se aproxima, me transmite un sosiego que sabotea la falsedad de mis futuras respuestas. Me pregunta mi nombre, de dónde vengo, si soy de su misma editorial y a qué hora nos vamos. Le respondo lo que puedo y, sólo para verificar, también le pregunto su nombre, aunque sé que se trata del poeta yucateco Raul Renán, autor de la Gramática fantástica, nacido en 1928, dos años antes de que naciera mi abuela, quien falleció hace más de un lustro y a la que no le gustaba la poesía experimental, pero alababa los versos de Renán por ser los únicos de este tipo que de vez en cuando le arrebataban una sonrisa.

      La chica de ojos amables nos dice que ella también viene de la misma editorial y no tarda en sumarse a la comitiva un hombre idéntico a Lex Luthor, quien dice venir en representación de su jefa para dar una charla sobre literatura pos-apocalíptica. ¿Tú eres el novelista?, me pregunta una voz que no distingo y los cuatro, Raúl Renán, la rubia de ojos amables, Lex Luthor y la hija del poeta, quien se acaba de acercar, se interesan en mi respuesta. Quiero decir que no, sólo vine a Saltillo como un joven anónimo, como tantas veces que llegaba a encerrarme todo el verano a escribir versos que nadie jamás leería; quiero decir que soy el chofer y que muy pronto los llevaré a su destino, sin embargo, comprendo que sería estúpido mentir (sobre todo porque Lex luthor parece saberlo todo) y termino confesando que sí, yo soy el novelista.

      La camioneta de la editorial nos espera en el estacionamiento y el chofer, hosco y poco servicial, nos recibe con el reclamo de no haberse podido estacionar donde quería. Es el acento, medito, y no le doy importancia a su talante mal encarado, pero cuando le pregunto con cierta familiaridad norteña cómo ha estado el clima y él decide ignorarme, lo miro con la desconfianza necesaria del desierto y para mis adentros lo mando al carajo.

      La chica de ojos amables ayuda a Raúl Renán a subir a la camioneta, el poeta recarga una mano en su antebrazo y la otra en el mío. Lex Luthor observa con escepticismo nuestra coreografía. La hija nos da las gracias, la chica de ojos amables me sonríe y en ese preciso instante, interconectados a través de la frágil anatomía del poeta, siento que ya tenemos años de casados y estamos realizando una excursión con su padre o el mío para visitar la tierra de nuestros antepasados una última vez. Pese a los años de matrimonio, nos amamos más que nunca aunque lo cierto es que todavía no nos hemos dirigido la palabra, al menos, no directamente.

      De camino, los viajeros formulan numerosas preguntas sobre la geografía y la arquitectura, mismas que el chofer ignora como un mal recuerdo. Me apresuro a contestar las dudas y les digo que conozco bien Saltillo, pues de esa ciudad es mi familia. Paterna y materna, agrego. La camioneta pasa la salida por donde se va a la casa de mis abuelos y se dirige a Arteaga; una zona trailera muy poco atractiva.

      Al llegar al hotel, Lex Luthor nos comenta que tiene hambre y que antes de registrarse irá a cenar. Yo también tengo hambre, pero no lo sigo porque no me quiero separar de la chica de ojos amables. Juntos nos registramos y nos dirigimos a nuestras habitaciones. Para mi sorpresa, el hotel es inmenso y laberíntico; recorremos cientos de metros en busca de un orden en la numeración de los cuartos y quiero preguntarle a qué se dedica, cuáles son sus intereses, dónde ha estado en estos últimos veinticinco años que tengo de vida. Antes de hacerlo, prorrumpe el instante fatídico, frenan las dos maletas. Ella me pregunta mi número de habitación. 643, digo a sabiendas de que es un número lejano, un número de exilio. No sé si apiada de mi mueca de insatisfacción, pero siento que lo hace. El sendero principal se bifurca pasando la alberca y comprendo que ya no tengo ninguna excusa para seguir a su lado, yo debo ir por la izquierda y ella hacia la derecha. Nos decimos adiós con cierta nostalgia, al menos de mi parte, y antes de que nos separemos del todo, ella me llama y me dedica la frase, “a ver si nos vemos uno de estos días”. Quiero correr a sus brazos y decirle que lo mejor sería no separarnos nunca, porque en ese hotel kilométrico jamás nos volveremos de encontrar, pero no lo hago; en cambio, pronuncio la frase “desde luego” y prosigo mi camino desgarbado, pues sé, y así sucede, que no la volveré a ver.

      La primera noche resulta espantosa, mi cuarto es el único de esa galaxia hotelera en el que no se permite fumar y no tardo ni diez minutos en quebrantar la ley. Cubro con las toallas del baño los detectores de humo y fumo observando atentamente la televisión apagada. Tengo principios de gripa y de insomnio, comprendo que sin alcohol no sobreviviré a esa primera noche y salgo al crepúsculo norteño en busca de un Oxxo. Como el hotel está en medio de la nada, y como las ciudades del norte no estás hechas para caminar, tardo cuarenta y cinco minutos en encontrar mi destino sólo para descubrir que la venta de alcohol está prohibida después de las 10:35. Son las 10:38. Siento que la información es inventada, pero la señorita me muestra un letrero donde, en efecto, con lujo de detalle se manifiesta que el consumo de alcohol termina a las “10:35 pm”. Demasiado específico, ¿no lo cree?, le digo. La chica del Oxxo no lo encuentra extraño. Compro un café americano, una Sangría, una paleta enchilada, una bolsa de Doritos Incógnito, un Mordisco, unos Escuincles sabor sandía y un Carlos V. A falta de ron, azúcar. La señorita no tiene cambio y pretende devolverme treinta y siete pesos en chicles o billetes de lotería, lo que yo prefiera. Me inclino de hombros y elijo los chicles, veintidós chicles, porque ya no puedo lidiar con la derrota y perder en un juego de raspado, en algunas ocasiones, puede ser motivo suficiente para llegar al suicidio.

