EL PRIMER DJ LITERARIO

 

Que viva la música

La música de la noche

no está en los astros

 sino en la oscuridad entre ellos

Homero Aridjis

Leí ¡Qué viva la música! de Andrés Caicedo a los diecisiete años y, desde entonces, la he releído en un par de ocasiones, siempre con la misma turbación y asombro. Me parece que la novela envejece bien, como esos ancianos cuyos rasgos sombríos ya se adivinaban en el semblante de su juventud, por lo que en la vejez no hacen más que definirse con un cariz de erudición. Caicedo ha trascendido la leyenda que fraguó con su temprano suicidio y se ha consolidado como el cronista generacional del Calicalabozo de los años setenta. En su prosa se vislumbra la originalidad de un narrador sabio, intenso, con un magistral dominio del lenguaje; aunque sé que no todos comparten mi sentir.

Durante la pasada Feria del Libro de Guadalajara, en una escena que bien pudo haber escrito Caicedo, terminé en un taxi sardina custodiado por un grupo de poetas colombianos. Horas antes, por amor a lo gratuito, había diezmado las barricas mezcaleras de Almadía hasta que un lejano sentido de responsabilidad me llamó de vuelta al hotel al que, como no tenía ni un centavo, tuve que regresar a pie.

Extraviado en la noche jalisciense, le pedí aventón, o creo que fui yo el que me aventé sobre el taxi que llevaba a los colombianos. Eran las cuatro de la mañana, tenía una lectura a las diez en un lejano pueblo de los Altos de Jalisco y, tras contarles mi historia, se apiadaron no sin reticencias. En cuanto entré al vehículo, percibí un rumor de desconfianza, el cual quise solventar hablándoles de su literatura, que conozco superficialmente pero admiro con sinceridad.

Hablamos de José Asunción Silva, de Aurelio Arturo y de otros poetas más recientes; ninguno de nuestros gustos parecía concordar. En narrativa actual, expresé mi predilección por la obra de Juan Gabriel Vázquez y Arturo Ungar, ellos renegaron y enlistaron a una veintena de autores “mucho más sólidos”. La conversación estaba al filo del quebranto y comencé a temer por la travesía, ya que ellos tenían la última palabra con respecto a mi estadía en el taxi.

Probé, como último recurso, mencionar a Andrés Caicedo, era eso o a García Márquez y a estas alturas cualquier cosa que pueda opinar sobre el inventor de Macondo ya lo habrá dicho mejor algún cráneo privilegiado. Me detuvieron en seco antes de que pronunciara el apellido, no me bajaron por pura lástima, pero en sus ojos distinguí el deseo generalizado de propinarme una bofetada. Entonces comenzaron a insultar la vida y obra de Andrés Caicedo como si se se tratara del peor enemigo de la literatura colombiana.

Supuse que ya debían estar hartos del malditismo, como yo lo estoy de los que lo ensalzan en tierras mexicanas. No obstante su acertada argumentación, me parece que estos colombianos le achacaban a Caicedo las gestiones que la mercadotecnia y sus epígonos hicieron de su memoria, como si un autor “maldito” fuera responsable de la maldita manipulación que hacen de su legado.

Las conjeturas de complots literarios, las intrigas melodramáticas, la búsqueda de mártires (diligencias con las que Caicedo jamás simpatizó) pasan de lo chistoso a lo ridículo. Hay gente que asegura que Andrés, el anti-McOndo, no se quitó la vida sino que fue García Márquez quien lo asesinó a puño limpio. El legado de un autor es material radioactivo en manos de publicistas, por eso hay que desconfiar de toda artimaña interpretativa que no provenga directamente de la obra.

De acuerdo a lo anterior, cuando me enteré que existía una película de ¡Qué viva la música!, temí que se tratara de otra ridícula adaptación falseada, sin embargo, el film de Carlos Moreno no me avergonzó como The Raven (maltrato chusco a la memoria de Poe), ni me obligó a salir del cine comoKill your darlings (reinvención millennial de la cosmogonía beatnik), ni me dejó frustrado como The Color of Time (biografía de C. K. Williams basada en sus poemas), sino que me pareció una experiencia atractiva, muy diferente a la novela, pero con efectos equivalentes.

Los críticos no tardaron en machacar la propuesta exhibiendo todas sus “traiciones”: que si no tiene nada que ver con la novela, que si los personajes parecen ausentes a lo largo de la trama, que si elsoundtrack no es idéntico al que estipuló Caicedo; “preocupaciones absurdas” diría Rodrigo Fresán, como expresa en su reseña de The End of the Tour (film sobre David Foster Wallace), ya que quizá la mejor apuesta de Moreno fue no haber intentado imitar el libro al pie de la letra (tarea imposible ya que en la novela el protagonista es el lenguaje amalgamado a la naturaleza de Cali), sino crear una perspectiva autónoma del relato. Soy de la opinión de que las mejores adaptaciones así funcionan (Apocalipsis Now, Under the Volcano, Breakfast at Tiffany’s, etc.); interpretan la lectura en función del lenguaje cinematográfico y resignifican ciertos elementos con el fin de contar una historia nueva.

Lamento, sí, que la música no persiga el itinerario sonoro que trazó Caicedo, del éxtasis anglófilo a la furia popular, de la superficie globalizada a las entrañas de la selva, de los Rolling Stones a Willie Colón, a través de un soliloquio en busca de las ruinas generacionales, pero entiendo que los derechos de ciertas canciones no son fáciles de conseguir. Pese a las ausencias, la banda sonora electrifica las secuencias fragmentadas y construye un festín aderezado por la voz en off de la protagonista, cuya doctrina recalibra cada toma.

“Todo estaba innovado cuando aparecimos”, dice la narradora, “no fue difícil, entonces, averiguar que nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejamos. Pero nosotros no íbamos a morir tan rápido”.

Sabiduría instantánea de María del Carmen Huerta, profeta que llevó la rumba a sus máximas consecuencias, encarnada en la película por Paulina Dávila, actriz cuyo único defecto, en mi opinión, es parecerse demasiado a Shakira.

Otro detalle que le achacan a la adaptación es que parece una serie consecutiva de videoclips juveniles, con lo cual estoy de acuerdo, aunque no necesariamente lo considero un error. Incluso como una serie de videoclips sólo inspirados en la novela, el proyecto resulta interesante, pues permite conocer otra faceta del Universo Caicediano que, a diferencia de la prosa, puede sincronizar características audiovisuales para esbozar atmósferas análogas a las que describió el autor, complementadas por extractos en prosa, voces aforísticas y consejos existenciales que invitan al espectador a conocer el resto: “Es prudente oír música antes del desayuno…”, “Donde mejor se practica el ritmo de la soledad es en los cines…”, “Todo es tuyo. A todo tienes derecho y cóbralo caro”.

Pensé en esta última frase al interior del taxi y, acto seguido, me pregunté cómo alguien podría hartarse de estas líneas. Los poetas colombianos seguían despotricando contra Caicedo y era mi carne ebria el receptáculo de sus quejas. Por suerte, el taxista, cansado de nuestra discusión, subió el volumen del radio y “como las orejas no tienen párpados”, según Pascal Quignard, nos distrajimos con los acordes de una melodía que nos era familiar.

Era “Soul Kitchen” de The Doors, una canción que los pasajeros conocíamos y, al parecer, a todos nos gustaba. La voz de Morrison se tragó el altercado y armonizó el resto del trayecto, gracias a lo cual volví al hotel sano y salvo. El taxista fue el más sabio de nosotros, zanjó las tediosas voces con una melodía que concertó las distintas emociones en un lugar que nada tenía que ver con las palabras. Al subir el volumen, como si fuera el mismísimo Schopenhauer, pareció decir: “En la música todos los sentimientos vuelven a su estado puro y el mundo no es sino música hecha realidad”.

El taxista dijo más de Andrés Caicedo que todos nosotros porque entendió que tal vez no había nada que decir, bastaba con escuchar. Pocos son los creadores capaces de conciliar música y la literatura en un mismo producto, los poetas lo logran, pero son escasos los narradores que lo consiguen sin mermar a una u otra disciplina.

En la actualidad llevan la batuta los novelistas anglófonos, cada uno a su manera. Nick Hornby ha patentado un subgénero literario donde el soundtrack resulta indispensable para comprender la trama; Hanif Kureishi, a mi parecer, es el que mejores playlists configura (Bowie le compuso un disco a su novela El buda de los suburbios), Pynchon estructura atmósferas refiriendo a un sinfín de bandas extrañas que hacen de máquinas del tiempo para recuperar décadas perdidas.

El recurso no es novedoso en ninguna tradición, nada tiene que envidiarles a estos autores El Rey Criollo de Parménides García Saldaña, pero sí considero que en México hay una tendencia a evadir las bandas sonoras; música, sí, pero sin referentes ni especificidades, por favor.

Recuerdo que en algunos talleres literarios criticaban mis textos argumentando que tenían “demasiadas referencias musicales”. Yo intentaba explicarles que para mí un compositor o la versión específica de una canción (con sus insoportables detalles ñoños) era igual de valioso que un adjetivo bien empleado. Los talleristas me sugerían evanescer dichos detalles, pues “distraían”, “no añadían nada” y “limitaban la imaginación del lector al restringirlos a una sola pieza”. Sólo aceptaba limar un par de referencias luego de que acotaran un argumento doloroso (no por eso correcto): “¿Te das cuenta de que ningún clásico de la literatura ha especificado con tal detalle la música que escuchan sus personajes?”, me decían y, por supuesto, no consideraban que Rayuela o En el camino fueran clásicos. “Para ser universal”, añadían, “tienes que sugerirle al lector, jamás imponerle”. Fue una suerte que antes de ceder releyera con atención a Thomas Mann.

Momento extraordinario de la literatura universal el día en que Hans Castorp, protagonista de La montaña mágica, descubre el funcionamiento del gramófono. Ligeramente harto de las dinámicas sociales del sanatorio y cansado de jugar al solitario en la baraja, encuentra el artefacto con la misma sorpresa con que Aureliano Buendía conoce el hielo en Macondo (eso le hubiera dicho a los colombianos). Pese a ser un regalo para todos por parte del doctor Beherens, Castorp se apodera de la maquinaria, aprende su uso y se responsabiliza del mantenimiento.

No tarda en catalogar los diferentes géneros, compositores e intérpretes y por las noches instaura lo que hoy se conoce en ciertas fiestas capitalinas como “la dictadura musical”. Al resto de los enfermos les resulta indiferente la selección, aunque bailen y tarareen todas las noches, la clasificación y el orden les da igual.

La indiferencia auditiva es un síntoma que ya aquejaba a la Europa de principios del siglo XX y continúa afligiendo los oídos de la actualidad; hay personas que simplemente quieren oír sonidos como un arrullo liviano, pero les da lo mismo identificar al compositor o jerarquizar las piezas; se muestran impávidos ante las diversas tonadillas a menos de que el cambio sonoro sea demasiado brusco. De modo que la música ya no es revelación para ellos, sino conformismo seducido por las modas, rezo semántico y rítmico, moneda barata de intercambio metafórico para costear la pertenencia a algún grupo o estrato social.

El dj Castorp modula el vaivén de los tuberculosos sin dejarse arrastrar por la borregada y así se desdobla de su era, como bien recomienda la protagonista de ¡Que viva la música!: “Y no pases a formar parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar. Que nadie sepa tu nombre y que nadie amparo te dé”.

Para Hans Castorp la música es patria de una memoria inventada y ventana de emociones y recuerdos. El primer dj de la literatura, con su “pequeño ataúd mágico” (el gramófono) se ocupa del cuidado de la discoteca; incluso es pionero de las listas top 5 –que popularizaría Nick Hornby en High Fidelity-, pues Thoman Mann describe con lujo de detalle los cinco clásicos que dialogan con las emociones de su protagonista:

 1)Verdi – “Aida”,

 2) Debussy – “Prélude à l’après-midi d’un faune”,

3) Bizet – “Carmen”,

4) Gounod – Fausto,

5) Schubert – “Der lindenbaum”.

Esta última pieza, no sólo es importante en el capítulo, sino que contiene la clave general de lo que significa La montaña mágica. Castorp descubre en la música el hondo horror del vacío y una invitación a la muerte: “Merecía la pena morir por ella, por aquella canción mágica. Pero quien moría por ella, en realidad, ya no moría, y sólo se convertía en héroe porque, en el fondo, moría por algo nuevo”.

Mismo sacrificio realiza María del Carmen Huerta al sumergirse en los laberintos de la naturaleza humana en busca de nuevos instintos, emociones, cadencias, ritmos, nuevas formas de vida. ¡Que viva la música!

Anuncios

CEGUERA

Toda nuestra historia no es más que la historia del hombre despierto,

en la historia del hombre dormido aún no ha pensado nadie.

Lichtenberg

En ocasiones me pregunto por qué la ceguera y la literatura son tal para cual si el padecimiento de la primera entorpece severamente el ejercicio de la segunda. La ceguera es un excelente tema literario y, además, ha habido magníficos escritores ciegos, pero ¿por qué resulta tan interesante escribir sobre una enfermedad cuyos síntomas problematizan prácticas primordiales como la lectura y la escritura? Es como si el tema por excelencia de la música fuera la sordera, o como si la danza se inspirara en la parálisis. En cierto sentido, sé que exagero y conozco una respuesta: La literatura no es un arte visual sino imaginativo y acaso mnemotécnico, por lo que la ceguera, condenada a un limbo de fantaseo y memoria representa a un socio inmejorable. Quizá la ironía de un escritor ciego no sea tan contrastada como la de un pintor ciego, o la de un músico sordo, porque la literatura tiene herramientas táctiles y auditivas que pueden compensar la merma de cualquier sentido.

            Dicha explicación solventa en cierto sentido una paradoja que no era tal, sin embargo, aún me cuestiono por qué la ceguera resulta tan atractiva a las tramas literarias; la respuesta también la supongo: Se debe al trasfondo mitológico del padecimiento, el cual ha inspirado un sinfín de símbolos morales, psíquicos y proféticos para diversas culturas. Lo que me lleva a arriesgar una última interrogante: ¿Y por qué este tema, tan gastado, sigue vigente en el presente siglo? Un siglo virtual al poco le interesa la materia y sus propiedades.

En la actualidad la ceguera debe ser un limbo aún más excluyente ya que el mercado privilegia más que nunca el consumo visual e instantáneo de productos a los que un ciego no tiene acceso o, al menos, lo tiene restringido. ¿Qué le dicen a un ciego los emoticones, los memes, el acoso semi-pornográfico de las pantallas, los hashtags, los pop-ups y los videos de mapaches de Youtube? Nada, o casi nada.

            Le comparto mis interrogantes a mi amigo Yuban y él, siempre astuto, me indica que, en efecto, los ciegos de la posmodernidad se están perdiendo de mucho; no obstante, me cuenta una anécdota sobre su tío Paco. Al parecer el tío de Yuban quedó ciego a causa de la diabetes y, pese a su invidencia, le encanta sentarse a “ver” el futbol los domingos. “Lo más extraño”, acota Yuban, “es que odia a los comentaristas, así que le baja a la tele, pero se queda muy atento al desenlace”. El resultado, así como los detalles sustanciales del juego, se los comentan sus allegados, que en este caso fungen como asesores permanentes pues el tío Francisco, así como todos los ciegos, dependen casi en su totalidad de alguien que posea el sentido de la vista para que los guíe.

De lo anterior, extraigo la conclusión de que para ser ciego se requiere a una persona de fiar y, sobre todo, ser capaz de confiar en la gente, cosa absurda en la era del escepticismo. Confiar en la gente a mí me pone de nervios, prefiero por mucho la tranquilidad que me da la desconfianza.

 Recuerdo con ternura (y algo de antipatía) al amo ciego del Lazarillo de Tormes. “Agora yo quiero usar contigo de una liberalidad”, le dice al Lazarillo para luego proponerle comer un racimo de uvas de una por una. El ciego hace trampa y revela así cómo mide sus certezas; comienza a comer las uvas de dos en dos y el Lazarillo lo imita, entonces descubre que el pícaro no es de fiar. ‘No puedo ver, pero puedo romper las reglas’, parece decir el ciego, ‘y si las quebranto frente a tus ojos y tú nada dices, entonces me estás engañando’.

            Ese personaje que antes encontraba tan despreciable ahora me inspira compasión, más aun tras recordar cómo el méndigo Lazarillo lo engaña al saltar un río y lo coloca de frente a un pilar en el que se estrella y “cae medio muerto”. Pobre ciego, me digo ahora y al lamentar su destino configuro una teoría sobre la obra de Ernesto Sabato. ¿Por qué la disfruté tanto en mi adolescencia y ahora la encuentro tediosa? Es porque he cambiado de bando y porque ahora que la confianza y sus contrarios se han vuelto tan relevantes, ya no puedo estar del lado de ningún lazarillo ni de Juan Pablo Castel ni de nadie que satanice a los ciegos.

            Se trata, en cierto sentido, de una relectura miope del mundo que antes conocí a través de los diáfanos cristales de mi juventud, lo que produce un contraste impropio de acuerdo al desarrollo de mis emociones, como la máxima de Hanif Kureishi sobre la literatura beatnik, tan maravillosa en la adolescencia y tan lejana en la vejez: “Lo peor que puedes hacerle a Jack Kerouac”, dice Kureishi, “es releerlo a los treinta y nueve años”. A partir de lo cual derivo la siguiente fórmula: “Lo peor que puedes hacerle a Ernesto Sabato es releerlo con anteojos”.

            Así como Sabato encontró en los ciegos un eje fundamental de su narrativa, tanto en el bellísimo “Informe de ciegos” de Sobre héroes y tumbas, así como en el mapa existencial que es el El túnel, yo generaré una poética en contra de aquellos que ven bien. Me vienen a la mente las palabras de Allende, el esposo ciego de María, con las que reprime a Juan Pablo Castel luego de que éste confiese haber asesinado a su esposa: “¡Insensato!”, le grita, “¡Insensato!”.

            Quizá ya sea tiempo de contar por qué comencé estas reflexiones en torno a la ceguera. Lo que pasa es que recién me diagnosticaron una ligera miopía y ahora uso lentes; es una afectación mínima, punto setenta y cinco o punto cincuenta, pero para mí es claro que ya pertenezco al otro bando; durante toda mi juventud, pese al insomnio lector, pese a que la actividad con la que me gano la vida dependa de una pantalla luminosa, siempre gocé de una visión nítida y nunca me detuve a reflexionar sobre la guerra de incertidumbres que se había estado librando.

            “Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego”, apunta con genialidad Saramago en su doloroso Ensayo sobre la ceguera. Doloroso para mí, porque soy de lo más sugestivo y empático con los tormentos de la ficción (con La montaña mágica mostré síntomas de tuberculosis, cuando leí La peste me la vivía en las salas de espera del Seguro Social); de modo que la historia de un mundo que veía a la perfección (como yo) y que en un instante quedó enceguecido en blancas tinieblas, por más alegórica que sea, me pone la piel de gallina.

            Pero no desesperemos, hay desdichas peores que perder la vista, en literatura, la mayoría de las veces, la ceguera es metafórica y dicha metáfora revela discapacidades aún más terribles que la anulación de un sentido; hay algo más trágico que la ceguera y esa es la indiferencia, la enajenación, la tragedia del que no ve porque no le da la gana, porque está tan incrustado en un guion prefabricado que le es imposible desdoblarse, tomar distancia de sí mismo y de su era y comprender lo que realmente está pasando a su alrededor. En ese escenario los ciegos son más agudos y perspicaces que la mayoría; no por nada también han sido simbólicos heraldos, guías, profetas e incluso aves de mal agüero en numerosas obras.

            “¡El ciego!”, grita Madame Bovary antes de morir fulminada por el arsénico. Sus últimas palabras alojan un escalofrío para esta época dorada del olvido. El ciego ya auguraba la tragedia porque el ciego es la memoria. De acuerdo a lo anterior, Saramago nos brinda una clave fundamental: “La ceguera podría ser relativamente soportable si la víctima conservara un recuerdo suficiente, no sólo de los colores, sino también de las formas y de los planos, de las superficies y de los contornos, suponiendo, claro está, que aquella ceguera no fuese de nacimiento”.

            “Creo que tenemos suerte”, le digo a Yuban por teléfono, “porque no somos ciegos de nacimiento, por eso tu tío sigue disfrutando el fútbol, porque conoce tan bien el juego que sólo le hace falta una pizca de contexto para verlo como si estuviera en el estadio”. Yuban tarda en contestar y al hacerlo me sorprende con una idea reveladora, la cual me comparte a manera de pregunta. “¿Sabes por qué Borges después de quedarse ciego dejó la narrativa y se dedicó casi exclusivamente a la poesía?”

            Diantres, una pregunta tan compleja o bien se responde con un tratado de mil quinientas páginas o se simplifica con una respuesta pragmática: “Supongo que era lo más sencillo a la hora de dictarla”, digo. “Tal vez”, contesta Yuban, “pero también porque la memoria enfrentada al olvido no sobrevive en lo cuantitativo, sólo de acuerdo a la cualidad de un recuerdo específico, entonces uno se inventa amuletos psíquicos; mi tío no ve ningún partido frente a la pantalla, ve un recuerdo añorado, puede que vea un estadio, o vea a su padre en una cantina, por eso retorna, no para complementar los trazos del presente, sino para aferrarse a una verdad, única y simple, de su pasado; una verdad que le recuerda quién es él y qué es la realidad. A Borges le pasó igual, poco a poco fue extraviando sus recuerdos y los dejó ir, pero nunca se desprendió de un símbolo importantísimo para él”.

            “¿Cuál?”

            “Un tigre que vio en el zoológico cuando era niño”.

            No es por copiarle a Borges, pero en mi caso ese amuleto psíquico también lo habita un predador, aunque no se trata de un “símbolo de terrible elegancia” como el tigre, sino del enorme cocodrilo albino que resguarda el zoológico de Nuevo Orleans, un reptil antiguo y extraordinario que conocí durante un épico viaje en automóvil que hice con mi padre y mi hermano desde la Ciudad de México. Curiosa coincidencia que dicho amuleto y mi ceguera favorita sean de la misma región pantanosa. Se trata de una ceguera voluntaria, jamás resignada u obediente: la ceguera entendida como sacrificio.

            Su autora es Flanney O’Connor y la novela Wise Blood (1952). La trama proyecta las peripecias de Hazel Motes quien, tras volver de la guerra, se dedica a predicar “La iglesia de Cristo sin Cristo”; en sus andanzas conoce a un repertorio de personajes demenciales; un loco obsesionado con una figura prehistórica momificada que quiere que sea adorada como el nuevo Cristo; una maniaca chiquilla esclavizada a la voluntad de otro predicador supuestamente ciego, quien quiso probarle al mundo su fe cegando sus ojos con ácido de cara al sol; sin embargo, se trata de un falso ciego que se vale de la invidencia para suplir la devoción y convencer a sus adeptos.

Hazel Motes, tan esquizofrénico y turulato como el Ignatius Reilly de La conjura de los necios, sufre adversidades que quebrantan su fe hasta erradicarla. Decepcionado, llega a la conclusión de que la única salvación en un mundo caótico es subsanar la farsa, por lo que decide cegarse definitivamente (como no hizo el otro predicador) para encontrar la fe sin espectáculos ni falsedades. Una vez ciego, no sale a predicar la verdad última de la existencia sino que se dedica a entender su soledad, por fin tranquilo y satisfecho.

            La obra de Flannery O’Connor no es muy popular en los países de habla hispana, recomiendo ampliamente leerla en su idioma original, la cual recrea con maestría los dialectos regionales y configura geniales juegos del lenguaje. Tan hilarante como John Kennedy Toole y, a la vez, tan desgarradora como las voces derrotadas que inmortalizó Faulkner, Wise Blood es por mucho la mejor novela que leí el año pasado y, sin duda, mi ceguera favorita.

Publicado en La rabia del Axolotl:

http://www.larabiadelaxolotl.com/mi-ceguera-favorita/

Entrevista en Excelsior: Diálogo con la desilusión

Diálogo con la desilusión en la obra de Alejandro Espinosa Fuentes

05/03/2016 01:49  MARIO ALBERTO MEDRANO

CIUDAD DE MÉXICO.

Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) narra la historia de tres protagonistas, Marina, Tomás e Itzel, que son la representación de tres distintas generaciones en la búsqueda de una identidad. Esta primera novela de Alejandro Espinosa Fuentes muestra un choque cultural y, también, un diálogo con el desencanto.

“Intenté que la novela fuera una combinación entre la estética elaborada de la prosa y el contenido de la trama; sin embargo, sí hay un privilegio hacia el idioma, sí busca en el lenguaje, de una forma arqueológica, encontrar una esencia que permita a los personajes comunicarse, porque el conflicto de los protagonistas es que están incomunicados. Cada uno de ellos, con sus armas, encuentran en las palabras su medio de expresión.

“Sí, considero que la mayor apuesta es el lenguaje, pero, al no ser una novela de tramas tensas o de buscar un culpable, porque en la novela no importan los culpables, también es fundamental el conflicto existencial de cada protagonista”, comentó Espinosa Fuentes.

Para su autor, esta novela requiere de la participación activa del receptor, “porque el narrador es poco fidedigno, no teme engañar al lector con alguna treta, ya que se aproxima al flujo de conciencia de los personajes e intenta narrar desde una aparente tercera persona, pero no sabes si tal frase o juicio lo quería decir el personaje o es el narrador quien quiere develar algo de los protagonistas.

“Para mí fue un reto esta voz narrativa, ya que la mayor parte de mis narradores los concibo en primera persona, y suelen ser muy conjeturales y en suma subjetivos; en esta oportunidad me plantee hacerlo omnisciente, pero un omnisciente al que no todo le está permitido, un poco inspirado en creadores como Gombrowicz o Kafka, cuyos narradores están muy pegados tanto a los movimientos físicos como a las ondulaciones del personaje, pero justo cuando crees que están muy unidos, el narrador se separa de ellos”, dijo.

Dentro de esta obra destaca la presencia del joven poeta Horacio Acevedo, quien será un hilo conductor entre los tres protagonistas. Respecto a la genética literaria de Acevedo, Espinosa dijo que este joven creó un mundo ficticio, “el cual es una descarga poética que empecé a elaborar en una etapa de mi vida que yo llamé ‘la era del balbuceo’”.

“Decidí confeccionar el mundo privado de un poeta, pero que no era un mundo mío, era, más bien, una conciencia ajena que se iba infiltrando en mis pensamientos. En aquellos años leía la obra completa Phillip K. Dick, especialmente la novela Ubik, la cual me impactó muchísimo, porque era un caos publicitario y metafísico, entonces esta lectura me dejó flashazos cuasi-epilépticos que empecé a expresar por medio de estos balbuceos, que son el mundo Acevedo, los cuales, además de ser poemas en esencia surrealistas, desembocaron en un discurso político. Toda esta atmósfera fantástica es una conciencia impostada cuyo único receptor es la placa de titanio que Marina Henestrosa tiene en el cráneo, porque el Mundo Acevedo es, al final, un proyecto fallido, del cual sólo Marina tiene el ‘evangelio’ para escucharlo”, explicó.

Al cuestionarlo acerca del ambiente “en norteño” de la novela, comentó que definitivamente no es una apuesta publicitaria.

“Tiene más que ver con la búsqueda de las raíces, porque pese a que soy del Distrito Federal, toda mi familia es de Saltillo. El norte me interesa más que como narco, como oasis roto, es decir, como recuerdos rotos. Un paraíso infantil, un patio de juegos, el aprender acerca de mi familia; sin embargo, en el siglo XXI esta infancia se ve anulada, hostilizada por las presiones políticas y bélicas que sumieron a Saltillo en un caos, en un miedo que antes no era característico”, finalizó.

Publicada 05/03/2016 en el periódico Excelsior, lee la entrevista completa aquí.

Una batalla por el recuerdo: reseña de Nuestro mismo idioma

Nuestro mismo idioma de Alejandro Espinosa: una batalla por el recuerdo

Advierto que el desierto nos está succionando

y que ya no hay escapatoria.

Nuestro mismo idioma (Tierra Adentro, 2015) es una historia consagrada al recuerdo y a las consecuencias del olvido desde un lenguaje familiar y constantemente lúdico. Tomás, el protagonista de la historia, camina por las remembranzas de su infancia al volver a la casa de sus abuelos en Saltillo después de años de memorias rotas. “El otro cuarto del piso superior olía a juguetes viejos, trompos de madera, peluches, cochecitos desvencijados, las vías de un tren fantasma…” Así Tomás inicia un recorrido para (re)conocer lo poético, lo familiar y la muerte.

A lo largo de la historia Tomás encuentra personajes con quien destejer sus cavilaciones; desde un adorable gato hasta una joven tortillera semejante a una profetisa griega. Es la soledad de su propia incomprensión lo que lo hace encerrarse en sus recuerdos, embriagarse hasta la rabia y escribir sin lograrlo su primera novela. Tomás está, como es común verlo, desesperado por la hipocresía y banalidad del mundo.

A la par de Tomás surge Itzel Villalba, hija de una familia influyente y poderosa del estado, una mujer que descubre una nueva identidad en “la tierra sucia y mezquina” a la que no quería volver. Lectora de Ezra Pound y detractora de la idiosincrasia norteña mexicana se enfrenta a la escritura de la biografía de Horacio Acevedo, poeta mítico pero malogrado.