      En el cuarto hay dos camas king size con suaves sábanas y deliciosas cobijas. Como el conde de Montecristo, me es imposible dormir en un lugar tan cómodo y prefiero el piso. Despierto demasiado tarde, ¿para qué? Para encontrarla, o para empezar a buscarla en algún lugar del hotel infinito, y eso que yo iba a Arteaga a terminar de escribir una novela que probablemente nunca terminaré, y ahora sólo puedo pensar en un par de ojos amables; así de superficial e histérica mi biografía. Quiero un café, pero la idea de caminar cuarenta y cinco minutos hasta el Oxxo me repele, comprendo que sin un auto no sobreviviré al norte y detengo un taxi para hacerle una visita a mi tío. Verlo me da una alegría insospechada y a la par me angustia como aquellas épocas felices que sabes que muy pronto terminarán. Mi tío Iván es posiblemente el tipo más divertido en la tierra, domina el humor norteño pese a haber crecido en el DF setentero de pandillas, manifestaciones, porros, activistas y grupúsculos poéticos; y pese a haber nacido en Tabasco y tener hábitos y gustos sureños. No le interesa la literatura y desde un principio me deja en claro que no irá a la presentación de mi libro, pero me ofrece prestarme su auto que incluye un disco con sus canciones favoritas; su gusto musical es impecable.

      Iván se va al trabajo y yo doy vueltas por Saltillo escuchando a Martha & The Muffins, Pink Floyd, Led Zeppelin. Recorro el perímetro de la Alameda coreando el cántico infantil que recitábamos cuando éramos niños y no queríamos irnos a la cama: ¡Una vuelta a la Alameda, o si no no no no no no no nos dormimos! Cruzo de sur a norte la ciudad en menos de veinte minutos, lapso más que suficiente para revisitar un sinnúmero de recuerdos. Paso por la casa o ex casa de una tía a la que hace poco una loca asaltante asesinó a sangre fría con un disparo en el estómago. Pienso en mi familia materna y en la paterna y en lo distintas que son pese a provenir del mismo estado. Hace poco descubrí que tengo un dieciseisavo de sangre kikapú y me pregunto si alguna vez un kikapú habrá escuchado con tanto entusiasmo Shine On You Crazy Diamond.

      Busco en los letreros la avenida Francisco Coss, “la de Coss”, le dicen, y no tardo en encontrar diversos lugares que aparecen en mi novela, Nuestro mismo idioma, la cual comencé a escribir hace más de cinco años y con la que ya no siento ningún tipo de relación, como si ese texto lo hubiera redactado un extraño. ¿Qué busco entonces? Paso la vulcanizadora “El lloradero” y la vulcanizadora de enfrente “Una lágrima más”; recuerdo que Tomás, el personaje de mi novela, hacía una broma a raíz de ese juego de palabras, pero la broma al autor ya no le da gracia ni le interesa.

      Enfilo el rumbo hacia el campus de la UAC en Arteaga, sede de la Feria Internacional del Libro. Antes la Feria se instalaba en el Museo del Desierto, sede que prefería por ser más céntrica e interesante; ahí vi recitar con una profundidad dolorosa a Raúl Zurita: “hay amor quebrados caímos y en la caída lloré mirándote”; y conocí a Gustavo Sainz, quien me dio el mejor consejo sobre cómo debe uno comportarse en las ferias del libro, “calla y sonríe”; vi a Carlos Velázquez con su actitud bravucona frente a cincuenta acarreados a los que sólo les habló de su rutina en el gimnasio; vi a Cristina Rivera Garza alabar el perfume de una joven poeta regiomontana quien le contestó que usaba la fragancia de Paris Hilton, vi a Julián Herbert denunciar la corrupción de los poetas de su generación y, sobre todo, vi por última vez a Juan Gelman, con quien no hablé en esa ocasión pero me imaginé que me dijo, tal vez mediante un susurro, que Saltillo no sería un mal sitio para fundar la fábrica de los universos.

      ¿Viene a presentar su novela o la de alguien más?, me pregunta una recepcionista que me inspira desconfianza al primer vistazo. ¿Hay alguna diferencia?, pregunto y el Gustavo Sainz de mi cabeza me amonesta, “calla y sonríe”, me digo. Es que hay una sala donde están los autores y otra donde están los presentadores, me dice. Ah ya veo, digo y no entiendo muy bien qué soy yo, porque si bien fui el autor de esta novela, la lejanía, los años, el estilo y mi atrofia me hacen sentirme cada vez más como un presentador ajeno a la confección de su lenguaje. Autor, digo, soy autor. Muy bien, por favor, sígame. La señora me guía directamente a una teoría de Roland Barthes simbolizada en una imagen tétrica, la enorme sala de autores está desierta, más bien parece un cuarto de interrogatorios: el autor ha muerto. Aunque no quiero estar ahí, la señora me obliga a sentar en una de las cuarenta sillas vacías y me abandona a mi suerte.

      No sé qué hacer ahí adentro, todo parece artificial, la luz es demasiado blanca, el aire acondicionado está helado. Lo único que quiero es salir de ahí, me levanto, abro con cuidado la puerta y me encuentro con la señora que espera en el umbral como un centinela. ¿Se le ofrece algo?, me pregunta. Es que, creo que tal vez sea mejor que dé una vuelta por ahí en lo que inicia la presentación, digo. Pero los autores tienen que estar en esta sala, me indica la señora. Quiero preguntarle sobre aquellos extraños casos en que los autores ya no quieran estar en la sala de los autores, pero me refreno, callo, sonrío y me vuelvo a meter.