Todos los personajes se unen bajo las trasmisiones de este excéntrico y talentoso adolescente, un escritor sin obra que recita sus poemas leyéndolos de una hoja en blanco. Horacio Acevedo es un desconocido poeta profeta de un anarquismo apocalíptico y poético, sublimemente rebelde y paradójico, ya que es vástago de la poderosa clase política coahuilense. Horacio vive la poesía del presente e intuye su fatal destino, y así lo entiende Itzel: “…Al diablo con la poesía pura, lo verdaderamente poético radicaba en el contexto, en el making off, pues el contenido, expresara lo que expresara, siempre se vería recalibrado por la trama que lo engendró.”

Las trasmisiones del Mundo Acevedo son diatribas, revelaciones y denuncias de crímenes que Marina Henestrosa, la doliente pero lúcida abuela de Tomás, escucha dentro de su cabeza. Así Marina se acerca al recuerdo de su infancia antes de morir y acomoda un rompecabezas con las palabras sin receptor que vuelan en el aire de su vida. Tomás la escucha, la acompaña y se preparan para lo desgarrador, pero predecible, que es su muerte.

Nuestro mismo idioma, Premio Nacional de Novela Joven José Revueltas 2015, tiene los síntomas de la joven novela mexicana, pero no sus vicios.  Se desarrolla dentro del cotidiano clima de violencia y militarización que vive el norte del país, donde la impunidad y
corrupción reina de una forma casi risible, dando un guiño al clan de los hermanos Moreira, desfalcadores y asesinos priístas sin un veto de vergüenza. Sin embargo los personajes son de carne y hueso alejados de los arquetipos de la narrativa mexicana, los reconocemos pero no dejan de sorprendernos: el policía corrupto, el narco, la abuelita, la hija fresa, el adolescente capitalino incomprendido.  La trama se desarrolla desde aspectos humanos y reflexivos dando pie a una fantasía de redención siempre frustrada, tal como sucede en la vida. Basta decir que la novela tiene claro su presente y su poesía.

Nuestro mismo idioma,  presentada recientemente en la Feria del Libro del Palacio de Minería, es una batalla iniciática para que el pasado no desaparezca, para que las letras de nuestras cartas nunca se borren o los recueros rotos se armen como un cubo rubik a través de los objetos que nuestra vida ha ido formando. “…El pasado funcionaba como una herramienta fantástica para apreciar el futuro, un futuro que también sería sucedido y a la distancia podría ser saboreado a manera de recuerdos.” Esta novela es un alegato para acercarse a los recuerdos, valorarlos, hacerlos nuestros realmente y no azotar la cabeza contra los muros de los designios heredados.

Publicada en La rabia del Axoltol:

http://www.larabiadelaxolotl.com/nuestro-mismo-idioma/

La resistencia Shandy

Laurence_Sterne_by_Sir_Joshua_Reynolds-768x960

Al leer una novela, sobre todo volúmenes de gran magnitud, suelo soñar con los personajes que la habitan; no necesariamente con los protagónicos, en mis sueños aparecen tanto los anónimos como los insignificantes, los miembros del elenco decorativo e incluso ciertos detalles escenográficos.

Por ejemplo, ayer soñé con el tío Toby, el tío de Tristram Shandy; o bien, quizá lo que soñé fue una reinvención del tío Toby, reencarnada en el siglo XXI y ficcionalizada por la atmósfera onírica de una noche lluviosa, musicalizada por sirenas policíacas y patrullas cuyas luces refulgían en la ventana de mi cuarto.

En mi sueño también aparecía el padre de Tristam Shandy, aunque mi yo onírico, al volante de un Chevy azul desvencijado, intuía que ese señor no era un simple personaje, sino el modelo real en el que se basó Laurence Sterne para crearlo, es decir, aquel sabio gordo y bigotón que no paraba de citar latinajos (idioma que en mi sueño yo entendía y hablaba con fluidez) era el mismísimo padre del mejor autor en lengua inglesa del siglo XVIII.

Los tres, el tío Toby, el padre de Shandy/Sterne y yo nos encontrábamos al interior del Chevy azul, detenidos en el tráfico entre Periférico y Viaducto Tlalpan. Avanzábamos a intervalos y de vez en cuando alguien se animaba a encender un cigarrillo de clavo. En un principio, habíamos supuesto que el tráfico se debía a las inundaciones que de vez en cuando vuelven loca a la Ciudad de México, sin embargo, tras avanzar un poco, nos dábamos cuenta de que no estábamos estancados a causa de la lluvia sino por un alcoholímetro.

 —¿Qué es esta ordinariez? —bufó el padre de Laurence Sterne.

 —Son soldados de la patria —dijo el siempre amable y bienintencionado Tío Toby—. Es probable que estén reclutando jóvenes para resistir la ofensiva francesa.

—Es una prueba para ver si estamos borrachos —les aclaré con perfecto acento de Yorkshire.

Los dos esbozaron una mueca de consternación pues llevábamos bebiendo ginebra desde la media tarde. Cabe aclarar que en mi sueño lo que se entendía por un alcohólimetro no era un simple retén para dipsómanos, sino una suerte de abismo a la que iba a parar toda especie de embriaguez baudelaireana, incluso la poética. El tío Toby me dedicó una mirada dulce y comentó en voz alta que no debíamos de preocuparnos por nada, pronto todo se resolvería para bien.

Debo acotar que en el libro, el tío Toby, un patriota obsesionado con las armas de asedio, buen creyente y siempre comprometido con las causas justas, es descrito como la persona más bondadosa del mundo. En una ocasión, dice Sterne, el tío Toby pasó la mitad del día a la caza de una mosca que no paraba de zumbarle los oídos; cuando por fin la atrapó, la liberó en el patio tras decirle: el mundo es lo suficientemente grande para que tú y yo podamos coexistir en paz.

De acuerdo a lo anterior, no me pareció nada raro que el Tío Toby me dirigiera las siguientes palabras:

—Alejandro, usted aún es joven y tiene un futuro por descubrir, en cambio yo soy viejo y ya he vivido; permítame sacrificarme, se lo ruego, intercambiemos sitio para que sea yo quien reciba el castigo por nuestro desacierto.

—Tío Toby, me niego —le dije—, no es responsabilidad suya, no dejaré que pague usted la deuda de mis imprecisiones.

La escena permaneció congelada por unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que súbitamente prorrumpió la voz de un tétrico demiurgo, acaso la lejana voz del caballero Tristram Shandy desde el vientre materno: «¿Qué es la vida humana? ¿No es acaso un continuo vaivén de un lado a otro? ¿De un pesar a otro? ¿No consiste acaso en ir clausurando dolores para inaugurar otros al siguiente instante?»

El tío Toby me indicó que no aceptaría un no por respuesta y, sin darle más vueltas al asunto, salió del auto para entregarse a la obesa gendarmería mexicana. El padre de Laurence Sterne, protector de su hermano, tras carraspear un latinajo sobre las deudas cívicas, lo siguió con las manos en lo alto.

Mi yo onírico quiso refrenarlos, pero me era imposible desaferrar las manos del volante, como si esa rueda fuera el ancla que me mantenía amalgamado al realismo de la humanidad. Frustrado, me quedé viendo cómo se alejaban esos dos caballeros inexistentes y, en cierto modo, comencé a sentir que la ficción estaba huyendo de mi vida, la verdadera literatura abandonaba la carne de mis fantasías y en mi conciencia sólo quedaban los añicos incomprensibles de una tradición literaria que no tardaría mucho en desaparecer.

¿A qué tradición me refiero?

A la ficción entendida como un laboratorio narrativo, como la catarsis verbal que desmaleza horrores autobiográficos, críticas ingeniosas, modelos discursivos y obsesiones invisibles.

¿Y qué es lo que nos queda?, ¿qué sustituye a aquella tradición?

Una literatura emprendedora, condescendiente y dizque “irónica”; un ejército de “escritores proyectitos”, de autores permanentemente desmoralizados por la industria, de jóvenes en ciernes más preocupados por el status, por las relaciones laborales (ya que han descubierto que sólo con base en éstas pueden ascender en la burocrática escalera cultural), por el esquema teórico, por las becas estatales y por los currículums. Nos quedan catálogos editoriales soporíferamente homogéneos, seleccionados amiguera o mercantilmente por editores arribistas y condicionados; nos queda una literatura becaria de etiquetas simplonas y torpes, de miles de premios estériles con los que los gobiernos se deslindan de fomentar realmente la lectura para sacarse la fotografía y apoyar sus campañas políticas.

Las mejores medallas, les contestaría el sabio profesor Francisco Rico, son las que se cuelga uno mismo al estar satisfecho con su trabajo. Los escritores, diría también Roberto Bolaño, no necesitamos a nadie que nos ensalce el oficio, nos lo ensalzamos solos.

Por suerte, Sterne no sólo configuró las claves de una tradición novelística tanto íntima como universal, clásica y vanguardista, también presagió el remedio literario para las condiciones adversas: la resistencia.

 Los escritores, sobre todo los jóvenes o los que apenas estén comenzando, deben aferrarse a la esencia de la literatura, la cual radica en dos actividades muy concretas: leer y escribir. Lo demás es un perfume, una toxina que sólo es buena porque desenmascara a los conformistas, a los trepadores, a los que creen que ser escritor es que alguien más (ya sea un grupo social o un medio de comunicación) te diga que lo eres.

La resistencia es la única forma de sobrevivir a tantos fingimientos, eso bien lo sabía el Tío Toby, veterano de guerra que jamás dejó de construir catapultas y barricadas en los aislados terrenos de la familia Shandy. Eso también lo sabía Laurence Sterne, quien consideraba que la mejor arma de la literatura era la obstinación, la insistencia: «Escribir un libro es como tararear una canción, lo más importante tanto en música como en literatura, no son las ideas ni los giros, ni el léxico ni el virtuosismo, lo más importante es sostener el tono».

De manera que en el sueño la responsabilidad era mía, si bien no podía desaferrar las manos del volante, sí me era posible girar el rumbo y pisar el acelerador. Sorteé sin dificultad el auto de enfrente y me subí a la banqueta donde avancé hasta quedar paralelo al retén y a los dos caballeros a punto de rendirse:

—¡Tío Toby! ¡Vámonos! —grité.

—Pero, ¿a dónde? — interrogó el Tío Toby.

—Esta conducta es inaceptable —dijo el padre de Sterne— nos juzgarán en la corte sin misericordia.

 —No importa —exclamé—, tenemos que irnos.

Los dos caballeros titubearon, pero cuando puse el coche en marcha emprendieron la fuga y saltaron al auto en movimiento.

—Hemos de contactar al cabo Trim para que busque un refugio apropiado—dijo el tío Toby.

—Sin duda esta aventura constará en los anales de la shandypedia —aseveró el padre de Sterne.

El tío Toby y yo cabeceamos con cierto orgullo y permanecimos en silencio, sin despegar la vista del brumoso horizonte.

Sterne también entendía que la vida literaria no es un periplo de parásitos de café en café, de feria en feria, de contrato en contrato y de lambisconería publicitaria, sino que se trata de una misión bélica: «De modo que la vida de un escritor», nos dice Sterne, «por mucho que se tienda a imaginar lo contrario, no consiste tanto en componer como en batallar; y la superación de la prueba depende precisamente de lo que dependen las superaciones de los demás hombres que en la tierra combaten: —no tanto (ni la mitad) del grado de ingenio— como el de RESISTENCIA».

portada-tristram-shandy_grande

 

*Todas las citas provienen de la edición de Alfaguara de Tristam Shandy (2006), magistralmente traducida por Javier Marías.

 

Artículo publicado en La rabia del Axolotl 

Eterna Señora Penniman

IMG_0082

“Qué difícil resulta evitar los lugares comunes del melodrama”, pienso cada que algún confidente me relata una historia trágica. Como si mis inconformes oídos lo exigieran, mi interlocutor echa mano de la hipérbole: diez horas se transforman en diez días, el llanto nítido irriga ininterrumpidas lágrimas, una pesadilla aislada reinventa la condena del insomnio y de un periodo oscuro de la cotidianidad (terrible pero ordinario) deriva la catástrofe.

Tanto al oír relatos como al atestiguar una trama vigente, me es imposible no recordar la histeria de la señora Penniman. El personaje de la novela Washington Square de Henry James es el perfecto agente histriónico de los conflictos corrientes; ruin representante del trauma que no ocurrió, los celos que no se sintieron, el pataleo y el berrinche que nadie produjo.

La obra de James se caracteriza por parodiar determinados modelos narrativos y la novela en cuestión (típica historia del cazafortunas al acecho de una inocente acaudalada) expone a todas luces la oposición entre dos mundos: un elenco racional, sensato y reflexivo contrapuesto a la señora Penniman, imbuida en sus clichés calamitosos, la chismosa alcahueta que desea que la vida mimetice las abominables falacias que lee en sus novelitas rosas.

Los personajes de James reaccionan a los conflictos mediante una lógica fría, que bien puede augurar una derrota espiritual –pero para ellos la derrota representa un destino lógico en materia humana, nada fatídico por sí mismo–. La señora Penniman, en cambio, necesita del chusco efectismo como de un indispensable oxígeno.

Con Washington Square, Henry James registró un síntoma de su era que en la actualidad, y sobre todo en México, se resiste a morir: la obsesión por el melodrama innecesario. Este síntoma distingue la delgada línea entre la maña efectista y la argucia del artífice. Lamentablemente, los relatos íntimos de la oralidad (y de numerosas narrativas) tienden a privilegiar ese primer esquema, la exageración facilona y el brusco choque de expectativas que hacen a un lado el significado estético en aras de un regocijo idiota y del burdo entretenimiento, en cuyo nombre se cometen innumerables atentados contra el buen gusto y la autenticidad.

Quizá la culpa la tenga nuestra necesidad de conmiseración, que en ocasiones encubre un sádico regodeo ante la desdicha ajena, como si la única forma de felicidad que pudiéramos concebir fuera la desgracia de los otros. “Tu infelicidad”, parecen pensar algunos, “reafirma mi plenitud; el derrumbe de tu vida encumbra el promontorio desde el cual jerarquizo mi deleite”.

Deleite vano e insustancial, si su fundamento lo origina un contraste fingido; “yo soy feliz a causa de tu desventura, pero dado que ésta no es sino un producto exagerado de un género al que estamos demasiado acostumbrados, entonces mi felicidad tampoco es pletórica”.

Vale la pena reflexionar en torno al tema y preguntarnos seriamente por qué nuestros relatos tienden a la hipérbole, por qué queremos probar con tantas ansias la exacerbación de un conflicto y llevar los hechos a sus máximas consecuencias (sólo verbalmente, jamás en la práctica). Probablemente se deba a que todo testimonio, entendido como acto narrativo, implica la supervivencia; “yo padecí, yo sufrí, yo fui martirizado, y sin embargo lo cuento, y sin embargo existo, soy un sobreviviente; merezco tu atención, tu aprobación y tu aplauso”.