      Espero lo suficiente y echo una ojeada. Descubro aliviado que la señora se ha ido y aprovecho para escapar. Recorro los pasillos de la feria y siento que me voy a desmayar. Veo el stand de Mondadori y mis ojos se fijan en un libro de César Aira. Prácticamente corro hacia él y lo atrapo como un balón de futbol americano, caigo al piso y todo. Lo pago sin esperar el cambio y huyo de la Feria con el Libro con Aira entre mis brazos. Que nadie nos vea, le digo al libro y comienzo a raspar el plástico del empaque. Joven, dice una voz que me impide salir del campus, ¿a dónde va, joven? Es el poeta Raúl Renán, quien ha presenciado todo mi espectáculo desde su silla de ruedas ingeniosamente colocada en la única sombrita del desierto.

      No lo sé, no sé nada, le digo al poeta y casi me dejó a caer a sus ruedas. Renán me mira con unos ojos que me recuerdan a los de Gelman y de pronto empezamos a hablar de literatura, de algunos escritores de Coahuila, Manuel Acuña, Otilio González, Julio Torri; hablamos del océano y de las estrellas, del amor, del desamor, de los editores y de las ferias del libro. Le digo que pertenezco al rubro posmoderno de autores cuya obra centra su temática en la literatura, escritos sobre escritores, novelas de novelas. El problema de hacer eso, me dice Renán, es que en este tipo de eventos uno se convierte en ficción de sus ficciones y termina muy confundido. Siento que podemos estar ahí, en esa sombrita, hablando de literatura, hasta el fin de los tiempos, y es curioso que sienta eso porque en ese preciso momento aparece Lex Luthor, quien acaba de dar su conferencia sobre literatura pos-apocalíptica y nos comenta que nadie acudió a su presentación con excepción de la chica que le abrió la sala. La feria está llena de gente, sobre todo jóvenes, pero ninguna persona parece real, me pregunto si no serán hologramas configurados por el gobierno priista.

      Por fin, es la hora de mi presentación y en la sala tampoco hay nadie ni siquiera hay una chica que abra la sala porque ya estaba abierta, así que me siento frente al micrófono y pasan cinco minutos y otros cinco y no sé qué hacer. ¿Debo hablarle de una novela que ya no siento mía a un cuarto vacío, a una fila de butacas, a un ventilador? Pues sí, eso es exactamente lo que hago, comienzo a hablar y al fin digo la verdad de lo que pienso de la literatura, que es muy dañina y que ha destruido mi vida de principio a fin; contrario a aquellos difusores que hablan de literatura y creen estar salvando a la humanidad, y citan a Borges para comparar el libro con un proyector de la imaginación y la memoria, yo expreso lo contrario y advierto de los peligros de expandir la memoria y los riesgos de imaginar de más. Los libros, digo, si se leen mal son una pérdida de tiempo, y si uno los lee bien se vuelven adictivos e infectan los pensamientos de manera irremediable. Por supuesto que enriquecen nuestra forma de nombrar y concebir la realidad, pero generalmente lo hacen para mal, nos destinan a un futuro solitario, huraño, snob y resentido; lo cierto es que después de hablar con Flaubert o con Tolstoi o con Proust, descubres que en la vida ya no hay nadie con quién hablar, o por lo menos, con quién sostener una conversación igual de interesante, así que las experiencias humanas se vuelven vacuas y mediocres. Tanto critico a la literatura que termino hablando bien de ella y la reconozco como una interlocutora ingeniosa y reflexiva, que me ha acompañado cuando nadie más lo ha hecho. Hablo para mis adentros y ya no pienso lo que digo y cito a Tin Tan y a Louis C.K y digo con voz de plomo que yo a mis chistes malos los defiendo como una madre sobreprotectora. Levanto el rostro y descubro que la sala ya no está vacía, quizá nunca lo estuvo. El primer rostro que distingo es el de mi tío Iván, quien lleva media hora riéndose de mis disparates. A su alrededor hay cien cabezas de típicos acarreados de feria de libro con la vista fija en sus celulares; también descubro que a mi lado hay una presentadora que también lleva toda la presentación con la vista fija en su celular.

      Cuando termino, le paso el micrófono y ella dice: “La Feria Internacional del Libro en Arteaga le agradece a…”, hace una pausa divertidísima porque no tiene ni idea de cómo me llamo, me ve cara de Fernando o de Julio, pero no sabe cómo puede averiguarlo, observa su teléfono y éste tampoco le da la respuesta, así que se traga la vergüenza y me pregunta al micrófono, ¿cómo se llama, señor? Y yo, por supuesto, contesto: ¡Heráclito! Entonces la Feria del Libro en Arteaga le agradece su destacada participación a Heráclito, y le entregan un diploma y un obsequio de parte del gobierno y mi tío Iván yo nos miramos a la distancia sin dejar de reír, y un par de periodistas me persiguen, “Señor Heráclito, ¿puede concedernos por favor una entrevista?” Yo sonrío y pienso que no quiero irme nunca de esa sala donde todo es tan hilarante.

      Me quedo a escuchar la lectura de poesía de Raúl Renán y la ineptitud de los organizadores vuelve a hacer de las suyas. El micrófono está a un volumen tan bajo que ni siquiera los de la primera fila podemos oírlo. Por más que pedimos que suban el volumen, nadie nos hace caso, porque en realidad ahí no hay nadie, sólo hologramas de chicos uniformados con la vista fija en sus teléfonos. Me resigno a observar unos labios resecos y a leer los versos mudos que pronuncian:

La cárcel del papel
se abre con el tiempo,
lo que está hecho con
tela el tiempo la cierra
cuantimás, guardo tu nombre en
ella, con el mío debajo.

      A sus 88 años, Renán conserva una ironía tierna y agridulce, similar a la de Nicanor Parra o la de Efraín Huerta, que reafirma su bondadosa lucidez. Nadie en el recinto sabe qué está diciendo, sin embargo, el susurro afónico custodiado por sus ojos proyecta la alquimia de un lenguaje íntimo. Salgo cuando los hologramas dejan sus teléfonos en el muslo o en la axila para clausurar el evento con aplausos, afuera escucho aplausos aún más atronadores: el gobernador, su gabinete y una serie de diputados desfilan por el corredor principal para inaugurar oficialmente la Feria del Libro; ninguno desvía la vista a los stands de las editoriales, acuden directo al podio y se esfuman en menos de diez minutos. El gobernador pasa muy cerca de mí y me doy un tiempo para admirar la carne y hueso de ese funcionario que en mi novela convertí en un personaje tétrico; cuando pasas mucho tiempo detallando el perfil de un personaje basado en la realidad, no importa qué tipo de personaje sea, puede ser amabilísimo o atroz, un salvador o un asesino, un espíritu sincero o uno corrupto, acontece una suerte de amalgamamiento entre tu conciencia y los rasgos de ese ente ficticio, que te obligan a reconocerte en su referente real. Moreira me mira como yo miro a los hologramas y se abre paso hasta una camioneta negra donde lo espera otra camada de guaruras; veo desaparecer al personaje en el que tanto tiempo invertí y, a la par, tan ínfimo frente a su cargo, petrificado entre los hologramas, me siento como un personaje de su autoría, el cual jamás quiso escribir, pero ahí está, aguardando el destino que el otro autor quiera darle, cavilando el significado de ser una ficción de las ficciones.

      Antes de que den las 10:35 pm me abastezco con un doce pack de Tecate, dos botellas de vino, una botella de ron, un agua mineral, una Coca Cola de dos litros, tres cajetillas de cigarros y, a falta de cambio, cuarenta y cinco paquetitos de chicles. Vuelvo al hotel. Tardo alrededor de cuarenta minutos en hallar mi habitación y cuando la encuentro pienso que daría lo que fuera por no volver a entrar a esa prisión melancólica. Sufro espasmos, prendo y apago el televisor, salgo a dar una vuelta cada quince minutos, pero nunca hay nadie en el hotel, el lobby está vacío, el restaurante también, le pregunto a la coordinadora de actividades de la Feria dónde están todos. ¿Quiénes?, dice ella. La gente, digo, aunque la verdad sólo me interesa el paradero de la chica de ojos amables. No lo sé, me responde algo preocupada. Cavilo que mi histeria puede ser producto del hambre, ya que, además de dulces, no he comido nada en dos días. Como si me leyera el pensamiento, la coordinadora de actividades me recomienda pedir un club sándwich en el restaurante. Pero es que no hay nadie ahí, no hay meseros ni cocineros, creo que no hay nadie en toda la ciudad. La mesera me repite que pruebe el club sándwich y en seguida descubro que también se trata de un holograma programado por el gobierno.

      Vuelvo al cuarto y en el piso encuentro una nota escrita a mano. “Hoy es el día más triste de mi vida”, leo y me hago a la idea de que la que escribió y deslizó esa nota a través de mi puerta fue la chica de ojos amables, aunque sé que fui yo. Salgo, botella en mano, a buscarla e intento recordar el número de su habitación, examino los dígitos de las puertas, 972, 1024, 3806, ¿cómo puede haber tantos cuartos en un hotel desierto? De pronto percibo un rumor social, ecos de voces y risas circundan mi recorrido, pero ningún rostro pronuncia esas palabras que retumban en mi cráneo. Percibo un chirrido más agudo que las risas y lo persigo por los senderos de adoquines hasta encontrar el artefacto que lo causa. Es la silla de ruedas del poeta Raúl Renán. El poeta no está y no me sorprende, tan sólo veo su silla rondando sin control entre los cuartos. Sujeto las manillas y dirijo el paseo hacia las voces sin rostro. No debería estar sola a estas horas de la noche, le digo a la silla y me deprime que no me responda de inmediato. Tiro a la basura la botella de vino vacía y vuelvo al cuarto por el resto de mis provisiones, las cuales acomodo en el asiento de la silla de ruedas cuyas primeras palabras son tan cruentas como acertadas. Entiendo por lo que estás pasando, me dice la silla, se te olvido para qué sirve la literatura, ¿no es cierto? Es cierto, digo, ¿alguna solución? No, dice la silla y me da la espalda.

      Le pido entonces a la silla de Raúl Renán que me lleve a ella, pero no especifico si me refiero a la chica de ojos amables o a la literatura. La silla perfila mis pasos hacia el lobby, pero no se detiene aunque ya no esté vacío sino atiborrado de rockstars literarios, la Orden Real de autores consagrados, el catálogo oficial de eruditos simpáticos; cruza el portón y sale a la carretera, anda a prisa entre las sombras y es ella quien tiene el mando. En la intersección del distribuidor vial se detiene en seco. Aquí nos separamos, me dice. Mis manos se desprenden y la silla de ruedas de Raúl Renán avanza al occidente, a Saltillo, al nido de mis antepasados y al refugio de mis recuerdos juveniles; su trayecto descarnado entre las sombras es una breve carta de despedida, un poema de Acuña en boca de mis ayeres, “adiós mi juventud, adiós”, un suspiro de fantasía que sólo existe en mi memoria acalambrada. Estoy consciente de que no puedo seguirla y que debo emprender el regreso a mí mismo, pues yo ya no soy esa arquitectura que solía urdir mi nostalgia y es hora de que yo, ficción de mis ficciones, vuelva a la realidad.