¿Será acaso que en el contexto actual de un país calamitoso la imposibilidad de alcanzar la felicidad plena haya dado pie a una salvaje competencia del infortunio? O bien puede ser que tan sólo se trate de un hábito que hemos llevado demasiado lejos como para olvidarlo sin más ni menos.

Tanto nos hemos acostumbrado a impresionar a nuestros interlocutores mediante exageraciones e inventados dolores, tanto hemos invertido en una perogrullada trágica, y tan cómodos nos tiene este intercambio de fiascos, que ya es demasiado tarde para volver atrás. ¿Pero a dónde?

Pienso en los conquistadores caídos en desgracia, quienes para que la corona les pagara y reconociera sus servicios, escribían extensas crónicas sobre lo mucho que habían sufrido en una tierra hostil y bárbara (véase Naufragios, Cabeza de Vaca). Ahora todo esto suena más bien ridículo: no los indígenas, sino los conquistadores fueron los que expresaron en largas cartas las penurias que les supuso el haber sometido y asesinado a miles de pobladores nativos.

Pienso también en la justificación de la señora Penniman, personaje que acusa a su propia maquinaria melodramática de todas las trampas y ruindades que ha llevado a cabo, y a la que también le es imposible entender o siquiera plantearse la idea de otra forma de vida. “No me importa lo que hagas con tus promesas”, le dice Catherine, la sensata protagonista de Washington Square. Su tía, arrogante y ligeramente nostálgica, le replica: “He llegado demasiado lejos para retroceder”. Así funciona mi vida, mi narrativa y así se desarrollará mientras mi corazón palpite.

Tal vez la señora Penniman tenga razón, tal vez sea demasiado tarde también para nosotros. Así que exageremos, regocijémonos en nuestro dolor, padezcamos los falaces traumas que nos reafirman como individuos únicos (pese a que nuestra pena sea un producto en serie). Al fin y al cabo, el sufrimiento se ha convertido ya en una moneda de cambio, valiosísima para esta época  insincera. Dime tu tragedia y te diré quién eres, no importa de qué se trate el sufrimiento, con tal de que nos entretenga, acapare la atención y nos ayude a olvidar nuestro propio vacío.

Publicado en La rabia del Axolotl

Ventanas

thumb_DSCN5487_1024

Nunca dejará de asombrarme la capacidad que tienen los libros para conectarnos con aquello que extraviamos: Atmósferas, objetos, guiños humorísticos o trágicos y, sobre todo, con personas que cohabitaron un pasado ahora extinto.

Es un misterio deliciosamente irresoluble por qué cuando abro un libro de Manuel Acuña vuelvo a ver el rostro de mi abuela. A veces sólo distingo sus ojos diáfanos, cariñosos; en otras ocasiones la observo desde lo alto: Está sentada en la mesa redonda del comedor, tiene un mandil de cuadros blancos y azules y platica tranquilamente sin desatender a la actividad que pacientemente realiza: Pela una nuez, desgrana elotes, rebana una jícama.

Pese a que los versos fueron escritos en una era remota, si me concentro lo suficiente incluso me es posible entablar un diálogo con ella. Independientemente de lo que diga Acuña, el libro instaura un canal dialógico donde yo le cuento a mi abuela las peripecias del día, le hablo del clima voluble, de las actuales injusticias sociales, del tráfico decembrino, del dolor que me causa su ausencia y de mis peores fracasos.

Mis ojos recorren, de izquierda a derecha, los versos de Acuña.

Ella me responde.

Las letras (me pasa más con las impresas, pero supongo que cualquier grafía funciona) producen un portal donde converge una lingüística asilada del tiempo; es un canal comunicativo al que le tiene sin cuidado lo que es pasado o futuro, lo que es materia o recuerdo. A través de esas texturas, mi abuela me habla, acaso como una proyección de mis nostalgias. Ese tránsito de ideas y sensaciones no tiene una explicación racional y, sin embargo, mi abuela y yo nos podemos quedar charlando así toda la tarde.

Algo similar me pasa ahora con un libro de naturaleza enteramente distinta, y con una persona que aún no ha fallecido, pues habita el mismo mundo en el que yo deambulo, y respira el mismo aire que yo respiro, aunque la lejanía y las heridas de nuestra interacción nos hayan transformado en completos extraños el uno del otro.

El libro es La broma infinita, de David Foster Wallace, y, al igual que los versos de Acuña, éste configura una ventana a través de la cual mi lejana amiga y yo podemos vernos, no sé si en el pasado o como derivaciones de los que alguna vez fuimos. Lo importante es que la veo, hablo con ella, y ella, reconfigurada por los avatares de mi conciencia, tan lejana y no obstante, tan latente, me responde.

A diferencia de como sucedía con mi abuela, con ella (que alguna vez fue mi cómplice literaria) también discuto la lectura como una mancuerna de comentaristas deportivos narrando en vivo la pelea del siglo. Nos reímos a la par de determinados episodios; nos consolamos igual que dos veteranos de guerra en los capítulos donde prevalece lo trágico. En ocasiones, cuando no entiendo algún pasaje, un concepto o una palabra (leo Infinite Jest en su idioma original) le pregunto sin tapujos sobre el significado, las claves del enigma o alguna de sus posibles implicaciones.

Y ella me responde.

Aunque con mi lejana amiga no todo son sonrisas, también me juzga, me condesciende, me cuestiona; a veces se burla de mi ignorancia, otras veces me reprocha mi falta de empatía o mi frivolidad al asimilar algún párrafo demasiado abrupto. Y lo cierto es que en el pasado, cuando no éramos extraños el uno del otro, jamás hablamos a detalle de dicha novela. Sabía, sin duda, que a ella le gustaba, tenía el libro en su buró y (a diferencia de tantos que se rinden en el intento) lo había leído de principio a fin, con notas, frases subrayadas y múltiples separadores.

Pese al distanciamiento, mi amiga pervivió en Infinite Jest (ventana poliédrica y caótica), dejó su esencia en el libro que tantas veces me instigó a explorar. David Foster Wallace, ella y yo cohabitamos esta dimensión a la que llamaré “lingüística” y los diversos narradores me llevan de la mano (y me llevan a rastras) por un maremágnum de dolor, nervios, risas indómitas y evanescencias.

A mi parecer La broma infinita es una crónica del pánico, es decir, un retrato fidedigno de aquello que ocurriría si el peor de tus temores (ideológicos-emocionales) se volviera realidad. Capítulo a capítulo, la crudeza de los síntomas más terribles del nuevo milenio irradia el despertar de una prosa entrópica, sincera y reveladora. La novela patenta mejor que ningún otro libro en su género cómo el goce efímero de la virtualidad es suplido inmediatamente por el vacío de la irrealización.

Y yo me siento un nativo en esas tierras.

Ahora bien, el mismo síntoma de evanescencia que con tanta agudeza plasma Foster Wallace se está adueñando poco a poco de la mecánica de mi conciencia. Pese a que me mantengo lo más lejos que puedo de la virtualidad (no uso redes sociales y la computadora sólo la prendo para trabajar de secretario de mí mismo cuando paso mis textos en limpio), la insignificancia y el vacío instantáneo cada vez permean más mis acciones, mis juicios y, en particular, mis recuerdos.

Hace unos días, desesperado por una angustia insospechada, volví a abrir el libro de Manuel Acuña y no encontré ningún rostro, ninguna voz ni oídos. Mi abuela no estaba allí. En cambio, me topé con un muro indistinto.

Me recordó a un pasaje de Tu rostro mañana, de Javier Marías, en el cual el protagonista observa desde su ventana a su vecino bailando; no obstante, ya que están tan distanciados y las ventanas de ambos están cerradas, el protagonista no puede oír la música que lo inspira, por lo que únicamente distingue a un hombre moviéndose en sordina, persiguiendo un ritmo con el que él no puede sincronizarse.

Poco a poco, mis libros (y mis recuerdos en cautiverio) se distancian más de mi memoria; tan recónditos, les hablo, y quizá ellos continúen hablándome de vuelta, pero el conflicto está en que ya no nos comprendemos, las palabras, empañadas por la bruma de la actualidad, de lo vigente, de lo inmediato, dada su vaguedad e imprecisión, cada vez resultan peores guardianes del ayer; veo cómo se desdibujan los rostros que conocí, que interpreté, los rostros que oí y que amé.

Cálmate, me dice una voz muy parecida a la de David Foster Wallace en la cual están camufladas las voces de mi amiga, de mi abuela y de todas aquellas personas a las que, por azar o destino, he perdido a lo largo de mi corta vida.

Lo que más me aflige son las ventanas brillosas que están sustituyendo a mis portales de pergamino. Foster Wallace las describe en numerosos pasajes de su colosal novela; la mayor parte de las situaciones ocurre en cuartos cerrados donde la ansiedad y la depresión crónica se revuelven intentando escapar de sí mismas. Las ventanas del nuevo milenio son pantallas luminosas que recalibran nuestra angustia (computadoras, televisiones, tablets, celulares); a falta de nuevos horizontes sólo nos queda actualizarlas sin cesar, ejecutar comandos que, a su vez, palien por un instante el desasosiego. ‘Por favor’, le rogamos al aparatito, ‘renueva tu contenido, provoca el placer efímero de mis neurotransmisores, y a cambio yo te daré mi vida, mi atención permanente, mi tiempo, que es todo lo que me queda”.

Ignoro si Alejandro Rossi llegó a leer Infinite Jest, pero en uno de sus diarios pronosticó las características que debería tener una novela tan aguda y penetrante como ésta: “El relato auténtico sería aquel que narrara cómo una gran inteligencia se licua en la pereza, el miedo y la angustia”.

El futuro y otras necedades

La literatura ante la incertidumbre del porvenir
Ponencia presentada en el xv Encuentro Nacional de Escritores Tierra Adentro “El futuro inexistente”

Sólo por joder yo voy a resucitar de etre los vivos
Efraín Huerta

En mi más tierna juventud creía que anticipar el futuro era una descortesía con el tiempo. Por ejemplo, consideraba de pésima educación cargar con un paraguas o un suéter extra en la mochila, me parecía una traición climatológica, como si alguien llevara zanahorias al espectáculo de un mago que, inevitablemente, encontrará un conejo al fondo de su sombrero.

De modo que para mí, el clima y otros accidentes del porvenir eran similares a trucos de magia. Los precavidos representaban a mis ojos el envejecimiento de aquellas mentes maduras y escépticas que se dedican a arruinar el espectáculo.

​El futuro sólo como ilusión podemos percibirlo; una vez que acontece, se extingue. Me viene a la mente la actividad que todos los domingos mantenía ocupado a mi tío abuelo Evaristo. Semana con semana, participaba en las rifas que organizaba el periódico Excélsior y le daba cuerda a su imaginación. Antes de que anunciaran a los ganadores, Evaristo elaboraba el minucioso inventario de lo que compraría (una casa en Cancún, un par de guayaberas, un auto deportivo). Jamás resultó ganador, pero nunca dejó de escribir esas listas, siempre distintas; a veces sensatas y responsables (“con esto voy a pagar el gas y el resto lo invierto”), otras desorbitadas y excéntricas; alguna vez tentó la idea de comprarse un submarino.

​Sus ensoñaciones eran similares a la fábula de la lechera, que de tanto especular el glorioso futuro que le deparará el vender la leche, se distrae, tira el balde y estropea cualquier posibilidad de concretar sus ambiciosos planes. Pero las ilusiones nadie se las quita, así como nadie podrá quitarle a mi tío abuelo el entusiasmo y la intriga con los que semanalmente escrituró un futuro que jamás habría de suceder.

​Me parece que este tipo de actividades son un poco necias, aunque en cierto modo ilustran a la perfección la dinámica del quehacer literario. La literatura surge de las interrogantes que le hacemos al pasado, conformado por recuerdos, y al futuro, fraguado en temores y esperanzas. La imposibilidad de obtener respuestas concretas nos obliga a llenar los vacíos utilizando la imaginación, la cual ha de ejercitarse como un músculo.

​Lamentablemente, vivimos en una época de paranoias y catástrofes, de terror e impotencia, de productivismo y celeridad. El futuro muere cada vez más rápido y la imaginación, herida por la homologación cibernética de las conciencias, está a tal grado devaluada que tiende naturalmente hacia una calamidad obnubilada y tediosa. El Apocalipsis está de moda, tan de moda que su simple mención me provoca una ineludible pereza, así que dejaré el tema aparte.

​Lo que sí quiero constatar son algunas transformaciones que ha sufrido la literatura con esta crisis futurístico-imaginativa. Debido a la debacle editorial y a la preponderancia de lo efímero, los escritores se han tenido que refugiar en la agonía de las instituciones, que los están convirtiendo en burócratas a medio tiempo, a la caza permanente de becas y apoyos económicos.

El género literario más practicado en la actualidad es el proyecto creativo: pulcros diagramas de una genial novela que jamás será escrita, textos justificativos de otros textos inalcanzables, sombras informáticas de una poética lambiscona: falso folklor, tendencias academicistas, dígitos semi-revolucionarios (43,132) y uno que otro balbuceo de Heidegger o de Walter Benjamin. Son fórmulas infalibles para ganar becas y para engordar un currículum que poco o nada tiene que ver con la literatura.

​Según lo veo, el panorama literario va encaminado al peor de sus fracasos. Además de ser burócratas a medio tiempo, los autores, gracias a las redes sociales, también tienen que desempeñarse como publicistas; ver a un escritor en acción difusiva, ya sea en las redes o en una de las innumerables ferias del libro, es como ver un informercial de los años ochenta, el cual vende un producto arcaico que, sin embargo, te salvará la vida.

¿Por qué frente a un panorama tan lóbrego alguien en su sano juicio querría ser escritor (me refiero a un escritor riguroso y no a un publicista lleno de sonrisas ni a un burócrata lleno de amiguismos y proyectos)? Supongo que lo que los instiga es la necedad, la misma que llevaba a mi tío abuelo Evaristo a redactar sus quimeras todos los domingos.

​ Esa necedad, esa obstinación, es la que de vez en cuando reaviva mi optimismo. Pienso, junto con Sergio Pitol, que “si bien vivimos en tiempos crueles, también es cierto que estamos en tiempos de prodigios. Es curioso que esos “prodigios”, disgregados en los cinco continentes y a lo largo de la historia, se caractericen por poseer conciencias aferradas. Aquellos que ennoblecen y avalan el futuro son los mismos que preservan el pasado. El espíritu renacentista que redescubrió a los clásicos grecolatinos, el espíritu de Alfonso el sabio, al que debemos que el español se convirtiera en lengua tal como la conocemos, incluso en los relatos de ciencia ficción, el espíritu de los personajes de Farenheit 451 que memorizan libros de principio a fin para salvaguardar la esencia de la especie, ese es el espíritu que, en mi opinión, hará pervivir a la literatura ante la incertidumbre del porvenir.