Ciudad de México, julio, 2016

Alejandro Espinosa Fuentes

http://revistaabuenpuerto.com.mx/cronica_revista_a_buen_puerto.html

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Constantemente intentamos descubrir motivos ocultos y

no avanzamos, sólo complicamos y trastornamos aún más

lo que ya está suficientemente complicado y trastornado.

Thomas Bernhard

      El siete de noviembre de 1966, John Lennon entró a la Galería Índica de Londres y conoció al amor de su vida. A un lado de la puerta había una obra conceptual que consistía en una escalera, la cual te dirigía a una pintura cuyo minúsculo mensaje había que descifrar por medio de una lupa. Al 1.80 que medía Lennon no le hizo ninguna gracia trepar por aquella escalerilla, pero lo que encontró lo convenció de que su vida, tal como la conocía, jamás sería la misma. A través del cristal leyó en letras microscópicas la palabra “yes” y al bajar de vuelta a la galería miró con nuevos ojos a esa artista japonesa con la que terminaría pasando el resto de sus días.

“Sí hubiera leído la palabra No, o un mensaje como Fuck You, habría salido de la galería sin volver la vista atrás”, solía decir Lennon, pero lo cierto es que la obra decía ‘yes’ y ese vocablo fue el origen de un amor que una vez fue para siempre, y que se vio interrumpido el día en que Mark Chapman confundió la pluma de autógrafos con un revolver calibre 38.

En alemán, la palabra ‘sí’ se dice ‘ja’ y acaso, dada su similitud con la interjección que indica la risa o burla, su uso sea más irónico que en otras lenguas. Tal vez por eso Thomas Bernhard decidió titular así su novela escrita en 1978, pese a tratarse de un autor a grandes rasgos negativo. Quien conoce la narrativa de Bernhard podrá intuir, pese al título, que no es una historia tan esperanzadora ni iluminada como el día en que John conoció a Yoko; los soliloquios nihilistas y escépticos de Bernhard no suelen configurar emociones tan gratas como el amor a primera vista y, sin embargo, podrían tratarse, la novela y el episodio de la galería, de dos caras de una misma moneda.

La idea central de es difícil de explicar, pero si uno se identifica con la situación resulta muy sencilla de entender. En pocas palabras: alguien se dedica de lleno a una disciplina y la vida en sociedad (familia, amores, amigos, obligaciones hogareñas, rutinas y hábitos) suele distraerlo. De manera que esa persona, para privilegiar su trabajo, se aparta de la vida común y busca un lugar lo suficientemente remoto para poder concentrarse. La soledad, en un inicio, produce resultados y encamina el proyecto hacia sus objetivos, sin embargo, el paso del tiempo transforma esa soledad en un vacío que obnubila primero las expectativas, y después las razones por las que la lejanía tuvo sentido en primer lugar.

En estas condiciones encontramos al narrador-protagonista de la novela de Bernhard, un científico neurótico, estudioso de los anticuerpos de la naturaleza, que considera que todo en la vida fracasa y que sólo al estar conscientes de este fracaso somos capaces de llevar a cabo algún proyecto: “Al menos, si tenemos voluntad de fracasar, avanzamos, y debemos tener siempre, en todo y en todas y cada una de las cosas, al menos la voluntad de fracasar, si no queremos perecer”.

El protagonista habita una casa en ruinas, un “calabozo laboral y existencial” que consta de dos cuartos principales; el cuarto de los libros, donde lee a Schopenhauer, y “el cuarto de las manías”, donde escucha a Schumann en silencio, tan sólo leyendo las notas en una partitura.

El protagonista acusa una “enfermedad” con la que muchos, sobre todo los que han sobrellevado largos períodos de aislamiento, están familiarizados; se trata del absurdo moderno que paraliza las emociones y el cuerpo en un limbo de sinsentidos. El personaje, considera a sus amigos, o más bien a sus conocidos, como médicos a los que se acude semanal o mensualmente en busca de una cura a esa soledad y a ese sinsentido. Por lo general, el amigo o conocido no tiene noción de ser un médico, una pieza clave para bloquear los síntomas de la parálisis aunque sea por un breve lapso. Moritz, agente  de bienes raíces, el único personaje con nombre propio en la novela, cumple el papel de ese amigo-terapeuta para el protagonista y en cierta manera logra ayudarlo al presentarle a la Persa.

La existencia del protagonista es modificada, y en cierto sentido salvada, con la aparición de la Persa, un monólogo interior tan insatisfecho como el suyo, con el cual deberá enfrentarse. La novela de Bernhard, en palabras de Luis Goytisolo, es “el magnetismo que mutuamente experimentan y ejercen dos soliloquios desesperados hasta que, al identificarse como pertenecientes al mismo signo, empiezan a repelerse mutuamente para terminar neutralizándose, retraídos y hostiles, incompatibles”.

Desde sus primeras páginas, el texto da indicios de esta colisión, entendiendo el encuentro de dos personas como un choque de discursos destinados a fundirse y posteriormente a rechazarse; bien lo anticipa el protagonista al declarar que “para un forastero cada persona es una trampa mortal”.

Sin embargo, esta trampa podría ser, a su vez, otra forma más vil, cruda y realista de referirse al amor; quizá sea sólo otra perspectiva desde la que pudo describirse ese mismo amor que también nació en la Galería Índica un siete de noviembre de 1966. Y si uno se detuviera en la página 115, diez antes de la conclusión, podría llegar a creer que la novela de Bernhard a eso aspira, sobre todo tras leer la precisión con que describe sentimientos semejantes: “Es hermoso estar con una persona para la que los propios conceptos son tan claros y tan decisivos como para uno mismo”.

Por otra parte, el lector es consciente de que el soliloquio reiterativo que lee es un testimonio que el narrador pone por escrito para intentar sobreponerse de su enfermedad, pero también, a la manera de Camus en La Caída, para sobreponerse de la Persa, el otro soliloquio desesperado con el que alguna vez estuvo fundido. Lamentablemente, la posible unión que construye el narrador a lo largo de su soliloquio se desmorona en una frase con la misma eficacia: “Es increíble lo deprisa que la mejor relación, cuando se le exige más de lo que pueden dar sus fuerzas, se desgasta y finalmente se consume”.

Sin duda el yes que leyó John Lennon a través de la lupa y el Ja de Thomas Bernhard describirían una misma emoción si no se trataran de respuestas a preguntas contrarias. Mientras Lennon distribuye un mensaje positivo, “Yes is the answer [Sí, es la respuesta]”, dice en “Mind Games”; el otro replica Japara fundamentar a un largo argumento suicida.

Ocho páginas le toma a Bernhard transformar una novela de amor en un tratado sobre el suicidio, le basta con extinguir la interrogante amorosa y sugerir una nueva pregunta existencial cuya respuesta recalibra una lectura que, al ser releída, sólo puede hablar sobre el suicidio. Entonces el lector presta atención a ciertos párrafos que antes debieron ser evidentes, pero no lo fueron, porque creyó ingenuamente que la cura para la “enfermedad” podía ser el amor cuando, por el contrario, era la muerte: “…un día, me digo siempre, haré lo que tengo que hacer un día, me suicidaré, porque mi vida y mi existencia se han vuelto un sinsentido, y continuar y seguir continuando esa absoluta falta de sentido es absurdo”.

De manera que la enfermedad no sólo es la vida sino la ilusión de fabricarla disimulando que este proceso no nos está conduciendo directamente a la muerte: “Un año tras otro no he hecho otra cosa que construir, construir y siempre construir y, con ello, me he debilitado de la forma más irresponsable, y he motivado quizá esos estallidos de enfermedad, luego cada vez más graves”.

Lo fatal es que aunque uno se vuelva consciente de la futilidad de su existencia, no hay ninguna solución: “En todo momento buscamos uno o varios culpables, a fin de que, al menos de momento, todo nos resulte soportable, y lógicamente siempre llegamos, si somos sinceros, a nosotros mismos”.

Cabe recordar que en otro estribillo de “Mind Games”, Lennon canta: “Yes is surrender, you got to let it go” [Sí es rendirse, tienes que dejarlo ir]. No obstante, he de confesar que a lo largo de este artículo me he conformado con una interpretación demasiado cómoda para vincular, por medio de la palabra , a Lennon y a Bernhard, pero ya va siendo hora de acotar que el de Bernhard no dialogó en ningún momento con el de Lennon, sino con el emblemático final de Ulises que concluye, tras mil páginas de polifonía, con un contundente y acaso lascivo Yes.

El icónico monólogo interior de Molly Bloom concluye emulando la lujuria de una Penélope desesperada: “…y al principio le estreché entre mis brazos sí y le apreté contra mí para que sintiera mis pechos todo perfume sí y su corazón parecía desbocado y sí dije sí quiero Sí”.

Por eso resulta tan cruento comparar el Yes de Molly al entregarse a los placeres de la carne y el Jade la Persa cuando le contesta entre risas al narrador su desconsiderada pregunta: “…yo le había dicho a la Persa, en uno de nuestros paseos por el bosque de alerces, que hoy se matan tantos jóvenes y que la sociedad en que estos jóvenes se ven obligados a existir, totalmente incomprensible, es el porqué y que, de forma totalmente repentina y realmente del modo más desconsiderado, le había preguntado a la Persa si ella se mataría un día. Ella, entonces, sólo se había reído y había dicho que sí”.

Por más fatídica, desesperada y tormentosa que resulte la obra de Bernhard, no puedo dejar de considerarla una oda a las contradicciones humanas llena de pequeñas esperanzas que, aunque no sirvan para nada, ahí están y aparecen a pesar de que nos encaminemos hacia un destino trágico. El demoledor estilo de Bernhard ha repercutido en la literatura hispanoamericana contundentemente, sobre todo si se considera a los numerosos autores a los que ha influido, entre ellos Ricardo Piglia, Fernando Vallejo y Javier Marías.

* Advertencia: Bernhard produce adicción y todo intento de imitar su prosa estará condenado al fracaso, desenlace que quizá el austriaco no vería con malos ojos.

Publicado en La rabia del Axolotl: http://www.larabiadelaxolotl.com/si/

PODCAST LETRAS LIBRES

Un podcast mensual en el que invitamos a escritores debutantes a leer un fragmento de su libro. En forma paulatina, Primeras letras conformará un mapa sonoro de la nueva narrativa hispanoamericana.

En este episodio, Alejandro Espinosa Fuentes (Ciudad de México, 1991) lee fragmentos de Nuestro mismo idioma, libro ganador del Premio nacional de novela joven José Revueltas 2015.

ECOS QUE NO VOLVERÁN

Tres décadas sin Borges

 

Recuerdo con cariño, aunque temo releer, un cuento de Borges llamado El Congreso, el cual, si bien es mi favorito, sé que no está entre sus mejores, dado que resulta algo sentimental y posee ciertos párrafos que un riguroso del género consideraría perfectibles. No obstante, lo defiendo como a un amigo de la infancia de cuyos chistes aún me rio aunque perdiera la gracia hace años, analogía injusta si se tiene en cuenta que El Congreso no lo he vuelto a leer en más de diez.

Borges, sinónimo de rigor, sólo escribió tres o cuatro de estos cuentos truncos, mismos que, pese a su supuesto malogro, cualquier autor mediano daría una mano (la buena o la mala) por escribir. Sé que yo lo haría, es más, preferiría ser autor de un excelente cuento fallido que de un inane cuento perfecto, ya que a mí la literatura perfecta luego de impresionarme se me olvida y, en cambio, aquellos textos aventurados, a veces experimentales (“sólo se les dice así cuando el experimento salió mal”, diría Burroughs), en ocasiones apasionados u obsesivos, me devuelven, sea por empatía o por soberbia, las ganas de crear y el permiso literario de hacer lo que me dé la gana con mi imaginación y el lenguaje.