​Italo Calvino falleció poco antes de redactar su sexta propuesta para el próximo milenio, pocos saben que, según los apuntes póstumos, tenía en mente desarrollar el principio de la necedad (o lo que él llamaba “consistencia”) y su importancia para la literatura. Quizá porque jamás fue escrita, o porque que el lema de Calvino era la frase latina “Apresúrate despacio”, confío en que se hubiera tratado del más importante de los seis fundamentos; uno que recalibraría a los anteriores (levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad) y al que toda obra, todo autor e incluso todo ser vivo deberían atenerse.

Es interesante que aunque Italo Calvino teorizara la vanguardia, en el fondo fuera un profeta de la obstinación. ¿A qué me refiero con obstinación? A la necedad de la que hablaba William Blake, la necedad que resiste y a la larga se convierte en sabiduría, la necedad del barón rampante, que un día como cualquier otro se trepó a un árbol y ya nunca más volvió a bajar; la necedad kafkiana del artista del trapecio, aferrado al deleite estético de sus trucos; la necedad de los artistas del hambre, quienes se negaban a probar bocado, no para entretener a un público, sino porque aún no habían encontrado el alimento de su predilección; la necedad de Bartleby, el escribiente, cuando se dejó llevar por la nada laberíntica y le contestó al mundo con valentía y sinceridad: “Preferiría no hacerlo”; la misma necedad que le recomendaba López Velarde a su patria diamantina (parafraseo): “Nunca cambies, cincuenta veces es igual el ave, y es más feliz que tú, patria suave”.

Espero que estos balbuceos hayan podido expresar lo que a la vez me tranquiliza y me consterna con respecto al futuro, me refiero a la idea de que no importa qué tan rápido gire la rueda del mundo, jamás existirá tecnología, artefacto o gadget que consiga emular la sabiduría de la paciencia humana.

La magia de la modernidad

IMG_5232

Me queda claro que la gente ahora se comunica por medio de imágenes y documentos entendidos como evidencias: Fotografías, memes, mensajes tanto privados como públicos, ubicaciones, emoticones y efemérides enciclopédicas.

Estos documentos funcionan a manera de pruebas y en ciertas ocasiones se utilizan para demostrar la validez de tal o cual razón, excusa u omisión. Por ejemplo, en una ocasión un amigo llegó muy tarde a una cita que habíamos programado con una semana de antelación. Como a mí no me molesta esperar, siempre y cuando tenga en mis manos un libro o algún folleto de supermercado, cuando por fin se apareció lo recibí con alegría y sin ningún reproche. No obstante, él sacó su celular del bolsillo y antes de decirme ‘Hola’ me restregó en la cara una fotografía que le había tomado al tráfico de avenida Insurgentes. Supuse era una broma, pero a lo largo de la velada no paró de hablar del tema, contextualizando aquella foto y adornándola con nuevas e incómodas excusas, lo cual, no me pesa decirlo, arruinó por completo nuestra plática.

Últimamente esa clase de situaciones ciber-tecno-justificatorias surgen en cada uno de mis encuentros sociales. Otro ejemplo: Una tía me habla de un hermoso arcoíris que apareció hace poco en el cielo de su colonia. Yo le pregunto (sin ninguna señal de incertidumbre) si se trató de un arcoíris de trazo curvilíneo. De inmediato, mi tía hurga el interior de su bolsa casi con desesperación. Me inquieto un poco, pues, por un instante, no tengo ni idea de qué es lo que está buscando, ¿acaso tiene allí, adentro de su bolso, el arcoíris? En cierta forma, sí.

Mi tía no tarda en extraer su celular, el cual teclea a prisa hasta dar con una evidencia, para mí innecesaria. Me lo ofrece y distingo en la pantalla un raquítico arcoíris que parte en dos el cielo plomizo de la capital. Me dice entonces que la tía Marta le escribió que “el tesoro siempre está al final del arcoíris”, ya que en la fotografía éste parece desembocar en el edificio donde vive mi tía, casi en el mismo balcón de su departamento.

Sonrío al escuchar la frase y pienso en la novela de Thomas Pynchon El arcoíris de la gravedad y me resulta curioso que hasta ahora (he intentado leerla muchas veces sin comprender gran cosa) me inquiete la interrogante de por qué demonios se titula así.

Mi tía no parece satisfecha con mi reacción, la noto un poco molesta. Vuelve a examinar su teléfono y, tras buscar un buen rato, me lo tiende nuevamente. En la pantalla leo el comentario que hizo la tía Marta en Facebook. En efecto, la tía Marta apuntaló aquella frase: “el tesoro siempre está al final del arcoíris”. Me limito a sonreír e incluso agrego una risilla para confirmar que, en verdad, le creo y que, en verdad, encuentro el comentario algo jocoso.

Pienso a continuación en las pruebas de carácter cientificista que pueden llegar a destruir la ilusión poética de la realidad. Pienso en Isaac Newton destejiendo el arcoíris y entiendo por qué John Keats lamentaba que la mística, la magia y la conjetura ya no fueran tomados en cuenta a la hora de explorar los fenómenos estéticos de la naturaleza.

Pese la risilla, mi tía sigue sin parecer conforme con mi reacción, no sé qué tengo que hacer para probarle que creo en su arcoíris y que lo aprecio por su belleza efímera. Lo que nadie comprende es que entre más pruebas aparezcan más se pronunciará mi desencanto. Mi tía, una vez más, se pone a revisar su teléfono (al que ya deberíamos de dejar de decirle teléfono si cada vez lo utilizamos menos como tal).

No sé qué decirle, ¿cómo probar mi conformidad? Me viene a la mente una frase de El Jilguero, de Donna Tartt, que en su momento no entendí muy bien, pero que ahora se ha vuelto una suerte de consigna para este tipo de situaciones: “No hay nada ‘racional’ en nada de lo que me importa”. Y de inmediato me burlo un poco de la modernidad y de sus espantosos mecanismos.

¿Por qué al tratar cualquier tema hemos de anexar acto seguido una evidencia explícita para que éste tenga validez? ‘Ayer comí hotcakes’ me cuenta una chica, ‘mira’, y me manda una imagen con los mentados hotcakes. Es como si el documento probatorio hubiera suplido el remate de una buena historia o el de un chiste; es el “Prestige” que describía Michael Caine en la película homónima de Christopher Nolan, el truco de magia no está del todo completo si no aparece nuevamente aquello que antes hicimos desaparecer. De acuerdo con esta lógica, el lenguaje se ha vuelto tan insincero, tan desconfiable, tan errático, que al perpetrarse oscurece una verdad previa, la cual sólo puede volver a ser fidedigna gracias a las evidencias que nos facilita la tecnología. Veo a un mago que saca de un sombrero una Tablet con la fotografía de un conejo. Y yo digo: ‘Buddy Holly nació en 1936”, pero de inmediato me acechan las miradas desconfiadas. No es hasta que alguien muestra un dispositivo en cuya pantalla se confirma el dato, que Buddy Holly efectivamente nace en 1936, si la nube de datos no lo confirmara sería posible que el cantautor junto con toda su música desaparecieran en ese mismo instante.

Mi tía por fin encuentra en su archivero intangible aquello que tanto ha estado buscando. En su gesto adivino la alegría de quien recién realizó una proeza o un descubrimiento trascendental para la humanidad. Me tiende el celular y, para mi sorpresa, encuentro en la pantalla un reporte sobre el clima de hace unos cuantos días en el que un torpe redactor ratifica que aquella tarde se vieron numerosos arcoíris en la capital.

El redactor escribe arcoíris según el corrector de Word, fragmentándolo en aras de la buena ortografía, “arco-iris”. Por unos segundos me quedo fantaseando con un arco-iris partido en dos por una gigantesca antena parabólica. La imagen me causa escalofríos y prefiero distraerme escribiendo en el buscador el nombre de Robert Musil, seguido por la palabra “citas”. No tardo en dar con la frase que mi cerebro reclama, una en la que el narrador de El hombre sin atributos señala que desprecia a la modernidad porque “ya nadie se tiende bajo un árbol a contemplar los arcoíris a través de los dedos de los pies”. Completamente de acuerdo, Bob.

Deslizo la pantalla y, para mi disgusto, doy con otra máxima musiliana, certera y necesaria para un espíritu quejumbroso: “Uno no puede molestarse con su propia era sin ser castigado inmediatamente por ello”. Es decir: Aquí nos tocó nacer, esto es lo que hay y lo que somos, y aunque no exista un remedio la frustración tampoco nos servirá de nada. Lo que nos queda es aplaudir como haría el indiferente público de un mago torpe y desgarbado, aplaudir piadosamente el espectáculo, levantarnos de nuestros asientos y abandonar el recinto lo antes posible.

No se aceptan devoluciones.

Publicado en Comasuspensivos 24/10/2015

Bernardo Couto Castillo (1879-1901)

LA CONVICCIÓN DESAMPARADA

En estos tiempos modernos donde toda regla o instrucción existe sólo para romperse hay, sin embargo, un principio irreductible que jamás, por ningún motivo, tenemos permitido rechazar. Su lema es el siguiente: “Todo lo tienes permitido, eres libre de hacer lo que te venga en gana, siempre y cuando no lo hagas realmente.” La hipocresía, la mezquindad, las medias tintas fundan la práctica libertaria del progreso, pero lo que no entienden aquellos que se desviven por defenderla, es que la libertad —o, al menos, lo que ellos llaman libertad— no es más que un efecto secundario de la insignificancia; la civilidad espuria no les deja comprender que los derechos humanos no son una concesión ni un hallazgo sino una guerra cotidiana.

Por su parte, la literatura también acarrea el vicio de esta doble moral, si bien su medio se presume independiente y su creación pondera hasta el hartazgo la sinceridad del ser, su práctica, en el fondo, iguala la santurronería y la mojigatez de una orden religiosa. ‘Embriagaos’, recomienda a sus discípulos el sobrio maestro que cita nostálgicamente a Baudelaire, ‘de vino, de poesía o de virtud, a vuestro antojo. Embriagaos’, les dice y luego formula un silencio entre cuyos paréntesis sólo él puede leer: ‘Sí, embriagaos, pero cuídense de no hacerlo realmente, pues la vida les hará pagar las consecuencias’. Es una verdad nefasta pero verdad al fin: Dionisio no tiene cabida en la cultura moderna, en una época que transforma a sus escritores en becarios burócratas y lambiscones festivos, el espíritu irracional de la rebeldía se produce sólo como una máscara conveniente. Sin embargo, han existido (y siguen apareciendo) ciertos ejemplos  entrega que no consideran a la literatura un recurso ni una herramienta curricular, tampoco una apariencia o un código sino una forma de vida. Estos casos, por lo general, tienen jurado el fracaso.

No es raro, en nuestros días, encontrarse en una tertulia con el neófito lector bukowskiano, kerouaquista o baudelairesco que, en un sincero homenaje narrativo, se pasa de copas, se pone medieval y desafía a la mediocridad del mundo sin más armas que su tropezado aliento. Cuando sucede, la reacción del resto nunca es positiva, o lo corren a patadas del lugar o se confinan al carcajeo. Lo más doloroso es la reacción que experimenta el pobre epígono al percatarse de que, más allá de él, nada en esa noche acontece como en sus novelas. ¿Cómo explicarle a este beodo quijotesco que es la realidad, y no la ficción, la que está falseada, censurada, corregida, simulada? ¿Cómo decirle que la mayoría de los fanáticos de Rimbaud, Bukowski, Lowry y demás, sólo admiran al personaje bien apresado entre las páginas de un libro, pero que correrían lo más lejos posible si algún día se encontraran cara a cara con él? ¿Cómo hacerle saber que todo le está permitido, que es libre de hacer lo que le dé la gana, siempre y cuando no lo haga realmente?

Bernardo Couto Castillo, al igual que el pobre epígono, se dejó poseer por sus primeras lecturas y,,desoyendo el principio irreductible, se propuso importar al México del siglo XIX las ideas del decadentismo francés. Creció acompañado por los relatos de Villiers de L’Isle-Adam, Maupassant y Poe, la prosa poética de Lautréramont, las novelas decadentes de Huysmans y los versos de Verlaine y Baudelaire; de este último extrajo el ideario de su futura narrativa:

Sobre tu joven vida y tu candor

otros querrán reinar por la ternura,

¡mas yo quiero reinar por el terror!

Couto publicó por primera vez a los dieciséis años en un periódico liberal y siguió haciéndolo regularmente en medios del tipo hasta que fundó la Revista Moderna con sus compañeros de la vida bohemia. Dirigió el primer número, pero cedió su cargo a Jesús E. Valenzuela cuando los gastos y las responsabilidades lo rebasaron; posterormente se limitó a aportar algunos cuentos y traducciones de Gausseron, de Villiers y de Whitman. Al igual que sus coetáneos, hablaba un francés fluido, pero a diferencia de éstos, que lo consideraban poco refinado (menos Gamboa), Couto manejaba el inglés con la misma soltura. De 1894 a 1896 emprendió un importantísimo viaje a Europa en el que conoció a los hermanos Goncourt quienes, a su vez, le dieron a conocer la obra de Thomas de Quincey, autor que imprimiría en el joven Couto dos obsesiones intrínsecas: el gusto por el opio y la idea del asesinato (puramente teórico) como un acto estético.

De vuelta a México, con sólo diecisiete años, se dedicó a trazar su vida como una obra literaria. Se refugió en un hostal de mala muerte que pertenecía a su familia —donde, según Tablada: “al despertar hallaba que las chinches se habían bebido el agua del vaso que colocaba en el buró”—, se enamoró de una prostituta llamada Amparo, con la que solía ir a nadar al lago de Xochimilco y se abocó a una escritura más maliciosa e inusitada para el México del Porfiriato. Su relato intitulado “¿Asesino?”, en el que Silvestre Abad confiesa el homicidio de una pequeña niña, delata a todas luces la influencia de Isidore Ducasse cuyos cantos, para la Francia decimonónica, eran horripilantes y hermosos, pero para el México de su tiempo, eran simplemente inconcebibles. “Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días”, proponía Maldoror, “entonces, qué grato resulta arrebatar brutalmente de su lecho a un niño” y “hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si muriera, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias.”

Al padre de Couto le preocupaba que fueran a encarcelar a su hijo por aquello que escribía, Tablada lo tranquilizaba entre risas: “No se preocupe señor, al menos tiene el recurso del amparo”, le decía refiriéndose a la amada del joven cuentista. No obstante, la élite del Porfiriato (como la actual) era experta ignorando a sus artistas, se conformaban con presumirlos como animales de circo. Todo esto a Couto le tenía sin cuidado, como escribió en su cuento “Blanco y rojo”, él estaba consciente de lo que era y adónde quería llegar: “Soy un enfermo, no lo niego, un enfermo sí, pero un enfermo de refinamientos, un sediento de sensaciones nuevas”.

La imagen previa es el cuadro con que el pintor zacatecano Julio Ruelas conmemoró la llegada a la Revista Moderna de su mecenas, Jesús Luján. En ésta, el centauro Jesús E. Valenzuela, director de la publicación, le presenta con el brazo extendido el bestiario mitológico que conforma su grupo. Sobre un corcel ataviado, Luján desentona y se distingue del resto, aunque no se muestra precisamente estupefacto ante la excéntrica comitiva. No parece sorprendido de hallar al poeta José Juan Tablada sobre una bandeja y convertido en un loro ni le inquieta el ala rota del escultor Jesús F. Contreras; no encuentra extraño que el “Príncipe de la palabra”, Jesús Urueta, esté representado como una serpiente con alas de libélula, o que el pintor Leandro Izaguirre, quien inmortalizó con su pincel las torturas que sufrió Cuauhtémoc, sea un fauno en la cima de un roble; o que un par de avestruces, el meticuloso traductor Balbino Dávalos y el lóbrego poeta Efrén Rebolledo, interpreten con flauta y tambor un réquiem para el autor, el mismo Ruelas, que aparece ahorcado. El desconcierto de Luján parece enfocarse únicamente en el joven de ropaje transparente que, al centro de la pintura, se muestra impávido y sereno.

Ese joven es Bernardo Couto Castillo quien, por esos días de 1899, recién había cumplido los diecinueve años y ya había escrito el único libro que publicaría en vida,Asfódelos (1897), y ya también se había empecinado en llevar el espíritu decadente hasta sus máximas consecuencias. Moriría dos años más tarde en la cama de un burdel a causa de una pulmonía; quizá, de haber ocurrido décadas antes, su muerte la habrían considerado heroica, memorable, romántica, pero Couto era hijo de su tiempo (un tiempo farsante y engañoso) y había desobedecido el designio inquebrantable de la modernidad por lo que, incluso sus amigos más cercanos como Alberto Leduc, adjetivaron su memoria con recelo; lo llamaron “malogrado”, “imperfecto”, “interrumpido”. Otros fueron más benévolos; Tablada, en su necrología, definió a Couto como un: “artista raro y exótico” que “pasó invisible ante los ojos testáceos del burgués estólido”; Amado Nervo le dedicó su poema “Oremus”:

Oremos por los sabios, por el enjambre

de artistas exquisitos que mueren de hambre.

¡Ay!, el pan del espíritu les debemos,

aprendimos por ellos a alzar las frentes,

y helos pobres, escuálidos, tristes, dolientes…

                                                   ¡Oremos!

Julio Torri cuestionó que el relato “Un recuerdo” no figurara en las antologías del cuento mexicano, tanto él como Alfonso Reyes reconocieron su talento y su coraje; en una ocasión comentó: “Couto hace recordar a Rodríguez Galván y a Manuel Acuña por su temprano fin y por sus bellas dotes naturales para las letras”. Con este texto, me sumo a la opinión de Torri, es increíble que Bernardo Couto Castillo esté tan olvidado ; a mi parecer,  su prosa, aunque cándida, es un documento invaluable para la literatura mexicana y quizá, tanto a este autor, así como al neófito epígono que corren a patadas, o del que se burlan entre dientes, antes de reputarlos, sería mejor oírlos. nte este principio de la modernidad, quizá la única solución sea aquella a la que recurre el personaje de Couto en su relato “Celos póstumos”: sentarnos a esperar pacientemente, tal vez fumar un cigarrillo y repetirnos, con habitual egoísmo y desengaño, “ya habrá tiempo”.

Otilio González (1895-1927)

LA SOMBRA DE UN POETA

Hay hombres célebres cuyo recuerdo sólo perdura en los nombres de las calles y avenidas, de forma natural, su figura y obra se entreteje con la ausencia de los años, el tránsito cotidiano olvida el contenido de esas letras y, día con día, el hombre detrás del rótulo se va olvidando hasta convertirse en una vaga geografía que segmenta las ciudades. Pasa con Miguel Ángel de Quevedo, gran ecologista adelantado a su tiempo, hoy en día, otra avenida saturada de vehículos contaminantes; de igual manera le sucede a Otilio González, genial poeta saltillense, actualmente, recinto de innumerables balaceras causadas por la guerra del narcotráfico en su ciudad natal. Quizá el destino de su nombre como avenida no sea tan distinto al destino que el poeta tuvo en vida, tan trágico e injusto, y sin embargo, nada más que otra lápida para el eterno cementerio mexicano.

Si bien resulta exagerado comparar la pluma de Velarde con “la obra imperfecta pero inspiradísima” de Otilio González, en los dos poemarios que publicó en vida ―Incensario (1919) y De mi rosal (1923)― se encuentra esa misma esencia paradójica que trenza ritmo y metáfora para obtener un resultado a la vez fatal y humorístico. Como los buenos poetas, Otilio era todo menos un hombre simple, tenía el ritual de escribir sus versos con la mano izquierda para con la mano buena equilibrar un esquelético cigarro totalmente consumido, si la ceniza se quebraba y manchaba el papel, de inmediato achicharraba el poema y lo arrojaba al fuego. Se consideraba un trovador de los instantes inútiles, escribía con la misma soltura de los Niños héroes que de Santa Claus, leía con devoción a Rabindranath Tagore de quien aprendió que el cuerpo podía pulirse y transformarse en una flauta ahogada en música. Es increíble que la misma persona que creó unas mediocres estampas bíblicas desperdiciara su potencial esperpéntico, qué gracia tenía para describir los lapsos indiscretos: 

…Pasa una          

rubia de ojos aceituna

junto a mí: con los pezones

va escribiendo tentaciones;

y yo siento a mi deseo,

como un pájaro irascible

dar debajo del flexible

fieltro negro un aleteo.

Su mente era teatral, se entretenía observando a los gatos del tejado y se decía capaz de traducir sus maullidos; así resolvía los laberintos cotidianos, personificaba lo inanimado y lo instintivo en un juego alegórico de tramas y contextos; basta leer su poema “Los toros en celo” para ver convertida una pelea de corral en un batalla medieval a muerte, interpretaba el caótico México revolucionario como una representación de la Commedia dell’Arte donde había Arlequines, Colombinas, Polichinelas y, por supuesto, donde él era un Pierrot ensoñador y complejo:

Yo lo sé… buen Pierrot; así es la vida,

          cambiadiza, enigmática, fingida…

De mi Rosal, su última publicación en vida, es un libro más bien sedentario y bucólico, lo escribió sumergido en la atmósfera saltillense entre animales de granja y placeres de membrillo. El poeta dejó de creer que la vida fuera “un gran ritmo indefinible” y se centró en estudiar los placeres inocuos de la vida. «La Musa de usted», le escribió entonces el llamado “Príncipe de la palabra” Jesús Urueta, «se parece a la divina Eos de Homero, la del trono de oro, la que con sus dedos color de rosa derrama la luz de las mañanas».

Y fue esta luz serena del desierto la que meses después dibujó en su horizonte una suerte de revelación, mas no poética sino política, a pesar de que años antes hubiera sufrido un exilio tortuoso en Cuba, volvió a la capital para impulsar la causa anti-reeleccionista, fue electo diputado y se sumó a las filas del coronel Francisco Serrano, quien se encontraba en la lucha por el poder con Obregón y Calles. Su fama como orador se extendió a lo largo del continente, Otilio iba y venía de mitin en mitin y de vuelta al hogar donde se dedicó a confeccionar su obra maestra, Triángulo (de publicación póstuma, 1938), y al cuidado de su esposa embarazada de su primer y único hijo, Claudio. Otilio se empecinó en ese nombre, incluso mandó a que bordaran una “C” en todas las prendas que usara; claro que, luego de su muerte, la viuda corrió al registro civil a cambiarlo pues, irónicamente, el nombre de su vástago coincidió con el del asesino de su esposo, el general Claudio Fox.

Os damos juramento solemne de imitaros.

Si nuevos enemigos transponen nuestras puertas…

…escribió en su poema “Salud sacrificados” y, de la misma manera, Otilio fue sacrificado un tres de octubre de 1927 en la aún no esclarecida Matanza de Huitzilac. Entre los numerosos testimonios y escritos que hay sobre la masacre muy pocos son los que hablan del poeta, la mayor parte, al igual que la avenida en la que hoy en día acontecen crímenes tan brutales como el que hubo en su contra, se limitan a mencionar su nombre: licenciado Otilio González. Sin embargo, más de un crítico lo señala como el rostro verdadero detrás del mítico personaje de Martín Luis Guzmán, Axkaná González. Las similitudes son evidentes, más allá del apellido y de que el escritor de El águila y la serpiente conociera personalmente a Otilio en el Congreso, el retrato de este personaje, culto, honrado y pasional, encaja a la perfección con el del poeta. Lamentablemente, existe una gran brecha entre ficción y realidad, como hay una gran brecha entre un hombre de carne y hueso y un señalamiento vial, ya que en La sombra del caudillo, Axcaná González sobrevive misteriosamente a la masacre mientras que Otilio, por su parte, no tuvo tal suerte.

Sus libros son prácticamente inconseguibles, cuando se dejan encontrar, tras escarbar varias horas en las librerías de viejo, no es raro hallar entre sus páginas alguna frase de consuelo dedicada por su hermano menor, Héctor González Morales, a grandes dramaturgos y poetas que por esa época ignoraban si serían reconocidos o si sobrevivirían a la violencia que azotaba al país.

Existe tal misterio en torno a su vida y obra, que es inevitable no dudar del curso del destino. ¿Martín Luis Guzmán habrá narrado la verdad de los hechos? ¿Otilio, como Axkaná, sobreviviría a la masacre?  Seguramente no, pero quién sabe, tal vez retomó su exilio y se alejó de la literatura y la política para llevar una vida común y ordinaria; incluso es posible que en alguna ocasión caminara por la avenida que lleva su mismo nombre y, como tantos, ignorara la referencia y la obra detrás del rótulo; de ser así, probablemente apuraría el paso pues, aunque no tuviera idea de quién fue ese tal Otilio González ni por qué causa murió, sí estaría al tanto de que, actualmente, por ahí amanecen cadáveres dos veces por semana, cadáveres jóvenes, que ni siquiera comenzaron a idear una obra; cadáveres anónimos, que jamás tendrán un letrero que los refiera.‘No no’, se dirá el amnésico poeta, ‘mejor por aquí no’, y así cruzara a la siguiente avenida cuyo letrero también guardará el enigma de otra vida real imaginaria.

TRADUCCIÓN: Raymond Carver / What We Talk About When We Talk About Love

Por si no han leído el cuento de Carver que aparece en Birdman (o si quieren conocer una versión menos gachupina que las de Anagrama), les comparto una traducción mía del texto. A diferencia de otras versiones que han retomado el legado del editor Gordon Lish, procuré conservar el verbo favorito de Carver (Said: dijo) en sus innumerables apariciones, ya que dicho vocablo produce la tensión dramática de sus relatos. 

DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DEL AMOR

Raymond Carver

(Traducción de Alejandro Espinosa Fuentes)

Mi amigo Mel McGinnis estaba hablando. Mel McGinnis es cardiólogo y eso a veces le da derecho.

Los cuatro estábamos sentados alrededor de la mesa de su cocina tomando ginebra. La luz del sol, desde la gran ventana detrás del fregadero, iluminaba la cocina. Ahí estábamos Mel y yo y su segunda esposa, Teresa ­―Terri, le decíamos de cariño― y mi esposa Laura. Vivíamos en Albuquerque entonces. Pero todos proveníamos de lugares diferentes.

Había una cubeta con hielos sobre la mesa. La ginebra y el agua tónica iban y venían, y de alguna manera llegamos al tema del amor. Mel pensaba que el amor verdadero no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que había pasado cinco años en el seminario antes de dejarlo para ir a la escuela de medicina. Dijo que aún recordaba esos años en el seminario como los más importantes de su vida.

Terri dijo que el hombre con el que vivía antes de vivir con Mel la amaba tanto que había intentado asesinarla. Luego dijo: “Una noche me dio una paliza. Me arrastró por los tobillos alrededor de la sala. No paraba de decirme ‘Te amo, te amo, maldita perra’. Y siguió arrastrándome por la sala. Mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas”. Terri consultó nuestros rostros alrededor de la mesa. “¿Qué se puede hacer con un amor como ése?”

Era una mujer de huesos delgados, lindo rostro, ojos oscuros, el cabello castaño le caía por la espalda. Le gustaban los collares de turquesa y los pendientes largos.

“Por Dios, no seas boba. Eso no es amor y lo sabes”, le dijo Mel, “no sé tú cómo lo llamarías, pero estoy seguro de que no puedes llamarlo amor”.

“Di lo que quieras, yo sé que fue amor”, dijo Terri, “tal vez a ti te parezca una locura, pero es la verdad. Las personas son diferentes Mel. Claro, puede que en ocasiones se haya comportado como un demente. De acuerdo. Pero él me amaba. A su manera, tal vez, pero me amaba. Había amor Mel. No digas que no”.

Mel suspiró. Tomó su vaso y volteó a vernos a Laura y a mí. “El tipo amenazó con matarme”, dijo Mel. Se terminó su trago y buscó la botella de ginebra. “Terri es una romántica. Terri es de la escuela de ‘pégame pero no me dejes’. Terri, cariño, quita esa cara.” Mel la alcanzó a través de la mesa y le tocó la mejilla con los dedos. Le sonrió.

“Ahora quiere enmendarlo”, dijo Terri.

“¿Enmendar qué?”, dijo Mel, “¿qué hay que enmendar? Yo sé lo que sé. Eso es todo”.

“De todas maneras, ¿cómo llegamos a este tema?”, dijo Terri. Levantó su vaso y bebió. “Mel siempre está pensando en el amor”, dijo, “¿no es cierto querido?” Sonrió y yo creí que eso sería todo.

“Simplemente, yo no le llamaría amor al comportamiento de Ed. Eso es todo lo que digo, querida”, dijo Mel. “¿Qué hay de ustedes?”, nos preguntó a Laura y a mí, “¿eso les parece amor?”

“A mí no me lo preguntes”, le dije, “ni siquiera conocí al tipo. Sólo he oído su nombre de pasada. No sabría qué decirte. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto”.

“El tipo de amor del que hablo sí lo es”, dijo Mel, “el tipo de amor del que hablo es uno en el que no intentas asesinar a la gente”.

Laura dijo: “Yo no sé nada sobre Ed ni sobre la situación. Pero, ¿quién puede juzgar las circunstancias del otro?”

Toqué el dorso de la mano de Laura. Me dedicó una breve sonrisa. Cogí su mano. Estaba cálida, tenía las uñas pulidas y un perfecto manicure. Rodeé la circunferencia de su muñeca con mis dedos y la sujeté.