Aunque no figuren en antologías ni sean tema de rimbombantes estudios académicos —si bien con Borges todo puede convertirse en tesis, juro que hace poco encontré una sobre el aleph y Ayotzinapa—, estos cuentos menos comentados refugian paradigmas de genialidad profética. Cierto es que los escritos más emblemáticos de Borges tienen tal vigencia, que aun en este siglo de chatarra virtual poseen respuestas para reinventar el mundo. Por ejemplo, algunos teóricos detectaron en la escalera espiral que se abisma en lo remoto de “La biblioteca de babel” esbozos o cimientos de la revolución cibernética. No es mi intención negar tales teorías, tan sólo quiero subrayar que algunas obras menores a veces sugieren claves más acertadas de ciertos síntomas propios de nuestra era.

El caso de El Congreso me resulta proverbial para describir el estado anímico que me gobierna. Quizá deba explicar mejor mi condición: desde que cedí a la comunicación instantánea, del despertar al sueño, espero un mensaje que no llegará y redacto en mi cabeza una futura respuesta que no he de escribir; actualizo bandejas, palpo texturas en busca de convulsiones tecnológicas y estoy alerta a cualquier ruido que preludie esa respuesta escurridiza. Padezco la agonía del consumo informático instantáneo, un vacío existencial que cava más hondo conforme satisfago mis ansias de contenido. Soy adicto a una sonrisa binaria proyectada en irónicos algoritmos que, en cuanto cumplen su función, pierden su significado. Desfila la vida a espaldas de mi indiferencia y mi condena consiste en advertir su caducidad, etiquetar y olvidar los hechos como quien olvida a la oveja número dieciocho, o a la cuarenta y dos tras quedarse dormido. Mi carne envejece a través de una mitología invisible, conozco el nombre de todos los naufragios sin haber estado en altamar, conservo ruinas anecdóticas y cierta noción de haber rebasado umbrales que no me di el tiempo de entender y que ahora añoro.

Siempre es demasiado tarde y ahora más que nunca. ¿Por qué si todo lo he olvidado no dejo de pensar en El Congreso? “Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno”, apunta el narrador. Borges describe un adiós arquetípico. Beatriz Frost, devota de Ibsen, se despide del amor que intercambió por su libertad: “De su boca nació la palabra que yo no me atrevía a decir. Oh noches, oh compartida y tibia tiniebla, oh el amor que fluye en la sombra como un río secreto, oh aquel momento de la dicha en que cada uno es los dos, oh la inocencia y el candor de la dicha, oh la unión en la que nos perdíamos para perdernos luego en el sueño, oh las primeras claridades del día y yo contemplándola”.

Cito las notas que tomé en ese entonces, cuando leí el cuento, y entiendo por qué algunos secuaces de Tlön rechazan a este Borges tan meloso y, sin embargo, ahora que olvido y se me va la vida en ecos que no volverán (Cerati dixit) es éste, y no El aleph ni La Biblioteca de Babel, ni El Jardín de los senderos que se bifurcan, ni Funes el memorioso, el cuento que regresa a mi memoria. ¿Por qué? Acaso por lo que apunta el narrador tras despedirse del único amor de su vida para volver al tortuoso Congreso del Mundo, que es también un congreso de la extinción y la insignificancia: “Soy un hombre cobarde”, dice el protagonista tras despedirse de Beatriz Frost, “no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas”.

   La esperanza es un estorbo.

 

Ver artículo en http://www.larabiadelaxolotl.com/ecos-no-volveran/

LA ALBACEA

Punto en líneaCUENTO / No. 61


 

CUENTO PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA UNAM PUNTO EN LÍNEA

“Oí hablar en una ocasión de un joven que sin motivos demasiado explícitos, quizá sólo para acabar con la eterna duda del qué pasara y del qué será de mí, apagó la luz de su recámara, miró la luna por la ventana, anudó una cuerda a su cuello y dio el salto con el que tantos hemos fantaseado y al que muy pocos se han atrevido. Quedó suspendido tras casi cinco minutos de retorcerse al son del arrepentimiento. El “¿por qué?” y el “¿cómo se me ocurrió?” fueron seguidos por las súplicas y el “auxilio, no, no, ya no quiero”, y poco después por la asfixia, el jaloneo agónico que se contrae en la camisa de fuerza del destino y en lo imposible de volver atrás…”

 

Leer el cuento completo aquí. 

PROSA RICA EN CALORÍAS

Sé que el índice de masa corporal nada tiene que ver con nuestra capacidad deductiva, pero para mí es un hecho que, al menos en literatura, los mejores detectives son obesos. Sobre todo a partir del siglo xx, si bien el anterior le pertenece al esbelto Holmes y su dieta de opiáceos, el siguiente contó con un excelente repertorio de detectives fuera de forma, ya sea con unos kilitos de más, o con indicios de desnutrición, debido al alcohol o a lo poco que recibían de honorarios.

 

Con excepción de esos cuarentones pálidos que producen las novelas suecas, el buen detective, por lo general, sigue una dieta concupiscente; exigua en los azares del inframundo; pantagruélica en escenarios rimbombantes. No sé cuáles detectives configuren mejores novelas, pero estoy seguro de que si el día mañana alguien decidiera convertirme en cadáver agradecería que mi caso lo tomara uno bien nutrido. Prefiero al rollizo Poirot de Agatha Christie, al pesado Maigret de Simenon, al llenito Padre Brown de Chesterton o al gordinflón Nero Wolfe de Rex Stout, antes que a un investigador muerto de hambre.