“Cuando lo dejé, él ingirió veneno para ratas”, dijo Terri. Se apretó los brazos con las manos. “Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Ahí vivíamos entonces, a unas diez millas a las afueras. Le salvaron la vida. Pero se jodió las encías. Quiero decir, se le separaron de los dientes. Después del incidente, sus dientes quedaron salidos como colmillos. Santo Dios”, dijo Terri. Aguardó un minuto, luego liberó sus brazos y volvió a coger el vaso.

“Lo que llega a hacer la gente”, dijo Laura.

“Ya está fuera de combate”, dijo Mel, “está muerto”.

Mel me pasó el plato de limones. Agarré un trozo, lo exprimí en mi bebida y revolví los hielos con el dedo.

“Y la cosa se pone peor”, dijo Terri, “se disparó en la boca. Pero también eso lo estropeó. Pobre Ed”, dijo Terri. Sacudió la cabeza.

“Nada de pobre Ed”, dijo Mel, “era peligroso”. Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto y escuálido, tenía el cabello suave y rizado. Su cara y sus brazos estaban bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, todos sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos.

“Pero él sí me amaba Mel. Concédeme eso”, dijo Terri, “es todo lo que te pido. Él no me amaba de la forma en la que tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Eso me lo puedes conceder, ¿puedes?”

“¿Qué quieres decir con eso de que ‘lo estropeó’?”, dije.

Laura se inclinó hacia adelante con su vaso. Colocó los codos en la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Atisbó a Mel y luego a Terri, y se mantuvo a la expectativa con una mirada de desconcierto. Como si le asombrara que tales cosas pudieran ocurrirle a la gente de la que eras amigo.

“¿Cómo lo estropeó cuando se suicidó?”, dije.

“Te diré lo que pasó”, dijo Mel. “Cogió la pistola calibre .22 que había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Estoy hablando en serio, ese tipo todo el tiempo estaba amenazándonos. Debieron ver cómo vivíamos por esos días. Como fugitivos. Incluso yo me compré una pistola. ¿Pueden creerlo? ¿Un tipo como yo? Y sin embargo lo hice. La compré para mi protección y la guardaba en la guantera. A veces tenía que salir del departamento a la medianoche. Para ir al hospital, ¿saben? Terri y yo no estábamos casados por ese entonces y mi primera esposa se había quedado con la casa, y los niños, y el perro, con todo; y Terri y yo vivíamos en este mismo departamento. A veces, te digo, me llamaban a la medianoche y tenía que irme al hospital a las dos o tres de la madrugada. Estaba oscuro allá afuera en el estacionamiento, y me ponía a sudar antes de llegar al coche. No sabía si de pronto iba a salir de los arbustos o si se aparecería detrás del coche y empezaría a disparar. Digo, el tipo estaba loco. Era capaz de poner una bomba, lo que sea. Solía llamar a todas horas cuando estaba de guardia y pedía hablar con el doctor, cuando le contestaba me decía: ‘Hijo de puta, tus días están contados’. Nimiedades por el estilo. Daba miedo, les digo”.

“Aún siento lástima por él”, dijo Terri.

“Suena como una pesadilla”, dijo Laura. “Pero ¿qué pasó exactamente cuando se disparó?”

Laura es secretaria jurídica. Nos conocimos en capacitación profesional. Antes de que nos diéramos cuenta ya éramos novios. Tiene treinta y cinco, es tres años menor que yo. Además de estar enamorados, nos caemos bien y disfrutamos la compañía del otro. Es una chica con la que es fácil estar.

“¿Qué fue lo que pasó?”, dijo Laura.

Mel dijo: “Se disparó en la boca en su cuarto. Alguien oyó el disparo y le avisó al gerente. Entraron con una llave maestra, vieron lo que había pasado y llamaron a una ambulancia. Dio la casualidad de que estuviera ahí cuando lo llevaron, vivo pero moribundo. Vivió otros tres días. Su cabeza se había hinchado al doble del tamaño de una cabeza normal. Nunca había visto algo semejante, y espero nunca volver a verlo. Cuando Terri se enteró, quiso ir al hospital y sentarse a su lado. Tuvimos una gran discusión al respecto. Yo no creía que debía verlo en ese estado. No creía que debía verlo y todavía no lo creo.

“¿Quién ganó la discusión?”, dijo Laura.

“Yo estaba en el cuarto cuando falleció”, dijo Terri. “En ningún momento recuperó la conciencia. Pero me quedé sentada a su lado. No tenía a nadie más”.

“Era peligroso”, dijo Mel. “Si llamas a eso amor, te lo puedes quedar”.

“Era amor”, dijo Terri. “Claro, uno que resulta anormal a ojos de mucha gente. Pero él estaba dispuesto a morir por eso. Y murió por eso.”

“Yo de ninguna manera lo llamaría amor, dijo Mel, “quiero decir, nadie sabe en realidad por qué lo hizo. He visto a muchos suicidas, y no podría decir que alguien sepa por qué lo hicieron.”

Mel colocó las manos detrás del cuello e inclinó su silla hacia atrás. “No me interesa ese tipo de amor”, dijo, “si eso es amor, quédatelo”.

Terri dijo: “Estábamos asustados. Mel hasta hizo su testamento y le escribió a su hermano, que fue soldado, a California. Mel le dijo que estuviera pendiente en caso de que algo llegara a pasarle.”

Terri bebió de su vaso. Dijo: “Pero Mel tiene razón. Vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad querido? En un momento, incluso acudí a la policía, pero fue inútil. Me dijeron que no podían hacer nada hasta que Ed no hiciera algo en concreto. ¿No es gracioso?”, dijo Terri.

Vertió lo que quedaba de ginebra en su vaso y meneó la botella. Mel se puso de pie y fue a la alacena. Sacó otra.

“Bueno, Nick y yo sabemos lo que es el amor”, dijo Laura. “Al menos, para nosotros”, dijo Laura. Me dio un golpecito en la rodilla con la suya. “Se supone que digas algo ahora”, dijo Laura y me dirigió una sonrisa.

A manera de respuesta, tomé su mano y me la llevé a los labios. La besé con exagerada vehemencia. Todos se mostraron divertidos.

“Somos afortunados”, dije.

“Oigan”, dijo Terri, “deténganse. Me están dando náuseas. Por Dios, todavía siguen en la luna de miel. Todavía están alelados. ¡Por el amor de Dios! Sólo esperen. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Un año? ¿Poco más de un año?”

“Vamos por un año y medio”, dijo Laura sonriendo ruborizada.

“Oh ya veo”, dijo Terri, “sólo esperen y ya verán”.

Levantó su vaso y miró fijamente a Laura.

“Es broma”, dijo Terri.

Mel abrió la botella y nos sirvió.

“Aquí tienen chicos”, dijo. “Hagamos un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero”, dijo Mel.

Chocamos los vasos.

“Por el amor”, dijimos.

Afuera, en el patio, uno de los perros empezó a ladrar. Las hojas del álamo que se inclinaban hacia la ventana repiquetearon en el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina, holgada luz de alivio y generosidad. Podríamos haber estado en cualquier sitio, en algún lugar encantado. Elevamos nuestros vasos otra vez y nos sonreímos como niños que hubieran acordado participar en una dinámica prohibida.

“Les contaré lo que es el amor”, dijo Mel. “Quiero decir, les daré un buen ejemplo. Y luego pueden sacar sus propias conclusiones”. Sirvió más ginebra en su vaso. Agregó hielo y una rodaja de limón. Esperamos, bebimos pequeños sorbos. La rodilla de Laura y la mía se tocaron otra vez. Coloqué mi mano en su cálido muslo y ahí la dejé.

“¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor?”, dijo Mel. “Pareciera que no fuéramos más que principiantes. Decimos que nos amamos el uno al otro y es verdad. No tengo dudas al respecto. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y ustedes se aman también. Ya conocen el tipo de amor del que estoy hablando. Amor físico, ese impulso que te conduce a alguien especial, así como el amor por la existencia de otra persona, la esencia de él o de ella como tal. Amor carnal y, bueno, llamémoslo, amor sentimental, el día a día de cuidar a la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí amar a mi primera esposa. Y sin embargo la amé, yo sé que la amé. Supongo que en ese aspecto soy como Terri. Como Terri y Ed.” Caviló al respecto y prosiguió: “Hubo un tiempo en que creía que amaba a mi primera esposa más que a la vida misma. Pero ahora la aborrezco. Es verdad. ¿Cómo explican eso? ¿Qué pasó con ese amor? Eso es lo que quiero entender. Ojalá alguien me lo explicara. Y por otro lado está Ed. Bien, volvamos a Ed. Él ama tanto a Terri que trata de asesinarla y termina suicidándose.” Calló y bebió un trago. “Ustedes han estado juntos por dieciocho meses y se aman. Salta a la vista, brilla el amor sobre ustedes. Los dos ya estuvieron casados antes, igual que nosotros. Y probablemente han amado a otras personas. Terri y yo hemos estado juntos por cinco años, llevamos cuatro de casados. Y el terrible detalle, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora podrían decir, es que si algo llegara a pasarnos ―discúlpenme por decirlo―, pero si algo le sucediera a alguno de los dos el día de mañana, creo que el otro, la otra persona, se lamentará por una temporada, ya saben, pero luego el sobreviviente volverá a salir y volverá a amar y en no mucho tendrá a alguien otra vez. Todo esto, todo este amor del que estamos hablando, tan sólo será un recuerdo. ¿Me equivoco? ¿Tiene sentido lo que digo? Porque quiero que me corrijan si creen que estoy equivocado. Quiero saberlo. Digo, yo no sé nada y soy el primero en admitirlo”.

“Mel, por el amor de Dios”, dijo Terri. Se estiró y le agarró la muñeca. “¿Ya se te subió? ¿Cariño? ¿Estás borracho?”

“Cariño, sólo estoy platicando”, dijo Mel. “¿De acuerdo?” No tengo que estar ebrio para decir lo que pienso. Digo, tan sólo estamos charlando, ¿verdad?”, dijo y fijó la vista en ella.

“Querido no te estoy criticando”, dijo Terri y tomó su vaso.

“Hoy no estoy de guardia”, dijo Mel. “Permíteme recordártelo. No estoy de guardia”, dijo.

“Mel, te amamos”, le dijo Laura.

Mel miró a Laura. La miró como si no pudiera ubicarla, como si no fuera la mujer que era.

“Yo también te amo Laura”, dijo Mel, “y a ti Nick, también te amo. ¿Saben algo?”, dijo Mel, “ustedes son nuestros camaradas”, dijo Mel.

Cogió su vaso.

Mel dijo: “Pero estaba por contarles algo. Digo, iba a demostrar un punto. Verán, esto ocurrió hace unos meses, aunque sigue ocurriendo ahora mismo, y es algo que debería avergonzarnos cuando hablamos como si supiéramos de qué estamos hablando cuando hablamos del amor”.

“Por favor”, dijo Terri, “No hables como si estuvieras borracho si no lo estás”.

“Cállate por una vez en tu vida”, dijo Mel bastante tranquilo, “¿me harías ese favor al menos por un minuto? Así que, como les decía, había una pareja de ancianos que sufrió un accidente automovilístico en la carretera. Un joven les chocó y los dejo hechos mierda y nadie creía que fueran a librarla.

Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa aunque quizá ésta sea una palabra demasiado fuerte.

Mel pasaba la botella por la mesa.

“Estaba de guardia esa noche”, dijo Mel. “Era mayo o tal vez junio. Terri y yo nos acabábamos de sentar a cenar cuando llamaron del hospital. Un chico ebrio, un adolescente, estrelló la pick-up de su papá contra la casa rodante de los viejos. El chico ―dieciocho, diecinueve años, algo así― falleció al llegar al hospital. Se le incrustó el volante en el esternón. La pareja de ancianos, en cambio, llegaron vivos, ya saben. Digo, apenas vivos. Tenían de todo. Múltiples fracturas, lesiones internas, hemorragias, contusiones, laceraciones, de todo… Y los dos con una conmoción cerebral. Estaban en mal estado, créanme. Y, por supuesto, sólo con la edad ya tenían dos strikes en su contra. Creo que ella se encontraba peor que él. Se le había reventado el bazo para acabarla de amolar. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puesto el cinturón de seguridad y sabe Dios que eso fue lo que los salvó de una muerte instantánea.

“Oigan todos, este es un anuncio para el Consejo de Seguridad Nacional”, dijo Terri. “Este es su portavoz, el Dr. Melvin R. McGinnis al habla”. Terri se rió “Mel”, le dijo, “a veces simplemente eres demasiado. Pero te amo cariño”, le dijo.

“Cariño, te amo”, dijo Mel.

Se inclinó por encima de la mesa. Terri lo encontró a medio camino. Se besaron.

“Terri tiene razón”, dijo Mel y volvió a su sitio. “Pónganse sus cinturones. Pero fuera de bromas, esos viejos estaban muy mal. Para cuando llegué el chico ya había muerto, como dije. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Le eché un vistazo a la pareja de ancianos y le dije a la enfermera de urgencias que llamara a un neurólogo, y a un traumatólogo, y a un par de cirujanos inmediatamente.

Bebió un trago de ginebra. “Trataré de ser breve”, dijo. “Así que los subimos al quirófano y estuvimos batallando con ellos toda la noche. Tenían una resistencia increíble esos dos. Eso se ve sólo de vez en cuando. Así que hicimos todo lo que se podía hacer, y al amanecer les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades de salvarse, tal vez a ella un poco menos. Y a la mañana siguiente ahí los tienes, todavía vivos. Así que, bueno, los pasamos a cuidados intensivos, donde cada uno siguió resistiendo durante dos semanas, mejorando poco a poco en cada aspecto. Así que los transferimos a un cuarto”.

Mel se quedó en silencio. “Vamos”, dijo, “hay que terminarnos de una vez esta ginebra barata. Luego nos vamos a cenar, ¿les parece? Terri y yo conocemos un sitio nuevo. Iremos a ese lugar, al sitio nuevo. Pero no nos vamos a ir hasta que nos terminemos esta horrible ginebra barata”.

Terri dijo: “En realidad todavía no hemos comido ahí. Pero parece un buen sitio. Por fuera, quiero decir”.

“Me gusta la comida”, dijo Mel. “Si pudiera repetir mi vida, sería chef, ¿saben? ¿Verdad Terri?”, dijo Mel.

Se rió. Manoseó el hielo de su vaso.

“Terri lo sabe”, dijo, “Terri puede corroborarlo. Pero déjenme decirles una cosa. Si pudiera volver a vivir una vida diferente, en otro tiempo y todo eso, ¿saben qué? Me gustaría ser un caballero. Se estaba bien protegido con esas armaduras. Estaba bien ser un caballero hasta que inventaron las armas de fuego y los mosquetes y las pistolas.

“A Mel le gustaría montar a caballo y llevar una lanza”, dijo Terri.

“Y llevar a todas partes el pañuelo de una mujer”, dijo Laura

“O sólo a la mujer”, dijo Mel.

“No tienes vergüenza”, dijo Laura.

Terri dijo: “¿Y qué tal si volvieras como un siervo?” A los siervos no les iba muy bien en esas épocas”, dijo Terri.

“A los siervos nunca les ha ido bien”, dijo Mel, “pero supongo que hasta los caballeros tuvieron que haber sido vesellos de alguien. Así es como funciona, ¿no? Pero bueno, incluso hoy todos somos vesellos de alguien. ¿No es cierto? ¿Terri? Pero lo que me gusta más de los caballeros, ya saben, además de las doncellas, es que tenían esa armadura, ¿me entienden? Y no era fácil herirlos. No había carros por esos días, ¿saben? No había adolescentes borrachos que te hicieran mierda.

“Vasallos”, dijo Terri.

“¿Qué?”, dijo Mel.

“Vasallos”, dijo Terri, “se dice vasallos, no vesellos.

“Vasallos, vesellos”, dijo Mel, “¿Cuál es la puta diferencia? Me entendieron, ¿no? Perfecto”, dijo Mel, “ya sé que soy un inculto. Sólo aprendí mis cosas. Soy cirujano del corazón, claro, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto y arreglo algunas cosas. Mierda”, dijo Mel.

“La modestia no te va”, dijo Terri.

“Tan sólo es un humilde carnicero”, dije yo. “Pero a veces se asfixiaban dentro de esas armaduras, Mel. Incluso sufrían ataques al corazón si se ponía muy caluroso ahí adentro, o si estaban fatigados y apunto de desfallecer. En algún lugar leí que se caían del caballo y no se podían levantar por culpa de la armadura. A veces, sus propios caballos los pisoteaban”.

“Eso es terrible”, dijo Mel, “es algo terrible Nicky. Supongo que se tenían que quedar ahí esperando a que alguien los convirtiera en una deliciosa brocheta.

“Algún otro vesello”, dijo Terri.

“Correcto”, dijo Mel, “algún vasallo se aparecía para arponear al bastardo en nombre del amor. O en nombre de la jodida causa por la que se pelearan en esos tiempos”.

“Las mismas por las que se pelean ahora”, dijo Terri.

Laura dijo: “Nada ha cambiado”.

Las mejillas de Laura seguían ruborizadas. Sus ojos brillaban. Acercó el vaso a sus labios.

Mel se sirvió otro trago. Miró con atención la etiqueta, como si estudiara una larga hilera de números. Luego, lentamente, devolvió la botella a la mesa y, lentamente, estiró la mano en dirección al agua tónica.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dijo Laura. “No terminaste la historia”.

Laura no podía encender su cigarrillo. Los cerillos se le apagaban uno tras otro.

La luz del sol al interior de la cocina ahora era diferente, cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas tras la ventana aún relucían, y contemplé los patrones que se proyectaban en los cristales y en la encimera de Formica. No eran formas idénticas, por supuesto.

“¿Qué pasó con la pareja de ancianos?”, dije.

“Más viejos, pero más sabios”, dijo Terri.

Mel la miró fijamente.

Terri dijo: “Sigue con tu historia cariño. Sólo era una broma. ¿Qué pasó después?

“Terri, a veces…”, dijo Mel.

“Por favor Mel”, dijo Terry, “no seas tan serio todo el tiempo querido. ¿No puedes aceptar una broma?”

“¿Dónde está la broma?”, dijo Mel.

Cogió su vaso y le sostuvo la mirada a su esposa.

“¿Qué pasó luego?”, dijo Laura.

Mel fijó sus ojos en Laura. Le dijo: “Laura, si yo no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti y te raptaría querida”, dijo.

“Cuenta tu historia”, dijo Terri, “luego vamos a ese nuevo sitio, ¿de acuerdo?”

“De acuerdo”, dijo Mel. “¿Dónde iba?”, dijo. Se quedó mirando la mesa y luego siguió con la historia.

“Me daba una vuelta para verlos todos los días, a veces dos veces por día si tenía que visitar a otros pacientes. Los dos estaban enyesados y vendados de los pies a la cabeza. Ya saben, como en las películas. Justo así se veían, igual que en las películas. Pequeños huecos para los ojos y huecos para la nariz y huecos para la boca. Y ella, por si fuera poco, con las piernas colgadas hacia arriba. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Incluso después de saber que su mujer sobreviviría. Seguía estando deprimido. Pero no a causa del accidente, digo, el accidente era una cosa, pero no lo era todo. Me acercaba al hueco de su boca, ya saben, y él me decía que no, no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla a través de los huecos de sus ojos. Me decía que eso era lo que lo hacía sentirse tan mal. ¿Pueden creerlo? Les digo que al hombre se le rompía el corazón porque no podía girar la maldita cabeza para ver a su maldita esposa.

Mel nos miró uno por uno y sacudió la cabeza ante lo que estaba por decir.

“Digo que el viejo idiota se estaba muriendo porque no podía mirar a su jodida mujer”

Los tres miramos a Mel.

“¿Entienden lo que estoy diciendo?”, dijo.

Quizá para entonces ya estábamos un poco borrachos. Sé que era complicado mantener las cosas en perspectiva. La luz se drenaba de la cocina, volvía a través de la ventana hacia el lugar de donde había salido. Aun así, nadie se levantó de la mesa a prender la luz.

“Escuchen”, dijo Mel, “vamos a terminarnos esta pinche ginebra. Queda más o menos suficiente para otra ronda. Luego nos vamos a comer. Vamos al nuevo sitio”.

“Está deprimido”, dijo Terri, “Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla?”

Mel sacudió la cabeza. “Ya tomé todo lo que hay”.

“Todos necesitamos una pastilla de vez en cuando”, dije yo.

“Algunos nacen necesitándolas”, dijo Terri.

Terri frotó con el dedo algo que había en la mesa. Luego se detuvo.

“Creo que quiero llamarle a mis hijos”, dijo Mel, “¿les parece bien? Voy a hablar con mis hijos”, dijo.

Terri dijo: ¿Y si Marjorie contesta el teléfono? ¿Ustedes ya nos han oído hablar de Marjorie? Querido, tú sabes que no quieres hablar con Marjorie. Te vas a sentir aún peor.

“No quiero hablar con Marjorie”, dijo Mel, “pero quiero hablar con mis hijos”.

“No pasa un día sin que Mel no diga que desearía que se volviera a casar, o bien, que se muriera”, dijo Terri. “Sólo por una razón”, dijo Terri, “nos está arruinando. Mel dice que no se vuelve a casar sólo para fastidiarlo. Tiene un novio que vive con ella y los niños. Mel mantiene al novio también.

“Es alérgica a las abejas”, dijo Mel, “si no rezo porque se vuelva a casar, rezo porque un enjambre de abejas la asesine a picotazos”.

“¡Qué cosas dices!”, dijo Laura.

“Bzzzzzzz”, dijo Mel transformando sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en la garganta de Terri. Luego dejó caer las manos a los costados.

“Es perversa”, dijo Mel, “a veces me dan ganas de aparecerme por ahí disfrazado de apicultor. ¿Si saben cómo? ¿Con uno de esos sombreros que son como cascos con un filtro, grandes guantes y el traje acolchonado? Llamaría a la puerta y soltaría una colmena dentro de la casa. Pero primero me aseguraría de que mis hijos no estuvieran dentro, por supuesto”.

Cruzó una pierna sobre la otra. Le llevó mucho tiempo hacerlo. Luego bajó ambos pies al piso y se inclinó hacia adelante. Colocó los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos.

“Tal vez no llame a los niños después de todo. Tal vez no sea una idea tan buena. Tal vez sólo deberíamos ir a cenar. ¿Qué opinan?”

“A mí me parece bien”, dije, “comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca.

“¿Qué quieres decir cariño?”, dijo Laura.

“Exactamente lo que dije”, dije, “significa que podría seguir. Eso es todo”.

“Pues yo podría comer algo”, dijo Laura, “creo que nunca había estado tan hambrienta en mi vida. ¿Hay algo para botanear?”

“Voy a sacar un poco de queso y galletas”, dijo Terri.

Pero Terri se quedó ahí sentada. No se levantó ni trajo nada. Mel volcó su vaso. Lo derramó sobre la mesa.

“Se acabó la ginebra”, dijo Mel.

Oía el latido de mi corazón. Oía el corazón del resto. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos lo más mínimo, ni siquiera cuando el cuarto quedó a oscuras.

Carver después de Birdman

Raymond_Carver

Es sabido que el escritor Raymond Carver era en realidad dos personas: la imaginación y el talento de su homónimo de carne y hueso, y la aguda pero quizá descomedida intervención del editor Gordon Lish. En lo particular, yo prefiero los textos de Carver en su estado original, pero sé que a estas alturas tomar partido por una u otra versión carece de sentido.

Recientemente leí un artículo donde se acusaba a Iñárritu de haber traicionado la prosa de Carver por presentar en Birdman una adaptación del texto reescrito por Lish y no la primera versión del autor. Encuentro ese juicio no sólo injusto, también banal, pues lo que el autor de esa nota no toma en cuenta es que el director mexicano no se planteó realizar una película que redescubriera la esencia carveriana, sino una que reflejara el diálogo que sostuvo en su juventud con estos relatos, que lo acompañaron a lo largo de los años para trascender del artificio a la realidad, conforme la edad le ilustraba las peores consecuencias del envejecimiento.

¿Por qué Birdman es una gran apuesta? Por su espeluznante sinceridad. La película no pretende ilustrar todas las respuestas, pero plantea preguntas cruciales que bien podrían conjuntarse en una interrogante más que necesaria en estos tiempos incoherentes (una que planteó Carver sin pretensión, pero con mucho arrojo): “¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?” Lo que el protagonista Riggan Thomson (Michael Keaton) busca de manera ininterrumpida a lo largo del film es encontrar el amor, o alguna de las facetas que lo simulan: el aprecio, el cariño, la fama, el prestigio, la adoración y la posteridad. Cada una de estas facetas funcionan como engranajes de la gran metáfora de Birdman, la gran metáfora de Ícaro: el ídolo caído en desgracia que, para bien o para mal, volverá a intentarlo y arriesgará nuevamente su espíritu por un ideal que nadie le garantiza. Y pese al absurdo de ir tras sus huellas, ese mismo ideal es el encargado de girar la rueda de este mundo; el mismo ideal que nos invita a coleccionar fracasos, la cruda prueba de que el empirismo es un criterio estadístico, pues una y otra vez tomaremos la senda de la derrota para no perder la costumbre de perder. Una dosis de masoquismo es indispensable a la hora de indagar en la belleza, pues sólo tras caer derrotados somos capaces de distinguir los matices que salvaguardan la cordura de la humanidad. Lo que nos salva es la voluntad de seguir intentándolo, y he ahí, soterrado por el dolor de la impotencia, el principio motriz del ser humano: el amor cínico y saltarín. No por nada Dante clausuró el último terceto del Paraíso con el verso más necio y hermoso de la literatura: “El amor mueve soles y estrellas”.

Si bien algunos podrían considerar que Raymond Carver no constituye más que un perfume para la trama poliédrica de Birdman, los que conocen el tenso minimalismo carveriano podrán distinguir en la estructura global del film, la misma esencia claustrofóbica de sus relatos y la naturalidad hiriente por medio de la cual los personajes se desenmascaran en torno a un conflicto simple y universal. Más que adaptar a Carver, Iñárritu lo fusionó con su estilo y, a su vez, reinventó a un escritor canónico (cosa complejísima de realizar con autores de la talla).

Pero Birdman no es sólo Raymond Carver, una compilación de referencias bosquejan la escenografía laberíntica donde, en su cariz más fatal, confluyen las voces de Shakespeare y Barthes, entre otros. Ecos de la más sincera nostalgia permean el guión. En la azotea del teatro, Sam Thomson, interpretada por Emma Stone, le pregunta a Mike Shiner (Edward Norton): “Si pudieras, ¿qué harías conmigo?” El talante sexual de la pregunta deviene en angustia debido a la respuesta: “Te arrancaría los ojos y me los pondría en el cráneo para volver a ver las cosas como cuando tenía tu edad”. La encarnación de las emociones y la reencarnación de las identidades complejizan la fórmula de la ficción, la convivencia entre personajes bidimensionales y esféricos encrudece la obsesión de triunfar en el efímero teatro de la modernidad, en el que llegar a lo más alto no garantiza la apoteosis, ni la significación, ni mucho menos la trascendencia.

En un mundo así, los artistas se desviven rastreando la reminiscencia, volviéndose adictos al escándalo y a la necesidad kilométrica de que un desconocido pronuncie su nombre y así le demuestre su amor, aunque sea en la peor de las circunstancias. Ejemplos en la actualidad hay de sobra, contamos con el histriónico Kanye West, quien ha ilustrado las peores consecuencias de este circo: el tipo es talentoso, aclamado, comprendido y, sin embargo, no le basta su vocación para sentirse realizado; Miley Cirus y Justin Bieber le merman atención y el Sr. West no puede tolerarlo. “La fama es la prima facilona del prestigio”, asevera Mike Shiner, y esta frase parece resumir la dicotomía que cimenta el estancamiento de los personajes de Birdman. El mismo antagonismo se vio penosamente tipificado en la pasada entrega de los Grammys. He aquí el prestigio: el virtuosísimo Beck se levanta a recoger un premio (que, por otra parte, poco o nada significa) con su característica modestia y bonhomía, pero ¡Oh por Dios! La prima farsante y vulgar no puede permitirlo, si no hace su alharaca quién sabe quién se llevará el crédito, ‘por favor que no lo obtenga un icono de la verdadera genialidad, el talento a nadie le importa hoy en día, que no permita el mundo ni la historia un triunfo merecido; mi fama, mi espuria fama, ¿a dónde irá?’, se pregunta Kanye y Kanye West VS Beck.

Si se tratara de un músico sin talento, el episodio resultaría patético a secas, pero estamos hablando de un genio en su género; sólo una dinámica social putrefacta puede llevar a una persona a ejecutar un acto tan cretino. Y eso es lo que pone en evidencia Birdman y lo que, años antes, describió también Raymond Carver (recomiendo el cuento “Diles a las muchachas que nos vamos” para comprender a dónde, en casos extremos, puede arrastrarnos la desesperación).

Carver sobrevivirá a Birdman y nunca dejará de ser leído, mientras que Birdmansobrevivirá a Carver para ser recordada como una de las películas mejor logradas que patentan el fracaso de una era. Kanye West no sé si sobrevivirá a sí mismo, pero espero, con las mejores intenciones, que vea esta película, lea a este autor, y no continúe siendo una mala broma de su propio ego.