 

De los pesos pesados anteriores, profundizaré un poco en torno a la figura del más desconocido y el más agudo en mi opinión, Nero Wolfe, quizá también el más chistoso de los cuatro. Amante de la cerveza artesanal, paciente cultivador de orquídeas, escéptico, cínico y brillante, Wolfe ostenta una barriga curvilínea sin rebasar las fronteras de su hogar. Al igual que Isidro Parodi, detective de Bustos Domecq (fusión de Borges y Bioy Casares), Wolfe medita en su trinchera; a Parodi no le queda otra porque está en prisión a diferencia de Nero Wolfe, quien vive encerrado por su propia voluntad, no por miedo, pura pereza.

 

El detective de Rex Stout vive a la búsqueda de la felicidad pascaliana[1] (aka: flojera) y encarga todas las tareas de investigación a su asistente Archie Goodman. Archie es quien recaba testimonios, minucias, detalles y le lleva la información a su descomunal jefe, cuya perspicacia es tan enorme como su barriga, para que resuelva los crímenes desde la comodidad del sillón. En la novela Orquídeas negras (1942), la pereza de Wolfe llega a tal grado que prefiere provocar el suicidio del culpable con tal de no salir a declarar al ministerio. Aislado en su invernadero, Wolfe urde teorías y conjetura el misterio, sus movimientos son lentos y ciclópeos, es necio como los buenos detectives y no teme al qué dirán, se aferra a su ostracismo: “Sería inútil que un hombre se esforzara en crearse una fama de excéntrico si al menor acontecimiento obrase de forma normal”, le recuerda a Archie cada que éste le achaca sus conductas.

 

Algo me dice que el exilio voluntario de Nero Wolfe no sólo responde a su excéntrica fatiga, también obedece a un sentimiento de vergüenza e incomodidad social, misma que todos los gordos padecen de vez en cuando. Si bien su corpulencia es en parte responsable de su astucia, ya que los gordos, al ser estigmatizados de tajo con una etiqueta conveniente, por lo general y paradójicamente pasan desapercibidos y pueden observar con mayor escrutinio los defectos de la sociedad, ya que ésta no los mira de vuelta, al menos, no con un ojo estricto para averiguar qué está detrás de la botarga; de cualquier forma, este estigma también le acarrea un fastidio corporal que lo aísla del resto, y por eso Wolfe y Poirot y el padre Brown son excelentes investigadores, por esa frialdad en el razonamiento y en su concepción de la justicia, que mucho tiene de rencor social a causa del retraimiento al que ésta los obligó debido a su apariencia.

 

Nero Wolfe

Así como existen agudos personajes obesos, también hay sagaces autores regordetes, detalle lógico de la profesión si se toma en cuenta que tanto la lectura como la escritura son actividades estacionarias y no queman muchas calorías. No recuerdo qué columnista de la actualidad proponía elaborar una antología de escritores pesados con Alfonso Reyes a la cabeza. Sin duda Reyes manifiesta un caso emblemático, ya que también como lector tenía un apetito insaciable y un excelente paladar. En repetidas ocasiones oímos la analogía de la escritura como cocina literaria, pero pocas veces tomamos en cuenta el condimentado banquete que deglutimos a la hora de leerla.

 

Mi librero de cabecera conocía a fondo tales circunstancias. Se llamaba Sergio y le decían “Porrúa”, solía poner un puesto ambulante en la intersección de Churubusco y Universidad, vendía libros piratas o robados a un precio digno del consumidor, pero lo más llamativo de su negocio era la manera en que lo promocionaba. “Porrúa” recetaba libros como el mejor nutriólogo, verlo en acción era gratificante y, si resultabas presa de su diagnóstico, podía tener un desenlace vergonzoso. “Te veo pálido amiguito”, solía decir, “se me hace que te hacen falta unos cuentitos de la Mansfield”, lo decía como un homeópata antes de darte unos chochos, “tres en la mañana y tres antes de dormir, y échate un poema de Lizalde cada ocho horas”. “¡Oiga no se exceda con Isabel Allende!”, le gritaba a las señoras. A los clientes antiguos ya les conocía el historial. “Óyeme Bruno”, le oí decir en una ocasión, “te estás excediendo, mucho Pérez Reverte, ¿y nada de Piglia?”, lo decía como el doctor que reclama: “Muchos dulces, ¿y las verduras?”

 

“Porrúa” era la combinación perfecta entre un nutriólogo y un bibliotecario, me engordó con muchas lecturas en mi juventud, pero también trató ciertas tendencias excesivas que mi metabolismo no iba a tolerar. Hace unas semanas fui a buscarlo y no lo encontré en su sitio de costumbre, pregunté a un par de transeúntes y nadie se acordaba de él; la ciudad cada vez está más cambiada, ni las tortas ni el hombre sin pierna ni el malabarista estaban ahí, en cambio, me encontré con un crucero remodelado, un Oxxo oculto bajo el puente, una pizzería cuyo estacionamiento obstruía el consultorio literario de “Porrúa”.

 

Sin mi nutriólogo literario de cabecera, temo que mi régimen lector tienda a los melodramas saturados, a las ficciones con colesterol churrigueresco, a la poesía refinada. Me gustaría contratar los servicios de Poirot, Maigret, el Padre Brown, o de Nero Wolfe para averiguar el paradero de “Porrúa”, desafortunadamente, lo más parecido que hay a esos míticos detectives en la actualidad son los rechonchos policías de la Ciudad de México, que merodean hostilmente las calles para cobrarte el alquiler cotidiano por vivir en su ciudad.

 

[1] “Toda la desgracia de los hombres viene de una sola cosa, que no saben quedarse tranquilos en una habitación”, apunta Pascal.

 

Publicado en la revista Pez Banana

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